Hacer una genealogía de la distribución espacial de la Ciudad de México implica, por ejemplo, analizar textos como Historia de las Indias, de Fray Diego Durán, donde aparece la antigua Tenochtitlán, o revisar las consecuencias de la inundación de 1629, en plena época colonial. Sin embargo, la propuesta de este pequeño ensayo costumbrista es la de pensar que el “caos chilango” y la pésima configuración urbana son una consecuencia directa del segundo momento arquitectónico del porfirismo; que son, pues, el culmen de la legitimación represiva del gobierno de Díaz y de todo el aparato ideológico que impulsaron los sectores más conservadores de la sociedad a finales del siglo XIX.[1]
Y es que “el urbanismo, inconscientemente, es un urbanismo de clase”, tal y como afirma Lefebvre en La revolución urbana (1976, p. 165). Muestra de ello es la manera en que el porfirismo buscó manipular el diseño urbano de la capital: se trató de un momento de renovación citadina, donde confluyeron, por un lado, el interés político y, por otro, la manipulación del espacio, como lo dejan ver muchos textos sobre la época. Tal es el caso de la Segunda Toma de Posesión de Porfirio Díaz, de José C. Valadés: allí se muestra cómo la imposición del respeto a las instituciones que profesaba el régimen se convirtió en un recurso más que ocultaba las crecientes objeciones a las insuficiencias del Estado. De tal suerte, esa imposición, que tuvo un correlato urbanista, funcionó como un “dispositivo” —según el término de Foucault—,el cual pretendía consolidar una nación en supuesto progreso.
El urbanismo porfirista fue, por un lado, uno especialmente grandilocuente que invirtió en símbolos arquitectónicos fastuosos —muestra de ello son el Palacio Postal y Bellas Artes—, y, por otro, uno que quiso expandir la urbe a toda prisa, para sostener con su veloz crecimiento sus pretensiones de progreso. Así, hoy en día tenemos que lidiar con las consecuencias de las decisiones tomadas por un régimen que, antes de pensar cuál era la manera idónea de consolidar el espacio público, buscó siempre la legitimación a toda costa. Y no es que la ciudad y su plano urbano carezcan de lógica: es que la política ha transformado lo racional en irracional, hecho que Monsiváis vio muy bien en Los Rituales del Caos, cuando habló de las implicaciones de la “economía subterránea”, o de la ciudad como el espacio de la “demasiada gente”. Según él, “la magia citadina” suele traducirse en estructuras populares, que se reproducen aleatoriamente.
Ahora que viajamos al futuro entre un semáforo y otro, podemos comprender que esta práctica política de manipular el espacio urbano surge con Porfirio Díaz. También que, cada vez que alguien habla sobre el “supuesto crecimiento económico” de esa época, realmente está alabando toda una “micromecánica de poder”, en la cual la arquitectura y el urbanismo se complementaron, bajo el auspicio del eclecticismo. Ese estilo fue, en ese sentido, “la llave que los arquitectos abrieron para satisfacer los requerimientos estéticos” (Crespo, 2010), que atendían a los símbolos, y dejaban de lado la vida práctica de los ciudadanos.
Lo anterior es especialmente importante, pues, como sostiene David Harvey en Espacios de Esperanza, “la lucha de clases se disuelve muy fácilmente en toda una serie de intereses comunitarios geográficamente fragmentados” (2009, p.56). De tal suerte, la apuesta porfirista por una legitimidad, al descuidar aspectos fundamentales del urbanismo, provocó que la ciudad quedara dividida en zonas claramente delimitadas y, en cierta medida, aisladas entre sí. Es una forma, pues, en que la ciudad refuerza una “relativa invariabilidad de la estructura social”, tal y como lo afirma Ramón Vargas Salguero (1989, p. 214). Y nuestra experiencia lo padece, cada vez que navegamos en el caos chilango.
Si bien es cierto que ese manejo del urbanismo tiene su origen en el porfiriato, no es menos cierto que los gobiernos emanados de la Revolución continuaron muchas veces esas prácticas simbólicas. No por nada, la “gestión urbana” sigue funcionando en términos discursivos. Una prueba de lo anterior es el informe que dio Clara Brugada con motivo de sus 100 días en la Jefatura de Gobierno, cuando dio a conocer los planes para la creación de dos líneas de Metrobús y la ampliación de la Línea 7, entre varias cosas más. Se trata, por supuesto, de obras significativas, que terminarán por reconfigurar la ciudad (en caso de que se concreten). Sin embargo, habrá que ver si esto realmente es parte fundamental de una política pública sólida o es solamente un mero recurso de legitimación. Tal y como ha sucedido antes.
Fuentes
Crespo, Fernanda. (28 enero 2010). “Art Noveau y Art Decó en México”. Arquitectur en red.
Harvey, David. (2009). Espacios de Esperanza. Akal.
Lefebvre, Henri. (1976). La Revolución Urbana. Alianza.
Vargas Salguedo, Ramón. (1989). Historia de la teoría de la arquitectura: el porfirismo. UAM.
[1] El tema está tratado con amplitud en el tercer volumen (y especialmente en su segundo tomo, coordinado por Ramón Vargas), de la Historia de la Arquitectura y el Urbanismo Mexicanos (UNAM y FCE, 1998).
