Las teorías conspiratorias atribuyen los males de una sociedad a un grupo de enemigos ocultos y sagaces. Sabemos que este tipo de explicaciones han acompañado a la humanidad desde que hemos dejado un registro escrito. Investigadores como Joseph Roisman y Victoria Emma Pagán han demostrado, por ejemplo, cuán frecuentes eran en la Grecia y Roma clásicas y cómo afectaban la visión de sus pobladores. Quienes las han estudiado en sociedades más recientes, como Michael Butter o Katherina Thalmann en Estados Unidos, han señalado su popularidad y persistencia durante la mayor parte de su historia. Apenas tras la Segunda Guerra Mundial comenzaron gradualmente a caer en descrédito tras los cuestionamientos de autores como Karl Popper y Richard Hofstadter. La polarización que trajo consigo la Guerra Fría, así como las acciones encubiertas de varios gobiernos, como espionaje y guerras sucias, a veces contra sus propios ciudadanos, volvieron a revivirlas poco a poco. No obstante, ha sido durante el presente siglo que han recuperado todo su vigor y vigencia, incluso como herramienta política.

En uno de los primeros libros que retomaron el interés por el incremento de las teorías conspiratorias, Daniel Pipes observaba cómo varios candidatos en las últimas elecciones del siglo pasado a la presidencia de Estados Unidos defendían teorías conspiratorias, lo que evidenciaba su resurgimiento, a la vez que el hecho de que ninguno de ellos se acercara a la victoria marcaba el límite de su alcance. Con el fin del milenio este tipo de narrativas repuntaban, pero todavía quedaban muy lejos del papel que han alcanzado hoy, cuando es cotidiano que gobiernos populistas y sobre todo fuerzas políticas de derecha usen teorías conspirativas para avanzar su agenda y obtener ganancias electorales, con frecuencia a costa de discriminar a los sectores más vulnerables de la sociedad y en ocasiones a la realidad misma.

Erikur Bergmann señala que en Europa este tipo de discurso ha sido instrumentalizado (‘weaponised’) en dos sentidos. El primero es este uso electoral recién mencionado; el segundo es la radicalización de los seguidores de estas filiaciones políticas que llegan a actuar de manera violenta, atacando directamente a quienes las teorías conspiratorias señalan. Su instrumentalización podría estar alcanzando un tercer aspecto al ser utilizadas como fuente de la política pública. Un ejemplo muy claro lo tenemos en la Estrategia de Seguridad Nacional que emitió la Casa Blanca a fines del año pasado. Varios medios señalaron cómo el documento entiende Europa a partir de la teoría del remplazamiento poblacional (conocida también como Eurabia o Gayropa). No es la única teoría de este tipo presente. Una carta de Donald Trump que antecede al documento declara directamente a la ideología de género y progresista (“gender ideology and woke lunacy”) como enemigos de su ejército.

Entre un oropel retórico tan recargado como el estaño dorado que adorna ahora el interior de la Casa Blanca, esta declaración de guerra ideológica se mantiene a lo largo del documento. Señala su rechazo a la influencia extranjera mediante propaganda destructiva y operaciones de subversión cultural, así como a “ideologías desastrosas como el cambio climático o de cero emisiones que tanto daño han hecho a Europa y amenazan a los Estados Unidos”. Un duro contraste con la realidad cuando Europa vive un verano que ha roto todos los récords de altas temperaturas y los incendios en América del Norte han arrasado con millones de hectáreas. Para restaurar la salud cultural y espiritual de la nación, argumenta la administración Trump, se necesitan más familias tradicionales y fuertes que críen infantes saludables.

Una zona medular para esta estrategia es el hemisferio occidental, que en la política pública estadounidense se refiere al continente americano. La injerencia vertical que propone es denominada en el propio documento como el corolario Trump a la doctrina Monroe, que proclamó la hegemonía continental estadounidense bajo la frase de “América para los americanos”. Parte de este corolario incluye reconsiderar la presencia militar de Estados Unidos en la región, incluidos “despliegues específicos para proteger la frontera y derrotar a los cárteles”. No es difícil encontrar aquí la autojustificación para que, un par de meses después de su publicación, Estados Unidos invadiera Venezuela y secuestrara al presidente Nicolás Maduro.

Los objetivos principales en el hemisferio occidental incluyen frenar la presencia de naciones ajenas al continente (se les llama “competidores no hemisféricos”: léase China), así como la migración, aludiendo a una conspiración internacional para construir bloques de votación fieles a intereses extranjeros, y combatir a los cárteles narcoterroristas, que han estado entre los caballos de batalla en el repertorio de enemigos favoritos de Trump y su equipo. La manera de alcanzar las metas para este hemisferio es sintetizada como Reclutar y Expandir (‘Enlist and Expand’). Por un lado, conseguir el apoyo de “campeones regionales” alineados con los principios de este régimen y, por el otro, cultivar nuevos socios. Los resultados se han dejado notar ya con la injerencia electoral en América Latina, que ha dejado una cauda de gobiernos conservadores, así como en la reciente campaña contra un supuesto extremismo internacional de izquierda, que, según el secretario de Estado, Marco Rubio, ante representantes de más de 60 países, se debe a un mal único y esencializado cuya raíz es un profundo resentimiento contra la civilización. Una confabulación real de la derecha internacional que se oculta en la denuncia de una falsa confabulación de izquierdas. Esta táctica ha quedado documentada en eventos como el Hondurasgate que, a pesar de la bravuconería verbal en contra del narcotráfico, ha incluido el perdón de Trump al ex presidente de Honduras Juan Orlando Hernández, quien purgaba una condena de 45 años en Estados Unidos por tráfico de cocaína a ese país.

Este año la estrategia de seguridad de Estados Unidos fue ampliada mediante otra, dedicada al control de drogas. Es más extensa y técnica, contiene una larga enumeración de intenciones y proclamas, pero también es verbosa y melodramática, con secciones encomendadas a la inteligencia artificial. A trechos el documento se lee como si un tratado de comercio internacional estuviera de mal humor: una lluvia de siglas, porras para la administración en curso, multas y penalizaciones para quienes no cumplan. Presenta como telón de fondo la misma base conspiratoria que el documento anterior: una comunidad pura e inocente bajo el asedio maligno e incesante del exterior. Por ejemplo, habla de “la guerra química que los imperios criminales y depredadores están librando contra el pueblo estadounidense”. Hay una performatividad retórica constante. El documento se precia con orgullo de que Trump haya declarado al fentanilo como arma de destrucción masiva. El adjetivo “robusto” se utiliza una decena de veces. La expresión “multiplicador de fuerza”, seis. La redacción remite a la publicidad de suplementos de testosterona para la mediana edad.

Esta subestrategia reconoce que el poder de las organizaciones criminales está vinculado a las armas de fuego traficadas desde los Estados Unidos, pero como solución sólo menciona reiteradamente la intención de romper las redes que permiten su flujo, aunque nunca aclara cómo. Una manera muy sencilla sería poner más trabas a la venta, cosa que en ningún momento considera. Las demandas contra las compañías que producen estas armas por parte del gobierno mexicano han sido una medida mucho más concreta al respecto. En cuanto a la parte interna del problema, para disminuir la demanda de drogas el énfasis recae sobre el poder de la fe para el tratamiento y recuperación de adicciones, pues “los Estados Unidos son, y siempre lo serán, una nación bajo Dios”.

“Lo que diferencia a Estados Unidos del resto del mundo”, dice la Estrategia de Seguridad Nacional, son “su apertura, transparencia, fiabilidad, compromiso con la libertad”, y afirma que gracias a tales atributos el país del norte seguirá siendo el socio global preferido. ¿Sarcasmo o cinismo? Ante ambos documentos y sus implicaciones es difícil definirlo.

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