Sobre Los vivos, de Emiliano Monge (Random House, 2024)


En 2014 comencé a prestarle atención a esa dimensión de la realidad que, un poco por miedo y otro poco por ignorancia, había pasado inadvertida para mí. Aunque en los últimos diez años he llegado a pensar que la única búsqueda que puedo hacer sin descanso está en el lenguaje, antes me parecía una labor menor, quizás una forma fácil de redención. Ahora veo que las tareas menores son las que sostienen por largo tiempo las grandes luchas y, además, esta labor no tiene nada de fácil.

Creo que Emiliano Monge comparte conmigo algo de esa preocupación, pues su más reciente novela imagina la respuesta a una de las preguntas más angustiantes: ¿a qué lugar del lenguaje van los desaparecidos? Una mente ingenua —o, sin eufemismos, conservadora— los colocaría en un lugar similar al inframundo o al cielo, pero eso implicaría perder de vista la característica central de un desaparecido: que está vivo hasta que no se demuestre —con evidencia física avalada— lo contrario. El título de la novela, Los vivos, subraya ese lugar de enunciación y obliga a colocarnos en la herida, sin huir de la incertidumbre, ni, por tanto, dejar de exigir su regreso con vida.

La novela cuenta la historia de un grupo de personas que se dedica a gestionar las apariciones. Plantea, desde las primeras páginas, una alternativa a las historias que podemos leer en la investigación periodística. El punto de partida es una especie de movimiento retórico: si alguien desaparece de un lugar, necesariamente ha de aparecer en otro, aunque quizás las coordenadas geográficas o temporales sean distintas. El narrador sigue al “escuadrón de apariciones” que trabaja sobre terreno con “buscadoras” y “anticipadoras o videntes”. Se dibuja, incluso, una burocracia de la aparición: líneas de ayuda telefónica, filas, ventanillas de atención y formularios a llenar (por ejemplo para asignarles una habitación a los recién llegados y clasificarlos según sea su comportamiento con términos como “cálido y tierno”). Con las cursivas intento señalar cómo a menudo el narrador elige palabras que parecen estar descolocadas, fuera de lugar, no en el sentido de ser inapropiadas o inexactas, sino de pertenecer a otro campo semántico, menos rígido y quizás más cercano a la poesía.

Los nombres de los personajes también son extraños. Hincapié, Vestigia, Cienvenida y Endometria se comportan como si lo que estuviera pasando, el hecho de que la gente aparezca de la nada, fuera normal, cotidiano, del día a día. Y los que tienen nombres más comunes, como Lucía o Justo, se relacionan de forma original con las cosas y las personas. La primera encuentra paralelismos o contrastes entre los comportamientos de la gente y ciertas conductas animales, desde una perspectiva única que animaliza a los humanos al recubrirlos del asombro. Lucía tiene, además, la capacidad de hablarnos desde los epígrafes, que desobedecen su mandato de paratextos y más bien forman parte del mundo inventado de la novela. Justo, por su lado, hace descripciones insólitas, como cuando califica de “falso” al clima; es decir, “ni fresco ni caliente”: el tipo de ambiente que antecede a la lluvia. A lo largo de la novela esa lluvia humedece, encharca y moja toda la trama, y en sus variaciones va componiendo una clave de lectura que alude a lo simbólico o a lo inconsciente.

El motor de la historia, se sabe desde las primeras páginas, es la separación de Hincapié y Vestigia. La crisis de su vida juntos se narra a golpe de mails y cuadernos intercambiados involuntariamente que nos muestran ambos lados de la situación. Además de impulsar la lectura hacia adelante, de darle una cronología a lo que sucede, sus peleas y reconciliaciones aparentes son una pista falsa, pero necesaria para la comprensión de lo que se narra.

Vestigia, que un día apareció, siente una tristeza difícil de enunciar, arraigada en el sentimiento de que debería estar haciendo otra cosa con su vida, aunque no sabe qué. Su investigación emocional consiste en releer una y otra vez, sin mucho éxito, sus transcripciones de las llamadas que atendía en la línea de ayuda para los aparecidos. Esa intuición de que algo se le perdió se refuerza con la aparición del Niño (el que a su llegada fue clasificado como “cálido y tierno”), una suerte de personaje llave que, desde su mudez intuitiva (los niños más grandes le pegan y lo lastiman cuando lo escuchan hablar, así que decide dejar de hacerlo), enrarece aún más el lenguaje de Vestigia, como se lee en sus conversaciones con Lucía y en su penúltima carta para Hincapié: “además de por ti, amor, sólo tengo sentimientos por lo que fue. Por eso me siento así […], empezó desde el principio mismo y tiene que ver con algo tan poco concreto como mi origen”. A partir de esa revelación empiezan a reforzarse frases paradójicas que llegaron a ella por Lucía o por la Vidente: “¿mi futuro es mi pasado?”, “¿y si al que debe irse es al lugar del que se viene?”, “¿y si el lugar de la aparición es el sitio de la desaparición?”.

De esa forma, por medio del lenguaje enrarecido, la suposición de que la novela ocurre en el mismo mundo en que vivimos nosotros —sólo que con las reglas de lo posible alteradas— se desdibuja hacia la pregunta por el revés de este mismo mundo. No es lo mismo añadirle posibilidades al mundo que mirar a través de las que reglas ya existentes. Ésa es la potencia política de Los vivos: no ofrece un mundo fantástico, sino un mundo realista tamizado por los hallazgos sensoriales y silogísticos de la poesía.

Vuelvo al Niño para recordar que en la sala de Hincapié se distrae hojeando un libro, en el que una página llama su atención: un cactus del desierto vestido con ropa y un apunte sobre la lengua de los comca’ac, que “da prioridad a lo que no está, en vez de dársela a lo que está, […] crece y nombra a partir de la ausencia, no de la presencia”. La lectura impulsa al Niño a jugar a renombrar su entorno: “Maldad” será el nuevo nombre para el gentil perro del departamento y “Permanencio” el nombre verdadero de sí mismo.

El bordado ¿Y si yo lo encuentro qué?, de Paulina León, es otro motivo que, como la lluvia, ordena la narración y se asoma por aquí y por allá a lo largo de la novela. Antes yo pensaba que el revés de un bordado era lo “invisible”, lo “silencioso” del frente, pero tras leer esta novela pienso que en realidad es su “proceso”, tan presente e irrenunciable como las palabras para hablar de la desaparición, para imaginarla, habitarla, desde la empatía de quienes buscamos.

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