Ninguna guerra es igual a otras: en todas hay cambios estratégicos, de armamento, de combate, de intereses. Una de las diferencias más importantes suele ser la aproximación de los líderes y los discursos en torno al conflicto. Por ello es que el tema que analizo en este texto son los discursos, pero no únicamente por su contenido, sino también en cuanto a la variedad de temas que atraviesan la narrativa y los contextos que influyen en su construcción. Comenzaré desentrañando desde dónde parte cada país involucrado, para entender quiénes son las principales voces, cuáles son las intenciones la propaganda, y terminaré con los mensajes implícitos en las negociaciones. Este recorrido tiene la intención de explicar una guerra sin sentido ni justificación.
La guerra Estados Unidos e Israel contra Irán tiene mucho tiempo latente. Ambos bandos han construido al otro como enemigo y se han posicionado como amenaza para la estabilidad o existencia del otro. Sin embargo, antes del 12 de junio de 2025, parecía que esa amenaza sólo operaba a nivel discursivo; que era, pues, poco probable que se convirtiera en un conflicto real.
El 12 de junio cambió estos supuestos. Las amenazas israelíes se convirtieron en bombardeos y, doce días después, también las estadounidenses. La respuesta iraní contra Israel fue de gran intensidad, con pretensión de mostrar su capacidad y estrategia; pero después de la intervención de Estados Unidos y la destrucción de tres centrales nucleares, se apresuraron a aceptar un cese al fuego tras una tímida respuesta.
La guerra de 2026 encontró a un Irán y a un Estados Unidos muy diferentes. Israel se mantiene con el mismo gobernante, la misma política, la misma necesidad de distractores, la misma falta de legitimidad y la misma desaprobación popular en el Mundo. Estados Unidos, por su lado, invadió un país, secuestró a su presidente e impuso un supuesto cambio de gobierno que consistió en el cambio de la persona a cargo del ejecutivo sin alteración del sistema ni de otras instituciones. Lo único que cambió fue el acceso estadounidense a los recursos energéticos venezolanos. También amenazó con anexarse un territorio europeo, sin importar la opinión de la población nativa ni de sus contrapartes. Y todo esto, después de reclamar porque el presidente no recibió el Premio Nobel de la Paz.
Por su parte, en Irán fue evidente que ni siquiera esa guerra tan anunciada como la principal amenaza a la Nación le serviría al gobierno para mantener la cohesión social ni para frenar los reclamos populares frente a la incapacidad del régimen para dotar a la población de condiciones mínimas de vida digna. En diciembre de 2025, desde el bazar, comenzaron una serie de protestas que al principio fueron toleradas porque se concentraban en reclamos económicos que se podían atribuir a las sanciones impuestas a Irán por Estados Unidos, el Consejo de Seguridad de la ONU y otras potencias internacionales; pero la inconformidad popular con el gobierno no tardó en hacerse evidente con el crecimiento de las protestas y los reclamos que incluyeron, como ya había pasado en 2022, apelaciones directas al líder supremo. La represión fue inconmensurablemente violenta. Ali Larijani (quien después tendría trascendencia en la guerra actual, luego de que fuera asesinado en un bombardeo) lideró la estrategia contra la población, estrategia que consistió en el asesinato de miles de civiles mediante el uso de cuerpos y armas militares. El hecho fue abiertamente usado por los discursos en Estados Unidos para señalar al gobierno de la República Islámica como uno violento y peligroso para su población y para el resto del mundo, aunque entre el 4 y 5 de abril de 2026, ya en medio de las hostilidades, se confirmó oficialmente algo sospechado desde que iniciaran las protestas del pasado diciembre: que Israel y Estados Unidos habían enviado armas e incentivado la violencia de tales protestas.
Así las cosas, los tres países involucrados desde el inicio en la guerra son regímenes autoritarios, violentos, sin ética, cuidado ni interés por la población; pero, especialmente, sin popularidad ni legitimidad interna ni externa. Son tres regímenes necesitados de un conflicto exterior para lograr cohesión o, al menos, distractores de la situación política al interior.
Líbano, por su parte, ha sido una suerte de “daño colateral” constante desde el inicio de la escalada de violencia genocida contra la población palestina en 2023, pues, escudado en la defensa contra Hezbollah, Israel ha bombardeado e invadido Líbano, además de perpetrar ataques terroristas contra su población. La absoluta disparidad en armamento y personal militar, además de la división interna, han dificultado una respuesta organizada.
Desde el primer momento, la guerra actual ha sido el pretexto para exponer los discursos y preparar una oleada de propaganda de todas las partes involucradas. Aunque cada Estado tiene diversos voceros, la atención mediática suele estar en los titulares del ejecutivo que, en este caso, son Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Masoud Pezeshkian y Nawaf Salam. Al mismo tiempo, al tratarse de una guerra, los líderes de los ejércitos o ministerios de defensa tienen trascendencia, pues son las voces calificadas para explicar, cuando es posible, las acciones y estrategias.
Sin embargo, a pesar de que las voces acostumbradas en tiempos de guerra parecen ser claras, la evolución de este conflicto ha llevado al surgimiento o incremento de atención en ciertas figuras. Estados Unidos tiene diversas fuentes de poder y discursos, pero, a pesar de que el presidente sigue siendo la más importante—de quien dependen las decisiones y acciones—, la inestabilidad e incoherencia de Trump, lo ha hecho un actor no confiable. Ello aunado a que, sin importar cuánto ha mantenido sus esfuerzos por demostrarse como un actor poderoso, en las acciones ha probado ser sumamente manipulable y seguir los deseos de sus círculos más cercanos o de personajes trascendentes para su ideología, como Netanyahu. Por ello, el ministro de Guerra, Pete Hegseth, y otras figuras militares, se han convertido en realidad en las más trascendentes.
El caso iraní me parece mucho más interesante, pues ha evidenciado que la figura presidencial no tiene poder y está supeditada absolutamente a las decisiones o concesiones del líder supremo, a pesar de que la diplomacia depende constitucionalmente del ejecutivo. Pezeshkian es aún más débil que sus antecesores, pues ni con la ausencia temporal del líder supremo pudo ejercer poder ni influencia; de hecho, tal ausencia y el contexto bélico han sido aprovechados por la Guardia Revolucionaria para asegurar su centralidad en la estructura de la República Islámica y su militarización. En ese mismo sentido, es importante mencionar las contradicciones en los mensajes dirigidos a los países del Golfo entre el presidente y Ebrahim Zolfaghari, vocero de la Guardia Revolucionaria. Por otro lado, el carisma del ministro de Relaciones Exteriores, Abbas Araghchi, le ha hecho un protagonista de los discursos de la guerra.
Israel tiene centralizado el poder político y discursivo en Netanyahu. Hay pocas figuras notables más y todas suelen ser muy cercanas al primer ministro. A pesar de ello, ha tenido muy pocas apariciones públicas, pues ha concentrado sus comunicaciones en videos grabados que han recibido señalamientos de uso de Inteligencia Artificial Generativa, consecuencia de su desaparición por varios días y las falsas noticias de su abatimiento por los ataques iraníes al territorio israelí. Las figuras puramente militares son las más recurridas como fuentes cotidianas, pues Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional, se ha concentrado en impulsar la pena de muerte para prisioneros palestinos y no en la guerra.
Por último, en Líbano hay una incongruencia en la atención mediática y diplomática, pues los ataques recibidos son supuestamente contra Hezbollah, mientras que las negociaciones son con el gobierno central. Entonces, las comunicaciones son, por un lado, por oficiales del gobierno, pero Naim Qassem, líder de Hezbollah, parece ser el principal vocero, pues es el líder del que supuestamente es el ejército combatiente.
Más allá de lo anterior, el contenido de las comunicaciones, sin importar la vocería, es lo importante, pues es allí donde se hacen evidentes la estrategia y el control sobre las acciones. Estrategia y control que, según el propio Trump ha hecho evidente, no existen por parte de Estados Unidos, ya que un día publica que mandará a Irán de regreso a la Edad de Piedra y a las dos horas asegura que están avanzando en las negociaciones. Esta inconsistencia no es únicamente una costumbre de su aproximación al gobierno, sino evidencia de la completa ausencia de estrategia, de su falta de comprensión del país atacado, además de la falta de respeto a la posición que ocupa.
Mientras tanto, en Irán, aunque hay inconsistencias, es evidente el entrenamiento y la capacidad discursiva del régimen y de quienes lo representan, sin mencionar la preparación académica de la mayoría de los líderes políticos. Los discursos suelen apuntar a los temas que les interesa mantener en la agenda pública internacional: los archivos Epstein, las infancias asesinadas en la escuela de Minab, la intervención y espionaje de los EE. UU. e Israel, su dominio sobre el Estrecho de Ormuz.
En este orden, la propaganda hecha desde Irán ha sido fundamental para lograr la manipulación de la atención y la opinión. La principal fuente de contenido propagandístico a favor de la República Islámica de Irán ha sido Explosive Media, una agencia digital de contenido noticioso que comenzó a publicar su interpretación de la guerra, los personajes, la Historia y los eventos con figuras y estética de LEGO, acompañados por canciones que condensan sus mensajes.
Estos videos han sido muy eficaces para determinar los temas de la agenda e influir en la opinión pública. Por tanto, han sido muy funcionales para el régimen en su búsqueda por dominar la narrativa, acción fundamental para su estrategia en esta guerra asimétrica: puesto que saben que el triunfo únicamente por las armas es inviable, esperan, con el dominio de la opinión internacional, y especialmente de la población del país contrincante, influir en la aprobación y la consecuente presión para que su gobierno cese las hostilidades y ceda en las mesas de negociación.
En cuanto a estas últimas, una consecuencia inesperada ha sido la separación de la guerra: a pesar de los esfuerzos narrativos de mantenerla como una sola, los ejércitos, el desarrollo y las acciones la han dividido en dos conflictos: el de Estados Unidos e Irán, por un lado, y la avanzada de Israel en territorio libanés, por el otro. Irán ha insistido en incluir a Líbano en las negociaciones porque quiere aprovechar la ventaja que le otorga el dominio de la narrativa y ser coherente con los discursos de defensa de sus aliados. Pero, a pesar de que se supone que nos encontramos en un cese al fuego, Israel —como siempre— ha violado los acuerdos y ha mantenido los ataques, aunque sean más discretos.
En cuanto a la construcción diplomática en las mesas, la primera sorpresa fue el ofrecimiento de Pakistán de ser el país mediador, pues no es una nación con vocación o larga tradición en ello. Hay dos factores que influyeron de forma importante en ello: el primero es la cercanía de Pakistán con China y el segundo es la relación de los países del Golfo con Estados Unidos.
Shehbaz Sharif, primer ministro de Pakistán, comenzó a preparar las posibilidades de organizar una mesa de negociación con la invitación a Islamabad a las representaciones de Egipto, Turquía y Arabia Saudita el último fin de semana de marzo. Después de ese primer evento, ha recibido en diversas ocasiones a las representaciones de Irán y Estados Unidos, y mediado en las dos conversaciones que, hasta ahora, no han tenido éxito, pero que han servido para sentar las bases para las negociaciones.
Aunque se ha dicho que la intervención de Pakistán es por instrucciones de China, Irán y Estados Unidos se han esforzado por incluir directamente a esta última en las discusiones: Araghchi y Trump ya han visitado a Xi Jinping, como muestra de respeto a su representación. (Araghchi, por cierto, también visitó a Putin, con la intención de hacer evidente la cercanía entre los regímenes y demostrar el apoyo ruso a Irán.)
Aunque esta guerra se mantiene como un conflicto armado regional tiene implicaciones globales, no sólo por el involucramiento diplomático o discursivo de los representantes de potencias internacionales, sino porque el bloqueo al Estrecho de Ormuz ha afectado la economía de todo el mundo. El globo entero está interesado en que cesen las hostilidades, no por empatía, sino por la dependencia al petróleo del Golfo.
A pesar de la trascendencia internacional, ha sido evidente que sólo Irán ha sido capaz de articular una estrategia efectiva para sostener el conflicto y mantener la coherencia discursiva. Lo que irremediablemente ha llevado al fortalecimiento y anquilosamiento de la República Islámica, y la consecuente separación del gobierno de los deseos de la población. Los principales perdedores de esta guerra son, pues, los iraníes, que hace unos meses salieron a las calles a reclamar un cambio y ahora se encuentran con un régimen más fuerte, más legítimo y con apoyo popular internacional.
