Perspectivas 

Arturo Romero Contreras

El triunfo de gobiernos de derecha en todo el mundo es un fenómeno que requiere una explicación. Lo que vemos es que se les teme, se les denuncia, se les ataca, pero siempre con un gesto de escándalo. Lo cierto es que, con ello, izquierdas y liberales se ahorran la autocrítica, pues este triunfo no puede ser explicado sin atender al fracaso precedente del mundo liberal y, todavía antes, de múltiples izquierdas.

Trump es el clímax del ascenso de la ultraderecha en el mundo, pues sucede en el corazón del “imperio”, en el centro del mundo. Desde allí hace temblar al mundo mientras se derrumban acuerdos, instituciones y organizaciones clave del antiguo orden global, surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Pero hay más. No sólo se invierten y revierten los valores liberales para retornar a discursos nacionalistas, xenófobos o machistas de preguerra. La nueva derecha es nueva porque sobrepasa no sólo el bipartidismo al que estábamos acostumbrados entre conservadores y liberales, que esencialmente estaban de acuerdo en materia económica. El retorno llega hasta el siglo XIX y a esa herida nunca cerrada de la Guerra Civil Americana.

Los correligionarios de Trump se sienten confederados, todavía viviendo la humillación de la derrota. El discurso trumpista es una reedición de la Doctrina Monroe (enunciada en 1823), que segrega a Europa del continente americano y afirma la voluntad soberana de EE. UU. para determinar su destino y el de sus vecinos más cercanos. Finalmente, el discurso nacionalista norteamericano se funda en el viejísimo “destino manifiesto”; es decir, la creencia de que los EE. UU. habían sido elegidos por Dios para gobernar la tierra. Esta es la versión propiamente norteamericana del calvinismo político —la teoría de la predestinación divina, fundada en el triunfo económico.

Así, “Make America great again” significa un retorno a los pilares fundacionales de una nación que justificaba religiosamente su expansión política, militar y económica. Es la doctrina del pueblo elegido por la providencia y que no necesita más prueba para ello que una manifestación de fuerza. Para los liberales, el momento fundacional fue el de los “founding fathers”, que eran calvinistas y puritanos capitalistas, pero también liberales e ilustrados. Habiendo logrado la independencia de EE. UU. frente a Inglaterra en 1783, son los autores de la Declaración de Independencia, los Artículos de la Confederación y, finalmente, de la Constitución. En esta última se plasma el carácter republicano de gobierno, la división de poderes y el papel central de Congreso.    

Trump no alude a esta historia. No se refiere nunca a Franklin, a Washington o a  Adams. La narrativa que invoca elige, en cambio, otros momentos de “éxito” de la historia estadounidense. Militarmente, habla de la “grandeza” por la cual EE. UU. se hizo de un gran territorio que pertenecía a México durante la guerra de 1846-1848. Económica y socialmente, se refiere al mundo perdido de las plantaciones sureñas, basadas en el trabajo esclavo. La esclavitud no es vista como explotación, ni como un modo de producción, sino como afirmación de superioridad racial, como si fuera la prueba misma de la elección de Dios. El primer republicano, Abraham Lincoln, ¡habría sido el iniciador de la revuelta woke! Para frenarlo era preciso una legión de fieles, los confederados. Ellos son los que, tras varias décadas, tomaron el Capitolio, verdaderos patriotas que defendían el destino superior de EE. UU. El sur debió de haber vencido al norte progresista, es decir, abolicionista. Pero la Guerra Civil norteamericana (1861-1865) declarará el triunfo de la América liberal. Son los Confederados, los perdedores, a quienes invoca Trump en la Gestalt social, y quienes, según él, deben recordarnos a los trabajadores industriales del siglo XX. Probablemente en ello esté implícito un fordismo idealizado, como el modelo que revolucionó la producción a inicios del siglo XX.

Pero el sur no se rindió. Durante la época de la Reconstrucción promovió todo tipo de leyes segregacionistas para obstaculizar el voto, la participación en el gobierno, el ingreso a universidades e incluso la entrada a comercios a los afroamericanos. Así, la segregación actual de los latinos, promovid por Trump, repite la “heroica” resistencia de los sureños por evitar la mezcla. El archivillano de Trump es Lincoln, pero también Martin Luther King, su acólito, aunque los latinos hayan desplazado a los negros (al menos en el discurso).

Ahora bien, es importante mostrar el punto central sobre el que se apoya el resentimiento de Trump y sus seguidores: la humillación. Los sureños son obligados a guardar silencio público, pero, como sucede con toda censura, pasan a la clandestinidad. Es la historia del KKK. El KKK es la figura del Confederado que sufrió la humillación y fue expulsado de la esfera pública, por lo que actúa desde la clandestinidad, al menos hasta que llegue el momento en que pueda salir a la luz del sol nuevamente… Ese “nuevamente” es el “again” de Trump.

Trump es una figura de resentimiento. Es una figura que surge de la humillación. El mundo liberal siempre ha tenido una relación estratégica con la derecha. Desde su infame alianza en la República de Weimar para exterminar a los comunistas, hasta las modestas oscilaciones del bipartidismo norteamericano, los liberales hicieron siempre uso de los conservadores para ganar mayorías en el congreso, para combatir a su enemigo común —la izquierda— y para realizar pactos económicos. Pero la derecha habría de pagar el precio de volverse impresentable. Sobre todo a partir de los años 80, que coinciden con el arranque del neoliberalismo, los conservadores aparecieron como seres toscos, machistas, poco preparados intelectualmente y, sobre todo, objeto de burla.

Los liberales del siglo XX conquistaron la arena ideológica, pero su operación política y económica fue oportunista y pragmática. Así como se sirvieron de los conservadores para nutrir el espíritu nacionalista cuando las guerras lo necesitaban, así también armaron grupos de derecha en América Latina para promover golpes de Estado. Apoyaron warlords en África y paramilitares en todo el planeta para asegurar sus intereses. Incluso se apoyó en el narcotráfico para combatir las guerrillas latinoamericanas. Lo mismo hicieron con la derecha, sólo que la subestimaron.

De igual manera, la izquierda comparte responsabilidad en el ascenso de Trump. En primer lugar, por no ofrecer ninguna alternativa fuera del comunismo, que históricamente no tenía ya ninguna posibilidad sin sufrir modificaciones y críticas radicales. Izquierdas hay muchas, es preciso reconocerlo. Podemos identificar al menos dos pares de coordenadas para ubicarlas. El primer par divide el campo de la izquierda entre los que buscan una organización central, partidista y con aspiraciones a la toma del poder y los que se guían por una organización difusa, horizontal y de resistencia. Esta diferencia reedita a su modo aquella entre comunistas y anarquistas. El otro par distribuye a la izquierda entre los grupos activos en la esfera política y los teóricos e intelectuales. De esta combinatoria cuádruple nadie escuchó a esa clase trabajadora blanca, ni a la clase trabajadora en general que ya no operaba dentro de ningún sindicato u organización obrera o campesina. Se trataba de proletarios del primer mundo, empobrecidos y a la vez en el centro del imperio. Población que no era de interés ni de los decoloniales, ni de los marxistas, ni de los teóricos de la raza o del género.

La izquierda marxista de principios de siglo XX intentó hacer justicia las coordenadas aludidas: organización y autoorganización, teoría y praxis. En conjunto, sin embargo, la izquierda se fracturó entre las cuatro cabezas de su hidra. La izquierda institucional criticó la impotencia y falta de organización de las izquierdas no institucionales. Esta última criticó a aquella por “venderse”. Ninguna, sin embargo, supo qué hacer con la derecha y mucho menos con Trump. Una parte de la izquierda norteamericana pensó que las instituciones acotarían las acciones del presidente, que al final, como creían los liberales, no importaría quién ocupase el gobierno, siempre y cuando hubiese contrapesos y los mecanismos estatales, como la división de poderes, funcionaran. Nada de eso se cumplió. La izquierda no institucional, por su parte, subestimó la figura del partido, no imaginó que Trump pudiese usar el partido republicano para capitalizar las demandas de las clases trabajadoras.

Los liberales fueron hostiles con la teoría. Llamaron siempre a un uso acotado y concreto de ella. Acuñaron el término “grounded theory” y denunciaron los excesos de los filosófos continentales como Hegel o Marx. Lo cierto es que, de facto, tanto los marxistas de manual, como los que llamaban a la “verdadera praxis” rechazaron la teoría con el mismo celo. Los liberales oscilaban en su caracterización: la teoría podía ser o peligrosa (como en Hegel y Marx) o completamente inútil (como lo demostraba la historia de la filosofía clásica). Para los marxistas, era redundante, pues lo esencial estaba ya dicho. Otros, todavía más radicales, rechazaron las explotaciones marxistas para dedicarse a los problemas “reales y concretos”, más allá de toda ideología. Su posición resultaba tan ingenua como la de los liberales. Finalmente, los intelectuales de izquierda que sobrevivieron con cierto éxito en la esfera pública internacional se habían convertido ya en post-marxistas y posmodernos, por más que se siguieran identificando con la tradición de izquierda. Ellos se refugiaron en universidades, museos y casas editoriales. Concentrados sobre todo en la crítica de la ideología y de la sociedad contemporánea fuera de toda conexión económica, difícilmente podían interpelar a clases trabajadoras. A ello se sumó un discurso rebuscado, en gran sentido autocomplaciente y acotado a círculos muy cerrados. No había palabras para las clases trabajadoras, para el precariado del mundo en un sentido general que convocara los diferentes grupos y sus agendas. El resultado lo conocemos: un acercamiento al mundo liberal que, en nombre del multiculturalismo, más bien dividía el mundo cultural en guetos y hacia del “otro” una categoría estratégica para exotizar a las poblaciones o para denunciar su barbarie.

Los “prácticos” combatían una imagen petrificada del capitalismo. Los “teóricos” estaban más horrorizados con el comunismo y su proximidad con el nazismo de modo que su objetivo principal fue el combate al totalitarismo, lo que los hizo socios intelectuales de los liberales.

Pero Trump es fascista y liberal al mismo tiempo; ha sabido utilizar el descontento popular fruto del neoliberalismo y unirlo al discurso reaccionario de la derecha. Por un lado, parece enarbolar un fascismo clásico que reivindica el nacionalismo y ataca a los extranjeros para enaltecer a la nación y al pueblo. Pero por el otro lado, Trump es un hijo directo del neoliberalismo y forma parte de los millonarios que éste produjo. Su desconfianza en la verdad lo aproxima a los posmodernos, mientras que su fe cristiana lo hermana con los conservadores. Su asociación con Musk, Zuckerberg o Bezos y otros magnates de la tecnología es resultado de la alianza del capitalismo con la ciencia y la tecnología, pero simultáneamente Trump pregona un desprecio radical de la ciencia y la tecnología cuando no se refieren al mercado, sino a cuestiones de salud o de cambio climático.

Trump acusa a la izquierda de totalitaria (impone el uso de cubrebocas, quiere prohibir las armas, alecciona a los jóvenes en la ideología de género, etc.) y, al mismo tiempo, de débil (woke, afeminada, incapaz de tomar decisiones difíciles y amparada en lo políticamente correcto). Por un lado, denuncia la protección de los derechos laborales y de la salud como totalitarismo estatal, mientras se atribuye como presidente un poder absoluto sobre el gobierno y la economía. No se trata solamente de un personaje contradictorio sino de una persona capaz de efectuar la síntesis imposible de nuestro tiempo: un discurso popular y radicalmente capitalista. Es por ello que se enfrenta tanto al liberalismo como a la izquierda, pero por razones distintas.

El trabajador norteamericano, hombre, blanco, fue bombardeado por varios frentes. El ideológico, donde se le acusaba por sus crímenes históricos, sus privilegios y su conducta inadmisible en el mundo moderno. Económicamente, sin embargo, sufría empobrecimiento, era abandonado por el Estado y pronto iría a parar masivamente en las filas de desempleo. EE. UU. se había desindustrializado, mientras que el tercer mundo se había convertido en su maquila. Esta población era obligada a confesar, desde su miseria, su privilegio histórico y su momento de pagar las cuentas. El shock de la primera victoria de Trump contra Hilary Clinton provenía del claro contraste entre una mujer inteligente, de maneras finas y muy articulada, y ese hombre rudo, de poca inteligencia y con un discurso muy elemental. Las encuestas no lo vieron venir porque los trumpistas no declaraban su intención real de voto. Había aún vergüenza de confesarlo.

En este segundo mandato Trump sólo ha radicalizado esa postura de venganza. Sus palabras y acciones nos parecen irracionales. Para los economistas de centro, derecha e izquierda la imposición de aranceles resulta absurda —e incluso terrible— para la economía estadounidense. El desmantelamiento de las oficinas gubernamentales y de sus prácticas por medio de DOGE resulta tan escandaloso como incomprensible. La ruptura de la alianza con Europa, el rechazo de la OTAN, la negación del cambio climático y un largo etcétera hacen colisión con la conciencia liberal. Pero aquí no hay ningún secreto, ningún plan oculto. Se trata de aplastar el mundo liberal por completo, sin consideración técnica alguna. Se trata de una guerra ideológica que hace de la economía y de la política sus instrumentos. Los liberales podían haber sido más flexibles en su ideología, pero eran férreos tecnócratas.

Para el discurso trumpista, el tecnócrata es el soldado de la nueva Unión, enemiga de los nuevos Confederados. En él se combinan todos los males. Primero, las fuentes de la superioridad moral que se atribuye el liberal contra el conservador para humillarlo (feminismo, la agenda LGBTT+, el multiculturalismo). Segundo, las fuentes de superioridad técnico-científica, que hacen del mundo un sitio que debe estar al cuidado de los científicos (FDA, investigación en medicina, cambio climático, biotecnología). Tercero, el espacio donde los liberales pueden movilizar sus políticas a nivel nacional e internacional (las cámaras, lobby de empresas y partidos, pero también las agencias de ayuda y cooperación, como USAID). Cuarto, las fuentes de superioridad ideológica (medios de comunicación, especialmente noticias y talk shows, redes sociales y, por encima de todo, universidades).

Cuando el vice presidente Vance habló a los europeos en la cumbre sobre IA y seguridad, todos esperaban el posicionamiento oficial respecto a la OTAN, la guerra de Ucrania, la cooperación económica y militar, etc. Él, en cambio, reivindicó el “por qué” y el “para qué”. Así, consideró que lo más importante en ese momento era denunciar la agenda woke y a las universidades como sus más importantes bastiones. También señaló que la democracia europea estaba acabada, haciendo un guiño no ya a los antiguos conservadores, la democracia cristiana, sino a la creciente ultraderecha.

Llegamos entonces a lo más importante: ¿cómo ven el resto mundo los nuevos confederados? Es decir, ¿quiénes serán sus aliados? ¿Con qué otros perdedores de la historia se sentirán identificados? De entrada, lo que lo acerca a Rusia es el sentimiento de traición por parte de los (neo)liberales. China es también una nación que sufrió humillaciones de Occidente y que, incluso en los años de su gran crecimiento económico, siempre fue vista como mera maquila —buena para copiar, mala para crear—. Como sea, el poder de EE. UU. se debe a sus alianzas, y no parece probable que pueda llegar muy lejos sin nuevos amigos. China y Rusia están en otro sitio. Aprovecharán con toda seguridad los (viciados) vientos de cambio.

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