Las versiones y los usos de la historia son terriblemente pegajosos, persistentes. No es solamente que los relatos rara vez se dejan atrás del todo y de golpe, que más bien se van deshilachando conforme la memoria se concentra en lo reciente y pierde de vista lo lejano. Es también que los beneficiarios de esos discursos los perpetúan y, al hacerlo, perpetúan las opresiones y desigualdades que van cifradas en ellos. Eso es lo que ha hecho Enrique Krauze en su artículo del 21 de mayo en El País.
En ese texto el historiador denunció como demagógicos al “indigenismo que proclama el régimen mexicano” y al hispanismo reaccionario que reivindican las derechas españolas —y no solamente ellas—. Contra esos indigenistas perversos e hispanistas furibundos (condenables ambos), Krauze afirmó que México es una construcción histórica en la que lo indígena y lo hispánico sobreviven “en gran medida reconciliados”. Con ello el historiador obvió toscamente las luchas que han hecho falta para reducir el racismo y la exclusión; pasó de largo los conflictos vigentes en torno a territorios, culturas y formas de vida en el país, y cifró la identidad mexicana en el pasado, no en un futuro abierto y por construir.
Quizá el momento más sorprendente del artículo sea la adjudicación de las importantes reformas sobre derechos indígenas al “indigenismo combativo” que habría comenzado con Fray Bartolomé de las Casas en el siglo XVI y que “reapareció en figuras como el obispo Samuel Ruiz” en tiempos más recientes. Sin duda Las Casas y don Samuel Ruiz son muy loables y su trabajo fue importantísimo para lograr que el país no sea peor de lo que es, pero esa labor no hubiera llegado a ningún lado sin las luchas protagonizadas por los pueblos indígenas, que Krauze omite.
No hay en su discurso lugar para las movilizaciones por los recursos forestales oaxaqueños de los años ochenta del siglo pasado; para el alzamiento guerrillero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional de 1994 y que sigue hasta la fecha; o para los procesos paulatinos de litigios en defensa de lenguas, derechos y territorios que han protagonizado decenas de comunidades desde Isla Tiburón, en Sonora, hasta Hopelchén, en Campeche. Peor aún: no hay espacio allí para los muertos que se producen cada día en esa misma lucha. Para Krauze los avances en derechos y libertades no se han conseguido desde abajo, sino que se han concedido desde arriba, en una tarea que ya está terminada.
Krauze, además, reproduce una versión del país y de su identidad que siguen ancladas en el pasado. En su versión de los hechos —que parecen compartir muchos en el gobierno al que denuesta—, la identidad no tiene más ingredientes que las herencias recibidas y las distintas combinaciones que de ellas se hagan. Unos, a la manera de los criollos decimonónicos, reivindican una versión abstracta de los habitantes americanos precolombinos y una amalgama amorfa en que mezclan a los pueblos originarios que viven en el presente. Otros, a la manera de las derechas reaccionarias a ambos lados del Atlántico —de hoy como de hace cien y doscientos años—, ven con nostalgia los tiempos en que cruz y corona mandaban sobre súbditos de toda Iberoamérica. Ni Krauze ni ninguno de ellos, sin embargo, mira hacia el futuro.
Hace ya casi medio siglo, en el volumen colectivo Historia, ¿para qué? Carlos Monsiváis denunciaba que en México “tuvimos Historia, nos la convirtieron en guardia fúnebre” y que en esa lógica nos habíamos resignado a la mediocridad realmente existente. El texto de Krauze demuestra que seguimos viviendo como escoltas del ataúd nacional y no como actores de un futuro que, de todas formas, llegará y que habrá que moldear para que no sea peor que el presente.
