Alberto Toscano (2023). Late Fascism: Race, Capitalism and the Politics of Crisis. Londres: Verso.


Cuatro días antes del 7 de octubre de 2023, el día del ataque de Hamás, en Israel se desataron protestas contra las reformas que intentaban desaparecer la autonomía de la Suprema Corte. Haaretz publicó una opinión intitulada “El neofascismo de Israel es una amenaza tanto para los israelíes como para los palestinos”. Un mes atrás, manifestaciones estudiantiles salieron a las calles a denunciar las bases militares “fascistas” de su país en la región. La asociación no es nueva, dentro y fuera de Israel. Recordemos la carta firmada en 1948 por personajes como Hannah Arendt y Albert Einstein, entre otros, contra la masacre de Deir Yassin. Ahí se advierte cómo el partido Herut ―antecesor de Likud, hoy encabezado por Netanyahu― es similar a los partidos nazi y fascista italiano en su organización, métodos, filosofía política y poder de atracción.

¿Se sostienen estas comparaciones? Tomando en cuenta los últimos acontecimientos, se constata una intención genocida, pero vale la pena pensar en las condiciones de posibilidad. Como sugiere Alberto Toscano, esta violencia se contextualiza mejor si asumimos los fascismos como proyectos coloniales en relación a territorios y poblaciones concretas. Es decir, pensar el genocidio como parte de una gestión racial de despoblamiento y repoblamiento, mecanismos legales e ilegales de despojo y acumulación, así como de determinadas ideologías. Si esto es así, el fascismo no sería un recurso de emergencia, falla o una perversión de las democracias, como suele suponerse, sino una herramienta flexible de expansión colonial capitalista más común y cercana de lo que parece. Pues bien, éstos son algunos temas centrales de Late Fascism: Race, Capitalism and the Politics of Crisis.

Aunque pueda resonar al libro de Ernest Mandel Capitalismo tardío (1972), que popularizó el término homónimo, el adjetivo “late” —o “tardío” en español— no debería evocar demasiadas referencias ni sonar a un neologismo, simplemente indica que el fascismo, como cualquier otro fenómeno político, cambia de acuerdo con su contexto socioeconómico. Sí puede ser provocador porque se admite que es un fenómeno presente más allá de la añoranza de ciertas corrientes políticas por una época “clásica” del fascismo, la mano dura en un paisaje industrial, militarista, etc. Y es que desde una cómoda posición liberal o progresista se rechazan estas imágenes como si fueran caricaturas anacrónicas, superadas por nuestras democracias modernas. Sin embargo, como escribe el también traductor de Alain Badiou, ante las soluciones de reformas siempre insuficientes y a destiempo, hoy en día son precisamente los radicalismos ultraconservadores los que proponen los planes más atractivos, que generan adherencia, aunque sea mediante excentricidades de dominio y destrucción. No es tanto que las derechas estén ganando terreno, sino que la democracia representativa en su conjunto se va derechizando ante la falta de propuestas estructurales y sistemáticas alternativas.

Toscano retoma los trabajos de Aimé Césaire y Angela Davis para explicar la lógica fascista como heredera de formas de segregación. Desde la mirada de las luchas de liberación negra afroamericana, existiría un doble sistema estatal en el aparato carcelario racializado en la década de 1970: una lógica normativa para la población hegemónica y una lógica prerrogativa para el resto, quienes se tienen que “ganar” la consideración para estar dentro de la norma (que de por sí puede ser cruel y corrompible).

Lo que puede parecer “fascista” desde el punto de vista de la norma ciudadana, para los sujetos racializados y/o segregados es más de lo mismo. En realidad, la división entre norma y prerrogativa es porosa. Lo demuestran no sólo las cárceles, sino también los centros de detención antimigrantes, y en México, los albergues, campamentos o asentamientos irregulares y las estaciones migratorias. Si hubiera que investigar la lógica del fascismo tardío en México, podríamos comenzar por ahí. No es exacto decir que en estos lugares y las fronteras mexicanas se violan sistemáticamente los derechos, más bien existe un segundo sistema paralelo informal que no tiene que ver con el derecho, sino con el control del flujo de poblaciones y de capital.

Después, el libro explica cómo la lógica fascista funciona con posturas proteccionistas y nacionalistas, al igual que con globalistas, capitales financieros y trasnacionales de todo tipo. Es violento por medio de los mercados mixtos, regulados o libres. También aborda el procedimiento fascista según el cual, a partir de la crisis objetiva socioeconómica que condiciona, por ejemplo, una recesión o una pandemia, se presenta la necesidad de un renacimiento o resurrección. Ante una crisis, el fascismo toma elementos imaginarios del desarrollo “desigual y combinado” capitalista en cuestión, las periferias o mundos “premodernos” con los cuales nutre su fantasía. Se combinan arcaísmos con futurismos.

Una de las cosas más originales del libro es la relectura de Maria Antonietta Macciocchi y Robyn Marasco, entre otras autoras, sobre la politización de las mujeres durante el nazismo y hoy en día en las derechas contemporáneas. Se tocan las polémicas en torno a los grupos de mujeres antifeministas que, según Marasco, luchan por acceder a los placeres, afectos y agencia “masculinos”; ya no una inclusión profesional o una familia heterosexual decente, sino prerrogativas meritocráticas patriarcales, claro, en detrimento del valor del trabajo de crianza o cuidados, por ejemplo. Como señalan Sophie Lewis y Asa Seresin en “Fascist feminism, estas corrientes afirman violentamente una figura prescriptiva de la mujer no necesariamente heterosexual, pero que sí da cuerpo a la idea de que existe un peligro de desdibujar lo que son las mujeres, su historia: la ideología de género y de transgénero.

En resumen, el libro investiga las maneras en que el fascismo, sea “clásico” o tardío, recupera las frustraciones y la impotencia de las sociedades, anhelos no realizados en el statu quo, para ser instrumentalizados impositivamente como libertad. Un texto pertinente porque resignifica una palabra que suele ser tabú, o mera burla, pues toca fibras delicadas y cuestiona la cómoda y fácil dicotomía entre autoritarismo y democracia. Como escribe el autor, “En Israel, como en otros contextos de hoy, el auge del fascismo puede aparecer en un primer momento como una excepción, pero está enraizado profundamente y es facilitado por el colonialismo liberal que nunca tolerará una verdadera liberación”. Contrarrestar la lógica del fascismo tardío no es posible si la crítica y la acción se subordinan al espacio-tiempo de una agenda de representación política y electoral. Hoy el progresismo es el discurso mainstream que denuncia la guerra, pero sabemos que económica o estratégicamente se participa de ella, como ha mostrado Ara Galán en el caso mexicano. De ahí que pueda decirse con Toscano en las últimas líneas de su libro: “Quien no esté dispuestx a hablar de anticapitalismo, mejor que guarde silencio sobre el antifascismo”.


Ilustración de portada: Helena Nehme @helena.tutart

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