Eran las siete de la mañana del 20 de enero de 2025 cuando las compañeras residentas del albergue para mujeres migrantes Border Line Crisis Center se enteraron de que Donald Trump había ordenado la cancelación del sistema de citas para el asilo humanitario por medio de la aplicación de CBP One. La noticia cayó como balde de agua fría para las compas residentas del Border. Su esperanza de cruzar la frontera por medios legales se desvaneció de golpe con la decisión del nuevo presidente de Estados Unidos que, con una política antiinmigrante, provocó una crisis marcada por la incertidumbre, la angustia y un miedo compartido tanto por los miles de migrantes varados en la frontera entre Tijuana-San Diego —algunos hasta por 10 meses—, a la espera de acceder a una cita, como por quienes trabajamos con esta población. Hubo un grupo especialmente afectado: el de aquéllos a quienes les cancelaron las citas que ya tenían confirmadas para entrar a EE.UU. ese mismo veinte de enero o en los próximos días. La mayoría se encontraba ya en los distintos puertos de entrada, con su vida empacada, sus crías, sus mascotas, sus planes de reunificación familiar o de vivir dignamente, sin amenazas. Se trata de personas de distintas nacionalidades que dejaron todo dispuesto para nunca más volver. Para muchos, llegar a la frontera norte de México significó gastar todo lo que tenían, y fueron dejados a su suerte en los puertos de entrada. Muchos otros se quedaron varados en distintos puntos del país: seguimos el caso de un jamaiquino en Tabasco y una familia iraní en Tuxtla: personas que ni siquiera hablan español, sumidas en la confusión y en la desesperación de no poder avanzar, pero tampoco regresar.
Nosotras, como personal del albergue, nos acercamos a ofrecer apoyo al puerto fronterizo de El Chaparral. Allí, ninguno de los tres niveles de gobierno pudo ofrecerles más seguridad que el resguardo en un albergue federal, donde tampoco les garantizaban que no serían deportados en caso de decidir establecerse en México. O, lo que es peor, donde corrían el riesgo de ser trasladados a las cárceles migratorias de Tabasco y Tapachula. Algunas mujeres eligieron quedarse con nosotras en el Border.
La esperanza de “comenzar de cero” en EE.UU., lejos de la violencia que viene persiguiendo a las compas residentas, se vio abruptamente interrumpida. Carmen, su mamá y sus dos hijos pequeños, tenían ya seis meses residiendo en el Border. Tenían su cita confirmada para el veinte de enero. Supieron que ese día pasó aún el grupo de las cinco de la mañana, pero ya no el de las nueve ni el de la una de la tarde. Aun así, esperaron afuera del Chaparral con la esperanza de que se resolviera algo para la hora en que ellas tenían programada su cita, a las ocho de la noche, pero se fueron a las seis. No fue la desilusión, sino el frío el que les quebró la voluntad de esperar más, pues la mamá de Carmen es una señora mayor, con condiciones respiratorias crónicas. Aquí ni el que quiere puede.
Regresamos todas juntas al albergue, con los sentires revueltos entre la indignación, la impotencia y la derrota. Pero juntas. Irónicamente, apenas cinco días antes, en el albergue se había celebrado que cuatro compañeras lograron agendar su cita a través de CBP One: después de meses de intentarlo, de meses de no ver avances, por fin se vislumbraba una luz. Y nos la quitaron.
Fue un shock muy fuerte, para ellas y para nosotras. Estábamos en la incredulidad total. Subestimamos, por mucho, la crueldad de los supremacistas blancos y su violencia contra las poblaciones a las que han querido deshumanizar por completo. Fue un momento de incertidumbre, dolor, confusión. Vimos devastadas a las compas, y a nosotras también nos llamó el abismo. Hicimos un círculo de palabras, nos abrazamos, lloramos, nos dimos unos días para sentirnos mal, para habitar el duelo, porque también a esos sentimientos hay que darles su espacio, honrarlos, permitirles cumplir su función. Pero sólo unos días y de ahí pa’lante, porque la vida no empieza cuando se llega a EEUU ni se detiene en la frontera. Nosotras tampoco.
La noticia fue recibida con la misma incertidumbre por la población migrante que llevaba meses alojada en distintos albergues de Tijuana. Ese día, en el puerto de entrada de El Chaparral, Carmen y su familia no estaban solas: decenas de personas se aglomeraban ante los agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) y la Customs and Border Protection (CBP), reclamando su derecho a la protección internacional. Regresaron casi a diario esa semana, pero en vano.
En el Border Line Crisis Center, el esfuerzo colectivo para organizarnos ante el nuevo escenario migratorio dio paso a una serie de estrategias destinadas a cuidar a las mujeres, a sus crías y al staff frente al desconcierto y la desesperanza que predominaba. Algunas voluntarias, residentas y la co-directora nos unimos para poner en el centro los cuidados que nos permitieran sostenernos mutuamente. Ya en la anterior administración de Trump aprendimos a “resistir gozando”; es decir, a disfrutar mientras esperamos en la frontera, mientras reclamamos nuestro derecho al tránsito y construimos “otros mundos posibles”. Si el primer paso fue darnos consuelo, el siguiente era recordar lo bonito.
Aceptamos, con un dejo de reserva, una clase de salsa ofrecida por un voluntario, pues tal vez nadie tuviera el ánimo para bailar. Pero el ritmo toca fibras más allá de la razón, incluso de los sentires: el ritmo toca directamente al cuerpo y, finalmente, todas nos dejamos llevar por la música. Las peruanas, colombianas y salvadoreñas con más sabor que nosotras, las norteñas, que estamos medio tiesas, pero todas con el mismo ímpetu de romper en danza hasta sudar la angustia. Nos despedimos entre risas y abrazos, y esa noche dormimos mejor.
Unos días después, nos visitó el Tijuana Queer Coral. No se limitaron a presentar sus canciones: también hicieron juegos de ritmo con las residentas y cerraron con una sesión de karaoke en la que hasta la compa más tímida, a quien le enseñaron a callar a punta de golpes, se puso a cantar. Esa noche cantaron hasta bien pasado el horario de dormir.
Una semana después de la cancelación de citas, Nidia Barajas, cantautora, trovadora y poeta, nos alegró el corazón con un concierto en el Border, reavivando el fuego de la esperanza, fortaleciendo nuestros ánimos y celebrando juntas en comunidad. Estas formas de arte político desafían y desestabilizan los mecanismos de deshumanización hacia las personas migrantes.
El Border Line Crisis Center está ubicado en una plaza relativamente desatendida, cerca de El Chaparral. En sus alrededores, se encuentran negocios dedicados a la vidriería, la botánica y las artesanías mexicanas. En la misma plaza donde se ubica el Border, se ha conformado todo un ecosistema de cuidados gratuitos para la población migrante, con servicios médicos, de salud mental, ginecología, regaderas, alimentación, y lavamática. Al mismo tiempo, la zona es asediada por agentes de la Guardia Nacional, el ejército, la policía municipal y el Instituto Nacional de Migración. Las tres organizaciones que nos ubicamos en esta plaza comenzamos un proceso de apropiación comunitaria por medio del arte, que arrancó con un concierto de músicos del Sistema Estatal de Música en el Parque Las Californias, en el cual se reunieron los distintos actores que abarca este ecosistema. Nuestros objetivos: dignificar el espacio, reconciliar a los vecinos para evitar la discriminación y prevenir el hostigamiento de los cuerpos armados al contrarrestar la estigmatización de personas migrantes y en condición de calle. Ante el avance del fascismo, nos resguardamos en la música y, por qué no, en las cumbias.
Otras medidas comunitarias de cuidados fueron tomadas: convocamos a todos los albergues de Tijuana, a la academia y a organizaciones de la sociedad civil para articularnos en los ejes de movilización de recursos, información, seguridad y protección —incluyendo seguridad digital—, y otros servicios. El panorama es hostil, pero no estamos solas ni somos víctimas pasivas de esta triste historia. El abordaje comunitario, horizontal, de esas reuniones nos permitirá avanzar orgánicamente, según nuestros recursos y necesidades, así como crear la cohesión necesaria para la incidencia en nuestro contexto local y regional. Nos vamos a hacer escuchar. El Border Line Crisis Center comenzó sus operaciones en 2015, con el propósito de ofrecer teléfonos e internet a las personas recién deportadas para comunicarse con sus familias. Daniel Ruiz, fundador y co-director, es un hombre deportado. En 2020, se integró Judith Cabrera, coautora de este artículo, y a partir de allí el Border comienza a operar desde una perspectiva feminista e interseccional. Se define como un centro comunitario y un albergue exclusivo para mujeres, mujeres trans, infancias y adolescencias, debido a consideraciones de cuidado y seguridad, al reconocer que muchos albergues en Tijuana mantienen una atmósfera masculina y religiosa, donde la discriminación de las mujeres y la comunidad LBTIQ prevalece.

El centro, sostenido por Daniel y Judith, fue creciendo y, en el camino, otras nos unimos desde diferentes lugares de enunciación y servicio. Nos encontramos Karen, Brenda, Lupi, Saraí, Andrea y yo, la que también borda con palabras esta carta de amor al Border Line Crisis Center. Otras compañeras voluntarias también han dejado su huella de amor y servicio, como Mariana, Alondra y Anita, siempre comprometidas con el trabajo de cuidados comunitario hacia las mujeres migrantes. El Border Line Crisis Center es un espacio comunitario al que llegan staff y voluntarias desertoras del sistema de atención humanitaria migrante tradicional, aquellas que buscan una ruta alternativa a la estructura vertical, religiosa, institucional y de las ONG que caracteriza a muchos centros de atención migrante. El Border es también un lugar de acogida para mujeres migrantes que han sido rechazadas por otros albergues, ya sea por tener alguna neurodivergencia o por enfrentar problemas legales, ya por no ser dóciles o no ajustarse a las reglas y normativas impuestas en los albergues de corte religioso en la ciudad. Este albergue es un espacio donde “habitan los atravesados: los bizcos, los perversos, los queer, los problemáticos, los chuchos callejeros, los mulatos, los de raza mezclada, los medios muertos; en resumen, quienes cruzan, quienes pasan por encima o atraviesan los confines de lo normal”, como describe la feminista chicana Gloria Anzaldúa con relación a las personas que vivimos la frontera (Anzaldúa, 1988, p. 42).


En este espacio se percibe una atmósfera distinta a la de otros albergues, comenzando por la manera en que se distribuyen las tareas y actividades, como la limpieza, la preparación de alimentos y los cuidados. Las decisiones se toman colectivamente, en círculos de palabra donde participan las residentas, las voluntarias y las directivas, estableciendo vínculos a partir de la expresión de narrativas que generan emociones compartidas entre las mujeres que habitan temporalmente el Border Line Crisis Center. Así, promovemos e incentivamos la autonomía de las mujeres, fomentamos el diálogo sobre lo que aqueja al corazón, la empatía y la resolución de conflictos, logrando integrar efectivamente la voz de las residentas en el proceso de toma de decisiones. El círculo de la palabra sirve como un espacio de expresión, de escucha, de acuerpamiento, y como un órgano de autogobierno.
¿Qué implica sostener la vida en la frontera sin adoptar una visión paternalista y asistencialista del auxilio a la población migrante?Las lecciones aprendidas en el Border Line Crisis Center, por medio de pedagogías comunitarias puestas a prueba y error, no están exentas de tensiones y negociaciones. En este proceso, las decisiones sobre cómo deseamos ser cuidadas en el contexto de espera en la frontera se toman de manera colectiva, buscando alternativas que respeten la autonomía y dignidad de las mujeres migrantes y sus crías.

El Rizoma de cuidado comunitario y el autocuidado para continuar sosteniendo la vida
El rizoma es una raíz subterránea que crece horizontalmente y de forma no jerárquica, generando múltiples conexiones sin un centro fijo. Esta metáfora fue empleada por Gilles Deleuze y Guattari (1976) para explicar un modelo de pensamiento no tradicional, descentralizado respecto al pensamiento occidental. El pensamiento rizomático busca la heterogeneidad de conexiones, su multiplicidad y una relación no jerárquica ni vertical.
Esta idea se puso sobre la mesa en una de las reuniones del staff y voluntariado del Border Line Crisis Center, cuando sugerimos una forma de trabajo que pudiera compartirse con otras organizaciones comunitarias de apoyo a la población migrante. Inició a partir de una coyuntura social específica: la orden ejecutiva de Donald Trump y los recortes financieros en la USAID impulsados por Elon Musk. Para nosotrxs y otrxs activistas en Tijuana, la respuesta ante esta cancelación será la organización colectiva comunitaria en torno a los cuidados. Así, se busca seguir sosteniendo la vida en colectivo, enraizándonos siempre en la esperanza, la lucha social y la procuración de los afectos. Más allá de la ayuda que puedan ofrecer las ONG, la respuesta que encontramos está en la organización civil comunitaria, algo que experimentamos con la llegada de las caravanas migrantes, así como en la organización de los cuidados comunitarios en el campamento de El Chaparral en el 2020.
Para aterrizar la idea a la realidad cotidiana del trabajo comunitario entre organizaciones civiles, compañeras, compañeros y compañeres migrantes, comenzamos a conspirar en colectivo un plan a corto plazo: construir un “kiosko informativo” en la entrada del Border, que ofrezca a la población migrante información veraz, detallada y actualizada sobre seguridad, movilidad y normativas migratorias en Tijuana. Siguiendo la lógica del rizoma, esta información se compartirá con otras organizaciones comunitarias, y viceversa, generando lazos y redes sociales que faciliten el flujo de información entre colectivos, activistas y población migrante. Esta cooperación va más allá de intercambiar datos: es una manera de enfrentar las políticas de muerte que buscan “desalentar” y “cansar” a las personas migrantes antes de llegar a los puertos de cruce fronterizo, en este caso, la frontera Tijuana-San Diego.
El rizoma también se concreta en la cotidianidad organizativa de los cuidados y autocuidados; en las personas que se comprometen físicamente para apoyar, auxiliar y procurar, desde diferentes lugares de enunciación, a la población en movilidad humana; activistas, defensores de derechos humanos, directivas de albergue, académicxs y voluntarixs. Así, se convocan encuentros colectivos para reflexionar sobre cómo nos cuidamos y la urgencia de procurar nuestros descansos y nuestra sanación física y emocional, a pesar de los “incendios cotidianos” que debemos “apagar” para sostener la vida en la frontera de Tijuana.

Ante la incertidumbre, Lilith
El nuevo reto para nosotras es acompañar a las mujeres migrantes y sus familias en las decisiones que tomen respecto a su trayecto migratorio, ya sea que opten por regresar a sus lugares de origen, quedarse en Tijuana buscando enraizarse en la ciudad o esperar que se detenga la cancelación de la CBP One para continuar su proceso de solicitud de asilo humanitario. Las decisiones, los retos y las acciones a futuro son inciertas, sobre todo ante las emociones que despiertan y la sensación de estar desbordadas por las prácticas de crueldad a las que nos enfrentamos. La volatilidad y el bombardeo de información sobre las normas migratorias provocan en las compañeras migrantes, el staff y el voluntariado en Border, un sentimiento de impotencia.
La desinformación y la saturación informativa nos sumerge en un mar de emociones, dificultando la claridad sobre las decisiones que debemos tomar. Frente a ello, ofrecemos pistas desde una perspectiva feminista, inspirada en la figura de Lilith. En astrología, Lilith es la Luna Negra. No es un cuerpo astral en sí: es un momento en el que no hay luna y se interpreta tradicionalmente como un mal augurio. Pero, en realidad, simboliza el momento mismo del cambio, la incertidumbre, el camino a oscuras sin saber el resultado. Esta idea nos inspira a movilizarnos a pesar del miedo, a sacudir paradigmas tradicionales basados en el control y la vigilancia. Nos invita a darle un espacio a la incertidumbre y a encontrar en el caos el potencial de la creación. Éste se convierte en una parte esencial de la existencia; sin caos no hay autonomía, creatividad, flexibilidad ni rizomas comunitarios, todas ellas cualidades claves para comprender la forma de trabajo en el Border Line Crisis Center. Debemos, pues, hacer consciente y abrazar el caos, de formas que no siempre son entendidas y aceptadas por actores del gobierno local, las ONG y otras instituciones.
Resiste gozando
Nuestra consigna de “Resiste gozando” tiene que ver con hacer conciencia de nuestro cuerpo, habitarlo conscientemente como un territorio en resistencia y procurar ese bienestar por medio del goce, de la alegría, del baile, de la música, de la comida rica, del descanso. Y en la medida de lo posible, socializar estas prácticas en el convivio, en la fiesta, en el after. Esta frase, acuñada por Judith Cabrera, ha sido, según Leslie Meyer, usada en otros espacios laicos de apoyo a la población en movilidad humana (Meyer, 2022, pp. 70-71). Sin embargo, para nosotras reverbera el tono anarcofeminista de la frase de Emma Goldman “Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa”. “Resiste gozando” es más que una frase: es un grito revolucionario para construir el “buen vivir” entre las mujeres migrantes, para salir de las narrativas victimistas con que los discursos tanto académicos, como periodísticos y estatales tratan de etiquetarlas. Es “acuerparnos” y hacer presente la alegría en la espera en la frontera. El resistir gozando también ha permitido que otras compañeras residentas, mediante los círculos de las palabras, decidieran cómo llamarse, cómo enunciar otro nombre que no sea bajo la etiqueta de “migrante”. Así, entre risas, entre llamadas a la reflexión y críticas honestas, incluso viscerales, de encuentro y respeto a las diferencias, las compañeras residentas decidieron llamarse “Mujeres fugitivas de la violencia”. Esta categoría construida por ellas mismas fue posible gracias a que hubo una sinergia colectiva para invocar nuestras experiencias en común respecto a la movilidad forzada, identificando que, si bien la violencias son fuentes de sufrimiento que provocaron nuestra salida, también podemos reivindicar el goce, la alegría, el encuentro colectivo, el amor, el canto, la danza, el llanto, el rezo y honrar a nuestras y nuestros ancestros como actos de memoria que nos fortalecen para resistir y conectar con lo vital.

Referencias
Anzaldúa, G. (1987). Borderlands / La Frontera, Capitán Swing.
Deleuze, G. & Guattari F. (1973). Capitalismo y Esquizofrenia. El Antiedipo. Paidós.
Meyer, L. (2022). Resiste Gozando (Resist with Joy): Creative and Embodied Responses to Weaponized Waiting at the US-Mexico Border. Master of Arts in American Studies, University of California San Diego.
