En días recientes se hizo popular una intervención de Rubén Albarrán, vocalista de Café Tacvba, en una conferencia de prensa para presentar un nuevo sencillo del grupo. El contexto de su reflexión es la situación política del país en medio de la elección del 2 de junio: “Ninguno de nosotros quiere cambiar, todo mundo quiere seguir en lo mismo. Estamos dormidos y los políticos no hacen ningún cambio, sólo están ahí para hacernos creer el cuento de la democracia, que no existe; ir a votar una vez cada seis años no es democracia, eso nada más es hacerse tontos”.

Albarrán es conocido por ser activista de diversas causas, entre ellas el medio ambiente. Ha participado, como se puede comprobar a lo largo de los años, con asociaciones como Greenpeace. El músico, nacido en 1967, ha preferido la organización ciudadana en lugar de influir en la política por medio de los partidos políticos. La fobia a la participación electoral y, sobre todo, a la lucha por el poder es un rasgo cada vez más perceptible en generaciones como la llamada Milenial y posteriores. No es un secreto que los más jóvenes le han dado la espalda a la democracia electoral. Ir a votar no ha cambiado las condiciones laborales, sociales y económicas que tienen que enfrentar todos los días. Albarrán es miembro de una generación muy anterior, pero comparte la aversión a un statu quo que sólo ha disfrazado sus prácticas para seguir actuando según los parámetros del capitalismo y el libre mercado. Así, las ideas con base en las cuales critica esa situación son del todo problemáticas.

La intervención de Albarrán fue entendida, por algunos usuarios de las redes sociales, como un desprecio a los electores que respaldaron abrumadoramente al partido en el poder y a su candidata, Claudia Sheinbaum, próxima presidenta de México. Ellos eligieron el sistema electoral, un recurso caduco para el músico. No obstante, además del contexto particular de su declaración, se podría pensar que el reclamo se dirige a un sector de la clase media y alta que, justamente, “no quiere cambiar”, pues las numerosas crisis que experimenta el país no lo afectan o lo hacen muy poco. Este mismo grupo social, a pesar de todo, no es inmune a la emergencia y se siente obligado a expresarse fuera de la odiada política, en particular a espaldas de su expresión partidista. De esta manera han surgido cualquier cantidad de iniciativas vinculadas a la filantropía empresarial que intentan salvar al país sin alterar las relaciones de poder y explotación propias del capitalismo actual.

Albarrán, como activista, replica en gran medida los reclamos sociales —por llamarlos de alguna manera— de la élite del país, demandas con muy buenas intenciones, pero que parten, muchas veces, de la abstracción o de una realidad que ignora las urgencias de la clase trabajadora. Las grandes gestas de la élite preocupada por las crisis globales —de ecología y violencia, por ejemplo— pasan por alto las batallas diarias de los sectores populares que encuentran resonancia en la política y en las acciones muchas veces tachadas de “populistas”, como el aumento de las pensiones y los salarios. En cambio, la forma de encarar los problemas para estos grupos privilegiados asume lo individual como respuesta. En ocasiones, como demostró el mismo Albarrán en una entrevista, acompañan su activismo de ideas que repiten consignas ecofascistas: la humanidad no sirve, somos basura e ignorantes. En el otro extremo, en una suerte de esquizofrenia, apelan a manifiestos sacados de la moda new age y llaman a una reconciliación con la madre Tierra, la naturaleza. Este tipo de ideología, que oculta la relación depredadora del capital contra el medio ambiente, es muy común entre la élite que busca, por medio de lo ancestral y de una relación impostada con los mitos indígenas, una suerte de salvación. Albarrán ejemplificó muy bien esto cuando fue invitado del actor Diego Luna en el capítulo 5 de la serie Pan y Circo, un proyecto en el que varios personajes públicos dialogan sobre los problemas más urgentes de México. El tema de ese episodio fue el cambio climático. La charla, con pretendidos aires de profundidad, pero que recicló los lugares comunes sobre la crisis ecológica, recurrió a evadir la realidad mediante las quejas habituales sobre el problema y pidiendo un supuesto cambio de mentalidad para reconciliarnos con el planeta. Curiosamente, una de las invitadas fue Ninfa Salinas Sada, hija del magnate Ricardo Salinas Pliego, quien ha legislado a favor de las empresas que dañan el medio ambiente desde el Poder Legislativo del país e incurrido en cualquier tipo de conflicto de interés posible. Para ella, de parte de todos los invitados a la mesa, incluido el anfitrión, no hubo un sólo cuestionamiento, ni siquiera de Julia Carabias, secretaria de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca durante el sexenio de Ernesto Zedillo.

El activismo de Rubén Albarrán —como el de muchos músicos y personalidades del arte en el país— refleja las contradicciones de una élite que aún lee la realidad desde un paradigma agotado. La política es entendida de una manera unidimensional: un grupo corrupto de mexicanos al cual, simplemente, hay que ignorar. Para ellos hay que apostar a lo ciudadano, aunque a veces estos esfuerzos se queden en lo testimonial. Estos activistas, con independencia de su sinceridad y sus buenas intenciones, caen en la trampa del “cambio está en uno mismo”. La lucha contra el sistema debería, en primer lugar, reconocer que éste aún tiene los hilos del poder y, sobre todo, el control de las dinámicas sociales que se intentan cambiar. Demonizar la política desde la facilidad de la evasión y no de su entendimiento cabal debería ser el primer el primer obstáculo a salvar en la discusión de los problemas que libra México y la sociedad global en nuestros tiempos.

Author