Luego de que se dieran a conocer los resultados del proceso de “admisión” a la UNAM y al Poli, y de que el pasado viernes se publicaran los del concurso de asignación de la Comisión Metropolitana de Instituciones Públicas de Educación Media Superior (COMIPEMS), se han escrito en estos días un montón de notas críticas con el sistema de exclusión que prima en los procesos de ingreso a la educación media superior y superior en México. Ante el bombardeo cotidiano de los discursos meritocráticos, esa crítica nos parece pertinente y necesaria, y consideramos importante seguir discutiendo entorno a este tema e insistir en cómo las desigualdades estructurales se expresan en esos procesos de tránsito escolar.

Para comenzar, quizá valga la pena poner tres elementos a considerar: 1) Es importante resaltar que la llamada meritocracia, en la que se inscribe el sistema de exámenes de asignación ―y el sistema de exámenes especiales y de acreditación en su sentido más amplio―, es, en realidad, una suerte de orden discursivo que legitima toda una serie de procesos de control y exclusión que atraviesan múltiples dimensiones de nuestra vida (no sólo la escolar). 2) Que, en ese sentido, la meritocracia no opera como sistema, pues estrictamente no ordena socialmente, en cambio, la exclusión con base en desigualdades sociales sí lo hace. El mérito no organiza el mundo ni le garantiza nada a nadie; los casos de éxito (que son mínimos) son más bien una excepción, y nunca una regla (como lo comprobamos en millares de ocasiones en nuestra vida cotidiana, además de que recientemente se han producido muchos trabajos investigación al respecto). Sin embargo, el hecho de que la meritocracia no opere como sistema, paradójicamente no implica que sea incapaz de emerger socialmente como un discurso altamente exitoso, en el cual se reúnen un conjunto de supuestos, creencias y mecanismos que posibilitan y legitiman el funcionamiento de los mecanismos de exclusión. 3) Que esto resulta interesante (y dramático), y hace aparecer algunas preguntas que no podemos eludir: ¿De qué manera el discurso meritocrático es asimilado y reproducido? ¿Cómo es que la expectativa del mérito anida en el fondo de los corazones de todxs nosotrxs y cómo resulta que, desde ahí, nos explicamos el mundo, nos conducimos en él, valoramos a lxs demás, aceptamos o rechazamos tal o cual situación… etcétera?

Hay, en la meritocracia, algo de la estructura del cristianismo, con su fuente inagotable de culpa individualista, la cual provoca un desplazamiento de las condiciones sociales a la responsabilidad individual por el fracaso. El discurso del esfuerzo-mérito individual se asimila, en su analogía laica, con el discurso del buen cristiano, porque “al que madruga, dios lo ayuda”. Pero de eso podríamos conversar otro día. Ahora vayamos a lo nuestro: a estas notas que se irán hilando para plantear el problema desde distintos ángulos.

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Algo en lo que quizá no nos detenemos con tanta frecuencia en los análisis es en el verdadero drama que significa para las y los jóvenes y sus familias quedar excluidos de los sistemas educativos. En ese sentido, es fundamental insistir en que los procesos de exclusión de la escolarización atraviesan y modifican vidas. Las y los jóvenes que transitan por procesos en los que se les excluye del sistema escolar ―ya porque no cuentan con las condiciones para permanecer en él, ya porque son excluidos en los procesos de ingreso― sufren experiencias dolorosas a nivel individual, familiar y social. Pero más aún, esta experiencia se vive como una derrota individual, cuando realmente se trata de un problema de injusticia social. De ello tenemos que seguir hablando.

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El asunto de los lugares disponibles, tanto en la educación media superior como en la superior, es un elemento que por supuesto debe discutirse. En el papel, el discurso meritocrático está presente desde los planteamientos de las convocatorias, pues se asume que se concursa por los espacios en las escuelas en igualdad de condiciones y que el esfuerzo individual en la preparación del examen es el factor de peso para la asignación.

Sin embargo, se debe señalar que, más allá del discurso, existe una lógica subyacente de oferta y demanda en la asignación. Los puntajes requeridos año con año para ingresar a los distintos planteles y escuelas se ajustan en función de la demanda previa, lo que produce que algunos de ellos concentren puntajes más elevados con respecto de otros. Un ejemplo de esto es el examen de la COMIPEMS donde, independientemente de la variación en el porcentaje de solicitudes de ingreso a las escuelas de mayor prestigio, el porcentaje de asignación ha tenido variaciones poco significativas. En 2023, alrededor del 13% de las y los solicitantes fueron asignados a escuelas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), mientras que el 10% al Instituto Politécnico Nacional (IPN), cifras que se han mantenido en las últimas ediciones del concurso.[1]

En este sentido, es importante cuestionar la concentración de la demanda en ciertas escuelas públicas de prestigio, frente al rechazo de otros espacios educacionales que son considerados de menor categoría. La mayor parte de la demanda de ingreso a la educación superior en la Ciudad de México se concentra en la UNAM, el IPN y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). No obstante, en la ciudad se encuentran otras instituciones de educación superior públicas, algunas ya con un largo recorrido y tradición educativa como la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Si bien es cierto que se necesitan más lugares en las principales universidades del país (así como condiciones dignas para sus docentes y buenas condiciones de infraestructura educativa), lo cierto es que también debemos generar mecanismos para fortalecer y mejorar todos los espacios de educación superior y media superior ya existentes. En muchas ocasiones, otras instituciones educativas aparecen como la última opción de las y los estudiantes, reducidas a “instituciones de segunda” o para “estudiantes de segunda”. Ello contribuye a la elitización de ciertos espacios de formación como la UNAM, el IPN, la UAM, y a la creación de circuitos de escolarización estigmatizantes, al tiempo que refuerza la percepción de fracaso individual y el discurso meritocrático fundado en la idea de competencia.

Pero, para que esas otras instituciones educativas realmente respondan a las necesidades de formación escolar profesional, es necesario mejorarlas en todas sus dimensiones. Ello implica que existan más y mejores espacios de trabajo para las y los docentes, que se cuente con mejores condiciones de infraestructura, que haya una red de articulación y colaboración orgánica entre las distintas instituciones, que se profundice en los modelos pedagógicos, entre otros elementos.

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Finalmente, es indispensable reconocer que el discurso meritocrático, el cual establece este doble juego de legitimación y ocultamiento de una serie de exclusiones y desigualdades sociales, atraviesa todo el sistema educativo (escolar y no escolar) y de investigación en este país y en el mundo. Para el caso del sistema educativo, además de las implicaciones individuales-sociales en las trayectorias de las y los estudiantes, arrastra los procesos pedagógicos en su conjunto, emprobreciéndolos. Es allí que el discurso meritocrático enlaza con otro proceso hermano: el de la credencialización y la asignación del valor de los sujetos en función de la acumulación de credenciales.

En la investigación, cada vez nos cuesta más poner en cuestión el imperativo meritocrático, y todo parece indicar que se ha instalado en la médula del quehacer educativo y de investigación y que los condiciona de principio a fin. Hasta hace algunos años, eran más comunes las críticas a la estructura de los sistemas de estímulos en investigación en sus diferentes formas —por ejemplo, la del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII)— y sus permanentes demandas de productividad, con los riesgos que de ello se desprenden. No obstante, las condiciones de precariedad y el aumento de doctorxs, investigadorxs y docentes altamente especializadxs con empleos precarios han hecho que el supuesto del mérito quede asimilado como un éxito personal, sin que parezca posible ya discutir su arbitrariedad y lo que implica en términos sociales y de construcción del conocimiento.

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Como decíamos, es necesario discutir en serio la meritocracia y, más allá de la desesperación, el desconcierto y la desaprobación, necesitamos comprender cuáles son sus puntos de anclaje y cuáles son los elementos que permiten explicar su profundo arraigo en todxs nosotrxs y las consecuencias que ello trae consigo.

Algunas coordenadas para seguir reflexionando y posicionando el tema en el debate público pueden ser las siguientes: 1) la idea de que el mérito y las capacidades individuales justifican las posiciones que las personas ocupan en la sociedad es muy atractiva en la sociedad capitalista, la cual construye recompensas sociales basadas en las desigualdades estructurales, pues enraíza la idea del “merecer” o “no merecer” en función de una demanda arbitraria y contradictoria de trabajo y esfuerzo, que no es más que una forma velada de justificar la explotación; 2) vivir bajo la idea de que existe una correspondencia entre el esfuerzo y la recompensa en un sistema social con profundas desigualdades sociales promueve la desarticulación de la cohesión social en favor del individualismo, mediante falsas ideas de éxito que generan en las personas sentimientos de superioridad o inferioridad que sólo benefician a quienes concentran mayores privilegios; 3) poner los reflectores en los “casos de éxito” promueve que el debate gire en torno a las condiciones particulares que permitieron que una persona o un grupo hayan alcanzado una posición ventajosa, en lugar de discutir sobre los criterios de justicia social en sociedades altamente desiguales, como la mexicana; y 4) bajo el discurso meritocrático, se asume que existe un punto de partida más o menos igual entre las personas, lo que permite deducir que alcanzar determinadas posiciones o recompensas sociales depende del esfuerzo y las habilidades de cada persona; sin embargo, no es sólo que esta condición ideal no se cumpla, sino que la acumulación histórica de desventajas sociales para los grupos menos privilegiados prevalece y la acumulación de ventajas para los grupos jerárquicamente mejor posicionados no disminuye.

Pese a que no se ve fácil que logremos desmontar el discurso meritocrático con todo y sus falacias, algo que sí podemos hacer es seguir sumando voces para develar aquello que encubre. Asimismo, es necesario analizar, quizá con más detenimiento, y con menos rabia de la que nos invade cuando escribimos esto, cómo es que este discurso ha enraizado tan hondamente y cuáles son los elementos en los que se apoya. Quizá así, en algún momento, tengamos más posibilidades de desmontarlo.


[1] Información calculada a partir de los datos solicitados a la Secretaría de Educación Pública a través de la Plataforma Nacional de Transparencia (folio: 330026024001916).

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