En 1922, sólo un par de años después de la Revolución Austriaca que inauguró la Primera República y en plena efervescencia por el experimento de la llamada Viena Roja —la cual sigue siendo una inspiración para el socialismo alrededor del mundo—, el novelista austriaco Hugo Bettauer escribió un libro profético: La ciudad sin judíos: una novela de pasado mañana. En la obra de Bettauer, una crisis financiera provoca el colapso del Partido Socialista y el ascenso de una demagoga que promete la expulsión de los judíos; la trama sigue el colapso económico, político, social y cultural provocado por esa medida. La novela fue un éxito de ventas y, dos años más tarde, hubo una película igualmente exitosa, pero menos de un año después de su estreno, un nacionalsocialista enloquecido asesinó a Bettauer. Y aunque su novela era una sátira, con un tono bastante cómico, su visión distópica se volvió una realidad en 1938, después del Anschluss de Austria por parte de la Alemania nazi.
En el siglo que ha pasado desde el asesinato de Bettauer, la expulsión o eliminación de una población vista como indeseable se ha vuelto un leitmotiv de la historia, de los palestinos en los territorios ocupados por Israel a los indios en Uganda, de los chinos en Indonesia a los musulmanes en la antigua Yugoslavia. Hoy en día, hay señales de que lo mismo puede pasar con la población trans en los Estados Unidos. El estado de Kansas ya revocó las identificaciones de 1700 personas trans, el primer paso para despojarlas de su ciudadanía, y tal parece que muchos otros estados van a empezar a hacer lo mismo. Mientras tanto, el gobierno federal de los Estados Unidos está impulsando un pánico sobre “terrorismo trans”. Por estas y otras medidas que tienen el objetivo de revocar cualquier protección legal que las personas trans pueden tener hoy en día, el Instituto Lemkin para la Prevención del Genocidio ha emitido una serie de alertas sobre la posibilidad de un genocidio de personas trans en los Estados Unidos.
En este contexto, es entendible que muchos activistas LGBT en México agradezcan que esa coyuntura no sea la nuestra. A pesar de las diferentes críticas que podríamos hacer al gobierno de Claudia Sheinbaum, es innegable que es preferible al gobierno de Donald Trump, o de Javier Milei, o de Nayib Bukele —o incluso al de Keir Starmer, ya que el Partido Laborista ha adoptado la política sexual de CitizenGO, mediada por el feminismo radical transexcluyente—. Aun así, que una situación sea preferible a otra no significa que sea buena, y estamos viviendo nuestro propio retroceso silencioso. En vísperas del Mundial, el gobierno de la Ciudad de México parece estar ejecutando una campaña de limpieza social para preparar la llegada de los turistas. Esta limpieza social tiene muchos aspectos, desde la crisis de la vivienda hasta el comercio callejero. Todos ellos pueden afectar a las personas trans como a cualquier otro habitante de la ciudad, pero hay dos que nos afectan en particular: las obras en Calzada de Tlalpan y la renovación del metro.
Urbanistas como Pablo Gaytán han denunciado el proyecto de Tlalpan como “un caldo de cultivo de la gentrificación”, el cual ha tenido ya un impacto desproporcionado sobre las mujeres trans que practican el trabajo sexual, ya que la nueva ciclovía interfiere con sus posibilidades de buscar clientes. De hecho, algunas de ellas han denunciado una caída de aproximadamente 70% en sus ingresos. Vendido como un proyecto de mejoramiento urbano, las obras en Tlalpan tienen el efecto concreto de borrar a las mujeres trans de los pocos lugares de la ciudad donde son visibles, pasando por alto que “las trabajadoras sexuales también tienen el derecho a la ciudad”, como dijo la activista Rocío Suárez en su cuenta de Facebook.
Por otra parte, hemos visto durante las renovaciones de la línea 3 del metro, bajo la dirección de Adrián Rubalcava, un aumento en el número de casos en que la policía del metro saca a mujeres trans de los vagones exclusivos, muchas veces a la fuerza. Según los reglamentos del sistema de transporte, las mujeres trans tienen el derecho de usar esos vagones, y Rubalcava ha sostenido una serie de reuniones con grupos de activistas trans enfatizando ese derecho —yo misma participé en una—, pero no importa cuántas reuniones sostenga con la comunidad, la policía del metro sigue violentando a las mujeres trans.
A la luz de estos dos casos, queda claro que el gobierno no necesita leyes explícitamente discriminatorias o eliminacionistas, como las de los Estados Unidos o el Reino Unido, para lograr que las personas trans desaparezcan del espacio público. Y sí, es cierto que México no ha visto los mismos retrocesos legislativos que en otras partes del mundo, pero también es cierto que hay un retroceso en términos de representación política: había dos diputadas federales trans en la legislatura pasada, y ahora no hay ninguna.
Podemos y debemos debatir si los movimientos sociales deberían buscar representación en los espacios de poder o apostar por un cambio radical de las estructuras sociales, pero hay un efecto innegable de esa ausencia: ya no hay nadie dentro del Estado que pueda rebatir los discursos transfóbicos. Cuando el diputado panista Gabriel Quadri empezó a hacer una serie de comentarios transfóbicos, tanto en San Lázaro como desde su cuenta de Twitter, Salma Luévano estaba allí para llevar el caso al Tribunal Electoral. El fallo del tribunal fue que esos comentarios constituían mensajes de odio y el político fue inscrito en el padrón de agresores políticos en razón de género.
Ya que ahora no hay voces trans en San Lázaro, este año la panista Kenia López Rabadán ofreció una invitación a Reem Alsalem, una relatora de la ONU que ha recibido críticas alrededor del mundo por abusar de su puesto para promocionar una ideología transexcluyente. Aunque Alsalem proclama que simplemente está preocupada por el bienestar de las niñas y mujeres, suele fundamentar sus posturas transfóbicas en el trabajo de intelectuales con conexiones a Jeffrey Epstein, como el científico deshonrado Richard Dawkins. Alsalem supuestamente había sido invitada al Congreso de la Unión para hablar sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, pero pasó más tiempo hablando de “la eliminación del sexo biológico” como consecuencia del reconocimiento legal de las identidades trans, que denunciando los efectos de la militarización y la austeridad. Para colmo, cerró su discurso describiendo la existencia de las infancias trans como “horrores”. Fueron estas últimas partes de su discurso las que más aplausos recibieron, y no así las que hablaron de la militarización y la austeridad, cuando su audiencia simplemente escuchaba en silencio.
Aunque la conferencia de Alsalem fue, en muchos sentidos, más grave y preocupante que los disparates de Quadri, no provocó un escándalo en el recinto legislativo y su tono sumamente transfóbico pasó inadvertido en los medios, tanto de izquierda como de derecha. “Su voz nos representa”, proclamó La Jornada de Oriente, mientras que El Universal enfatizó que el Encuentro en San Lázaro relevaba que ninguno de esos textos mencionó la transfobia de Alsalem, aunque ella misma describió al supuesto dilema del sexo biológico como el hilo que atraviesa todos los temas que abordó. Sólo hubo una declaración publicada por el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir expresando una “profunda preocupación por la agenda y el enfoque” de la relatora.
Esta falta de denuncias también tiene que ver con nuestra marginalización de los grandes medios, que no suelen contratarnos y sólo cubren nuestros temas a su antojo. La periodista Danielle Cruz ha reportado cómo medios que solían cubrir el movimiento trans —como Animal Político o La Cadera de Eva— ni siquiera cubrieron la marcha del Día de la Visibilidad Trans este año: el periodismo mexicano “activamente ignora y pasa por encima de las personas trans”, escribe.
Fuera de los grandes medios, solemos encontrar nuestras plataformas en el mundo gay y en el feminismo, pues, a pesar de la transfobia de muchos hombres gays y feministas cis, siguen siendo espacios menos transfóbicos que el resto de la sociedad. Pero este hecho también puede viciar nuestros discursos, ya que a los hombres gays y a las feministas cis no suele gustarles que mordamos la mano que nos da de comer. Así, podemos criticar las posturas transfóbicas de los hombres gays o las feministas cis, pero sólo cuando hay un pleito dentro de alguno de esos colectivos, y un sector quiere usarnos para pegar a sus rivales. Así, muchas feministas se aprovecharon de la crítica transfeminista hacia las vacas sagradas de la tradición feminista cuando se trataba de figuras que también les caían mal, como Marcela Lagarde o Andrea Dworkin, pero intentaron callar a las voces trans durante la gira de Cherríe Moraga el año pasado, argumentando (como lo recupera Siobhan Guerrero Mc Manus en un episodio de Trans Utopías) que había que manejar cualquier crítica hacia sus posturas transfóbicas a puertas cerradas.
De forma similar, a los hombres gays les encanta amplificar a las voces trans cuando sus enemigos son nuestros enemigos, usando la militancia del movimiento trans para vivir vicariamente un radicalismo que dejaron de tener hace varias décadas, pero cierran filas cuando, por ejemplo, cuestionamos la cercanía de los activistas gays históricos con la lesbofeminista transfóbica Yan María (celebrada, por cierto, acríticamente en un documental de reciente divulgación).
De tal suerte, la voz de las personas trans siempre está mediada por los intereses de las personas cis, las cuales nos ven como figuras problemáticas cuando sus intereses no coinciden con los nuestros. No es una sorpresa, entonces, que en muchos espacios elijan simplemente evitar a las personas trans, y prefieran acudir a una mujer cis de confianza que puede presentarse como vocera de la causa, efectivamente usurpando la cuota.
El método preferido es pasar por encima de las voces trans en sí mismas para dar voz a alguien de nuestra familia que pueda hablar en nuestro nombre, ejerciendo un tipo de tutelaje. Aunque pueda parecer razonable que una madre hable en nombre de une hije trans, la causa de las infancias trans terminó siendo abanderada por personas cis que a veces tenían poco contacto con el resto de la comunidad más allá de su hije, o que incluso tenían un historial de malas relaciones.
Un ejemplo de ello es Tania Morales, fundadora de la Asociación por las Infancias Transgénero A.C., una organización que aboga por leyes de identidad de género que incluyan a menores de edad y que ofrece acompañamiento a familias con hijes trans, empezó su carrera como activista con el apoyo de muchas personas trans adultas, pero rompió decisivamente con el movimiento transfeminista en el otoño de 2024. En ese momento, Renata Turrent había sido nombrada como directora de Canal Once, y más de 100 organizaciones de la sociedad civil se pronunciaron contra su nombramiento por su cercanía al feminismo radical transexcluyente —con la notable excepción de la Asociación por las Infancias Transgénero—. En su lugar, Morales dijo que le daba “el beneficio de la duda” ya que tenía el aval de Genaro Lozano, un hombre gay. Aunque esta postura estaba en franca oposición a la opinión mayoritaria del movimiento transfeminista y el movimiento LGBT en general, Lozano y Morales seguían posicionándose como interlocutores de estos movimientos ante el gobierno. Desde entonces, Lozano fue nombrado embajador en Italia y Morales encontró un puesto en la nueva Secretaría de Mujeres. Mientras tanto, su legado como activista se está desmoronando: según Geraldina González de la Vega de COPRED, el mecanismo para la rectificación de los datos de las infancias trans de la Ciudad de México se encuentra inoperante, mientras que en Jalisco, donde se había logrado un decreto a favor de las infancias trans por parte del exgobernador Enrique Alfaro, el congreso estatal ha votado contra los derechos de las infancias trans una y otra vez.
Quizás es sintomático, en este sentido, que en algunas definiciones académicas del transfeminismo ya ni siquiera aparezca un compromiso nominal con los derechos concretos de las personas trans como población marginada, ya que nos volvemos una mera metáfora de la subversión y la transgresión. “El transfeminismo no es igual a feminismo trans, aunque sí hay feministas trans dentro del transfeminismo”, dice Sayak Valencia en una conferencia, donde explica que, para ella, el prefijo “trans” no tiene que ver con las personas trans, ya que “la potencia del transfeminismo…es un llamado a desestructurar estas nociones tanto binarias como identitarias”. Le interesa la idea de desestabilizar el sujeto, pero parece no entender que algunas personas siempre van a ser un sujeto marcado, con una creciente ola de violencia dirigida en contra nuestra alrededor del mundo, una violencia que le cuesta denunciar sin aclarar que no está hablando de la violencia “solamente a las comunidades transgénero”.
Así pues, en este contexto en que las personas trans desaparecen tanto de la esquina como de la Cámara de Diputados, y en el que los pocos espacios que tenemos están siendo acaparados por feministas cis que quieren hablar en nuestro nombre, como si no tuviéramos voz propia, es innegable que hay una tentación separatista. Pero no creo que eso sea la solución. No podemos olvidar que la feminista radical Andrea Dworkin escribió un libro comparando sus propuestas separatistas con el sionismo —para ella, era algo positivo—. Diría que Dworkin tenía razón, pero que lo debemos tomar como una advertencia: la de que cualquier movimiento separatista puede llevar las semillas de las fuerzas de opresión de pasado mañana. Hay que recordar que, en la novela de Bettauer, los diputados sionistas votaron a favor de la expulsión de los judíos de Austria, y vemos algo parecido en la extraña alianza entre feministas radicales y la ola neoreaccionaria alrededor del mundo, encarnada en el apoyo de J. K. Rowling a CitizenGO, o la colaboración entre Marcela Lagarde y el PAN.
El transfeminismo no puede cometer los mismos errores, especialmente porque nuestra comunidad tiene la particularidad de que, a veces, hay personas que se acercan presentándose como aliadas, pero un par de años después salen del closet. También, el hecho de que somos una población bastante minoritaria nos obliga a trabajar en coalición con otros movimientos y otras causas, por lo cual las interpretaciones más reduccionistas de la política identitaria nos condenarán al aislamiento y el fracaso. Incluso diría que estoy de acuerdo con Sayak Valencia en que nuestra coyuntura exige un sujeto multitudinario, pero, a diferencia de ella, no creo que la construcción de ese sujeto requiera borrar el lugar de enunciación de cada quien. Hay que cuestionar por qué las personas cis que se meten al movimiento transfeminista siempre terminan ocupando posiciones de liderazgo, y por qué muchas veces terminan rodeándose con otras personas cis, efectivamente purgando a las personas trans de los pocos espacios que tenemos en la sociedad, un fenómeno que tiene una sinergia siniestra con los intentos de la ultraderecha de borrar a las personas trans de la vida pública. Hasta parecería que el mundo ya se hartó de las personas trans, pero no del transfeminismo, siempre y cuando sea un transfeminismo por y para personas cis.
