Reseña de: VV. AA. Metodologías y prácticas para la historia intelectual. Alberto Tena Camporesi, Jaime Rodríguez y Andrés Arango (eds.). Bogotá, Medellín y Barranquilla, 2024.


Cualquier incauto que en algún momento se haya interesado por la historia de los conceptos se habrá visto pronto abrumado por una vasta tradición de trabajo intelectual con diversas escuelas, terminologías y planteamientos epistemológicos en conflicto que, a la hora de aplicarse a ejemplos históricos, se sedimentan en metodologías tan divergentes entre sí como herederas de una misma forma de preguntarse por las ideas en la historia y los contextos de quienes las ponen en marcha. Este libro es un mapa para poder introducirse en el campo de la historia intelectual desde cada una de sus escuelas. Es una contribución ambiciosa porque consigue presentar una imagen de conjunto de las teorías clásicas de la historia de los conceptos de Koselleck como de Skinner y sus desarrollos posteriores, pero también porque incorpora una colección de diferentes desarrollos metodológicos desde una perspectiva latinoamericana internacional. Es una propuesta que parte del trabajo de varios investigadores del Seminario de Metodologías para la Historia Intelectual y la Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana Cuajimalpa que, entre los años 2018 y 2022, desarrollaron planteamientos y metodologías al calor de la discusión de sus investigaciones.

La obra se divide en tres bloques que dialogan entre sí. Como no hay capitel sin basamento ni moraleja sin historia, en la primera parte los autores ofrecen una miscelánea de las diferentes escuelas durante el siglo XX en sus diferentes tradiciones y contextos latinoamericanos: la escuela de Cambridge, la Begriffsgeschichte, la tradición francesa o la española. A lo largo de la segunda parte, trabajan con nociones clave para la historia intelectual, como son las de epistolarios, generaciones o redes intelectuales. Y en la tercera presentan una serie de experiencias de investigación, por medio tanto de estudios de caso como de la presentación de problemas metodológicos que surgen al aplicar una disciplina tan lábil e interdisciplinar como es la historia intelectual. Gracias a ello, logran poner a dialogar los postulados filosóficos de la historia intelectual con sus aporías y con los límites de su aplicación en la investigación. El libro no elude las dificultades que las metodologías de la historia intelectual encuentran, ni tampoco los espacios grises entre disciplinas que son recogidos por la historia intelectual como una suerte de tierra de nadie reclamada por todos, pero finalmente problematizado por ninguno.

Lo que hay detrás de la propuesta que coordinan Tena Camporesi, Rodríguez y Arango es el trabajo de una veintena de investigadores concitados en torno al propósito de revitalizar el campo de trabajo de la historia intelectual. Un campo en el cual, tal y como confiesa Elías Palti en el prólogo, “las teorías que permanecen como los referentes fundamentales en el área no son, en realidad, recientes”. Ello no indica, sin embargo, que la historia intelectual goce de mala salud, sino, precisamente, todo lo contrario: indica cómo, al haber aportado unas coordenadas que han abonado un terreno muy fértil, se ha desarrollado bajo unos parámetros metodológicos muy libres, pero también muy dispersos.

En esa voluntad de hacerse cargo de la complejidad y de recoger la pluralidad, los coordinadores del libro han generado un espacio de intercambio, conversación y debate sobre el marco operativo de la historia intelectual en varios niveles. En primer lugar, es un libro que trabaja con una noción de objeto de estudio amplia. Rompe con los cánones clásicos de trabajo de fuentes y propone centrarse en epistolarios, revistas y otras figuras marginales. Es un libro que apuesta por el desarrollo de metodologías experimentales aplicadas a estudios de caso que puedan dialogar con las “recetas metodológicamente cerradas”, poniendo así en juego estrategias de análisis que consisten en una hibridación disciplinar capaz de integrar historia conceptual, filosofía, sociología del conocimiento o lingüística. Todo en el libro lleva a una revisión crítica del campo, sin voluntad doctrinal y sí con ánimo problematizador. No estamos ante un diccionario de voces y contextos sino ante una perspectiva que pone en cuestión tanto su construcción como el uso de voces como “intelectual”, “modernidad” o “escuela”.

Merece la pena detenerse en algunos de los capítulos, que sin desmerecer los restantes permiten entender por qué este libro no es un compendio sino una propuesta que actualiza las coordenadas del campo de trabajo de la historia intelectual de habla hispana. En el primer capítulo, Mariana Canavese ofrece un panorama general de la historia intelectual y su desigual consolidación en el continente latinoamericano. Aborda las tensiones entre la historia de las ideas y la historia intelectual como una suerte de solapamientos productivos que, a través de la circulación de ideas, han venido problematizando la lógica centro-periferia y reivindicándose en una mirada que reconoce la multiplicidad de tradiciones, traducciones de las ideas y sus resignificaciones. La propuesta de Canavese prima las mediaciones y desplazamientos que permiten pensar América Latina desde lo descentrado, más que producir historiografías que priman la búsqueda de la “originalidad en clave nacional”.

Francisco Quijano y Óscar Javier Linares trabajan sobre las dos escuelas principales de la historia intelectual. Quijano presenta una panorámica de la Escuela de Cambridge, caracterizada por una ruptura con la historia de las ideas tradicional, la cual entendía las ideas como entidades atemporales. La Escuela de Cambridge aboga, en ese sentido, por la necesidad de realizar lecturas contextualizadas de los textos y de entender los discursos como actos de habla situados en debates históricos específicos, en los cuales los léxicos y las retóricas adquieren mayor relevancia. Por su parte, Linares presenta la historia de los conceptos, o Begriffsgeschichte, como una corriente que se consolida en la Alemania de la posguerra mediante la formación del diccionario Geschichtliche Grundbegriffe, obra pensada como una cartografía conceptual de la modernidad. Los desarrollos de Reinhardt Koselleck son muy numerosos, pero Linares se centra en la distinción entre la palabra y el concepto, la noción de “estratos del tiempo” para nombrar el proceso mediante el cual los conceptos se cargan semánticamente y la noción de “conceptos asimétricos”. Ambos capítulos asumen la responsabilidad de presentar los basamentos sobre los cuales se desarrolla la historia intelectual, pero resulta atractivo encontrar en ambos textos la voluntad de realizar una “apropiación crítica” del método para el contexto latinoamericano, incorporando perspectivas como la metaforología, la crítica decolonial y la ampliación del canon conceptual.

Un empeño que se viene desplegando durante las dos últimas décadas a través de Iberconceptos, un proyecto gigantesco que desarrolla una forma iberoamericana de hacer historia conceptual. Puesto en marcha por Javier Fernández Sebastián hace las veces de escuela historiográfica y laboratorio de investigación. Su enfoque consiste en analizar conceptos políticos clave —como ciudadanía, libertad y república— desde una perspectiva comparada y transatlántica. Se busca, así, romper con los marcos nacionales tradicionales y pensar en una comunidad de lengua y cultura compartidas, sin dejar de reconocer las dificultades para superar ciertos sesgos eurocéntricos y las limitaciones en la cobertura territorial. Samacá defiende que Iberconceptos permite construir un vocabulario crítico de la modernidad iberoamericana, capaz de dar cuenta de sus propias temporalidades, conflictos y apropiaciones. Asimismo, destaca que el proyecto se halla en plena transformación, enfrentando retos como la descentralización de equipos, la incorporación de nuevas metodologías, como la semántica visual, y la integración de enfoques decoloniales. De una forma u otra, Iberconceptos ha sido el lugar de encuentro y diálogo en la historia intelectual política y de historia del pensamiento de la tradición latinoamericana. Un proyecto iniciado por la generación anterior y que esta generación de investigadores recoge como un tejido vivo desde el que dialogar.

Precisamente, desde estos supuestos metodológicos que plantean la apertura del campo de trabajo y favorecen la reflexión y la revisión epistemológica de las construcciones conceptuales con las que se trabaja, varios capítulos avanzan propuestas muy ricas para desarrollar, por mímesis o analogía, en obras por venir. Por ejemplo, Sylvia Sosa Fuentes hace una revisión crítica de la sociología de los intelectuales para poner en valor su carácter interdisciplinario —más cercano a la historia intelectual de lo que algunos afirman—. Lo logra mediante el abordaje de los intelectuales como clase, como red relacional y como agentes públicos, resaltando con ello el carácter situado, encarnado y relacional del intelectual. Paralelamente, Francisco Vázquez García presenta la sociología de la filosofía como alternativa a la historia doctrinal y al saber descontextualizado, realizando un análisis de instituciones, trayectorias y circuitos de consagración. Sirviéndose de Bourdieu, Latour y Elias, defiende una historia relacional del pensamiento que permita entender cómo ciertas ideas adquieren valor y circulación, desmitificando al filósofo como un genio aislado, o demiurgo creador.

De los contextos de producción de las ideas, el libro pasa a ocuparse del papel de las intenciones de los intelectuales. Alberto Tena se cuestiona si realmente es posible acceder a ellas, o si allí nos encontramos con un límite del enfoque historiográfico. Examina, para ello, cómo distintos enfoques —desde la teoría de la acción hasta la Escuela de Cambridge— han intentado definir el vínculo entre intención, contexto y significado. Señala que las intenciones no deben entenderse como causas objetivas ni como voluntades puras, sino como hipótesis interpretativas construidas por el historiador. Propone, así, un enfoque prudente y contextual, que reconozca las limitaciones de la evidencia sin renunciar a la agencia del autor. Las intenciones se vuelven, de este modo, una herramienta heurística más que un dato dado, y el análisis propuesto en el capítulo muestra cómo pueden enriquecer la comprensión de los textos sin caer en el psicologismo. Este mismo cuestionamiento de una coherencia total atribuida a las trayectorias vitales es el que lleva a Gildardo Castaño Duque a enfocarse en las redes, mediaciones y rupturas a la hora de estudiar a Sanín Cardo por medio de una “ biografía relacional”. También está detrás de la defensa que realiza Diego Alejandro Zuluaga de los epistolarios como una fuente clave para estudiar sociabilidades y la formación de redes transnacionales en la vida cultural latinoamericana. Es así que, por medio de los documentos privados, se revelan estrategias editoriales, disputas institucionales y actos de posicionamiento que en los textos públicos aparecen de forma velada y no tan fácilmente identificables. Y es que, como plantea José Luis Moreno Pestaña, las escuelas intelectuales son estructuras dinámicas atravesadas por afectos, legitimaciones y conflictos que conviene estudiar como estructuras dinámicas. Con base en el estudio del caso Ortega-Gaos, Zuluaga propone distinguir entre consagración institucional, entre pares y creativa, identificando cada tipo como un espacio de lucha entre tradición e innovación. En la misma dirección, pero desde un abordaje distinto, Diana Hernández Castillo trabaja desde la intersección entre historia intelectual y los estudios literarios, problematizando las categorías de insider y outsider. Su caso de estudio específico es el de Juan Rulfo y su construcción como figura intelectual a través de categorías propias de la sociología como “campo”, “habitus” o “capital simbólico”, las cuales le permiten proponer una lectura más rica de Rulfo como escritor e intelectual.

Precisamente desde esa relación entre quién está dentro y quién queda fuera, aparece la tensión entre sociedad civil y Estado. Desde allí es que Marcos Reguera propone una definición situada del intelectual como figura histórica que media entre saber y poder. Realiza, para ello, una revisión de las tensiones entre las figuras del intelectual autónomo, el orgánico, el experto y el intelectual crítico, subrayando que su legitimidad depende de su intervención pública. A la par, señala que no existe una única forma de acción y representación de las ideas en la esfera pública, ni frente al poder. Todo ello entronca con la reflexión sobre “lo político y su relación con la identidad, el orden y el conflicto”, realizada por Pablo Sánchez León, quien, desde su propia trayectoria intelectual, explora nociones como “comunidad”, “antagonismo” y “representación”. Su trabajo le permitirá defender que lo político no es una esfera autónoma, sino un modo de relación social donde se define lo que es legítimo y en donde la identidad se entiende como una construcción histórica. También muestra cómo es que el historiador interviene como un actor crítico en los debates sobre democracia y conflicto.

El libro es, en resumen, un mapa de esta disciplina que, a base de pensarse y repensarse, se ha transformado en algo más parecido a una metodología. Y una que, más allá de unos postulados comunes, se ha convertido en un campo indisciplinadamente creativo a base de incorporar actores, sujetos y elementos de análisis, y de cuestionar las propias lógicas de la investigación histórica. La historia intelectual es el intento de enlazar el más allá con el más acá de las preguntas, incorporando en la explicación histórica más elementos que modulen y densifiquen las voces y las dimensiones de nuestras teorías. Es un libro que contiene muchas voces, y entre sus autores también existen desacuerdos que no se obvian, pero aparecen solapados. Su lectura es tan útil para quien esté empezando a interesarse por la historia intelectual al principio o al final del semestre, como para quien, habiéndose dedicado a este campo, quiera aprovechar la oportunidad para pensar en común.

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