Por cierto, empujar las cosas fuera de la mesa es esencial para el apetito: la leche derramada en el suelo, los platos y las copas rotos, las salpicaduras de puré. El escándalo es parte necesaria y constitutiva de lo que Freud denominó “Su Majestad el Ego”
F. J., Brecht y el Método
Althusser decía que, puesto que no hay lecturas inocentes, lo más honesto es confesar de qué lecturas somos culpables. Esta es mi confesión. Aunque el decoro dicta que el obituario debe dedicarse a la persona fallecida a la que estimamos, las más de las veces es inevitable sucumbir a la autorreferencia, a la autobiografía barata. En ello hay, me parece, tanto de narcisismo como de modestia: no puedo ni quiero desligar mi trayectoria personal, mi vida, de la de quien me influyó y a quien despido; si lo personal es político, ¿cómo no ha de ser, asimismo, académico, intelectual, teórico? Cuando se predica la unidad de la teoría y de la praxis, es preciso pensar en los términos vivenciales, concretos, de esa unidad, que no es una mera consigna hueca.
Entré en contacto con la obra de Fredric Jameson en el tercer año de carrera. Mi interés por el marxismo había despertado años atrás, en el contexto de una militancia precoz y estimulante que me socorrió durante la adolescencia, pero no contaba aún con una solidez teórica digna de tal nombre. La lectura de las primeras páginas de The Political Unconscious, obra a la que acabé consagrando parcialmente mi tesis doctoral mucho después, provocó en mí un verdadero seísmo intelectual. Había algo brillante y enigmático en esa manera críptica de formular las frases, en esa avalancha de referencias dispares que, como fui comprobando con el tiempo, a veces sólo casaban en cabezas rutilantes como la del autor. Sin saber a ciencia cierta por qué, en ese momento intuí que quería dedicarme a emular lo que ahí veía: quería interpretar la cultura en sus capas más profundas para arrojar luz sobre sus significados políticos y otras determinaciones menos evidentes. Yo quería hablar en mi trabajo de final de grado de Lukács y de Adorno, y Jameson me ofreció una hoja de ruta para acercarme con ponderación al filósofo húngaro, tantas veces señalado injustamente como el ingenuo defensor del realismo socialista.
Había también mucha irreverencia, mucho de escándalo y de provocación ruidosa, en el gesto principal de ese libro: ensamblar los hallazgos de Freud y de Marx en un protocolo totalizante de interpretación de la cultura. Pocos pensadores han sobrevivido a tantos intentos de asesinato. ¿Cuántas veces se han decretado la irrelevancia, la caducidad, del psicoanálisis y del marxismo? ¿Cuántas veces han quedado en ridículo, superados por una realidad que no cesa de ser conflictiva, dándoles sistemáticamente la razón a ese par de judíos, los promotores de tales cancelaciones, acomodados como están en sus poltronas universitarias? Y, lo que es más importante: ¿cuánta valentía se concentra en el hecho de reivindicar y de salvaguardar el marxismo en un medio acérrimamente anticomunista como era (y es) la academia norteamericana; y, más ampliamente, cuánto valor había en mantenerse políticamente firme en un mundo sumido en eso que algunos han dado en llamar, con altas dosis de cursilería, la “larga noche neoliberal”? Cuando la derrota ideológica parecía consumada, él insistía en deliberar sobre la utopía. Cabe pensar que en nuestro tiempo, tan singularizado por la falta de imaginación política, esa defensa sigue vigente y cobra especial interés. En 1971, Jameson publicó Marxism and Form, probablemente el mejor libro que se haya escrito sobre el marxismo occidental, con el objetivo de ofrecer al público anglófono una introducción rigurosa a los principales teóricos marxistas. En realidad, estaba anunciando su propio programa de trabajo: primero, una indagación enérgica sobre la dialéctica y su “preferencia por la totalidad”, que luego encontraremos absolutamente presente en su idea de las cartografías cognitivas, por citar sólo un ejemplo de esas ramificaciones de originalidad que lo caracterizaron; segundo, una vindicación de la negatividad y del distanciamiento como criterios de comprensión del funcionamiento, de nuevo dialéctico, de la ideología, lo que sin duda hacía justicia a Adorno y a Brecht. Una década después, en el primer capítulo de ese libro hipnótico con el que comencé mi andadura teórica, rescataba del silencio administrativo a un Althusser maldito al abogar por la pertinencia metodológica de la “lectura sintomática”, aquello que nos permite identificar la forma en la que la cultura siempre expresa de manera oblicua, desplazada o deformada conflictos que no han podido ser plenamente integrados en la norma.
Como sucede con cualquier texto genial en un primer acercamiento, entendí muy poco de lo que se decía en The Political Unconscious, pero obtuve algo extremadamente valioso, la condición indispensable para que pueda producirse el conocimiento: el asombro, la compulsión a ir un poco más allá, el atrapamiento que impulsa a querer averiguar más sobre ese mundo que se abre de manera sorprendente ante una. “Empujar las cosas fuera de la mesa es esencial para el apetito”. A partir de entonces, se sucedieron (y se suceden todavía hoy) las lecturas a trompicones de su ingente producción textual, las idas y venidas a sus libros que demuestran que la filosofía es ante todo una actividad rumiante y sostenida, como suele decir José Luis Moreno Pestaña. Ése es otro de los gestos escandalosos de Jameson: que no se deja encapsular en los estrechos márgenes de las divisiones disciplinarias impuestas por las autoridades académicas, las cuales difícilmente hacen justicia a la manera en la que se desenvuelve la realidad. También en esto fue una inspiración a nivel personal, ya que demostraba que se podía y se debía estar sin vergüenza y con orgullo a medio camino entre varios campos del saber. Formado con Auerbach como teórico literario, dedicó su tesis a Sartre y, si sus análisis consagrados a la literatura modernista y al cine son sugestivos, no lo son menos sus contribuciones filosóficas sobre el capitalismo tardío (y su lógica cultural: el posmodernismo) en que nos ha tocado vivir. Creo que esta aportación, que lo hizo mundialmente famoso, no exige comentarios adicionales.
El azar quiso que mi destino se cruzara con el de Jameson, de cuya obra ya no me desprendí. En París, me propuse dedicar mi trabajo de final de máster a la circulación transnacional de las teorías literarias post-althusserianas, entre las cuales se podría contar la suya. Ávida de referencias, lo contacté. Su respuesta, escueta pero cortés, evidenciaba que su pertenencia al star-system académico no opacaba su dedicación como profesor. Eso lo han confirmado hasta la saciedad sus alumnos durante décadas y tuve la ocasión de verlo más tarde: cada día respondía de forma sistemática las dudas de los asistentes a sus seminarios y escribía si llevaba mucho tiempo sin saber de alguno de nosotros. Gracias a las inestimables orientaciones de mi amigo Ramón del Buey y a la generosidad del propio Jameson, pude asistir durante medio año a la universidad en la que dictaba clase. Jameson se prestó a leer y a revisar parte de mi tesis con una amabilidad que no podré olvidar nunca. Entonces yo le planteaba que, casi en la misma época en la que él había hecho pública su teoría del inconsciente político, Juan Carlos Rodríguez, un profesor de la Universidad de Granada desconocido en el mundo anglosajón, hablaba del “inconsciente ideológico”. Me interesaba entender las similitudes y las diferencias entre estos dos conceptos aparentemente semejantes, las lógicas de la circulación desigual de las ideas que determinan que unas hagan más fortuna que otras. Jameson, claro, había leído a Rodríguez —como había leído casi todo—, aunque no dominaba por completo su sistema, y se mostró entusiasmado con el tratamiento que este último hacía del Barroco, que él siempre ligaba a Paul Bénichou más que a Goldmann. Insistía en que la cuestión de la formación social era indispensable para una correcta interpretación de los fenómenos culturales y preguntaba con insistencia qué opinaba Rodríguez de Lacan. Dos ademanes que no eran casuales, pues condensaban los intereses fundamentales de su obra.
Como Jameson me reconoció, compartía con Rodríguez la pulsión fundamental que galvaniza a todo materialista histórico: la necesidad de historizar los materiales con los que uno se confronta. El inconsciente político y el inconsciente ideológico, aun siendo aparatos distintos, vienen a cumplir esa función indispensable. Todas las veces que me reuní con él, aparte de problematizar mis textos, sacó tiempo para preguntarme por mis inquietudes, por la música que escuchaba y las novelas que leía. Tenía sed de actualidad y mucha delicadeza. Pienso que hay que recordarlo como lo que en última instancia fue: uno de los grandes teóricos marxistas del siglo pasado y del siglo presente, sí, pero sobre todo un hombre fiel a su curiosidad intelectual que, pese a todo, quiso comprender. Así quiero hacerlo de ahora en adelante con mi compañero y amigo Ernest Pujol, otro de los grandes regalos que me ha proporcionado, sin saberlo, Fredric Jameson.
