“El lenguaje hay que cuidarlo”, escribió recientemente la escritora Lina Meruane en una columna publicada en el diario El País sobre el genocidio en Gaza. Para Meruane la palabra pública es uno de los frentes de lucha contra el gobierno israelí. Menciono esto porque los conceptos juegan un papel importante en la percepción ciudadana respecto a temas que adquieren trascendencia en medios y redes sociales. Dos conceptos importantes que han monopolizado el debate sobre las posiciones públicas sobre el genocidio en Gaza son “cancelación” y “censura”. En días recientes, el Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur-Alh, de Granada, retiró la invitación que le había hecho a la escritora argentina Ariana Harwicz. La decisión, debida a la presión de la Red Universitaria por Palestina de Granada, se fundamenta en el respaldo de Harwicz a la limpieza étnica en Gaza.
Una vez conocida la decisión, Harwicz fue entrevistada por varios medios. En una de las entrevistas, para el diario argentino El Clarín, la autora dice: “Me castigan por ser la mala judía”. En otros medios destacan la cancelación de su participación en el festival como un acto de intolerancia. El internacionalista Gabriel Guerra compartió en su cuenta de X: “La libertad de expresión es plena o no lo es. Debe serlo también para las voces que nos puedan resultar más repelentes o aberrantes, con las que estemos en el más profundo desacuerdo”. Además de estas ideas, se ha establecido que hubo, de facto, una cancelación y, por ende, una censura.
Contrario a lo que piensa Guerra, me parece que conceptos como la libertad de expresión no pueden aplicarse a rajatabla. Las palabras no existen en el vacío y están sujetas a diferentes contextos. En primer lugar, como afirma el escritor español Gonzalo Torné en su libro La cancelación y sus enemigos, la cancelación ocurre cuando un gobierno, institución u organización con suficiente poder silencia a alguien que está en desventaja. El monopolio de la fuerza —al igual que la prerrogativa para decidir quién habla y quién no— había sido claro antes de la irrupción de Internet. El foro virtual comenzó, en cambio, a visibilizar críticas que antes ocurrían en la oscuridad, y los dueños del discurso recurrieron, cada vez con mayor frecuencia, a la victimización como recurso para desacreditar a sus críticos. No son rebatidos, sino “cancelados”. De esta manera, la culpa recae en el otro.
En el caso de Harwicz, habría que considerar si las voces que pidieron su retiro del festival tienen el suficiente poder como para invisibilizarla. Atendiendo a los antecedentes y a la historia, ha ocurrido lo contrario: los críticos de Israel y de la limpieza étnica que lleva décadas en marcha son a menudo silenciados, despojados de sus empleos, perseguidos o excluidos por una influyente maquinaria de propaganda y relaciones públicas que defiende los intereses del sionismo. Recientemente, la actriz estadounidense Susan Sarandon declaró que ha perdido papeles en el cine por su postura a favor de Palestina. Es un caso de muchos, por supuesto. El Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur-Alh, Granada pudo haber continuado con la invitación a Harwicz. Los críticos habrían protestado, incluso se podrían haber manifestado en el festival, pero los organizadores no habrían puesto en riesgo sus ingresos o patrocinios, más allá de la pérdida de credibilidad por invitar a una autora contraria a los derechos humanos más elementales, independientemente de su obra literaria y de la tan socorrida libertad de expresión “plena”.
Hay, por supuesto, otro aspecto importante a considerar: la libertad de expresión que se pide para una intelectual que defiende, normaliza o relativiza el exterminio del otro. Puede ayudar si cambiamos los papeles: ¿los defensores de la libertad de expresión plena acusarían de “censura” y “cancelación” a un festival como el de Granada (o cualquier otro) que tuviera entre sus invitados a un negacionista del Holocausto? Me parece que, en tal caso, muchos de los que ahora lamentan la “cancelación” de Harwicz respaldarían no darle tribuna a un reaccionario, porque la prioridad es la verdad, el respeto y la memoria de las víctimas del nazismo en los campos de concentración.
El genocidio en Gaza está documentado y, a diferencia de los genocidios del pasado, se transmite en tiempo real, además de ser asumido por los principales líderes sionistas que llaman a exterminar a los palestinos todos los días. ¿Qué más pruebas se necesitan? ¿Por qué para muchos cuesta tanto trabajo responsabilizar a una escritora como Harwicz —y a otros escritores e intelectuales en todo el mundo— que normalizan un crimen contra la humanidad? ¿Es más importante la libertad de expresión de personajes que revientan la esfera pública e introducen un discurso de odio que aislarlos para “debatir” con ellos, aunque no se debería debatir –es decir, poner en duda– el derecho a la existencia de un pueblo como el palestino?
El internacionalista Gabriel Guerra, en el intercambio que provocó su tuit en X, se pregunta quién determina los límites a la libertad de expresión en casos como el de Harwicz. Creo que en un escenario como el actual, cuando estamos presenciando un genocidio plenamente acreditado por la ONU, especialistas y académicos, las declaraciones de la autora que, sin ningún pudor, reivindica el exterminio en Gaza, deberían ser suficientes para marcar —sin tener que pensar mucho— ese límite.
