El pasado octubre, el profesor Ariel Rodríguez Kuri planteó, en un par de textos, dos propuestas polémicas, pero importantes: ante el nuevo régimen político del obradorismo, es momento, según él, de escribir una nueva historia de la democratización en México y de plantear una teoría de la democracia mexicana. Con ello, busca señalar la falta tanto de una doctrina de la democracia, como de una defensa de la transición como piso mínimo de la discusión por parte de los intelectuales públicos que se autodenominan liberales y socialdemócratas. Las propuestas de Rodríguez Kuri nos llaman a pensar y reflexionar sobre nuevas formas nuestro pasado y presentes políticos, con responsabilidad social ante el nuevo statu quo.
Este ensayo es mi respuesta a sus textos y una crítica de sus argumentos y su alternativa de régimen. Fiel a su invitación, mi postura es clara: en oposición con el nuevo régimen, mas no con la oposición asumida heredera de la transición democrática. Mi convicción democrática está impulsada por la crítica que, en términos benjaminianos, es el recurso revolucionario de todo proyecto que reivindica a los excluidos y sus experiencias para su emancipación, por lo que la participación popular y diversa es central para alcanzar el bien común y la justicia, cosas que el nuevo régimen no garantiza con su programa ni sus acciones.
Primero presentaré una síntesis de sus argumentos y sus propuestas, enfocado en los dos ejes que guían sus argumentos: la necesidad de romper con lo que llama “pastoral democrática” y la falta de una doctrina de la democracia en la oposición. En segundo lugar, enfocaré mi crítica en sus propuestas —una nueva historia de la democratización en México y una teoría de la democracia mexicana— para indicar sus aciertos y mis desacuerdos. Por último, presentaré mi propuesta de alternativa al régimen con base en las críticas y discusiones que planteé durante este ensayo, derivados de mi propuesta doctrinaria.
Ariel Rodríguez Kuri y su crítica de la “pastoral democrática”
El problema que identificó el profesor Kuri es la negación de los intelectuales públicos para formular una doctrina de la democracia basada en acontecimientos y no en sus expectativas o modelos. Para él es necesario regresar a la reflexión para evitar lo que llama “una mala historia del presente y una política irrelevante”, ante lo que ve como el peligro de la nostalgia de algo que fue más idea o expectativa que realidad. Así, propone desmontar lo que llama “pastoral democrática” para dar lugar a una nueva historia de la democratización en México y una teoría de la democracia mexicana.
Por “pastoral democrática” entiende el discurso sobre la historia de la transición democrática de nuestro país, desprovista de conflictos, contradicciones o errores; es decir, de lo propiamente político o lo humano. Aunque reconoce su funcionalidad para enunciar “los fundamentos ideológicos de los programas políticos”, también reconoce que puede producir una disonancia cognitiva, la cual puede convertirse en un dogmatismo que, en el segundo texto, llamará un “manto autorreferencial que pesa sobre los alegatos de los intelectuales públicos.” Rodríguez Kuri entiende que esa narrativa, asociada a una postura liberal o socialdemócrata, sirva para defender la obra de estos intelectuales, pero considera que es reactiva, más que propositiva.
¿Cuáles son los problemas que identifica en esa narrativa? La primacía del narrador como criterio de verdad en torno al proceso de la democracia mexicana en su conjunto. Considera, igualmente, en su respuesta a José Woldenberg, que no podemos considerar a la transición democrática como un “paradigma platónico (o sea eterno)”, sino más bien como “una etapa finita y fenecida de nuestra historia política”. Por último, que la pastoral se convierte en “un palomeo de requisitos de la democracia, un dogmatismo que no sabría qué hacer con los modos y absurdos políticos”; es decir, un modelo inoperante y carente de facticidad.
Por estos problemas es que considera que la política de los intelectuales de la transición es irrelevante, pues se alejan de lo que fácticamente ocurre, para entonces contentarse con una amarga crítica inconsecuente ante el nuevo régimen. En su lucha para defender su obra, abandonan su responsabilidad política como intelectuales públicos, y son presa de la disonancia cognitiva . Con ello, el profesor Kuri se refiere a un despliegue de virtuosismo ante lo que consideran la perversión de la democracia por parte del nuevo régimen y sus representantes.
El profesor Kuri propone que la salida a esta situación es una nueva doctrina de la democracia, la cual, por un lado, debe prescindir de la disonancia cognitiva para “crear y no repetir”; y, por el otro, debe estar “impregnada de los humores vernáculos del conflicto político nacional”. Presenta seis puntos para este programa que van desde reorganizar la historia de la democratización, hasta dejar su teodicea y asumir las consecuencias de la transición, romper la forma metafórica y parabólica en que se le narra, centrarse en los actores y no en los narradores, así como asumir que ya ocurrió el cambio y que sus intelectuales deben involucrarse, y no sólo comentar o criticar.
Además, el segundo texto presenta un programa alternativo de régimen que recuerda un acercamiento hacia un sistema parlamentario, basado en una crítica interesante al problema de la representación política. Caben destacar, entre sus propuestas: pasar a “un sistema de representación proporcional en el Congreso con la consiguiente supresión de los diputados de mayoría”; redefinir “las funciones de la Presidencia de la República en sus atribuciones de política exterior, seguridad exterior e interior y salvaguarda de la vida democrática y republicana”; y crear “una Jefatura de Gobierno nacional como expresión del partido o coalición mayoritaria en el Congreso”. Regresaré a ello en las conclusiones.
Sobre la historia de la democratización en México y la teoría de la democracia mexicana
Inicio entonces mis críticas a la primera de sus propuestas: la necesidad de una nueva historia de la democratización en México, y lo que para mí es su mayor acierto: denunciar una narrativa de la transición ausente de conflictos. Sin duda, el problema es reducir la historia de la transición a la historia de las reformas electorales para fomentar la competencia entre partidos, sin reconocer los conflictos sociales y la historia de represión que la hicieron posible. Sin embargo, no comparto con el profesor Kuri que escribir esta historia conlleve aceptar que el periodo de la transición haya fenecido; más bien hace falta retomar la dimensión popular en este proceso inacabado.
También considero un acierto que proponga una periodicidad para revisar la historia de la democratización: los últimos 50 años. Implica ampliar el foco y trascender la dimensión reformista iniciada en 1977 y terminada, para José Woldenberg, en 1997. Sin embargo, considero que la periodización que propone también tiene limitaciones; por ejemplo, no enfocar la atención en otros esfuerzos previos, como el Frente Electoral del Pueblo en 1964, los esfuerzos por democratizar sindicatos en los cincuenta, o incluso el propio partido oficial, al menos en el interior, con Carlos Madrazo. La democratización, pues, ha ido más allá.
Por último, concuerdo parcialmente con su denuncia hacia el protagonismo de los intelectuales. La centralidad que asumen los defensores de la transición como cambio político sólo acentúa su condena a la irrelevancia y, en particular, deja ver la disonancia cognitiva que señala el profesor Kuri. Sin embargo, no considero que podamos prescindir de los narradores como actores, particularmente como quienes reflexionan sobre las decisiones y los cambios realizados, pues también la transición se explica con ellos y su narración es parte de esa historia.
Esto me lleva a la segunda parte de su propuesta: la necesidad de una teoría de la democracia mexicana. Nuevamente, es innegable que la ausencia de una teoría o doctrina democrática que refleje la situación política de nuestro país va en detrimento de la calidad de la discusión y de la práctica política. Sin embargo, no concuerdo que podamos plantear una teoría o doctrina de la democracia que distinga entre su condición como horizonte ético universal, y unas prácticas y modos contingentes: son éstas las que tratan de materializar el horizonte ético de la democracia y, por lo tanto, son indisociables.
También concuerdo con la necesidad de realizar un ejercicio comparado entre la democracia mexicana y otras democracias nacionales. Para ello, sin duda, es necesaria una historia de la democratización de largo aliento que nos permita reconstruir el proceso en sus contradicciones y sus consecuencias, e identificar también las virtudes y los vicios. Sin embargo, considero que hay que tener precaución al hacerlo, pues tampoco queremos caer en el excepcionalismo o en un exacerbado nacionalismo que sirva para excusar las deficiencias y enaltecer los aciertos que encontremos al hacer la comparación.
Finalmente, también comparto el señalamiento de la disonancia cognitiva que puede devenir en dogmatismo en defensa de la transición. Aquí la labor teórica es fundamental, pues es gracias a esta reflexión que podemos dotar de sentido a los hechos que queremos explicar. Pero también considero que es necesario revisar las disonancias y dogmatismos que motivan la crítica a la transición democrática y sus consecuencias, pues estamos encerrados en una esfera de discusión de disonancias, lejos de una discusión doctrinaria que enriquezca el sentido de nuestra democracia nacional.
Los seis puntos del profesor Kuri y su alternativa de régimen político: aciertos y críticas
Ahora me enfocaré en los seis puntos propuestos por el profesor Kuri para una historia de la democratización en México y una teoría de la democracia, así como en la alternativa de régimen que propone en el segundo texto. Su primer punto plantea reorganizar la historia política de los últimos 50 años de nuestro país, de una forma “más robusta y menos apegada a nuestras intenciones”. ¿Podemos prescindir de nuestras intenciones al hacer historia, si ésta es un reflejo de ellas, de nuestra motivación para dotar de sentido a nuestro pasado para actuar en nuestro presente?
El segundo punto plantea “romper la forma metafórica con que se cuenta la historia de la democracia mexicana”, así como dejar de lado la dimensión pedagógica que damos a la historia e incorporar su sentido trágico. Cabe destacar aquí la relación que guarda esta historia con la propuesta de doctrina, concepto que en su sentido más acotado implica una enseñanza. Así, y de la mano con las intenciones, no podemos plantear una historia política que acompañe una doctrina y que no cumpla esa función pedagógica de transmitir un nuevo sentido de nuestro pasado y de horizonte ético para nuestro presente.
En el tercer punto, y quizá el más polémico, Kuri plantea asumir todas las consecuencias de la democratización y “dejar atrás su teodicea”, pues “es claro que el reino prometido no llegó para todos”. Si la historia de la transición es una pastoral virtuosa, y la teodicea su forma de exculpar sus deficiencias, entramos en un terreno espinoso para una historia o teoría de la democracia mexicana. Por un lado, implica aceptar el final de la transición democrática con el inicio del obradorismo; pero, por el otro, también implica negar el sentido histórico de la Cuarta Transformación, que es más un momento de la transición que una ruptura.
Su importancia no es menor en el marco del cuarto punto: no centrar la historia en los narradores, sino en los actores, los procesos y los conflictos. Más allá de ser reiterativo, esta sentencia es pertinente tanto para defensores como detractores de la transición democrática, pues esa historia es la piedra de toque para dotar de validez histórica y política a sus posiciones. Toca historizar y teorizar sobre los narradores, como parte de una historia intelectual que refleje el proceso ideacional con el que se justificó y explicó el cambio político, y cómo se realizó institucional y socialmente en México.
Esto nos lleva al quinto punto, otro de los más polémicos: “no hay apocalipsis, el gran colapso ya pasó.” Recordemos que un apocalipsis encierra una revelación, y con ello el profesor Kuri no sólo asume, como dije, el final de la transición, sino al obradorismo como su revelación. No obstante, a pesar de sus esfuerzos de ruptura, este proyecto es producto de esa transición y sus instituciones. Así, por más que se proponga cambiar el régimen y una revolución de las conciencias, como lo han llamado, falta evaluar con certeza si su promesa de cambio no es más que una restitución de la promesa incumplida de la transición, en lugar de una promesa nueva que realmente niegue a ese régimen del que emanó.
El sexto punto es una invitación a la intelectualidad de la transición para involucrarse en la organización de una nueva oposición, para crear una doctrina de la democracia y un programa que trascienda los manuales. Comparto este punto, pero creo que también conlleva una revisión a una dimensión olvidada de la política y su cuestión doctrinaria. No creo que debamos rescatar a una intelectualidad y una oposición condenada a la irrelevancia; más bien, es momento de plantear nuevas oposiciones, sobre todo oposiciones populares que organicen y reúnan a sectores negados o marginados por el nuevo régimen.
Como puente para presentar mi propuesta, quiero enfocarme en la alternativa de régimen que propuso el profesor Kuri. Anteriormente señalé que su idea de replantear la conformación del Congreso mediante la representación proporcional y la separación de la jefatura de Estado y de Gobierno intenta enfocarse en el problema de la representación política. Por mi parte, considero que estos planteamientos rehúyen dos problemas mayores en los cuales la representación es un síntoma: el problema de la justicia social y de la legitimidad política.
En La perenne desigualdad, Rolando Cordera argumenta que México pasó por un proceso de apertura caracterizado por la reforma política y la reforma económica. La primera dio lugar a la transición y la alternancia, mientras que la segunda dio lugar a lo que llamamos el periodo neoliberal; sin embargo, según Cordera, faltaba la reforma social que reconciliara ambas aperturas con la promesa incumplida de justicia social. Por eso es importante señalarlo: de nada sirven los cambios institucionales si su incumplimiento sólo disminuye la legitimidad política del régimen.
La principal promesa del cambio político reside en acercar de nuevo al gobierno al pueblo; es decir, lograr que el gobierno medie para garantizar que el bienestar social y la justicia sean posibles para todas y todos. Aunque entiendo la motivación del profesor Kuri para favorecer una propuesta de corte parlamentario que refleje mejor las fuerzas políticas y que reforme las atribuciones del Ejecutivo en este nuevo arreglo institucional, considero que no atiende el problema de la cercanía. Si la meta es una alternativa de régimen que garantice legitimidad, justicia social y, sobre todo, equilibrio entre los poderes, es necesario tomar otro punto de partida.
Una alternativa para entender la democratización, la teoría y un nuevo régimen en México
Mi propuesta se basa en las tres dimensiones que planteó el profesor Kuri: una nueva historia de la democratización, una teoría de la democracia mexicana y una alternativa de régimen al que construye actualmente el obradorismo. Sobre la historia, considero que es importante asumir dos cosas: que la transición no ha terminado y que el obradorismo es un momento más en ese proceso inacabado. Estamos lejos de alcanzar una democratización plena de la vida pública en nuestro país (si no es que enfrentamos una paradoja donde la democratización siempre esté inacabada al haber aspectos por democratizar propios de la dinámica política).
Si nos proponemos escribir esta nueva historia política de la democratización en México (más que de una transición o alternancia), es importante reconocer que los esfuerzos de cambio en favor de una participación más igualitaria y justa son inherentes a la instauración del régimen posrevolucionario. Más allá del protagonismo de los partidos de la transición, en realidad la lucha por la democratización se ha verificado desde las primeras críticas de Luis Cabrera a principios de los treinta, pasando por los sindicalismos independientes y las organizaciones guerrilleras. Debemos, pues, reinsertar la dimensión popular en la democratización y reivindicar sus aportaciones. Con base en ello, podremos plantear una teoría de la democracia mexicana que dialogue con esta narración, pero también con nuestra práctica y reflexión presentes. No sólo se trata de hacer una historia intelectual que rastreé las fuentes, las ideas, las discusiones y los espacios de incidencia que buscaron quienes proponían la democratización, sino también ver sus manifestaciones concretas en programas y acciones. Si partimos de este ejercicio, la formulación de una teoría empírica para explicar la democratización, y de una teoría normativa que sirva de base doctrinaria para promover la democracia, será no sólo posible, sino imprescindible.
Ambas dimensiones de la democracia —empírica y normativa— estarán incompletas si no recuperamos el reverso del pensamiento político: la teología política. Hablar de una doctrina —no reducida a lo religioso ni a lo dogmático— conlleva reconocer que existe un principio de comunidad y de trascendencia que buscamos construir desde la política, enarbolando un conjunto de valores y principios de acción. Una teología política de la democracia implica formular una doctrina que reconcilie la diversidad de la comunidad política con un principio de participación que cree a la comunidad y la reproduzca, guiada por una idea democrática de justicia y de bienestar; es decir, que haga partícipe a todas las personas y no a unas cuantas.
Así, como conclusión, mi propuesta alternativa de régimen basada en estas reflexiones considera que debe haber un cambio, consistente en que las formas institucionales del poder del Estado respondan a las demandas populares, con controles sociales y políticos mínimos para prevenir su concentración y su abuso. Esto conlleva redefinir no sólo el equilibrio de poderes entre Ejecutivo, Legislativo y Judicial, sino también la territorialidad de este poder para acercarlo a la gente, para que los ciudadanos puedan “ver” al Estado en su cotidianidad. También implicar redefinir la relación entre la federación y los estados, pues acercar al Estado es fortalecer lo local.
Más que una representación proporcional, necesitamos fortalecer el equilibrio entre ésta y la mayoría relativa que garantiza la cercanía de los representantes con el pueblo (mediante la votación separada de las listas, por ejemplo). Antes que separar jefatura de Estado y de Gobierno, debemos reorganizar las funciones de gobierno y de control entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, para que haya una vigilancia constante entre poderes. Es necesario eliminar el elitismo del poder judicial, pero elegir jueces o magistrados no acerca la justicia al pueblo; debemos simplificar el acceso a la justicia y su competencia cotidiana. Son propuestas incipientes, pero que buscan abrir una discusión que honre a la democracia mexicana como propone el profesor Kuri.
