Perspectivas 

Adrián R. Martínez Levy*

Lejos ha quedado ya esa sensación de desconcierto e incredulidad frente a la desfachatez política y el cinismo rampante a los que nos han ido acostumbrando, poco a poco, las (relativamente) nuevas figuras del conservadurismo radical y la extrema derecha internacional. Muestra fehaciente de ello fue, sin duda, el despliegue corporal de carácter eminentemente simbólico que mostró, ante los ojos atónitos del mundo, Elon Musk, el hombre más rico del mundo y el representante con mayor exposición mediática de la plutocracia tecnócrata estadounidense ahora posicionada en la cima de un imperio que, si bien resquebrajado, todavía cuenta con el mayor número de bases militares —bases, además, esparcidas por todo el mundo—. Este contexto nos sitúa ante un peligroso intersticio —y aquí evoco la misma lógica detrás de las palabras de Antonio Gramsci cuando hablaba de la Europa de los treinta del siglo pasado—: un mundo viejo que no acaba de morir y un mundo nuevo que no acaba de nacer. En ese claroscuro emergen los monstruos.

En lo que sigue, me avocaré a ofrecer un análisis sobre este gesto, que no es otra cosa que un signo profundamente ideológico. Mi propósito es poner sobre la mesa la apremiante tarea de repensarnos, en toda nuestra diversidad, como colectivo de izquierdas. La urgencia de esta transformación se torna ineludible ante un conservadurismo radical que, hoy por hoy, se extiende no sólo por Europa sino también a lo largo y ancho del mundo, encarnado en gobiernos y representantes de la extrema derecha internacional, a todas luces (¿neo-?) fascista, como lo ilustra este episodio.

Dicho esto, y adentrándome en la materia con un tono deliberadamente provocador, sostengo que debatir si Musk es nazi—o, en su defecto, si su intención era rememorar un saludo nazi— constituye, en última instancia, un asunto meramente trivial, casi ornamental, que desvía la atención de cuestiones con mayor trascendencia. En cierta medida, sabiendo que este personaje no ignoraba los efectos que tendría su sonrisa cínica frente a todo aquel que no comulgue con su visión, resulta irónico y lamentable que precisamente ese tema (si Musk es o no nazi) haya enfrascado la discusión, cuando en realidad lo que se advierte, en la situación protagonizada por el personaje de marras, es la imperiosa necesidad de abordar los desafíos trascendentes que definen nuestra época.

Antes de proseguir, debo añadir que parto de tres perspectivas teóricas que iluminan la dimensión simbólica e ideológica del saludo realizado por Musk. Primero, siguiendo a Valentín Volóshinov (1929), planteo que todo signo —incluido un saludo— es un campo de batalla ideológico: refleja y refracta tensiones históricas y relaciones de poder. No hay gestos “neutrales”, sino que, siempre, su significado emerge de contextos materiales y luchas sociales. En segundo lugar, de la polifonía lingüística (Ducrot, 1984; García Negroni et al., 2013), rescato la idea de que el sentido de un acto comunicativo no depende únicamente de la intención del emisor, sino de cómo el enunciado mismo organiza voces y contradicciones. Un ejemplo clásico es el grito “¡que no estoy gritando!”: la forma —tono elevado, nerviosismo— desmiente el contenido explícito, revelando una tensión entre lo dicho y lo mostrado. Por último, uso el dialogismo de Bajtín (1985), que subraya cómo todo acto comunicativo responde a discursos previos y anticipa respuestas futuras, cargándose así de un posicionamiento ético-político. La presentación de este “marco analítico”, compuesto por autores y postulados, sirve únicamente como sustento general de un conjunto de apreciaciones que considero cruciales para la coyuntura actual y que permitirán —y eso es para mí el punto crucial de todo esto— el debate.  

Si pensamos el gesto de Musk a la luz de los conceptos brevemente descritos en el párrafo anterior, la discusión sobre si Musk es “nazi” (o no) pierde relevancia frente a lo que el signo muestra: su morfología —brazo alzado arriba de los 90°, palma hacia abajo— activa inevitablemente el imaginario nazi en el colectivo, independientemente de su intención. Como en el caso de “¡que no estoy gritando!”, la efusión burlona del gesto —su sonrisa cínica, el tono provocador— desborda cualquier pretensión de “broma”, exponiendo un cinismo que trivializa símbolos históricos de opresión. De tal suerte, más allá de debates estériles, el acto reabre heridas ideológicas y normaliza un escenario donde la extrema derecha recicla impunemente símbolos fascistas, no por nostalgia, sino como amenaza velada.

Así, es posible afirmar que, de lo único que estamos seguros, es que la mera similitud “sintáctica” o composicional del gesto actualiza inevitablemente el signo asociado a la imaginería del nazismo. Además, la desbordada emoción del gesto es un indicio que permite desmentir toda intención declarada del enunciante, ya que pone de manifiesto un desbordamiento entre lo que se dice y lo que se muestra. Y es que, por mucho que él, o sus defensores, nieguen esas connotaciones, el marco histórico-ideológico que habita en el signo por sí mismo impide exorcizar la presencia de aquello que del nazismo habita en el imaginario colectivo. De allí que el problema no radique tanto en discernir si Musk es “realmente” nazi, sino en comprender que ese gesto, por su mera morfología, reabre automáticamente las tensiones ideológicas asociadas a lo que, a todas luces, se configura, hoy por hoy, como una nueva ola fascista internacional.

El “saludo” de Musk, además de construir un colectivo desde la identificación (“nos saludamos así entre nazis”), opera, por un lado, como una respuesta a las izquierdas politizadas —aquellas que reivindican los derechos humanos, la justicia social y la redistribución de la riqueza—, respuesta que revela una nueva capa de significado; a saber, un cinismo rampante y burlón. Y, por otro lado, mediante un posicionamiento de poderío fáctico (X y su papel fundamental en la victoria de Trump) y económico (es el hombre más rico del mundo), cristalizados en el ethos de este individuo, el saludo no sólo anticipa nuevas interacciones discursivas —como las de Milei y Netanyahu, quienes salieron en defensa de Musk—, sino también todo un escenario cargado de ominosas tensiones. Desde luego, ambas lecturas no están del todo desarticuladas; sin embargo, para entender la compleja dinámica que entrañan es preciso, metodológicamente hablando —es decir, no sólo por procedimiento sino también por fundamento—, tratarlas por separado. 

Conforme al primer escenario, es preciso remitir a la presunción de que, al menos en Occidente, existía (sí, he conjugado en pretérito imperfecto), al menos hasta el 21 de enero de 2025, un consenso de aspiraciones universales e inobjetables de condena rotunda ante el nazismo y los fascismos de la primera mitad del siglo XX: la Shoá (el Holocausto) y la industria de guerra nazi eran referentes históricos que “toda ideología debería repudiar sin matices”. No obstante, me arevo a afirmar, acaso de forma polémica, que dicho consenso de presunciones “universales” e “inobjetables”, en realidad solamente se alojaba en la mentalidad y el ethos de las izquierdas. O, si se prefiere, dicho de una manera mitigada o “más amable”, que la historia política, durante toda la segunda mitad del siglo XX y el primer cuarto del XXI, muestra que esta condena no fue ni tan sólida ni tan universal. Basta co recorrer la historia para desmontar el mito del “consenso antitotalitario”: Estados Unidos, bajo la máscara del anticomunismo, dejó tres millones de muertos en Vietnam con napalm y agente naranja; bombardeó Camboya en secreto, incubando el horror de los Jemeres Rojos;[1] coordinó la Operación Cóndor en América Latina, instalando dictaduras como las de Pinochet, Videla y Stroessner, que torturaron y empobrecieron a millones bajo el neoliberalismo temprano; e invadió Irak con mentiras, condenando a medio millón de niños a morir por sanciones. Europa, mientras tanto, exhibe su doble moral colonial: Francia masacró a 1.5 millones de argelinos; Reino Unido sostuvo campos de concentración en Kenia y apoyó el apartheid sudafricano; hoy, la UE financia a Marruecos para reprimir migrantes y vende armas a Arabia Saudita para bombardear Yemen. Y qué decir del atroz e impune genocidio del pueblo palestino en la Franja de Gaza y Cisjordania, que, bien podría decirse, inició en 1948 sus operaciones con la Nakba —la limpieza étnica de 750,000 palestinos para crear Israel—, tan sólo dos años después de los Juicios de Núremberg.

De hecho, tanto la persistencia de expresiones de extrema derecha en Europa,[2] como el apoyo activo del hombre más rico del mundo, Elon Musk, a estas corrientes revelan un distanciamiento bastante real de la derecha respecto a aquel “consenso” que la izquierda daba por sentado. De ello emerge, precisamente, el posicionamiento abiertamente cínico (en lo absoluto “irónico” —con énfasis en las comillas—) y el efecto perlocutivo de burla, que, entre saltos y sonrisas fanáticas de Musk (¡allende el saludo mismo!), convierten a toda la izquierda internacional —que aún creíamos ingenuamente en ese “consenso universal”— en el hazmerreír de la nueva y empoderada extrema derecha internacional fascista.

Me atrevo a decir que, mientras unos se enfrascan en determinar si Musk de verdad cree y se asume en el nazismo, para Musk (y su séquito) ese debate es la burla, y añado que ésta misma muestra y demuestra el poder de socavar un consenso histórico “inobjetable” y con ello generar un caos simbólico cargado de desconcierto e incertidumbre.

Pero, como ya dije, esto no acaba allí. Siguiendo la lógica del dialogismo, en este doble movimiento (respuesta y anticipación/continuaciones discursivas), además de introducir la cínica burla hacia el ethos de izquierdas, el gesto, en tanto símbolo cargado de ideologías histórica y socialmente determinadas, entraña un mensaje que se codifica en el desbordamiento mismo de la efusión, pues, más allá de la intencionalidad privada y las agendas políticas, marcan un antes y un después de su aparentemente fugaz aparición. Se trata de otro contenido mostrado a través de las cadenas dialógicas emergentes de esta expresión, que, sin más prolegómenos, conducen a un efecto perlocutivo de intimidación y continuaciones discursivas codificadas en amenazas. Sí, el gesto performativo de Musk y su reivindicación casi inmediata por los representantes hegemónicos de los países en donde más población judía habita en el mundo —Israel, EE. UU. y Argentina— no sólo termina por resquebrajar ese último “consenso antitotalitario”, sino que deliberadamente construye un nuevo eje identitario, en el que se diluyen los horrores de Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Dachau, Belzec… (¡que sus propios pueblos sufrieron!) en aras de materializar una intimidación sin precedentes. Dicho de otro modo: al ser evocado el nazismo y reivindicado por los máximos representantes de sus propias víctimas históricas, la derecha internacional orienta su discurso hacia algo así como: Somos los herederos del fascismo clásico, saben de lo que somos capaces… de todo.

Y si a alguien le queda alguna duda de que tal anticipación intimidante se cristaliza en amenazas, basta con ir a la cuenta de X del presidente argentino, Javier Milei, quien en su defensa a Musk, señala:

NAZI LAS PELOTAS […]

No sólo no les tenemos miedo. Sino que los vamos a ir a buscar hasta el último rincón del planeta en defensa de la LIBERTAD.

Zurdos hijos de puta tiemblen.

VIVA LA LIBERTAD CARAJO

Este mensaje no es irónico, ni accidental, ni mucho menos abstracto; este mensaje es una amenaza que apela a la memoria histórica del terror fascista—la de Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Videla… Netanyahu, ¿Milei? ¿Trump? Con todo, el saludo nazi de Musk es un síntoma de la impunidad necropolítica que se avecina. Cuando Musk evoca el nazismo, no sólo se burla de la memoria del Holocausto: celebra que, en el orden actual, los símbolos de opresión puedan ser reciclados por los opresores, sin que haya consecuencias. Es la misma lógica que le ha permitido a Estados Unidos invocar los “derechos humanos”, mientras bloquea el informe de la ONU sobre crímenes de guerra en Gaza, o a la UE hablar de “paz” mientras vende fusiles a Netanyahu.

Epílogo: repensarnos más allá de los espejismos

No basta con denunciar el cinismo burlesco ni con reafirmar los consensos morales heredados: urge, desde las izquierdas, una desarticulación profunda de nuestras propias certezas —aquellas que creíamos inquebrantables— y un desmontaje sincero de los presuntos “hitos universales” que, en muchos casos, sólo han funcionado como consensos de papel. La ingenuidad de creer que existía un repudio transversal e irrefutable al fascismo se ha derrumbado con cada gesto cargado de provocación y con cada política autoritaria que se abre paso; mientras tanto, solemos quedarnos en la denuncia moral o en la corrección política, como si éstas pudieran por sí solas contener la ola fascista que recupera símbolos de muerte y pretensiones hegemónicas con la ligereza y el descaro de quien sabe que no habrá consecuencias reales.

Frente a ello, la autocrítica no puede ser un mero gesto retórico. Necesitamos revisar, en lo más hondo, hasta qué punto hemos estado en un laberinto de espejismos —quedándonos anclados en discursos que ni cuestionan nuestras complicidades ni logran perforar el muro de la indiferencia cómplice o el cinismo orquestado—. Porque, mientras nos aferramos a la corrección política y repetimos premisas que dábamos por universalmente aceptadas, el conservadurismo radical y la extrema derecha se expanden, exhibiendo sin pudor signos históricos que remiten a los peores horrores. Y lo hacen desatendiendo cualquier atisbo de condena internacional o recubriéndose de una falsa legitimidad que emana de su control mediático, económico y militar.

El escándalo fácil ante el símbolo fascista —sin un correlato político real— termina funcionando como espectáculo que fortalece a quienes buscan ridiculizar esos “consensos sagrados” en los que tanto insistimos. Nuestra tarea es, en cambio, asumir que el fascismo no sólo se invoca: también se reinventa y encuentra nuevos rostros. En tal sentido, la memoria no debe quedarse en una denuncia discursiva, sino transformarse en un gesto vivo, en la energía que impulse resistencias actuales capaces de desbordar las pantallas y los parlamentos. En última instancia, la izquierda sólo tendrá fuerza real si deja de aferrarse a los espejismos de unanimidades imposibles y procede a forjar una praxis colectiva que confronte la banalización de la violencia y del exterminio, sin caer en las trampas de la mera corrección política. Se trata de una labor que requiere ecuanimidad y elocuencia para cuestionar nuestros mitos y vigilar nuestras alianzas; de una responsabilidad histórica que exija a cada uno de nosotros un posicionamiento ético ineludible. Sólo así, recuperando el diálogo crítico y la acción concreta, podremos trascender los muros de la inercia y oponernos —con efectividad, y no sólo con indignación— a los nuevos horrores que amenazan con arraigarse en nuestro presente.


Notas

* Adrián R. Martínez Levy es profesor investigador asociado en la División de Estudios Multidisciplinarios del CIDE.

[1] A ello se suman Afganistán (1972-2021), Timor del Este (1975-1999), Nicaragua (1981-1990), Libia (1986-2011), Irak (1991, 2003-2011, 2014-2021), Siria (2014-presente), Irán (1953-presente).

[2] Me refiero a figuras como Viktor Orbán en Hungría —quien ha demolido el Estado de derecho, perseguido a la prensa y glorificado al almirante Horthy, cómplice del Holocausto—, o como Giorgia Meloni —quien reivindica a Mussolini como “patriota”— en Italia. Y está, claro, la AfD en Alemania, el país del “nunca más”, que normaliza discursos negacionistas, minimizan los crímenes nazis, estigmatizan a migrantes y proponen “revisar la culpa histórica alemana”, por mencionar algunos ejemplos).


Referencias

Bajtín, M. (1993). Problemas de la poética de Dostoievski. FCE.

Bajtín, M. ([ca. 1924], 1997). Hacia una filosofía del acto ético. De los borradores y otros escritos. Anthropos.

Ducrot, O. (1984 [1986]). Le dire et le dit. Minuit.

Libenson, M. y Labandeira, L. (2016). “La dimensión ética de la palabra: responsabilidad y politicidad en perspectiva bajtiniana”. Kalagatos, 3(2), 5-23.

Mancuso, H. (2005). La palabra viva. Teoría verbal y discursiva de Michail M. Bachtin. Paidós.

Volóshinov, V. N. (2018 [1929]). El marxismo y la filosofía del lenguaje. Siglo XXI.

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