A la memoria de Jeff Juris (1971-2020), sutil etnógrafo de las culturas políticas
de los movimientos globales, y compañero de correrías en las calles de Génova

El tren ingresa cansinamente a Piazza Principe, la principal estación de la ciudad, enclavada en la estrecha franja que va del mar a los cerros escarpados que caen sobre toda la belleza inextinguible de la costa de Liguria. La irregularidad domina el paisaje: las casitas y edificios de muchos colores se elevan desde distintas alturas, y dan esa imagen de abigarramiento que domina toda Génova. Tanto en 2001 como ahora, veinticinco años después, llego desde París. Sólo que la ruta ha cambiado: ahora arribo luego de hacer noche en Niza, en casa de mi amiga Natalia, y a través del paso fronterizo de Ventimiglia, ciudad-umbral de ingreso a Italia evocada por Stendhal y tantos otros. En 2001, en cambio, el tren parisino me depositó en Turín, donde cambié de andén a una formación regional para llegar a destino. ¿Había arribado a Principe también aquella vez, o a Brignole, la otra estación importante de la ciudad, y uno de los sitios claves de la batalla global del G8?

Cada vez que regreso a una ciudad, me obsesiona volver a los lugares y nombres que colorearon mi visita anterior. Quienes me acompañan padecen ese impulso infaltable, que nace de mi talante melancólico. Recordar es un intento por conjurar el paso del tiempo; es también convocar las circunstancias y emociones pasadas asociadas a un rincón particular. Pero esta vez esa afición ha sido elevada a programa: vuelvo a Génova para tratar de reconstruir, de capturar, de interrogar, trazos de la experiencia inigualable de las jornadas de julio de 2001 de movilización y asedio multitudinario de la reunión del G8, símbolo y epítome del poder concentrado sobre el mundo.

Aunque en este cuarto de siglo mi oficio de historiador académico me ha permitido visitar varias veces Europa, incluidas distintas regiones de Italia, no he vuelto a Génova. Pronto descubriría que incluso muchos de los italianos que viajaron desde otros lugares del país a la cita de 2001 tampoco atinaron a regresar a la ciudad, asociada desde entonces a una suerte de trauma. Pero aunque la sola mención del G8 (el “gi-oto”) parece generar en una porción importante de mis interlocutores una cierta incomodidad, de entrada me resisto a reducir al acontecimiento al inicio de una noche oscura: sea la de una ciudad en shock por la violencia inusitada desatada en sus calles, sea la de los inicios en Italia de la era berlusconiana que se continúa y exacerba con el ciclo Meloni, sea la del eclipse de la primavera protagonizada a escala mundial por el “movimiento de movimientos” contra la globalización neoliberal. Llego a la capital de la Liguria italiana con otra idea: la de recuperar la vitalidad, la creatividad y las latencias de un momento en la historia que ha quedado borroneado. “Génova como un pequeño 68 en-nuestras-cabezas”, como escribió alguna vez Amador Fernández-Savater.

¿Qué me impulsó a estar allí, empeñando mis ahorros juveniles para cruzar el océano desde Buenos Aires, donde vivo? ¿Y qué a las 300 mil personas que llegaron a la ciudad en peregrinación de toda Italia, de países como Grecia, España, Alemania, Inglaterra, y de otros muchos rincones del globo? No soy el único argentino que estuvo en Génova en julio de 2001. Al menos Hebe de Bonafini, y Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo, estuvieron presentes; también lo estuvo Beverly Keene, de la red Jubileo Sur; también mi amigo Ezequiel Adamovsky, llegado desde Londres, donde hacía su doctorado, pero con quien no logramos encontrarnos en ningún momento de las jornadas tumultuosas, en esos tiempos cuando los teléfonos celulares apenas estaban apareciendo. Y también, con seguridad, muchos otros latinoamericanos, migrantes asentados en la zona o aventureros llegados de parajes más lejanos.

En mi caso, como en el de muchos otros manifestantes, he sido imantado hacia Génova por una convicción más o menos elaborada: la noción de que se asiste a uno de esos momentos excepcionales en los que se ha abierto una hendija en la historia. Desde el alzamiento zapatista de 1994, y en especial desde las movilizaciones contra la cumbre de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, en octubre de 1999 (percibidas como una victoria de los manifestantes, cuyas acciones radicales en las calles contribuyeron a hacer fracasar la reunión), se ha inaugurado un ciclo que reverbera en numerosas direcciones, protagonizado por el movimiento de movimientos o “movimiento antiglobalización” —nombre equívoco utilizado en la prensa para un fenómeno enraizado en los paisajes globales contemporáneos.

Esa trama ofrece en estado práctico un desmentido a las tesis del fin de la historia que circulan rutilantemente desde la caída del Muro de Berlín, apenas una década atrás. “Un no, y muchos sís”, como han esgrimido los zapatistas. Por un lado, un movimiento que le ha puesto nombre a los poderosos y sus instituciones, y a partir de allí encamina la contestación de los fundamentos del orden que sustentan. Por otro, un conjunto de invenciones y rasgos novedosos (organizacionales, culturales, comunicacionales, éticos). “El siglo XXI ha comenzado en Seattle”, escribía por entonces el filósofo francés Edgar Morin. Se acabó por fin la nostalgia por los años setenta y otros ciclos políticos pasados. Es tiempo de dar vida a una estación renovada de los horizontes de emancipación. La cita de Génova en 2001, apalancada por esa nueva cultura política de las izquierdas radicales globales en cruce con la épica y las tradiciones propias de los movimientos sociales italianos también en estado de hervor, prometía ser entonces un momento cumbre dentro de la efervescencia de ese proceso en pleno despliegue.

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En 2026 la situación que me trae a Génova es otra y diversa. Profesor universitario e historiador ya consolidado con varios libros en mi haber, me interesa escarbar en los hechos que conmovieron la ciudad en 2001 en un registro no académico, que pueda punzar libremente algunos estratos de memoria. El G8 es un acontecimiento muy conocido en toda Italia, un jalón impostergable en los relatos y debates que periodizan y ensayan balances sobre la historia política y de las culturas de izquierda en el país. En cambio, si en su momento fue un evento de resonancias mundiales, su inscripción global ha tendido a evaporarse, en paralelo a la despotenciación y la pérdida de relevancia de las distintas expresiones de los movimientos de hace un cuarto de siglo —por ejemplo el Foro Social Mundial, un proceso en el que también estuve muy involucrado—. Si para los jóvenes que amanecimos a nuevas formas de militancia a fines de los años noventa Porto Alegre o el zapatismo eran referencias centrales, hoy son nombres desconocidos incluso para los más informados. Mi regreso a la ciudad está animado entonces por resortes afectivos, pero también por la idea de que hay en el ciclo que impulsó las movilizaciones de Génova un conjunto de sentidos históricos y políticos que merecen ser recobrados y reexaminados.

Y luego está la ciudad. ¿Qué era esa ciudad que había habitado durante seis días excepcionales en circunstancias del todo anormales? ¿Dónde había estado realmente? ¿Dónde quedaban la Via Tolemaide, la Piazza Manin, el Estadio Carlini, la Piazzale Kennedy, nombres que retumbaban continuamente en los relatos alucinados de esos días? ¿Qué traza había recortado en el casco urbano la zona roja, el espacio vedado por completo a la circulación de personas con grandes vallas y checkpoints policiales para resguardar la reunión de los presidentes y su séquito de poderosos, y que las manifestaciones se habían propuesto “liberar”?

Vuelvo entonces para redescubrir la ciudad distorsionada por los eventos del 2001, pero también para atisbar algunos de los múltiples sedimentos que eslabonan su historia secular como puerto y vía de conexión fundamental a través del Mediterráneo. Mi regreso además se produce por mediación de la Fundación Bogliasco, el centro para investigadores y artistas que me ha seleccionado para hacer una residencia de un mes. Vivo entonces en la deslumbrante Villa dei Pini, en el piccolo paese de Bogliasco, el primer pueblo sobre el mar a la salida de Génova hacia el Levante, adonde se arriba en media hora desde Principe con el tren regional que serpentea exquisitamente toda la costa Liguria. En la Villa compartiré la cotidianeidad de comidas, paseos y aperitivos con la excitante cohorte de residentes con la que comparto mi estadía: una coreógrafa canadiense, dos laureados documentalistas de larga trayectoria de San Francisco, una novelista libanesa, una música experimental neoyorquina, una performer y escritora de Minneapolis, un artista y gestor cultural uruguayo, y una historiadora afroamericana. Junto al staff local genovés e internacional que gestiona la casona, un panorama que incrementa —en el sentido de que enriquece, pero también de que diversifica— las incitaciones de la labor que he venido a desarrollar.

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Salgo de la estación Principe con mi equipaje hacia la Piazza Aquaverde, flanqueada por la imponente estatua de Colón. Tengo un rato hasta tomar el tren local a Bogliasco, y me siento en el café Pausa, un rincón desalineado sobre la via Andrea Doria (otro nombre célebre de la edad heroica de la navegación genovesa). Me han advertido que el turismo también ha comenzado a invadir esta ciudad más renuente y difícil que los destinos italianos clásicos, pero este local a la salida de la estación principal luce corroído y sin señales de cambios recientes. Las maquinitas tipo flipper dan al lugar un ambiente retro, habitado por comensales del barrio. Tras la barra, en el oscuro interior del local, pido un café a la barista, sin dudas migrante —aunque no llego a descifrar de dónde.

Sentado en una mesita sobre la calle, todos mis sentidos apuntan con ansias a registrar indicios que pudieran resultarme familiares. Al llegar a la ciudad en una tarde igualmente soleada el 16 de julio de 2001, me había dirigido hacia el mar, caminando a través de una de las pocas extensiones planas de la ciudad (el barrio de Foce, según descubro ahora). Contra mi reconstrucción inicial, aquella vez debo haber arribado a Brignole; la marcha desde Principe hubiera resultado muy larga, y además en algún punto, atravesando o bordeando el centro, debería haberme topado con la zona roja, probablemente ya emplazada. Recuerdo que en el tren desde Turín había trabado diálogo con un simpático egiptólogo italiano, a quien de inicio no le había ventilado los motivos de mi viaje, persuadido ya del clima policíaco que se vivía en la ciudad; sólo tras saber que compartíamos aficiones por la historia (se había sorprendido de que supiera de las Enseñanzas para Merikara, texto antiguo de su especialidad), me había allanado a hablarle del G8. “Lo imaginé desde un principio”, o una frase parecida, me deslizó entonces en devolución con una sonrisa cómplice.

En esa plácida caminata inicial no me había topado aún con muestras de la abrumadora presencia policial que en los días siguientes desfiguraría el ambiente, hasta dar la tónica —destacada luego en todas las crónicas— de una ciudad militarizada. No atino a recordar si tenía un mapa conmigo (presumo que sí), pero mi destino inicial era Piazzale Kennedy, en la ribera, en cuyas adyacencias funcionaba desde hacía unos días una serie de carpas del Genoa Social Forum, la plataforma que agrupaba a las varias centenas de organizaciones que convocaban a las movilizaciones. Fue allí, antes o después, donde compré una camiseta con una de las consignas de la hora: “Voi G8, noi 6000000000!”.

Por lo demás, esa parte de la ciudad mantiene una relación de cierta extrañeza con el mar; varias construcciones que hacia el centro se continúan en almacenes y edificaciones ligadas a la vida portuaria (incluida una autopista que corre en elevación paralela al agua) interrumpen y afean la vista, además del acceso mismo a la costa. Un poco por haber habitado esa zona, pero sobre todo por el vértigo distractor de los días que seguirían, en mi regreso compruebo con asombro que los peregrinos del 2001 permanecimos notablemente ajenos a la belleza de la ciudad.

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De inmediato, desde la explanada de Foce, tomo el inicio de Corso Italia, en paralelo al mar, y luego las escalinatas y la calle que suben a la Colina de Albaro, hacia el Levante. De allí sí se obtiene un panorama del mar y los barrios céntricos de la ciudad. El lugar sería un sitio privilegiado para observar las cargas policiales y la masa bullente de manifestantes en la marcha del día 21, la última de las jornadas del 2001. En mi arribo me dirijo a la Scuola Pascoli, en la calle Césare Battisti, justo enfrente de la Scuola Díaz, otro de los nombres a la postre indelebles de los eventos del G8. Allí me han direccionado mis contactos virtuales por correo electrónico —esa innovación aún reciente que facilita prodigios organizativos a escala global—. Pero nuevamente, sólo ahora, veinticinco años después, logro apreciar el salto en discontinuidad que se produce rápidamente desde la cuadrícula urbana racionalista de Foce y el coqueto e intrincado barrio de Albaro.

La entrada de la Pascoli, aún cuando faltan varios días para el momento pico de las jornadas, es ya un hormiguero de gente. Es que allí se ha montado el Media Center, que acoge a distintos órganos de la prensa oficial y también de la comunicación alternativa. Entre ellos se destaca la sala de Indymedia, que desde Seattle es un emblema de la contrainformación participativa en red, y que ha crecido a velocidad planetaria desarrollando nodos en un enjambre de ciudades. La sala central de computadoras, desde la que un par de días después escribiría a las apuradas una nota para el diario argentino Página/12, da ya la impresión de ser un órgano vivo desde el que una constelación anfibia de periodistas y activistas produce la propia narración en proceso de los pormenores de la inminente saga.

Pero no es allí donde en ese instante está ocurriendo lo más vibrante. Dejo mi pesada mochila en una de las salas en la que se acumulan los bártulos, y salgo al patio, donde varias decenas de personas reunidas en asamblea circular intercambian intensamente en varios idiomas. Pregunto en inglés a alguien que sale un momento si sabe quién es Enric, mi interlocutor por email del MRG (Movimiento de Resistencia Global) de Catalunya. “Soy yo”, me contesta para mi sorpresa emocionada. Creo que es también allí que conozco a Jeff Juris, antropólogo-activista que ha estudiado en Berkeley, y que pasa también una temporada de trabajo de campo en Barcelona, bajo la guía de Manuel Castells. Munido de su libreta de notas y de una bonhomía sin par, Jeff ha estado en Seattle, Praga, Gotemburgo y otras citas del movimiento global. Estará también presente en varias ediciones del Foro Social Mundial. En su cautivante libro Networking Futures. The Movements against Corporate Globalization (2008), cuenta que los días previos a las jornadas de batalla callejera del 20 y 21 de julio son en efecto de febriles asambleas y reuniones, que buscan preservar democráticamente el principio de la “diversidad de tácticas”. En Génova concurren distintas sensibilidades políticas, que van desde una galaxia de movimientos y personas que tienen en su espíritu acciones no confrontativas, pasando por el influyente movimiento de los Tute Bianche italianos (expresión de la tradición de los Centros Sociales autónomos de cuño post-operaista) y también otros grupos internacionales volcados a vulnerar la zona roja desde diversas prácticas de desobediencia civil y “frivolidad táctica”, hasta los grupos asociados al Black Block, caracterizados por un repertorio más radical de combate callejero y destrucción de espacios y símbolos del capitalismo global.

Esa diversidad de trayectorias es capturada también en el más reciente libro del historiador italiano Gabriele Proglio I fatti di Genova. Una storia orale del G8 (2021). También allí se atiende al desafío implicado en la convergencia en la ciudad de modalidades de expresión divergentes, sobre todo el decisivo día 20, “la giornata delle piazze tematiche”. Las reuniones y asambleas previas se hacen muchas veces con mapas de la ciudad desplegados en el piso, que suponen discusiones sobre tramas urbanas y espacios de reunión y puntos de asedio de la zona roja que resguarden la diversidad del movimiento. Un equilibrio difícil, al cabo imposible en el fragor de las jornadas. 

El libro de Proglio reconstruye en detalle una multitud de historias y procedencias singulares, pero sus testimonios son mayormente italianos. Pero lo que me impresiona de la asamblea de la tarde del 16 de julio de 2001 es la presencia internacional. Algunos de los activistas que intervienen en la reunión han estado involucrados en la plataforma Acción Global de los Pueblos (AGP), una red descentralizada anticapitalista inspirada en el zapatismo que desde 1998 ha promovido los Días de Acción Global —jornadas festivas de protesta simultánea en un número creciente de países y ciudades—. En 2026 comparto mis recuerdos de esas asambleas multilingües en mi paso por Niza con Natalia, cuyo abuelo anarquista, Jacinto Cimazo (“Macizo”), integró memorablemente las brigadas internacionales en tiempos de la Guerra Civil Española.

La asamblea de la Scuola Pascoli termina y nos dispersamos en grupos, a comer y luego a pasar la noche. En mi caso, me dirijo a mi próxima estación: el Estadio Carlini, epicentro de los Tute Bianche italianos. Se adivina ya el trajín de los días siguientes.

(continuará)

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