Somos un grupo de académicxs dedicadas a investigar la alimentación en México desde diversos anclajes y a quienes les parece urgente pensar en los efectos de la llegada de Ozempic y sus genéricos a México. Oficialmente, en este país la obesidad y el sobrepeso se han definido como “epidemias”, como enfermedades “anti-evolutivas” que representan una carga para el Estado, al punto que “comprometen nuestra viabilidad como nación”. Clínicamente, Ozempic —nombre comercial de la semaglutida— es un fármaco aprobado para el tratamiento de diabetes mellitus y promete una pérdida de peso significativa y sostenida siempre y cuando su uso sea constante —se administra con inyecciones semanales—, pues algunas investigaciones muestran que abandonar el tratamiento provoca aumento de peso (rebote) y la pérdida de sus beneficios metabólicos. Ozempic se presenta como una “cura mágica” para la pérdida de peso, ya que actúa a nivel del sistema nervioso central, modificando radicalmente el apetito y la relación con la comida mediante la supresión del deseo. Sin embargo, debemos reconocer los riesgos y problemas asociados a medicamentos como Ozempic y el resto de moduladores del péptido similar al glucagón-1 (GLP-1) que ya están a la venta en México bajo distintos nombres comerciales y con distintos usos (p.e. Wegovy). La reciente caducidad de su patente promete la inundación en el mercado mexicano de productos que se venderán con la promesa de bajar de peso. Hasta ahora, Ozempic era exclusivo para quienes lo pudieran pagar; sin embargo, el fin de la patente promete una disminución de su precio hasta en un 80 por ciento. Ozempic es el ejemplo perfecto del capitalismo contemporáneo: ofrece una promesa de salud e imagen corporal al alcance de cualquiera en un mercado global con ganancias capaces de sostener el crecimiento del PIB de todo un país.
La idea de este texto surgió después de leer y comentar entre nosotras el libro On Hunger (2025), de Dana Simmons, donde aparece un capítulo dedicado a Ozempic. Según recupera Simmons, los creadores del fármaco lo describieron como una “herramienta marxista”, puesto que el fármaco supuestamente ayuda a “resistir” el hiperconsumo capitalista de alimentos, en tanto que erradica el deseo que lo sostiene —deseo que, dicho sea de paso, ha sido históricamente producido y afinado por la propia industria alimentaria por medio del diseño de productos altamente deseables y potencialmente adictivos—. La idea de que Ozempic sea “marxista” es preocupante por varias y complejas razones. En el capitalismo contemporáneo, la urgencia por poner sobre la mesa soluciones rápidas, técnicas y rentables a problemas de salud se ha vuelto parte intrínseca de su funcionamiento y pocas veces resultan eficaces. En este contexto, la salud es reducida a una carga económica para el Estado, más que como un estado integral de bienestar físico, mental y social que éste debería garantizar. Por otro lado, este tipo de fármacos proponen una solución individual a una situación que se plantea como un problema de consumo. Sin embargo, el consumo nunca ocurre en abstracto, sino que se tiene que entender en términos socio-territoriales. Consumimos, pues, en tiempos y espacios específicos.
En ese sentido, Ozempic exacerba la individualización del riesgo; es decir, coloca en el cuerpo individual la responsabilidad absoluta de los efectos de un sistema capitalista de hiperconsumo. A su vez, esa visión podría bien ser la continuación de un discurso oficial que por años ha explicado la obesidad y la diabetes a partir de las “malas elecciones” o la “mala genética” de los y las mexicanas. Ello es evidente, por ejemplo, en las estrategias que México ha seguido para abordar la obesidad y el sobrepeso, las cuales suelen entender el hambre y el deseo como algo modificable a través de la “educación”, que en muchos casos toma la forma de “castigo” social. Un ejemplo claro fue la controvertida caricatura ¿Qué te estás tragando?, supuestamente diseñada para que las infancias comieran mejor, pero que se fundamentaba en mensajes ofensivos que describían a los niños gordos como “cuerpos chatarra” y a las personas diagnosticadas con obesidad como una “carga para el Estado”. En México, activistas gordas han puesto sobre la mesa de discusión el mecanismo de estos fármacos: la pérdida de apetito como terapéutica. Afirman que su uso para bajar de peso se basa en la idea banal de que las personas gordas no controlan lo que comen (por alguna desregulación hormonal o por falta de carácter y voluntad). Sin embargo, poco se ha explorado cómo este “descontrol” podría estar asociado a los ciclos de dietas restrictivas que involucran pérdida de peso, abandono de la dieta y, en consecuencia, nueva ganancia de peso. Estos fármacos son tecnologías médicas que intentan moldear anatómicamente los cuerpos promoviendo un proceso de normalización hacia la delgadez. En un artículo recientemente publicado por Fat Studies, Ragen Chastain, Angela Meadows y Louise Adams argumentan que estos fármacos promueven una narrativa eliminacionista que refuerza la vergüenza por la gordura y la obligación y responsabilidad individual de perder peso, y apuntan: “en la ‘Era de Ozempic’, seguir siendo gordo puede parecer más imperdonable que nunca” (p.2).
Sabemos que las enfermedades crónicas que comúnmente se atribuyen a una alimentación de mala calidad y excesiva —diabetes, problemas cardiacos, sobrepeso— tienen que ver con entornos alimentarios en un sentido más amplio. Es decir, la disponibilidad y la asequibilidad de alimentos variados, la pobreza de tiempo para abastecerse, preparar y consumir alimentos, la falta de espacios públicos para hacer ejercicio, la falta de sincronización entre los horarios y la logística dentro de los hogares, la distribución desigual e injusta que coloca en las mujeres la responsabilidad de alimentar a los demás, la marginación espacial y precariedad del transporte, entre otros fenómenos. Por lo tanto, ver estas enfermedades, y el fenómeno de sobrepeso y la gordura como “problemas alimentarios” es insuficiente, no permite comprender el problema ni identificar soluciones. Son fenómenos que más bien se tienen que considerar como problemas urbanísticos y territoriales, donde la vida cotidiana impulsa el consumo de opciones que son rápidas, baratas y, en muchos casos, más procesadas y adictivas.
Si bien estos medicamentos se inscriben en discursos que responsabilizan a los individuos por procesos ligados a sistemas económicos y alimentarios más amplios, este proceso no se configura de manera homogénea en el país. Una parte importante de la discusión académica asume, de forma implícita, contextos urbanos. Sin embargo, en amplias regiones rurales e indígenas, donde los cuerpos gordos, la hipertensión y la diabetes también son frecuentes, estos determinantes estructurales adquieren formas distintas. En contextos agrícolas orientados a abastecer centros urbanos y a sostener el sistema alimentario, estas condiciones pueden vincularse tanto a la circulación de ciertos productos (incluyendo refrescos de bajo precio), como a la exposición a agroquímicos y a periodos de escasez asociados a la dependencia de mercados inestables. La cuestión no es sólo quién tendrá acceso a estos medicamentos, sino cómo se transforma su uso y significación en diversos contextos sociales, particularmente si llegaran a prescribirse a nivel nacional desde sistemas públicos de salud en respuesta a la “epidemia de obesidad” del país. Por ejemplo, en los encuentros clínicos en áreas rurales, la responsabilización no opera únicamente a nivel individual, sino que llega a articularse con formas históricas de clasificar y gobernar poblaciones específicas (indígenas, campesinas), a quienes se les atribuyen ciertas capacidades, hábitos y resistencias.
Por muchos años, los discursos médicos y científicos explicaron la obesidad y la diabetes como una “mala adaptación” genética ubicada en el origen indígena del mexicano mestizo. Ozempic aterriza en conocidas estrategias individualizantes y racializantes al tiempo que genera nuevas oportunidades para redefinir el problema del sobrepeso, sus posibles causas y soluciones. Ozempic refuerza la idea de la biología —y no tanto el comportamiento— como el nuevo enemigo invisible. Es el argumento, por ejemplo, de literatura como Enough: Your Health, Your Weight, and What It’s Like to be Free, de Ania Jastreboff (elegido y catapultado por Oprah Winfrey en su club de lectura). Desde un enfoque compasivo, la autora argumenta la necesidad de recalibrar genéticamente los umbrales de saciedad con la ayuda de medicamentos que eliminen “pensamientos intrusivos” sobre la comida o el “food noise”; es decir, retrata el hambre vívida como una interferencia. El placer visto como “pensamiento intrusivo” modifica radicalmente la relación con la comida, condicionando la comensalidad y aquello que nos constituye como humanos. Si en el acto de comer se cruzan lo corporal, lo sensible y lo afectivo, ¿entonces qué pasa con los sentidos y con el placer? Si conocemos el mundo a través de un cuerpo —natural y social— constituido a partir del acto de comer, ¿de qué mundo nos privan fármacos como Ozempic? En el mundo Ozempic habría que preguntarse por los efectos de limitar la experiencia sensorial/afectiva/social de la comida.
En un escenario de altísima incertidumbre íntima y global, de fractura de las vías convencionales para lograr estilos de vida favorables, recuperar al cuerpo como un territorio soberano y como un proyecto viable se vuelve profundamente necesario. Sin embargo, es una posibilidad que debe ser continuamente politizada. Inquieta entender cómo dialoga este proyecto con movimientos neoconservadores que vuelven a proponer a la biología —la naturalización del género o la raza— como el origen de “mejores cuerpos” para la reproducción social y biológica.
El que los creadores de Ozempic entiendan el fármaco como una herramienta para resistir el deseo capitalista de hiperconsumo no toma en cuenta que la delgadez extrema es, en muchos contextos, un deseo profundamente occidental y capitalista. En un país como México, donde las conductas alimentarias de riesgo en adolescentes van en aumento (se estima que 6.6% presenta algún grado de estas conductas), en gran medida por la presión constante de conseguir o mantener un cuerpo delgado, resulta alarmante que las redes sociales —y la validación médica y científica de su uso— contribuyan a reforzar estos riesgos mediante la promoción de medicamentos prescritos con el objetivo de conseguir un ideal corporal. Estos desarrollos médicos ocurren en una cultura que feminiza, moraliza y vincula la delgadez con responsabilidad individual y virtud bajo el capitalismo, lo que promete una “buena salud” desde el ámbito hegemónico de la biomedicina, pero que en realidad responde a razones fundamentalmente estéticas. Paradójicamente, la rápida pérdida de peso que produce la semaglutida genera un aspecto cansado en el rostro, conocido popularmente como “cara Ozempic”, observado en varias celebridades de la moda y el espectáculo, lo que también puede incrementar el uso de la cirugía estética para alcanzar otro de los grandes anhelos modernos, la juventud.
El fenómeno de Ozempic en las redes sociales es un ejemplo claro de cómo se construye el deseo a nivel sociocultural. Las y los usuarios de las redes sociales se enfrentan a una alta exposición de información sobre el uso del fármaco en un entorno predominantemente visual donde se muestran los “testimonios de éxito”. En estos, se relata la pérdida de peso a través de fotografías de antes y después mostrando cómo es posible lograr en poco tiempo un cuerpo normativo. Sin embargo, en nuestro país, en amplios sectores —tanto rurales como urbanos— la delgadez no necesariamente se asocia con salud o atractivo estético, sino con enfermedad, debilidad o pérdida de fuerza, particularmente en relación con el trabajo. Asimismo, en diversas comunidades rurales e indígenas, el apetito y los “antojos” pueden entenderse como señales fundamentales para mantener la salud, lo que entra en tensión con intervenciones y discursos que plantean su supresión. Así, las preguntas sobre el control del deseo adquieren otro sentido en contextos donde éste no se organiza en los mismos términos. No hay que olvidar que la moda de consumo de Ozempic es estadounidense, no global, y esto nos debe hacer reflexionar sobre a qué estamos poniendo atención, y quizás mirar otros problemas más acuciantes como las causas estructurales de la desigualdad. Más que gastar demasiada energía en atacar al Ozempic, podríamos, pues, cuestionar los procesos a través de los cuales las autoridades sanitarias copian modelos de intervención poblacional asumiendo un problema como dado, así como la existencia de un solo modelo de salud —el estadounidense.
Ozempic debe ser entendido como un ejemplo de las biopolíticas del siglo XXI, una tecnología que surge en conjunto con las redes sociales, la IA, los influencers de salud, el poder de las farmacéuticas y de la industria de ultraprocesados, la pérdida de poder de los gobiernos, la saturación del sistema de salud, entre otros. Este es el contexto que facilita a los creadores de fármacos GLP-1 continuar con prácticas engañosas de información para esconder resultados menos favorables de las investigaciones; los conflictos de interés entre investigadores y promotores de la industria farmacéutica; y, finalmente, las malas prácticas en la comercialización de estos medicamentos. Impedir el acceso de información relevante al público en general obstruye que los individuos ejerzan el derecho a una autonomía sustancial sobre su propio cuerpo.
* Nelly A. Flores Pacheco, Abril Saldaña Tejeda, Sandra González Santos, Tiana Bakić Hayden, Juana María Meléndez Torres, Paloma Villagómez Ornelas, Susana Kolb Cadwell, Ayari G. Pasquier Merino, Aldana Boragnio, Joel Vargas Domínguez, Miriam Bertran Vilà y María de Jesús López Alcaide.
