Primera de tres partes
En los últimos años, el concepto de meritocracia ha sido objeto de intensos debates. Tenemos, por ejemplo, las reflexiones de Michael J. Sandel en su libro La tiranía del mérito que, entre otras cosas, construye una ruta analítica, en parte basada en la recuperación de ciertos postulados weberianos, para problematizar las implicaciones de la meritocracia en Estados Unidos. Por otro lado, el sociólogo francés François Dubet ha publicado libros como La escuela de las oportunidades, ¿Por qué preferimos la desigualdad? o El nuevo régimen de las desigualdades solitarias, en los cuales, entre otros temas, aborda de manera crítica la meritocracia. En esa misma línea, podríamos mencionar el libro de María Antonia García de León, Cabeza moderna/corazón patriarcal, donde se analiza la vinculación entre la meritocracia y el patriarcado, o los varios artículos de opinión de Manuel Gil Antón, también dedicados a reflexionar en torno a esta problemática. Un último ejemplo reciente es la publicación de Pobres porque quieren: mitos de la desigualdad y la meritocracia, de Máximo E. Jaramillo. Estas y otras publicaciones, cada una desde rutas analíticas y contextos particulares, son aportes invaluables para continuar desmontando los mitos sobre la (des)igualdad de oportunidades meritocráticas.
Sumado a lo anterior, y lo largo de esta serie de tres artículos, buscaré aportar al debate a partir del cuestionamiento y el análisis de las estructuras que sustentan la meritocracia y, sobre todo, de cómo opera su lógica, cómo es que logra, mediante qué razonamientos, convencer a las víctimas de las desigualdades sociales que son sus propios victimarios. En este primer artículo, se abordarán algunas claves que ayudarán a entender el tipo de las relaciones que la meritocracia necesita y promueve, así como sus implicaciones en la justificación de las desigualdades estructurales. En los dos textos restantes, se profundizará sobre los grandes relatos que se nos muestran como si fueran la regla y no excepciones, así como la particularidad de la meritocracia en diferentes ámbitos sociales.
Me propongo, pues, compartir algunos elementos de análisis que son el resultado de varios años de investigación y acción para combatir los efectos de la meritocracia. Las claves que presentaré no son verdades absolutas ni pretenden agotar lo que se ha escrito sobre el tema. Mi intención, en cambio, es únicamente la de seguir avivando el debate sobre un tema de vital importancia.
La primera clave de análisis que es necesario mencionar, y sin intención de hacer una genealogía exhaustiva, es que, si bien posee sus particularidades en distintas regiones y países, la meritocracia opera bajo la lógica capitalista mundial y en estrecha vinculación con otros sistemas de opresión como el patriarcado y el colonialismo. Esta afirmación no desconoce la existencia de interpretaciones sobre su origen como, por ejemplo, las afirmaciones de Michael J. Sandel, que recuperan la ética protestante de Max Weber para trazar su genealogía; o los postulados de algunas corrientes psicológicas documentan como el primer “test” psicológico para evaluar méritos, capacidades y aptitudes, al Examen Imperial Chino realizado del año 606 al 1905; o lo que Jurjo Torres afirma en relación a que el origen de la cultura del esfuerzo se encuentra en la iglesia fundamentalista. Sin duda, comprender el origen de la meritocracia es fundamental para contar con mayores herramientas para confrontarla. Sin embargo, vale la pena destacar que, más allá de lo anterior, actualmente la meritocracia opera en gran parte del mundo gracias a la lógica capitalista imperante. De hecho, la ideología que sustenta gran parte del capitalismo necesita de la meritocracia para justificar la desigualdad, la explotación y la dominación sin utilizar una coerción aparentemente visible.
La afirmación anterior no quiere decir que el capitalismo, como sistema de opresión, sea el único que promueve la meritocracia, ya que, como lo he dicho en otros textos, el patriarcado y el colonialismo también juegan un papel crucial en esta ecuación. Asimismo, como segunda clave de análisis, esta problemática, al operar de manera relacional, necesita al menos de dos sujetos para sostenerse: los “casos de éxito” y los sujetos que aspiran a mejorar sus condiciones de vida. Como también lo he mencionado en publicaciones anteriores, lo anterior constituye una tercera clave para pensar la articulación de la competencia-comparación, la construcción de sentidos comunes, la individualización de los problemas y la jerarquización “natural” de las poblaciones. Examinemos, pues, brevemente cada uno de estos componentes que sirven como elementos analíticos para comprender la operación concreta de la meritocracia.
La competencia y la comparación se realizan en casi cualquier ámbito de la vida social: en el trabajo, en la escuela, en las familias, en el cine, etc. Estos elementos juegan un papel fundamental, ya que promueven que cada persona evalúe su esfuerzo individual y lo contraste con el de otras personas, aunque estas últimas no necesariamente sean de los mismos sectores sociales. Esto genera, por su parte, la construcción de sentidos comunes y la individualización de los problemas sociales: “él se esforzó más que yo y, por tanto, él sí tuvo éxito”. El que las personas se apropien de un sentido común que explica el “éxito individual” de otras personas (principalmente de las que pertenecen a otra clase social) oculta los problemas estructurales que promueven las desigualdades que nos atraviesan, a partir de una conciencia inmediata y dicotómica que se centra en interpretaciones directas sobre la realidad. Asimismo, esta individualización de los “fracasos” o de los “éxitos” promueve que las víctimas de los problemas estructurales crean que son sus propios victimarios por no haberse esforzado lo suficiente, como ya adelantaba hace unos párrafos.
Por otro lado, se cree que la jerarquización, en cualquier ámbito de la vida social, es “natural” y que depende única y exclusivamente de las capacidades propias. Da lo mismo que quien ocupa un grado superior en el escalafón haya tenido mejores condiciones sociales para alcanzar el “éxito”, pues lo único que se visibiliza es un supuesto “esfuerzo individual” que se empleó para llegar a la meta deseada. Es decir, la meritocracia no reconoce factores como el capital cultural, los ingresos económicos, el género o la etnia, ya que lo importante no son las condiciones con las que se comienza, sino el esfuerzo que se dedica para alcanzar la meta deseada. Cada uno de estos componentes promueve la creencia de que la meritocracia es un sistema imparcial en donde lo único que importa es el esfuerzo de cada persona.
Ahora bien, todo lo anterior también genera una situación particular: personas de la misma clase social, que sufren las consecuencias más extremas de las desigualdades, se convierten en jueces y vigilantes de los esfuerzos propios y ajenos para que se “respeten las reglas del juego” de la meritocracia. Entonces, la competencia-comparación, la individualización de los problemas y la jerarquización “natural” no sólo operan desde los casos de “éxito” que se muestran en las clases dominantes, sino también en la relación que se establece dentro de las clases oprimidas.
En ese sentido, esta ecuación necesita que, en ciertos momentos, una persona de la clase oprimida se muestre como un caso ejemplar de éxito que ha logrado superar cualquier vicisitud, lo que promueve el fortalecimiento del sentido común sobre el esfuerzo individual en las sociedades. Es decir, estos casos se presentan como si “cualquiera” —pero no todos— pudiera alcanzar el éxito, pues lo importante es la “resiliencia” y el “esfuerzo” que se dedique.
Estos grandes relatos, como el “sueño americano”, la biografía de Benito Juárez o los casos de “éxito” de otras personalidades, serán motivo de análisis en la siguiente entrega. Por lo pronto, basta con decir que estas grandes narraciones tienen su origen en los que llamé, en mi investigación de maestría, “mitos fundantes” de la meritocracia, los cuales logran mimetizarse y encarnarse en nuevos rostros, dependiendo del momento histórico que se viva, y que se presentan como un ideal de justicia y equidad en las sociedades contemporáneas.
Espera la segunda parte el próximo 3 de abril
