Con Juan Rulfo aprendí que los ladridos son un símbolo de esperanza. La imagen está en el cuento de El llano en llamas que relata la caminata de un padre con su hijo herido sobre sus hombros. Es de noche y las dos figuras forman una sola sombra: la de su silueta iluminada por la luna que avanza en la bóveda celeste. Ambos están al borde de sus fuerzas: el padre siente que se desmiembra del esfuerzo y el hijo se sacude de dolor entre desmayos. Conforme avanzan, tiene lugar una conversación bellísima que es casi un monólogo del padre, pues las respuestas del hijo son apenas frases sobre sus dolencias.
La belleza del texto radica en su brevedad de recursos, su minuciosidad en la construcción de un diálogo que nos muestra el pasado, el presente y el futuro de una familia. Escuchamos a un padre decepcionado de su hijo, a la vez que pone toda su voluntad en salvarlo. Lo reprime por los malos pasos que lo llevaron a esa situación, se queja de lo difícil del andar con él a cuestas, pero insiste en que llegarán al pueblo para que lo curen. Mientras avanzan, el padre le pregunta varias veces al hijo si oye ladrar los perros: si siente, pues, alguna señal de que están por llegar a su destino. El otro no oye nada, extenuado por la tarea de sobrevivir. El narrador toma la palabra más bien poco, hasta el último párrafo del cuento, cuando narra cómo por fin llegan al pueblo, según lo indican las luces de los tejados y los ladridos. “¿Y tú no los oías, Ignacio?” —pregunta el padre en el último diálogo—. “No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza”.
Por el reclamo que cierra el relato y por las manos agarrotadas del hijo al rededor del cuello de su padre, intuyo que al pueblo llegaron un hombre y un cadáver. También la imposibilidad del hijo para imaginarse a salvo en medio de la agonía me hace pensar en un final triste. Eso me lleva a desear vivir una vida en la que yo sí escuche el ladrido de los perros, incluso si no hay nada que confirme la solución a un problema. Pienso que la esperanza es la clave para llegar con bien al pueblo imaginario donde se terminarán la angustia y la incertidumbre.
Qué palabra tan maltratada, la “esperanza”. Escribo con vergüenza mis ganas de creer que existe un mundo bueno, pero eso me confirma que hay algo importante en un sentimiento tan tímido y saco de allí más impulso para sostenerlo. ¿De dónde viene la sensación de que es irresponsable, incluso en términos políticos, hablar de esperanza? Una respuesta posible para la pregunta tiene que ver, en el caso mexicano, con el uso que Andrés Manuel López Obrador le dio a esa palabra durante su campaña y a lo largo de su sexenio. En una acción que se parece mucho al hurto, el presidente de México colonizó varias palabras de potencia incuestionable (“esperanza”, “bienestar”, “feminismo”, “silencio”) para entregarlas al territorio de una publicidad que, a la cuenta de seis años, ha comprobado ser engañosa.
En septiembre de 2024 se cumplen diez años de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y, a pesar de que en su campaña presidencial AMLO prometió que los encontraría, siguen sin ser devueltos a sus familias y seguimos sin saber con exactitud qué pasó la noche del 26 de septiembre. En su aparente defensa, podría decirse que él no era presidente cuando ese crimen ocurrió, pero la desaparición forzada tiene una peculiaridad en cuanto al tiempo de la acción: mientras no haya pruebas de su paradero, una persona desaparecida sigue sufriendo el mismo delito, que nunca deja de ocurrir, en presente. La responsabilidad del crimen recae, así, en el dirigente de la nación, sea quien sea. Los 43 están desaparecidos hoy, como lo estaban en 2014, de manera que la estafeta de la responsabilidad sobre los hechos seguirá pasando de mano en mano hasta que la verdad se conozca. Incluso si pasaran cien años, los desaparecidos no se convertirían en muertos, pues la desaparición no caduca sino hasta que se resuelve. Por eso es importante continuar el reclamo, aún si va “contra el sentido común”.
He escuchado a muchas personas —en medios de comunicación, libros o conversaciones casuales— quejarse de que en estos diez años “no ha pasado nada” para referirse, precisamente, a que los estudiantes continúan desaparecidos. Es falso: hoy tenemos una memoria rebelde sobre lo que ocurrió aquella noche y una exigencia en pie encabezada por las familias. Aunque mucha información del caso permanezca encubierta o desordenada a voluntad, hoy tenemos las palabras justas para nombrar lo que pasó, por más que los detalles sigan ocultos: la desaparición forzada es un término con historia en América Latina y señala la participación de las fuerzas del Estado en un secuestro coordinado. Hay también quienes llegan a decir que “lo más seguro es que ya estén muertos”. ¿Lo más seguro? ¿O lo más conveniente? ¿Y para quién? En una carta pública, las mamás de los estudiantes dicen que lo que les permite seguir adelante es pensar en sus hijos, exigirle a las autoridades una respuesta y saber que no están solas en eso. Es el discurso que hemos construido colectivamente durante estos últimos diez años lo que las mantiene con vida y, quizás más importante, con ánimos de vivir a pesar de la violencia que sufren.
Volviendo al cuento de Juan Rulfo, nos toca, a quienes acompañamos a las dolientes, seguir ladrando para combatir el desamparo político que intenta herirlas con la desesperanza. Nos toca ser los perros que anuncian la cercanía del pueblo. Durante los primeros meses de esta lucha, fue momento de pelear contra la mentira del basurero de Cocula; después, contra los archivos cerrados y las confesiones obtenidas bajo tortura. Ahora nos toca seguir ladrando, a pesar de todo, con la promesa de que el porvenir será bueno, con la esperanza de que la vida se defiende. ¡Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos!
