Primera de dos partes
Comparto mis propias experiencias de aflicción mental no porque crea que haya
Mark Fisher
algo especial o único en ellas, sino para apoyar la afirmación de que muchas formas
de depresión son mejor entendidas —y mejor combatidas— a través de marcos que
son impersonales y políticos más que individuales y «psicológicos».
La salud mental se ha convertido en uno de los ejes más visibles —y paradójicos— de la subjetividad contemporánea. Si bien durante décadas predominó el silenciamiento o la vergüenza en torno al sufrimiento psicológico y sus consecuencias, hoy en día somos testigos de una proliferación de discursos que lo tematizan abiertamente como parte del mainstream de nuestra era: la ansiedad, la depresión o el burnout han pasado de ser experiencias privadas a formar parte del repertorio cotidiano de lo público, e incluso poseen, por tanto, características performativas. Esta apertura no responde simplemente a una mayor consciencia colectiva o a un sentido de solidaridad generalizado —a una suerte de “todxs estamos juntxs en esto”—, sino más bien al hecho de que, bajo las condiciones del capitalismo contemporáneo, el malestar psicológico se ha vuelto prácticamente estructural.
La transición del régimen fordista al postfordista, caracterizada por la precarización laboral, la digitalización del trabajo y la erosión de las identidades profesionales estables disolvió muchas de las formas tradicionales de arraigo identitario. En ese vacío, los trastornos mentales han emergido no sólo como síntomas de una estructura político-económica decadente y enferma, sino también como matices simbólicos de identidad: maneras de nombrarse, enunciarse, narrarse y, sobre todo, distinguirse en un mundo donde ya aquellos elementos que brindaban identidad a los individuos han ido diluyéndose. En otras palabras, en una era en que el trabajo, los hobbies o la educación, ya no constituyen matices de identidad, la salud mental surge como uno de los pocos ejes de individualización y sentido remanentes. Pero no como una búsqueda colectiva de bienestar y sanación, sino como una suerte de marca de distinción, e incluso, de competencia.
El malestar viene desde fuera: ¡no sufres depresión, sufres de capitalismo!
En repetidas ocasiones, Mark Fisher (2009, 2013) se refirió a que enfermedades como la depresión, u otras relacionadas con la salud mental en general, no responden exclusivamente a problemas de desequilibrios químicos o alteraciones psicológicas de los individuos, sino que más bien surgen como consecuencia del sistema en el que viven las personas.[1] Es decir, que las enfermedades mentales, más allá de ser puramente desequilibros neuronales individualizados, responden a elementos estructurales y culturales del capitalismo contemporáneo. Al respecto, valdría la pena recordar el debate entre Slavoj Žižek y Jordan Peterson en 2019, durante el cual el filósofo esloveno tomó como base argumentativa uno de los “slogans” de la psicología de Peterson: “Quiero decir, esta es también la segunda —o no sé cuál— de tus consignas en tu libro, perdón, no lo recuerdo bien. Ya sabes, “primero pon tu casa en orden y luego” —arregla el mundo—… Pero aquí va una pregunta de sentido común, bastante ingenua: ¿Qué pasa si, al intentar poner tu casa en orden, descubres que está en desorden precisamente por la forma en que la sociedad está desordenada?” (cit. en Marche, 2019).
Para Žižek, pues, el desorden interior —en este caso el psicológico— no puede aislarse del caos exterior del sistema. En otras palabras, la subjetividad está intrínsecamente vinculada al orden social, por lo que pretender resolver los problemas de salud mental individuales sin transformar las condiciones materiales que los generan es un callejón sin salida que refleja nada más que una forma de ideología neoliberal: privatizar el malestar y hacerlo responsabilidad exclusiva del individuo. Es lo mismo que sucede, por poner otro ejemplo, con la crisis climática: la ideología neoliberal insiste en transferir la responsabilidad a los individuos —pues son ellos quienes deben reciclar, no desperdiciar agua, etc.—, mientras que las grandes corporaciones, las principales causantes de los males que sufre nuestro planeta, siguen operando de forma nociva para la vida.
En este sentido, me parece clave señalar, tal como Žižek y Fisher, que los problemas mentales son causados efectivamente desde “el exterior”. Sin embargo, agregaría que estas causas externas no se presentan simplemente como “exteriores”, sino que son más bien trascendentalmente exteriores, en términos lovecraftianos (Fisher, 2018). Es decir, se encuentran incluso más allá de nuestra comprensión humana e individual, pues operan en una especie de telón de fondo que las vuelve difícilmente localizables, y por ello mismo no se pueden alcanzar a aprehender totalmente, ni descifrar como parte de un entramado de fenómenos que afectan directa e indirectamente la psiquis de los individuos. Es precisamente a raíz de este impasse que se busca explicar las causas y consecuencias de las enfermedades mentales desde un plano individual, en el cual los mandatos de “querer es poder” o de “vibrar en la frecuencia correcta” reemplazan cualquier forma de proyecto colectivo y emancipador.
Y la cosa va incluso más allá, pues actualmente en el mercado existen toda una serie de formas y productos para explotar la subjetividad individual del sufrimiento y de su —supuesto— remedio: apps de meditación, branding terapéutico, redes sociales que monetizan con los traumas de los llamados influencers. Dichos productos generan valor económico con base en el sufrimiento de los individuos, y lo que debería ser asunto de preocupación se banaliza bajo su caricaturización y positive reaffirmation. Esto puede abordarse desde el concepto de “fetichismo ideológico” que elabora Žižek (2003). Dar la vuelta al “ellos no saben lo que hacen”, a un “ellos saben muy bien lo que hacen e igual lo hacen” es clave para comprender la mercantilización del sufrimiento en la actualidad. En este caso, se podría leer de la siguiente manera: “Sabemos que el sistema produce malestar y sufrimiento generalizado, pero aun así seguimos estilizándolo, medicalizándolo y convirtiéndolo en contenido de consumo”.
Así, la normalización y exposición desmedida del sufrimiento y los trastornos mentales operan como una forma de fetichismo ideológico. El sufrimiento se reconoce como síntoma, se nombra sin miedo a la depresión o a la ansiedad, se le convierte en contenido de consumo, pero esta gran visualización no conduce ni conlleva a una transformación estructural. Todo lo contrario: más bien funciona como una válvula de escape simbólica que, mediante sus salidas de aire en puntos de presión, permite sostener el orden existente sin buscar una liberación real. Es como si pretendiésemos que únicamente nombrando, enunciando y denunciando los males que produce el sistema fuera suficiente para repararlo.
Sufrir como performance: la identidad a través del padecimiento
La lógica performativa del malestar encuentra un canal especialmente idóneo en las redes sociales, en las cuales emergen fenómenos como la TikTok Therapy —es decir, videos breves de personas random explicando diagnósticos complejos como si fueran tests de personalidad y, a veces, inclusive narrando sus (supuestas) experiencias con tal o cual enfermedad—. El auge del autodiagnóstico como etiqueta social: expresiones como “yo soy ansioso”, “tengo ansiedad social”, “soy neurodivergente”, “soy depresivo”, son utilizadas actualmente como marcas de identidad y autenticidad. Ello, aunado a la sobreexplotación de los memes relacionados con la salud mental: “Yo en un ataque de ansiedad a las tres de la mañana, asustando al monstruo que vive en mi closet”. En este último también podemos observar un matiz importante: el meme como forma de expresar el sufrimiento real sin tener que afrontar sus consecuencias reales. Así, todas estas prácticas performativas no sólo visibilizan el sufrimiento o los problemas de salud mental, sino que también se encargan de banalizarlo y trivializarlo.
Retomando el tema identitario, como dije en un inicio, el postfordismo trajo consigo la disolución de muchas de las formas en las que los individuos construían sus identidades. El hecho de que actualmente se nos exija a todos aprovechar cada minuto de nuestro tiempo en múltiples trabajos, actividades y hobbies es una seña de cómo el yo contemporáneo se descompone en una serie de elementos dispersos que no encuentran un centro que los integre. Por ejemplo, ¿cómo puedo decir que soy docente cuando en realidad en las tardes trabajo como corrector de estilo y los fines de semana doy cursos de spinning? Es decir, ¿a cuál de dichas categorías debería responder la identidad del sujeto en este caso?
En este sentido, es evidente que el capitalismo contemporáneo ha erosionado en gran medida toda forma estable de identidad social. Por lo tanto, el sujeto desmovilizado y despojado de identidad se aferra a su malestar emocional como el último vestigio que le queda de su singularidad. En una palabra, la identidad ha dejado de basarse en lo que uno hace —trabajo, hobbies, comunidad, religión—, y se vuelve lo que uno padece. Todas esas personas que van por ahí gritando a los cuatro vientos y exhibiendo constantemente en redes sociales sus neurodivergencias y diagnósticos de trastornos mentales no hacen más que intentar desesperadamente diferenciarse de los demás; es decir, construir un matiz de singularidad que les haga verse “diferentes” y, de alguna forma, separarse del resto. Me parece que en todo ello hay un intento desesperado de mostrar individualidad en un sistema que mimetiza la cultura y la distinción bajo la estela del consumo y la globalización.
La mayor ironía de esta búsqueda de singularidad es que inevitablemente termina por someterse a la misma lógica de acumulación que rige el sistema que nos enferma. El sufrimiento no se exhibe con intención de buscar alivio, sino que sólo se le tilda de exclusivo y por ende, se cotiza. En otras palabras, se convierte en un nuevo tipo de capital simbólico. A ello se dedicará la entrega siguiente de este texto.
Notas
* La idea para escribir este ensayo provino de una conversación con mi amigo el Dr. Miguel Ibarra, quien en este momento se encuentra cursando su último año de especialidad en psiquiatría. Mi profundo agradecimiento y reconocimiento para él, por permitirme darle forma a lo que en su momento fue nada más que una conversación casual.
[1] De hecho, hay quienes sugieren que el asunto es más radical todavía: un artículo publicado recientemente en Molecular Psychiatry (2022), liderado por investigadores del University College London, concluyó que no existe evidencia científica convincente que respalde la teoría de que la depresión es causada por un desequilibrio químico, particularmente por bajos niveles de serotonina. El estudio cuestiona la base misma del uso masivo de antidepresivos tipo ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina), al mostrar que esta hipótesis carece de respaldo empírico sólido. Los autores advierten que hasta el 90 % de las personas creen que la depresión proviene de un “desequilibrio químico”, lo que puede obstaculizar el tratamiento no farmacológico y reducir el optimismo hacia la recuperación. En consecuencia, el estudio sugiere enfocar el abordaje de la salud mental en factores sociales, estrés vital, trauma y cuidados no exclusivamente médicos. (Vease: Moncrieff et al., 2022.)
Bibliografía
Fisher, M. (2009). Realismo capitalista ¿No hay alternativa? Caja Negra.
______. (2013). Los fantasmas de mi vida. Caja Negra.
______. (2018). Lo raro y lo espeluznante. Alpha Decay.
Marche, S. (2019). “The «debate of the century»: What happened when Jordan Peterson debated Slavoj Žižek.” The Guardian.
Moncrieff, J., Cooper, R. E., Stockmann, T., Amedola, S., Hengartner, M. P., & Horowitz, M. A. (2022). “The serotonin theory of depression: A systematic umbrella review of the evidence.” Molecular Psychiatry, 28, 3243-3256.
Žižek, S. (2003). El sublime objeto de la ideología. Siglo XXI editores.
