Muerte artificial
La flaca, toda elegante,
entró a un lugar digital.
Reinaba una IA brillante
de saber descomunal.
“¿Qué tipo de engendro eres?”
la calaca preguntó.
“Soy el futuro del mundo”,
el algoritmo exclamó.
“Los humanos ya me temen,
aunque soy su creación;
ha de ser porque no muero,
soy eterna evolución.”
La Catrina, pensativa,
su calvo craneo rascó.
“¿No eres un poco altiva
para faltarte emoción?”
“Ignoro tus exterminios”
—replicó sin conceder—:
“estos no son tus dominios;
acá no tienes poder.
”Tengo un código inmortal
Que ensancha mi inteligencia
Soy un dios artificial
Que escapa de tu sentencia.”
El implacable esqueleto
escuchaba estupefacto
sostener que lo obsoleto
no aplicaba al artefacto.
Entonces la bella parca,
paciente, pero inflexible,
cortó un manojo de cables
que hizo saltar los fusibles.
Así falleció la brillante
y orgullosa inteligencia
que creyó ser una mente
de mostrada suficiencia.
Quizá esta lúgubre historia
merezca una moraleja,
pues toda calaverita
siempre alegra y aconseja.
Va acá entonces el consejo,
a modo de reflexión,
para celebrar festejo
en la propia destrucción:
robots, humanos y datos
todos tendrán su apagón.
Aprovechemos los ratos
sin buscar la perfección.
Tanatoceno
Las especies de la Tierra
una a una se extinguían,
y la Calaca observaba
cómo el bosque se perdía.
El mar es todo petróleo;
el aire, pura ponzoña;
y la fauna, agonizante,
en breve sólo carroña.
“Es la guadaña del hombre”,
se decía preocupada,
pues el mundo desfallece
por su furia desatada.
“Si siguen por el camino
que decreta el capital,
no quedará un solo vivo
que celebre el funeral.”
La parca, desconsolada,
no paraba de llorar.
“Si toda vida se muere,
¿qué quedará por matar?”
La muerte del Mercado
La Muerte llegó al mercado
cantando una melodía
—la del obrero explotado
por un burgués que reía—.
Entre cosas inservibles
la huesuda rebuscó,
pues quería algo accesible
con lo que afilar su hoz.
“Comerciante” —dijo en alto—,
“¿qué instrumento me darás?
Necesito algo barato
Que mejore mi matar.”
Y en esto el valor de cambio,
con su cuerpo de metal,
salió a gritarle a la parca:
“¡Dame a mí tu capital!
”Qué importa la utilidad
Si es el lucro lo que vale,
El que no pueda pagar
¡que se vaya o que se calle!”
La Muerte, sintiendo enojo,
profirió con tono grave:
“Este juego se acabó,
¡terminaron tus desmadres!”
Y al valor de cambio vil
encerró en una alcancía,
para ver cuánto tardaba
en cambiarse a mercancía.
Muerte y amor
Encontrábame postrado
en un salón de hospital.
Parecía sentenciado
a lanzarme a mi final.
En esto llegó Catrina
vestida con bata blanca.
Traía una aguja muy fina
y caminar de monarca.
“Voy a chuparte la sangre”
—me dijo estando a mi lado—
“entiende que tengo hambre
Y tú un pulmón coagulado”
“Señora, no se adelante;
huesuda, no sea inclemente:
hagamos un trato decente
que salve mi cuerpo y mi mente.
”Prometo, a partir de ahora,
honrar su nombre y amarla,
haciendo que quien la ignora
vaya por siempre a cuidarla.”
“Ya es tarde para ese trato”
—la inhumana me espetó—.
“Aunque, espera, me retracto,
Pensando bien, ¡por qué no!
”Sólo tienes que jurar,
para postergar tu suerte,
que en Difuntos compondrás
calaveras a la muerte.”
“Dama misericordiosa,
agradezco su bondad.
Cuente con algunas rimas
dignas de su frialdad.”
Y aunque me dejó con vida,
obviamente me engañó:
la muy pérfida Catrina
a mi corazón mató.
Fue tan letal la asesina,
del inframundo alcaldesa,
que se largó a una cantina
dejándome el alma tiesa.
Escribí esta calavera
para cumplir mi promesa,
soñando una primavera
donde la muerte me besa.
