El acceso a la educación escolar para las niñas y niños alrededor del mundo ha sido una demanda instalada socialmente en la mayoría de los países a partir del siglo XIX. No obstante, aún hoy, en ciertas regiones las niñeces no pueden ingresar a las escuelas por diferentes motivos —la violencia y la pobreza, entre los más apremiantes—. Para las niñas, la situación ha sido históricamente más complicada. De acuerdo con un informe de 2023 de la UNESCO, “el 2% de los países del mundo restringen en su marco legal el derecho a la educación de las niñas y las madres casadas, embarazadas y jóvenes.” Según la ONU, hay 600 millones de niñas en el mundo. De éstas, en 2018, el 88% cursaba la educación primaria.
En La República Islámica de Irán, la educación primaria (llamada «Dabestan«) tiene una duración de 6 años, y a ella asisten “típicamente” las niñas y niños de entre 6 y 12 años. De acuerdo con los datos de 2017 del Banco Mundial, 50.1% de la matrícula del nivel primario son niñas. Para que nos hagamos una idea, en México, la matrícula de niñas representa 49% del total de la población escolar en este nivel.
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De acuerdo con Naciones Unidas, tan solo “entre 2022 y 2023, se produjeron alrededor de 6.000 ataques contra estudiantes, educadores e instituciones educativas.” Además, se estima que en 2025 “se produjo un aumento del 44 % en los ataques contra escuelas”. De acuerdo con los datos, entre los territorios en los cuales las escuelas se ven más afectadas, se encuentran los territorios palestinos ocupados, particularmente en la Franja de Gaza.
Sin embargo, todos los Estados integrantes de la ONU están llamados por el Derecho Internacional a proteger las escuelas. En la resolución 26001, aprobada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en 2021, se llamó a “adoptar todas las medidas para proteger las escuelas de ataques.” Y, en general, a “asegurar la seguridad de los establecimientos escolares” y las comunidades educativas.
Pese a todo, el sábado 28 de febrero despertamos con la terrible noticia de que una escuela primaria de niñas en Minab, en la provincia de Hormozgan, Irán, fue bombardeada. Hasta donde se sabe, los responsables son los gobiernos de Israel y Estados Unidos. Hasta el día de ayer se habían reportado 153 personas asesinadas; muchas de ellas, niñas que se encontraban en su escuela.
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Desde hace años venimos preguntándonos: ¿Qué sentidos se confieren a las escuelas hoy en día? ¿Qué depositamos en la forma escolar? Desde los diferentes lugares y territorios en los que nos ubicamos, ¿escuelas para qué?
Ante estas interrogantes se han desplegado respuestas múltiples: las escuelas permiten el encuentro entre las diferencias, entre niñas y niños provenientes de diferentes territorios, con experiencias diversas pero compartidas. Las escuelas pueden ayudar a la preservación de las lenguas y los saberes y, con ello, a la preservación de los pueblos desde la dignidad de sus historias y resistencias.
En las escuelas aprendemos y construimos conocimiento situado y universal. En las escuelas se establecen relaciones y vínculos inter y transgeneracionales. En las escuelas aprendemos a leer y escribir y, entonces, a nombrar el mundo colectivamente. En las escuelas se despliegan procesos radicales de interculturalidad. En las escuelas aprendemos a escuchar diferentes voces, a arropar la palabra de las y los otros y, por ello, a reconocer y defender su lugar en el mundo. En las escuelas jugamos, gozamos, lloramos, hacemos amigas, amigos, nos encontramos con nuestras maestras y maestros. En las escuelas tejemos una parte de la vida que nos sostiene como comunidad. Cuando hablamos de escuela, hablamos de comunidades que se encuentran en un punto de articulación y de creación compartida.
Por supuesto, en las escuelas también se expresan y encarnan las múltiples violencias que asolan nuestros territorios. En las escuelas se manifiestan violencias raciales, sexistas, etarias, de clase, y hasta criminales, y muchas escuelas se encuentran en la más absoluta pobreza, junto con las comunidades educativas que las conforman.
Aun así, porque le conferimos diversos sentidos a la escuela (muchos de ellos contradictorios y hasta antagónicos), desde distintos lugares y desde nuestro quehacer cotidiano, tratamos de cuidar las escuelas, de protegerlas y de proteger a quienes hacen la vida en ellas.
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Hoy, con el corazón lleno de pena, la pregunta asoma, ¿por qué atacar una escuela? ¿Por qué asesinar a niñas en un espacio que debería ser de resguardo, de cobijo, de aprendizaje, de encuentro?
La maestra Marelene Romo, en un intercambio en redes sociales, asomaba una hipótesis: “atacan escuelas no sólo porque se agrupan niñas y niños, sino también por destruir el fondo cultural común que ahí se construye, la identidad, la ética pública. Acabar con vidas valiosísimas y con sus posibilidades como comunidad”.
Comparto una buena parte de lo que Marlene escribe. Pero quisiera hacer énfasis en que, hoy en día, atacar una escuela, asesinar a quienes la hacen posible día con día, significa transgredir la vida hasta lo más profundo.
No hay palabras para nombrar la radicalidad de la ignominia que estamos presenciando. Lo que ocurrió ayer y lo que viene ocurriendo desde hace más de dos años en territorio palestino y en tantos otros lugares forma parte de un despliegue de barbarie imperial frente al que no podemos guardar silencio.
Por las escuelas, por las niñas, niños, jóvenes, maestras, maestros, por la vida, protejamos las escuelas y hagamos de ellas lugares de cuidado, de re-existencia y prefiguración de un mundo digno, sin bombas, sin violencia para toda la humanidad.
