Sobre ¿Polarizados o paralizados? Surgimiento y transformaciones del movimiento democrático,
de Juan Roch (Tecnos, 2025)


El concepto de polarización suele ubicarse dentro de un espacio retórico en torno al cual gravitan valoraciones sumamente negativas (al lado de otros como masas, desorden, demagogia, etc.). En ese sentido, designa uno de los temores de la concepción liberal y elitista de la política que se encuentra en el centro de los sistemas representativos modernos. Por ello, una de las virtudes del libro de Juan Roch es la de situar históricamente el problema de la polarización, como un avatar contemporáneo del miedo a la invasión del espacio público por masas políticamente barbarizadas. Los gobiernos representativos pretendían seleccionar, por la vía de la competencia electoral, a las élites que debían conducir al pueblo. Tal modelo, en su origen, era explícitamente antidemocrático, aunque con el tiempo quedó asimilado a la democracia. Así, los gobiernos representativos perseguían —según feliz expresión de Antoni Domènech en El eclipse de la fraternidad—, la producción de oligarquías isonómicas: lo segundo porque no se fundaban en la minoración civil de la ciudadanía, pues ésta podía participar como sujeto de derecho en la esfera económica; lo primero porque buscaba excluir sistemáticamente a esa ciudadanía de la esfera política, ya fuera aludiendo a su incompetencia intelectual, ya a su volubilidad moral o política.

Roch explica muy bien cómo el dispositivo liberal busca reducir a la ciudadanía a la pasividad: frente al fantasma de la polarización, lo que se busca es paralizar a los plebeyos. De tal suerte, cuando dejó de ser sostenible el sufragio censitario explícito, se comenzaron a perseguir formas implícitas del mismo. La competición electoral impone enormes exigencias a los participantes que se toman en serio la victoria, y cuantiosos recursos económicos son necesarios para la producción de líderes —esto es, para la generación simbólica de su carisma, de su visibilidad en la escena mediática, del sostenimiento de tropas de seguidores, etc.—. Lo anterior implica también que las competencias políticas quedan fuera de la mayoría ciudadana, concentrada así en sus negocios —allí donde existe isonomía— y convertida en espectadora limitadamente activa de las contiendas electorales. En ello radica la parálisis.

Asimismo, este dispositivo moderno y liberal tuvo efectos en quienes se le oponían. El movimiento obrero compartía la tesis de que la política no se restringía a la gestión del Estado, sino que se encontraba también en la esfera civil. Allí, la supuesta igualdad ofrecida por las normas no impedía que la diferencia de riqueza sometiera de hecho a las personas. En ese sentido, la ciudadanía política —aquella que convertía en pasivas a las grandes mayorías—, estaba entrelazada con la servidumbre económica y familiar. Un gran debate recorre entonces la oposición, acerca de cuál es puede ser una manera eficaz de combatir la servidumbre económica y la libertad política disminuida.

La respuesta ofrecida por el modelo de la Revolución Francesa incluye un proceso de encabalgamiento entre revolución, radicalización violenta y dictadura. Con base en él, se fueron dando respuestas diversas —desde las de Proudhon y Bakunin, hasta las de Marx y Engels—, de entre las cuales sobrevivió la tesis de que la dictadura —una dictadura provisional, pensada según el modelo de las repúblicas antiguas— era una condición ineludible de la revolución. La figura de Robespierre, del defensor de la democracia republicana convertido al terror, obsesionó, así, a quienes se oponían al imperio de la oligarquía isonómica. Juan Roch retoma estas cuestiones a propósito de la reflexión sobre la violencia que, inspirándonos en la obra de Étienne Balibar, hemos ido desarrollando algunos compañeros. Roch se refiere al trabajo de Pablo Beas Marín sobre el sorteo como dispositivo de civilidad democrática, al de Francisco Manuel Carballo acerca de los incentivos políticos de los dispositivos sorteados, así como a mi estudio a propósito de la degradación psicológica y política generada por la violencia revolucionaria.

Lo que sigue es una forma de continuar con esa conversación. La lucha revolucionaria, aquella que saca a las masas de la parálisis, puede generar procesos violentos que producen regresiones políticas y fomentan espacios sin deliberación, donde se cultiva fundamentalmente el capital guerrero. En ese contexto, la política se convierte en un estado de excepción permanente, en el cual sobresalen los discursos simplificadores y los comportamientos expeditivos, y donde la atención del grupo está puesta en la eliminación del enemigo interno y externo. Normalmente, sin embargo, el efecto de tales prácticas se limita a producir un enorme dolor a quienes se implican en ellas: la historia del siglo XX nos deja un largo reguero de catástrofes políticas inspiradas por versiones militaristas del ideal emancipatorio y por visiones ofuscadas acerca de los papeles estratégicos de los agentes sociales o por una concepción delirante de los mismos.

La absurda confianza en el proletariado derivaba, en el siglo XX, de una falta de comprensión de su realidad sociológica y de la adscripción a éste de intereses que no tenía. La discusión sobre estas cuestiones —por ejemplo, a partir de la obra de Rita di Leo (L’esperimento profano. Dal capitalismo al socialismo e viceversa)—, serviría para desarrollar con profundidad algunos aspectos señalados en el trabajo de Juan Roch.

Son esas regresiones de las que debería aprender otra práctica de la política que quisiera ser capaz de comprender los dilemas existentes entre eficacia y participación, así como pensar el desarrollo del deseo político y evitar que este quede colonizado por redes clientelares. Por ello, y siempre en el sentido de analizar la cultura de oposición al liberalismo oligárquico, sería pertinente precisar cómo funciona hoy la mercantilización de la militancia crítica y su contribución a modelos estériles de polarización política.

Hacerse un espacio de visibilidad dentro de un espacio económico, cultural o político requiere o bien asociarse a quienes manejan códigos dominantes, o bien imponer el propio —aunque a menudo se da una situación híbrida: resultado significativo en los ciclos de explotación porque ofrezco una aportación supuestamente esencial—. Pero quienes se convierten en agentes de explotación carecen del recurso del capitalista normal, quien a menudo confía la gestión de su capital a asalariados. Para imponerse, sólo disponen de su propia persona y, si desean hacerse visibles —o seguir siéndolo—, deben radicalizar la propia posición, que por lo demás incorpora el ocio o la intimidad como elementos de valor (algo que señala Roch en la página 159 de su obra). Así, tanto la exhibición de los traumas como la presunción de disponer de la única o de la mejor perspectiva se unen a prácticas de arrinconamiento de los competidores. El cuerpo sufriente se convierte en capital, y es además gestionado por la propia persona en cuestión, que necesita entregarse absolutamente a una práctica en la que explota tanto como se autoexplota.

El libro de Juan Roch hace que estos debates emerjan y los pone en el centro de una conversación que importa tanto en la academia como en la práctica ciudadana.

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