En las últimas semanas, Venezuela volvió a ocupar los titulares de los periódicos alrededor del mundo tras la operación armada de los EE. UU. que capturó a Nicolás Maduro. Sin embargo, la crisis que atraviesa el país y sus efectos migratorios están lejos de ser un fenómeno reciente. Desde la segunda década del siglo XXI, la migración venezolana ha reconfigurado la cotidianidad política, económica y social de diversos países de América Latina. Dentro de este flujo, miles de niñas, niños y adolescentes viven una infancia marcada por el movimiento: desplazamientos forzados, interrupciones de trayectorias escolares, pérdidas materiales y la urgencia constante de volver a empezar.
Al mismo tiempo, estas infancias no sólo son afectadas por la migración: también la transforman. A lo largo de sus trayectorias, pasan a reimaginar la escuela como institución, desafiando prácticas, rutinas y sentidos históricamente naturalizados. Al cruzar fronteras, niñas, niños y adolescentes de Venezuela reconfiguran las escuelas en distintos países como espacios de acogida, cuidado y pertenencia. En Brasil, donde viven actualmente más de 730 mil inmigrantes, es ya el tercer país de la región con mayor número de venezolanos. Esta transformación es especialmente visible en el día a día de escuelas públicas ubicadas en ciudades medianas y pequeñas.
Uno de estos lugares es Venâncio Aires, una ciudad de aproximadamente 69 mil habitantes situada en el interior de Rio Grande do Sul, el estado brasileño más alejado de la frontera con Venezuela. Desde 2020, familias venezolanas han comenzado a establecerse en el municipio, atraídas principalmente por las industrias metalúrgica y del tabaco. Algunas llegaron mediante el programa federal de interiorización de la Operación Acogida; otras, mediante redes de apoyo vinculadas a la Iglesia o por iniciativas directas de empresas en busca de mano de obra. Poco a poco, la presencia venezolana pasó a formar parte del cotidiano de la ciudad, especialmente en un espacio central de la vida social local: la escuela pública, un sistema de educación de acceso universal y gratuito garantizado por el Estado brasileño.
Ante la ausencia de políticas educativas específicas para la acogida de estudiantes inmigrantes, las escuelas de Venâncio Aires comenzaron a actuar como verdaderas líneas de frente de la migración. La adaptación no llegó por medio de directrices oficiales, sino de improvisaciones cotidianas: docentes que aprenden palabras en español, equipos directivos que organizan reuniones específicas con familias migrantes, compañeros y compañeras que traducen actividades y explican normas escolares. Es en este día a día aparentemente simple donde la escuela empieza a ser reimaginada, no sólo como un espacio de aprendizaje formal, sino también como un lugar de cuidado, pertenencia y reconstrucción de la vida.
En una etnografía realizada entre junio y julio de 2025, observé cómo tres escuelas públicas de Venâncio Aires pasaron a contar con aulas que ya no eran únicamente brasileñas, sino brasileñas-venezolanas. En ellas, lengua, cultura y costumbres se entrelazan cotidianamente. Desde conversaciones sobre migración con estudiantes brasileños hasta actividades de cocina que incluyen la preparación de arepas, Venezuela pasó a integrar la vida diaria de las escuelas de la ciudad. En una de ellas, esta adaptación tomó forma concreta en un gesto simple pero profundamente simbólico: en los baños, debajo de las palabras “menino” y “menina”, también aparecieron “niño” y “niña”. El gesto, aparentemente pequeño, marca un punto de inflexión importante: la escuela deja de exigir únicamente la adaptación y pasa a reconocer la presencia migrante como constitutiva del espacio escolar.

(Fotografía de la autora, 2025.)
Estas transformaciones no ocurren por lástima ante la situación vivida por las familias venezolanas, sino porque estas niñas y niños poseen un fuerte poder para articular sus propias narrativas. Desde muy temprana edad, incluso en la educación inicial, saben explicar por qué migraron, qué perdieron en el camino y qué quedó atrás. José, estudiante de primer año de secundaria (16 años), me contó que desde pequeño su madre le explicaba su situación repitiéndole que estaban “buscando un mejor futuro”.[1] Mariela, de cinco años, lo dijo con una claridad desarmante: su familia se fue “porque no había trabajo… nadie puede comer”. Escucharlos es oír relatos sobre cómo llegaron a la ciudad, sobre la nostalgia por el país de origen, por las personas, por las mascotas y por una vida interrumpida. Son niñas y niños que viven infancias transnacionales, marcadas por Venezuela y reimaginadas en Brasil. Al portar estas memorias y experiencias, se convierten también en productores de conocimiento. En un país que tiene a Paulo Freire como patrono de la educación y su histórico fundamento de la enseñanza en el diálogo, resulta especialmente potente observar momentos en los que estudiantes brasileños aprenden sobre migración, desigualdad y geopolítica a partir de las historias vividas por sus compañeros venezolanos. En clases de filosofía, lengua portuguesa o incluso en conversaciones informales, estas narrativas atraviesan el currículum y generan aprendizajes que difícilmente existirían sin la presencia de estos niños en la escuela.
La realidad de estas escuelas desmitifica la idea de que las infancias son sólo dependientes o nada más que agentes pasivos de la migración. No sólo viven el desplazamiento y le atribuyen sentido, sino que también transforman los espacios por los que transitan. En Venâncio Aires, una estudiante venezolana que lleva más tiempo en Brasil ayuda a otra compañera a comprender un ejercicio de matemáticas en portugués; un alumno participa activamente en proyectos extracurriculares, como el grupo ambiental de la escuela; jóvenes de la enseñanza secundaria reimaginan sus futuros en el país, hablando de manera concreta sobre lo que desean estudiar y las profesiones que aspiran a ejercer. Juan , alumno de 12 años que cursa el séptimo año, sonríe al contar cómo hizo cuatro goles en un campeonato de fútbol, relatando cómo desarrolló una pasión por el deporte que le ha permitido crear lazos y sentirse parte de Brasil. En cada una de estas historias, niños y jóvenes migrantes ocupan un lugar de protagonismo.
Así, las escuelas públicas emergen como espacios vivos, en los que el cuidado, la pertenencia y las políticas de la vida cotidiana se entrelazan. En Venâncio Aires, estas instituciones —gratuitas y de acceso universal— se convierten en espacios de acogida no solo en la práctica cotidiana, sino también en sus gestos simbólicos: como muestra la placa en la entrada de la escuela (primera imagen), que pasó a incluir la palabra “bienvenidos”. Ese pequeño gesto materializa un posicionamiento político y ético frente a la migración.
Este caso no es una excepción aislada, sino una ventana para pensar otras formas posibles de respuesta frente a la movilidad en las Américas. Nos recuerda la importancia de defender la educación pública como infraestructura de protección social y como derecho, especialmente en contextos de desplazamiento forzado. También ilumina el papel que Brasil ha desempeñado en la región como país de acogida y la relevancia de sostener políticas públicas que, aun con sus limitaciones, ofrecen a las infancias migrantes un espacio de resguardo, continuidad y posibilidad. En un escenario global marcado por el cierre de fronteras y el endurecimiento de discursos antiinmigrantes, estas experiencias locales muestran que otras respuestas son posibles —respuestas que colocan a la infancia en el centro y que apuestan por la vida en común. Al mismo tiempo, estos espacios escolares también son transformados por las infancias venezolanas. Lejos de romantizar sus trayectorias o invisibilizar sus dificultades, sus historias configuran una contra-narrativa potente: un mensaje de resistencia, agencia y posibilidad.
Notas
* Jennifer Ullman Teixeira es estudiante de maestría en Estudios Latinoamericanos y Latinos en la Universidad de Illinois Chicago. Su investigación se centra en las experiencias de niñas, niños y adolescentes inmigrantes venezolanos en la educación pública en el sur de Brasil.
[1] “José” y el resto de los nombres aquí ofrecidos son ficticios.
