Sin cinismo no se sobrevive a la tarea de ejecutar linchamientos morales y a las mentiras desfachatadas
Carlos Monsiváis, Tiempo de saber. Prensa y poder en México.
¿Cuál es el estado del periodismo en épocas de posverdad?, me pregunto mientras leo la entrevista que supuestamente le habría hecho Edmundo Cázarez a Carlos Monsiváis hace 25 años y publicada el pasado 23 de junio en el periódico El Universal. Desde un primer momento, me pareció claramente falsa o, en el mejor de los casos, muy alterada. Fue tal la polémica que, apenas un día después, El Universal publicó un comunicado, en el que decían haberle solicitado a Cázarez la grabación del encuentro, para cotejarla con la versión publicada de la entrevista. Luego de que el entrevistador no lo hiciera, El Universal publicó una carta pública de disculpas. Ello parecería zanjar la cuestión, pero me parece que el episodio ofrece la oportunidad de reflexionar sobre aquella pregunta que me rondaba en la cabeza desde mi primera lectura.
Como Cázarez ha sido incapaz de entregarle al diario la grabación, me interesa analizar la entrevista, para determinar su grado de veracidad. Es, además, pertinente hacerlo así, porque puede parecer que las falsedades se limitan al contenido más “escandaloso” de la entrevista, cuando en realidad está plagada de inconsistencias. Existen datos que sí se derivan de la experiencia de Monsiváis, como el listado de algunas de sus primeras lecturas (Eugenio Sue, Manuel Payno, Agatha Christie, Emilio Salgari, Michel Zévaco) o sus aficiones de juventud (ir al Teatro Margo, ver películas de Alejandro Galindo), todo lo cual se puede rastrear en la red; incluso hay algunas frases que pudo haber dicho (“Nuestro pasado es la imposibilidad de nacer de nuevo a cada conversación… es lo más premioso, esclavizante y judicial que conozco.”). No obstante, hay una serie de afirmaciones que, para quienes conocemos la trayectoria de Monsiváis, resultan claramente absurdas.
Monsiváis no pudo haber respondido que Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos fueron los mejores presidentes de México. Monsiváis tenía una visión muy negativa sobre ellos, pues para él formaban parte del periodo más monolítico del presidencialismo priista. Por el contrario, en diversas entrevistas y textos, Monsiváis siempre reivindicó el legado de Lázaro Cárdenas por su cercanía con la izquierda social, por la nacionalización del petróleo, por su respeto a la libertad de prensa, por enfrentarse al imperialismo norteamericano y por haber sentado las bases de una redistribución del ingreso que dio pie al proceso de modernización de mediados del siglo XX en México. Que su nombre no aparezca en la entrevista resulta muy sospechoso. De hecho, para mí lo más llamativo de la entrevista es la casi ausencia de críticas contra el PRI y el PAN, sobre todo en el año en que supuestamente se llevó a cabo la conversación (2001). Si uno revisa lo que declaraba Monsiváis por entonces, lo que encuentra es una constante crítica al autoritarismo, la corrupción y el clientelismo del PRI, así como hacia la continuidad de dichas prácticas por parte del PAN, sin dejar de lado su clasismo, su conservadurismo reaccionario y su intento de suprimir derechos fundamentales.
En contraparte, la entrevista enfatiza los supuestos ataques de Monsiváis a la izquierda, al PRD y específicamente a López Obrador: “El PRD se ha convertido en un refugio de caníbales políticos, es la viva podredumbre del estiércol que dejó el PRI … Fui votante del PRD, pero ahora ya no soy simpatizante, mucho menos seguidor. ¿Así o más claro?” En realidad, aunque fue cada vez más crítico de la descomposición política y moral del PRD, Monsiváis siguió votando por ese partido hasta las elecciones intermedias de 2009, pues no votaba por proyectos neoliberales y no creía en el voto nulo. ¿Pero para qué investigar los hechos si lo que interesa es simular que Monsiváis estaba más de acuerdo con las posturas actuales de la derecha que con su propio pensamiento? Compárese la respuesta que supuestamente da al “periodista” con esta otra de las mismas fechas: “el Partido de la Revolución Democrática (PRD), muy obviamente corrompido en buena parte de su dirección, ha perdido, en tanto perspectiva, la identidad de izquierda. Queda sin embargo una poderosa fuerza social de izquierda, que ya no se identifica con el PRD y que mantiene la resistencia en lo político, lo ecológico, lo cultural, lo social y las causas de la bioética. Pero esto carece por lo pronto de consecuencias electorales”. Estilísticamente es otra cosa, pero además Monsiváis era muy consciente de la importancia de la argumentación detallada y los matices a la hora de criticar la postura política que él mismo detentaba. Criticar al PRD y su sectarismo no era desertar de la izquierda. Quienes piensan en binarismos seguramente no podrán comprender este matiz. Ya se sabe que la satanización es hija del pensamiento acotado. Por el contrario, pensar desde la complejidad y las contradicciones, y no desde el maniqueísmo, fue una de las enseñanzas fundamentales de Monsiváis. (Por eso le gustaba citar esa frase de Fitzgerald: “La verdadera prueba de una inteligencia superior es poder conservar simultáneamente en la cabeza dos ideas opuestas, y seguir funcionando. Admitir por ejemplo que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas”).
No hay que confundirse. Monsiváis pensaba el ejercicio de la crítica como un principio básico de todo proceso de cambio. Es claro que siempre estuvo del lado de quienes representaran posibilidades de transformación y sabía que eso requería cambios culturales profundos, así como mayorías en el ámbito de la disputa electoral. Por eso resulta absurdo que, en la supuesta entrevista, Monsiváis afirme que lo ideal es que exista un reparto igualitario en el voto de las tres fuerzas políticas del país “lo cual no se daría si hay un triunfo aplastante de una de las partes”. Esta postura, propia de los comentólogos políticos de hoy, obviamente no llevaría a una transformación, sino al mantenimiento del statu quo. Algo aún más absurdo es cuando Monsiváis supuestamente afirma que México no está preparado para tener un presidente proveniente de la izquierda, lo cual es una tergiversación absoluta de su pensamiento.
Y claro, las afirmaciones contra AMLO resultan de plano inverosímiles. Cuando dice “Andrés Manuel López Obrador está cometiendo enormes barbaridades y atrocidades en Tabasco que no se le pueden perdonar” es contrario a múltiples textos y entrevistas en las que Monsiváis valora la movilización social encabezada por AMLO en Tabasco y reivindica el ‘Éxodo por la democracia’ contra el fraude ejercido por Roberto Madrazo. Si diéramos por cierta la entrevista, podríamos decir que Monsiváis pensaba sobre López Obrador lo que los medios masivos y la derecha política actual han afirmado constantemente sobre él (que está loco, que es un dictador y que es un corrupto “capaz de hacer lo que fuera por dinero”). Monsiváis tenía una opinión crítica sobre algunos métodos de lucha de AMLO (como el plantón del 2006) y sobre las limitaciones de su proyecto político, pero siempre sostuvo una postura a favor de lo que representaba: voluntad de transformación, compromiso con los marginados, integridad personal. Además de todo lo que publicó al respecto, le escuché decir en varias ocasiones que, dado el panorama sociopolítico en México y la cercanía con Estados Unidos, AMLO era, a pesar de sus limitaciones, la única opción de cambio por el momento.
Cuando sí se vuela la barda de la infamia el periodista (y El Universal por publicar su entrevista) es cuando supuestamente Monsiváis insinúa haber tenido relaciones sexuales con AMLO: “lo tuve aquí en mi casa por espacio de 9 meses, pasé deliciosas y divertidas noches con él”. Monsiváis en ninguna declaración pública habló abiertamente sobre sus preferencias sexuales (le parecía un acto homofóbico que le preguntaran al respecto, cosa que no se hacía con intelectuales o figuras públicas heterosexuales). Además de apócrifas, las supuestas palabras de Monsiváis son realmente burdas y ajenas a sus formas de enunciación. Monsiváis era muy consciente de cómo un intelectual con prestigio podía hablar sobre política. Cualquiera que haya escuchado sus entrevistas puede notarlo; por más contrario que fuese a un político, nunca hablaba así, desde el plano personal, sobre él. No es extraño que justo esta parte de la “entrevista” sea la que se haya viralizado y haya generado múltiples memes que activaron el imaginario homofóbico de la sociedad mexicana. Tampoco resulta casual que impresentables como Héctor de Mauleón, Ciro Gómez Leyva, Simón Levy o Lily Téllez, y medios tan poco profesionales como La Derecha Diario, den validez a la entrevista y difundan acríticamente sus calumnias. Más allá de que no sea verdad que Monsiváis y AMLO se hayan conocido en 1972 (fue hasta 1992), y que no hayan tenido un vínculo sexoafectivo, es muy sintomático que, en lugar de criticar todos los problemas que muestra la gestión, los discursos y las políticas públicas de la 4T, se apunte a descalificar a las personas por su sexualidad. Justo ésa es la cosmovisión moralina, fundamentalista y antiderechos del conservadurismo mexicano que tanto combatió Monsiváis.
Aquí es cuando resulta difícil no pensar que esta entrevista forme parte de las estrategias de estigmatización contra el lopezobradorismo en busca de desmoronar su hegemonía política. El propio Monsiváis afirmó que, desde Madero, ningún político había sido tan atacado como AMLO y esta entrevista no hace sino confirmarlo. Toda la estrategia de descrédito se vuelve aún más evidente cuando en el texto se afirma que Jesús Ramírez Cuevas (ex vocero de AMLO y actual coordinador de asesores de Sheinbaum) es “un chamaco a quien le tenía un enorme y especial cariño, con quien pasaba largas y largas horas en la intimidad de su alcoba y afirmaba que lo hacía muy feliz en su cama.” Esto ya no lo dice Monsiváis, sino el entrevistador por cuenta propia, Cázarez, cuyas preguntas, por lo demás, dan bastante vergüenza (“¿A lo mero macho, al mexicano le interesa tener un verdadero presidente?”).
El final de la entrevista de plano ya es de risa loca. Supuestamente Monsiváis le habría dicho esto a Cázarez: “Edmundo, agradezco mucho su visita. Me deja muy satisfecho de permitirme conocer su olfato periodístico y la pasión que siente por lo que hace. Algún día, la vida le hará justicia y lo colocará en un lugar donde merece estar…. ¡Es un extraordinario entrevistador!” Resulta vergonzoso que se ponga en boca de Monsiváis el lenguaje adulador y salamero que él tanto detestaba, y que a su parecer provenía de las peores tradiciones políticas del PRI. Así lo expresaba en otra entrevista: “la corrupción política que el PRI encarna es la más segura, porque no consiente las excepciones; nos afecta desde la base, desde la manera de saludar … El PRI es ideología, conducta, oxígeno, respiración … la sonrisa empalagosa que dedicamos a nuestro más sólido enemigo, el tono de veneración que usamos para calificar un trabajo que no nos interesa, la atención con que cultivamos las amistades que más nos aburren, deriva de la corrupción política”. En cualquier caso, cuando Cázarez incluye el autoelogio no sólo trastoca, de forma contraproducente, la recepción del texto: lo vuelve poco ético. Ryszard Kapuściński decía que el único modo correcto de ejercer el periodismo consistía en desaparecer, en intentar no volverse protagonista del texto. El periodismo es fundamentalmente una experiencia de alteridad, en donde se busca poner en el centro al otro, no a uno mismo. Una entrevista tendría que ser eso: un ejercicio de escucha radical de otro cuya voz es necesario cuidar. Claramente no es una ética de la escucha lo que promueve esta publicación de El Universal.
Eso se vuelve aún más claro con la nota final de la entrevista, la cual revela cómo la búsqueda de escándalo esconde una pueril lógica mercantil: “Esta histórica entrevista con el gran ‘Monsi’, forma parte de mi primer libro A lo mero macho… ‘Entrevisto, luego Existo’, con un fabuloso prólogo del gran periodista Ciro Gómez Leyva. Una amena e interesante recopilación de 22 entrevistas exclusivas con enormes personajes como María Félix ‘La Doña’, Irma Serrano ‘La Tigresa’, el destacado torero español Julián López ‘El Juli’, el expresidente Luis Echeverría, Miguel de la Madrid, Eduardo ‘Rius’, Elena Poniatowska, entre otros más. Si usted, mi estimado lector desea adquirirlo, me puede enviar un WhatsApp al 5632924342”. Como dijo alguna vez Francisco Martínez de la Vega, algunas notas informativas son en realidad acuses de recibo y en esta ocasión, no puede ser eso más explícito.
Me parece muy claro que el interés de El Universal a la hora de publicar este texto periodístico no era el de fomentar el derecho a la información que tiene el ciudadano común, retratar críticamente la realidad o contribuir a la construcción de cultura democrática, sino que se reducía a algo mucho más simple: conseguir clicks. No es que antes la corrupción, el cinismo y la podredumbre fuesen ajenos a las redacciones de los periódicos. Siempre han existido sicarios de la información y chayoteros al amparo del interés de grupos de poder. Los diarios que no han gozado de independencia editorial han solido reproducir el rencor de sus dueños contra quienes, de un modo u otro, atentan contra sus ganancias. Así que ninguna novedad hay en ello. Lo que sí ha cambiado son ciertas dinámicas y la relevancia con que se reciben los embustes cuando son revelados. Los medios de comunicación han fabricado consenso y manipulado la información para afectar la opinión pública en favor de ciertas narrativas dominantes y ciertos intereses hegemónicos. Pero esa batalla por la conciencia del lector pasa cada vez más por lógicas del escándalo que fomentan el resentimiento, refuerzan prejuicios y activan discursos de odio, que se difunden veloz y exhaustivamente por la red, y se integran a regímenes de verdad sin verificación. Así, el periodismo es cada vez más un negocio anclado a presupuestos derivados del espectáculo, la vigilancia y la venta al mejor postor, al tiempo que construye sujetos dispuestos a negar todo aquello que no refuerce los propios prejuicios y sesgos de confirmación. El mal periodismo ya no está ejercido sólo por deshonestos, cínicos e incompetentes, sino también por narcisistas que privilegian su autoimagen frente a cualquier otro principio que ponga en el centro la verdad, lo colectivo o la empatía.
Por lo anterior no debería sorprendernos la ausencia de cuidado editorial de El Universal a la hora de publicar esta entrevista. En la versión en línea se repiten párrafos, hay dedazos (“In mi caso…”, “de esa certidumbre les prendo la confianza” en lugar de “de esa certidumbre desprendo la confianza”), referencias erróneas (según esto Monsiváis afirma haber disfrutado escuchar a Alfredo Di Stefano presentarse en Bellas Artes y recomienda leer a “Juan Sabines”) y dichos falsos (que Monsiváis dijera que Cuauhtémoc Cárdenas no era su amigo, que le daba asco la política, que le incomodaba la presencia de sus gatos, que usaba lentes negros o que dijera un lugar común borgesiano como si fuese suyo: “lo que más me enorgullece son los libros que he leído, mas no los que he publicado”). Todo mundo sabe que la memoria de Monsiváis era monumental y muy precisa y que le interesaba ser muy puntual en los datos que emitía; por eso me sorprende que haya dicho “estando en la Facultad de la UNAM”, como si la UNAM fuese una facultad o como si no hubiese referido la facultad específica. En fin.
Además, estilísticamente la entrevista no tiene nada que ver con los recursos irónicos y las estrategias barrocas con que Monsiváis solía enunciar su pensamiento. Las respuestas cortas, la simplicidad de las construcciones sintácticas, la coloquialidad del trato con un entrevistador impertinente y lo burdo del lenguaje de la entrevista delatan el bulo. Pongo aquí un ejemplo contrastado que lo muestra. Cuando Cázarez supuestamente le pregunta sobre sus creencias religiosas, Monsiváis responde: “¡Rayos!, mire Edmundo, me hace sentir en el banquillo de los acusados. Monsiváis tiene fe en una fuerza exterior, pero que le quede bien claro: ¡Ni soy fanático, mucho menos mojigato!”
Compárese el estilo y la respuesta con esta otra de una entrevista de tres años antes, frente a la misma pregunta:
No soy ni doctrinaria ni programáticamente religioso, pero en mis vínculos con la idea de justicia social, en mi apreciación de la música y de la literatura, y en mis reacciones ante la intolerancia, supongo que hay un fondo religioso. Ahora, tampoco me gusta describirme como una persona religiosa, porque la mayor parte de las veces se asocia lo religioso con el cumplimiento de una doctrina muy específica y no es mi caso, pero si lo religioso se extiende y tiene que ver con una visión del mundo, con los deberes sociales, con el sentido de trascendencia, pues sí sería religioso… Ahora que te lo dije me sentí en falta, porque ya lo que sigue es mi autocandidatura a la canonización y allí sí me detengo. Me lanzas a revisar mis puntos de vista y a preguntarme si soy o no soy religioso, y a falta de definiciones tajantes acabo sumergido en una duda muy poco apostólica. […] El bien y el mal sí me resultan hechos terribles y en los que sí creo de una manera específica. Desde luego, sea o no postcristiana la era en que vivimos, en el fondo aún nos rigen las separaciones drásticas entre el bien y el mal, y el pensamiento del derecho es, como se afirma con frecuencia, un pensamiento sobre el mal, aunque no abunden las reflexiones al respecto, y aunque, también, en países como el nuestro, el mal suele regir en la aplicación de la justicia.
Uno de los principios básicos del periodismo serio (es decir, del periodismo que no es simple propaganda o autopromoción) es la contextualización, el contraste de fuentes, el cotejo de los hechos frente a los dichos. ¿Por qué no hubo un proceso de verificación, por parte de El Universal, de la entrevista que publicó y sabía que generaría discusión pública? ¿Por qué sólo cuando la familia de Monsiváis desmintió la entrevista el periódico solicitó a Cázarez la grabación de esta, cuando es lo que debió hacer previo a la publicación de la misma? Más que control de daños para evitar procesos jurídicos, los medios de información deberían sustentar su labor bajo el marco de responsabilidad que implica el poder que tienen, ateniéndose al fomento de tradiciones democráticas y no de simulaciones, difamación e impunidades amparadas en la maltrecha y malentendida libertad de expresión.
Lo que me parece más preocupante es cómo este tipo de prácticas pseudoperiodísticas generan desmovilización y hartazgo. Si es verdad que “los linchamientos morales … no movilizan sino a los movilizados de antemano” (Monsiváis dixit), también es cierto que naturalizan la descalificación del adversario y se vuelven parte del anecdotario de un país en donde, piensa el lector promedio, las mentiras son parte de la vida nacional y ante las cuales “nada puede hacerse”, “de qué sirve desmentir si todo da igual”, “a quién le importa la verdad”. A los medios dedicados a la desinformación, en efecto, no les importa que se crea lo que publican, sino el efecto de neutralización de voces autónomas, la ridiculización del enemigo prefabricado y el intento de persuadir de que, si todos son igual de corruptos, las posibilidades de transformación resultan inexistentes. En ese caldo de cultivo germina esta entrevista, que se inscribe en la horrorosa tradición del libelo político. Vi que alguien la pasó por detector de IA y arrojaba resultados positivos. De cualquier modo, si uno busca una frase de la entrevista, ya aparece en la red como “en una célebre entrevista, Monsiváis dijo que…” Pues sí, vivimos en el reino de la posverdad y necesitamos mucha educación digital y mucha capacidad de lectura crítica para lidiar con ese fenómeno expansivo que es la desinformación programada. Los caminos del fascismo son insondables. Y los reproducen tus contactos de Facebook.
