Si esta historia no es verdadera, ¿acaso no encierra una enseñanza? Y puesto que es divertida, merece ser contada.

Stanislaw Lem, Fábulas de robots

El pasado mes de mayo se celebró en Santo Domingo, República Dominicana, el V Congreso Iberoamericano de Filosofía de la Ciencia y la Tecnología. Como imaginarán, no tuvieron que insistir mucho para convencerme de que asistiera allá para presentar alguna ponencia. Al fin y al cabo uno se debe a su trabajo, a sus investigaciones y a sus intereses intelectuales. Además, era una gran oportunidad para encontrarme y dialogar con algunos de los filósofos más reconocidos del campo. No omitiré, claro, que el lugar elegido constituyó una importante motivación complementaria. Y es que se trataba de visitar esa joya del Caribe de calmadas aguas turquesas donde uno puede aprender que la fascinante cultura taína ha dejado en el español palabras de significante y significado profundamente significativos como “hamaca”; o toparse con esa obra arquitectónica cósmico-brutalista que alberga los restos del almirante que hizo de la desorientación una de las más trascendentales experiencias históricas;  o “bailar” sin pudor un tema de Juan Luis Guerra junto a personas que llevan el ritmo en la sangre —o sea, en la cultura— y hacen del baile —sin comillas— una esplendorosa afirmación de la vida; o probar una mamajuana debajo de una palmera mientras se fantasea con los galeones del temible pirata Drake acercándose a la costa para saquear la isla; o…. Ya, perdón, este artículo no trataba sobre mis experiencias personales. Esas las atesoraré en mi memoria hasta que se pierdan como lágrimas en la lluvia. Uno fue a lo que fue y lo importante es lo importante. El viaje que quiero compartir no tiene nada que ver con mares por los que algún día navegaron intrépidos corsarios y elegantes canoas autóctonas, sino con expediciones interplanetarias en un Universo plagado de asombrosas culturas desarrolladas por inteligentísimas criaturas artificiales. Aunque ahora que lo escribo —y por tanto lo pienso—, quizá sí tenga, en el fondo, algo que ver. Veamos.

El caso es que en el trabajo que presenté en ese congreso —el cual, olvidé decir, tuvo como tema de reflexión central la Inteligencia Artificial— analizaba algunas obras de Stanislaw Lem. Dos brillantes colegas, Natalia Carrillo y Sarah Abel, me habían invitado a una mesa sobre creatividad e IA y me propuse, en ese típico alarde de originalidad de quien simplemente da la vuelta a las cosas, dejar orgullosamente de lado la pregunta sobre si la artificialidad generativa es capaz de creaciones realmente novedosas, para enfocarme en el problema de si nosotros hemos sido lo suficientemente creativos como para imaginar, más allá de los automatismos provocados por las fantasías hegemónicas, qué tipos de vida y cultura podrían detonarse a partir de la emergencia y proliferación de máquinas a las que atribuimos inteligencia. Esta inversión del tema me dirigió inevitablemente hacia el famoso escritor polaco de ciencia ficción, no sólo por ser uno de mis autores favoritos, sino porque dedicó las páginas más divertidas, interesantes y profundas a la creación de mundos protagonizados por inteligencias artificiales, o mejor dicho, “máquinas intelectrónicas”, que es la expresión utilizada por él mismo para referirse a los engendros metálicos nacidos de estos extravagantes seres flácidos y acuosos que somos. El análisis de la obra de Lem, además, me daba la oportunidad de mostrar que la ciencia ficción es un ámbito de producción intelectual en el que a veces se plasman ideas de primer orden que la filosofía haría bien en tener en cuenta.

Con esto en mente me puse a preparar la ponencia. Lo primero que hice fue buscar lo que Lem había dicho sobre el género que él mismo cultivaba. Esto porque, sin ser un especialista en el tema, creo que es algo que debería hacer cualquiera que quiera explorar un corpus literario. No por tratar de minusvalorar la capacidad hermenéutica que nos permite atrapar los muchos sentidos que se fugan traviesamente de las intenciones del autor, sino por atender las indicaciones que él mismo nos hace y que quizá nos guíen, como lo haría un mapa del tesoro, hacia un cofre que al abrirse nos muestra algún reluciente significado.

El texto-mapa que encontré fue “Sobre el análisis estructural de la ciencia ficción”. En él, Lem hace una distinción entre ciencia ficción y fantasía con el fin de mostrar que muchas veces se nos da gato por liebre. No porque pensara que la fantasía tuviera menor interés o calidad, sino porque creía que cada género ha de establecer las reglas del juego, tanto internas como externas, que le son propias. Por reglas internas, Lem entiende aquellas que fijan el tipo de interacciones posibles entre los diferentes elementos de la historia y que van dando forma a la trama. Las externas, en cambio, establecen el modo de correspondencia permitida entre los acaeceres literarios y el mundo real. En el caso de la ciencia ficción, al contrario de lo que ocurre con la fantasía, éstas últimas habrían de asegurar una relación de correspondencia con lo real que permitiera una interpretación racional y empírica de los acontecimientos narrados. No se puede ser más claro y tajante al respecto:

En la ciencia ficción no puede haber maravillas inexplicables, ni trascendencias, ni diablos ni demonios, y el patrón de sucesos ha de ser verosímil.
Y aquí nos aproximamos al problema: ¿qué queremos decir con un patrón verosímil de sucesos? Los autores de ciencia ficción intentan chantajearnos haciendo un llamamiento a la omnipotencia de la ciencia y a la infinidad del cosmos como un continuo. «Puede suceder cualquier cosa» y por tanto «cualquier cosa que se nos ocurra» puede aparecer en la ciencia ficción.

Así, Lem, cáustico como fue siempre a la hora de criticar la calidad y naturaleza literaria de la obra que se producía en Estados Unidos —si bien reconocía algunas honrosas excepciones—, da argumentos teóricos para mostrar que lo que se vendía como ciencia ficción no era sino entretenimiento con forma de aventuras espaciales que poco o nada nos decían de las posibilidades, significados e implicaciones científico-tecnológicas de la época. No obstante, lo más interesante del ensayo es que nos permite entender el papel que juega la ciencia ficción a la hora de establecer un vínculo entre imaginación y los hechos reales. Y es que la clave está, a mi juicio, en el carácter hipotético que se expresa en cada historia: si la relación entre el mundo de la ficción y el mundo de los hechos fuera de correspondencia, nos encontraríamos leyendo realismo. Si, por el contrario, no existiera relación más allá del que inevitablemente se traza con el lenguaje natural, estaríamos ante una obra de fantasía o de pseudociencia-ficción. La ciencia ficción, en cambio, tiene la obligación de establecer un puente entre ficción y realidad a partir de condicionales hipotéticas. Porque es la narrativa plausible —o sea, la de hechos que podrían de alguna u otra forma concordar con alguna de las posibles derivas de las condiciones científicas, tecnológicas, epistémicas, materias, sociales y psicológicas dadas— lo que hace que una obra de ciencia ficción lo sea. Para que vean que no me lo invento: “La ciencia ficción consiste en el arte de introducir premisas hipotéticas en la complicadísima corriente de los sucesos socio-psicológicos. Aunque este arte tuvo una vez su maestro en H.G Wells, se ha olvidado y ahora está perdido. Pero puede aprenderse de nuevo.”

Bien, en ese texto-mapa había encontrado una idea-brújula que me ponía rumbo a aquellas obras de Lem en las que el tema central era la IA. Ahora podía surcar de nuevo sus textos, “viento en popa a toda vela”, para ver cuáles eran las consecuencias que se derivaban de las hipótesis racional y empíricamente admisibles introducidas en sus historias. Me centré, entonces, en Fábulas de Robots, Ciberíada y Golem XIV. Dejaré el análisis minucioso de todos los temas relevantes que encontré para uno de esos artículos académicamente serios con referencias en APA en los que escondemos los aspectos biográficos, como si estos fueran miserables polizones que no han de dejarse ver en cubierta, con el fin de proteger la pureza de los argumentos y evitar los ceños fruncidos de los dictaminadores. Acá sólo hablaré sobre uno de mis relatos preferidos, el del pirata intelectrónico Morrón. En él, Trurl y Clapaucio, los más ingeniosos y poderosos inventores del Universo —ambos también intelectrónicos—, se las ven con un temible bandido que desvalija a todo viajero intergaláctico que se cruce en su camino.  Sin embargo, al peculiar ladrón espacial no le interesan doblones, chelines ni cualquier otra moneda de cambio que produzca riqueza material. Ansioso de conocimiento, el infodelincuente sólo saquea información. Los inventores, que han caído en sus redes, se encuentran en un terrible apuro. Al fin y al cabo ellos son sapientísimos y, de tener que darle toda la información que poseen, se verán obligados a ser sus prisioneros por quién sabe cuántos siglos. Sin embargo, su sabiduría está, afortunadamente, acompañada de inteligencia, así que logran salir del aprieto gracias a una magistral idea: ofrecen al pirata construirle y regalarle un Demonio de Segundo Orden que sea capaz de suministrarle toda la información del Universo —la de todos los hechos que ocurrieron, que ocurren y que ocurrirán—. El ingenuo pirata, motivado por su afán de conocimiento y complacido con la propuesta, acepta el fatal regalo que lo llevará a su perdición. Finalmente, mientras los astutos Trurl y Clapaucio escapan aliviados, el ansioso bribón naufraga entre la ingente cantidad de datos que produce sin descanso el infernal aparato omni-informativo.

Apoyado en su barril, al pirata no le quedaba de otra que leer “lo que le dictaban los átomos retozones en medio del rechinar de la punta de diamante con la cual el Demonio escribía en la cinta de papel: cómo serpenteaban las serpientes de Arlebarda, y que la hija del rey Petricio de Labandia se llamaba Garbunda; qué había almorzado Federico II, rey de los Palideneos, antes de declarar la guerra a los Gvendolinos, y cuántas capas de electrones tendría un átomo de terminolium si este elemento existiera, y cuáles eran las dimensiones del agujerito trasero de un pequeño pájaro llamado curcú, pintado por los Marlayos de Vabendia en sus rozánforas. A continuación fue informado de cómo se alimentaban los tres dragones poliaromáticos en los limos oceánicos de Aguacia Central, y que la florecita Dálea daba tremendas palizas a los cazadores de Malfandia la Vieja porque la ponían nerviosa los disparos, y cómo se deducía la fórmula para calcular el ángulo de la base del sólido llamado icosaedro; quién era el joyero de Fafucio, el cruel monarca zurdo de los Buvantos, y cuántas revistas filatélicas se publicarán en Morconaucia en el año setenta mil; dónde se encontraba el cadáver de Cibricia, la de Talones de Rosa, a la que mató en estado de embriaguez un tal Malconder clavándole un clavo, y en qué consistía la diferencia entre Muerte y Suerte, y también de quién en el Cosmos tenía la pelvicie longitudinal más pequeña, y cómo se jugaba al juego llamado Balancero Traseril Apretado, y cuántos gramos de amapola había en aquel montoncito que Abrucio de Politea tocó con el pie al resbalar en el kilómetro ocho de la carretera albaceriana en el Valle de los Suspiros Hondos…”

Morrón poco a poco entiende que está atrapado en un diluvio de información del que no puede escapar porque los ojos siempre se le van a uno de los muchos datos que suministra la máquina. Pero sobre todo, comprende que la mayor parte de todos esos datos son irrelevantes y nada puede hacer con los pocos que le resultan significativos, ya que su atención, paradójicamente, ha quedado atrapada por ser incapaz de detenerse en ningún lado.

Si volvemos al texto-mapa de Lem, podemos interpretar esta fascinante fábula de navegación cósmica como un ejercicio imaginativo de introducción de premisas que detonan consecuencias plausibles y nos informa sobre aspectos relevantes de nuestro mundo real. De hecho, el condicional hipotético del relato del pirata Morrón, que fue publicado en 1965, va teniendo visos de corroborabilidad sesenta años después. Quizá, es cierto, los filibusteros ansiosos por robar datos son otros. Sin embargo, lo consiguen transformándonos en insignificantes piratas de información que, creyendo estar agarrando el timón, se encuentran sometidos a un esclavizante castigo de galeras.

Encuentro, entonces dos moralejas tras este breve periplo. La primera es que lo mejor de la ciencia ficción produce críticas profundas del presente y prospectivas que merecen ser analizadas seriamente. La segunda, que quizá merezca la pena dejar el scroll por un rato y evitar enterarnos de cosas que no nos importan. Una buena alternativa sería seguir leyendo a Lem, de ser posible en una hamaca, bebiendo una mamajuana, con una canción de Juan Luis Guerra de fondo y contemplando el azul de un Caribe que hace algún tiempo fue surcado por almirantes, taínos y otro tipo de piratas.

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