Brenda Navarro. (2018). Casas vacías. Kaja Negra Ediciones*


“México es un perfecto ejemplo de un estado feminicida”: la cita proviene de una entrevista realizada a Brenda Navarro, a propósito de Casas vacías y de la violencia como hilo conductor del libro. Su intención al escribirlo, dice también allí, era mostrar “cómo la violencia, desde lo más mínimo hasta lo estructural, acaba matando a las mujeres.” A ocho años de la primera publicación del libro en Kaja Negra Ediciones, esa afirmación sigue teniendo, para nuestra desgracia, un espesor insoportable de realidad. El libro, sin embargo, no se trata de un feminicidio, sino que refleja otro tipo de violencia: es la desaparición de Daniel —el hijo de una de las dos protagonistas— el acontecimiento que pone en marcha la historia e instala, al mismo tiempo, una grieta que permanece, que agujerea la maternidad, la casa y el lenguaje, y que deja en los lectores una terrible desolación moral. Frente a la disputa de cifras, en la que los registros, balances, comunicados y la circulación pública de la palabra “desaparecido” han sido absorbidos por una gramática institucional, la novela de Brenda Navarro le arranca a esa palabra su anestesia burocrática y la devuelve al territorio del daño. Daniel no es una cifra: es la ausencia que desfonda todo lo que toca.

Ya en varias ocasiones se ha destacado que Casas vacías es una novela que desmonta la maternidad idealizada y, en efecto, esa es una de las tantas razones para leer la novela: hay una crudeza casi insensata con la que Brenda Navarro presenta la vida de dos mujeres atravesadas por la violencia. Ninguna de ellas tiene nombre, como no lo tienen muchas mujeres atrapadas en la violencia. En la novela, la autora las nombra a partir de las relaciones que sostienen: la madre de Daniel, a quien le arrebatan a su hijo mientras habla por teléfono en el parque, y la madre de “Leonel”, como nombra al niño que ha robado. Ambas encarnan una maternidad desgastada, atrapadas de forma brutal en ambientes devastados, cuyos cuerpos sostienen el mandato patriarcal de cuidar solas, lastimadas, abandonadas, corroídas por la culpa y heridas en su intimidad.

Sin embargo, y sin negar la importancia central del tema de la maternidad en el libro, ahora me quiero centrar en la manera en que encarna la palabra “desaparición”. Desde el título, la autora pone en escena el hecho de que en casa falta alguien; conforme avanza la novela, nos obliga a ver que la desaparición no se agota en quien falta, sino que se prolonga en quienes se quedan obligados a vivir con esa ausencia. Si bien uno de los hechos que une a estas dos mujeres es que una ha perdido a Daniel y la otra se lo ha robado y le ha cambiado el nombre, la autora no fija sus papeles simplemente como víctima y victimaria. Sobre una recae la angustia de no saber dónde está Daniel; sobre la otra, la violencia de una vida tan erosionada que imagina en el robo un intento torcido de reparación de sus propios vacíos. Conocemos a ambas a partir del diálogo continuo con su conciencia; ello nos permite adentrarnos en la manera con la que lidian, si bien desde lugares distintos, con el desamparo. Esa manera cruda de narrar su interioridad nos hace testigos de la progresiva descomposición de sus subjetividades.

En ese sentido, el libro consigue que la desaparición no funcione como un tema, sino como una experiencia de lectura. El lector recibe una ausencia que se trabaja durante toda la historia, pero que no se restaura ni siquiera al terminar de leerla. Por eso el final resulta tan devastador. Daniel no vuelve. No sabemos qué ha sido de él. Brenda Navarro no concede una reparación narrativa, como no lo hay para miles de personas que quedan suspendidas ante la angustia. Al no resolver la intriga, deja una punzada en el lector, haciéndole saber que la grieta que se abre ante una desaparición no se apacigua y deja esa sensación a la intemperie de cada conciencia, porque, tal y como lo indica la madre de Daniel: “el que desaparece se lleva algo de ti que no vuelve, se llama cordura” (p. 26).

En un presente en el que el Estado sigue disputándose más las cifras que la vida, leer esta novela le devuelve a la palabra “desaparecido” algo de horror, del aniquilamiento que produce en quienes se quedan buscando permanentemente; de quienes, aun reventadas por el dolor, tienen que sostenerse, como se dice en el libro, “respirando” (p. 23), porque cuando se está al borde del trastorno vivir es una carga. Leer Casas vacías sigue siendo enfrentarse a una novela que expone el cruel agujero que se abre detrás de la palabra desaparecido y es el necesario recordatorio de que la vida no puede ser administrada en estadísticas. 


* Aunque la primera edición es de Kaja Negra Ediciones, la edición más reciente en español es de Sexto Piso.

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