Crecí viendo a mi abuela paterna inclinarse en su mesa para leer el periódico. Quizá antes, cuando mi padre y algunos de mis tíos hacían estudios universitarios, la presencia del periódico —y de los panfletos— era atribuible a esos jóvenes que ya militaban en la izquierda. Pero, para cuando mi hermana y yo llegábamos a sus dominios, mi abuela era la única responsable de que El Universal invadiera el comedor y de que, hasta la fecha, los apellidos “Gutiérrez Vivó” me hagan pensar en un señor que siempre dice lo que el gobierno quiere ocultar.
Conchita, mi abuela, apenas terminó la primaria. Siempre nos decía que se había casado “ya siendo grande. Tenía 23. Pero, mi abuelo aun así la quiso —remataba con orgullo—. Se embarazó muy pronto de su primer hijo; quizá demasiado cerca de la boda, al menos para la moral suspicaz de la época. Mi abuelo, hijo de campesinos, se la llevó a su pueblo, El Oro, en el Estado de México. Gloria minera en el siglo XVIII, con fastuosas presas y su Teatro Juárez, hoy se le ve tristemente reducido a “pueblo mágico” después de que gran parte de sus habitantes migraran al gabacho o al defe.
“Ahí aprendí a trabajar, porque antes era una inútil. Me enseñó mi suegra”, nos decía mi abuela con orgullo. A mí se me hacía difícil imaginar una época en que fuera “una inútil”, porque yo la recuerdo trabajando siempre: en la comida, el quehacer, el mercado, los canarios, la ropa, las plantas, los perros… O atendiendo a mis primos —ellos sí unos inútiles—, que le cargaban la mano a la viejita. El caso es que después de un año de trabajar en el campo, mi abuelo y ella volvieron a la ciudad y se instalaron en un predio de la hoy alcaldía Azcapotzalco. Con un hijo y cinco más por venir, mis abuelos construyeron su casa desde cero. Las primeras fotos de mi infancia aún muestran las paredes en obra negra. No tengo dudas de que allí mi abuela fue feliz. Como tampoco las tengo de que ello se debe en parte a que siempre encontró cómo alimentar su ávida inteligencia.
En plena adolescencia me recomendaba, con cierto decoro, que leyera Mujercitas, porque a ella le había encantado. Años después se volvió mi asesora personal en temas bíblicos. La verdad, me avergonzaba estudiar filosofía y no saber un carajo del libro sagrado más importante de mi cultura nacional. Conchita leía mucho para una mujer de su tiempo. Mucho para tener tanta labor doméstica. Y mucho el periódico.
No sé por qué El Universal, o por qué Gutiérrez Vivó, o Tomás Mojarro, “El Valedor”. Tampoco he comprendido nunca cómo combinaba su vida modesta con la lectura de Vogue —creo que le encantaban los chismes de la realeza europea—. El caso es que mi abuela leía y se interesaba por saber historia y por entender la política nacional. Sabía que el PRI siempre robaba, que había matado a los jóvenes en Tlatelolco y que Juárez había sido un gran hombre. Y recuerdo cómo me regañó la vez que no me supe los nombres de todos los presidentes de México.
Cuando Andrés Manuel López Obrador gobernó la CDMX, mi abuela fue muy obradorista —en verdad, mis dos abuelas lo fueron—. Decía que ese hombre sí les había dado algo y no sólo había robado —se refería, por supuesto, a la pensión de adultos mayores—. Votó siempre por él y marchó contra el desafuero (como marchó con el CGH para defender a sus nietas, o con los zapatistas porque a los indígenas siempre los habían humillado). “Esos ladrones lo quieren quitar porque es un buen hombre”, decía. Y en cada elección su zaguán se llenaba de los carteles que el partido —léase el PRD— le había regalado. A veces mi papá le quitaba el de algún candidato local realmente impresentable. Ella seguía a Obrador, confiaba en él y estaba segura de que era la única opción para nuestro país.
Tan grande era la convicción de mi abuela que recuerdo bien cómo a mi hermana y a mí su fe nos servía mucho al trabarnos en un debate con nuestros amigos que insistían en anular el voto —en la elección del 2000, 2003, 2006, 2009, etc.—; que porque el PRD era un pinche partido burgués; que porque La otra campaña era la opción; que porque la política no sirve para nada; que porque Obrador era igual a todos. Cuando llegábamos al punto de no ceder, decíamos: “Bueno, bueno, cuando tú y todos tus argumentos revolucionarios convenzan a tus abuelos, entonces, vemos. Si no, puro choro”.
Mi abuela no llegó a ver a AMLO ser presidente, pero sé que el 1º de julio de 2018 hubiera llorado de alegría. También sé que hubiera ido a la elección al poder judicial quizá con el primer acordeón que le hubiera caído entre las manos. Ella que siempre quería saber; ella que leía más que la media de las mujeres de su edad; ella que confiaba mucho en el entorno político del único líder popular por el que se creía verdaderamente representada.
Es a ese tipo de votante al que no entienden muchos analistas. Creen que todo es por coacción, compra de conciencias o manipulación. Yo, gracias a mi abuela, alcanzo a ver que hay muchos otros pequeños entramados en la configuración del apoyo popular del obradorismo. Algunos tan genuinos como el de Conchita. No sé, claro, cuanto más perduren ya sin Obrador. Tampoco los meto en el costal del “pueblo bueno”, porque también hay un pueblo nada bueno. Eso también lo sabía mi abuela. Pero intentaré no olvidar que hay otros caminos que constituyen la identidad política de enormes grupos de la sociedad.
