El miércoles 3 de mayo de 2006 no hubo visitas entre comadres y compadres. Las canastas y las cruces adornadas con flores se quedaron esperando, y con ellas las ofrendas que cada año se intercambian entre familias. El día de la cruz quedó desdibujado por los enfrentamientos que atizó la policía estatal para desbloquear la carretera que la comunidad cerró a modo de protesta para exigir diálogo y la liberación de floristas y activistas del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra. Una bala asesina contra un niño de catorce años, Javier Cortés, multiplicó la indignación.

El banderazo ya había sido dado. El munícipe de Texcoco traicionó el compromiso de dejar vender a los floristas en paz; el secretario de gobierno del Estado de México, harto de tantas llamadas, textualmente respondió: “háganle como quieran, ese no es mi problema”. Pero ni Treviño ni Nazario se mandaban solos. Ambos funcionarios tenían superiores y había que seguir montando la antesala.

La Plaza de Tlatelolco, en la Ciudad de México, se llenó de rabia por todo lo que ocurría. El compañero Subcomandante Marcos —en ese momento, “Comandante Cero”— me entregó el micrófono después de que anunciara la alerta roja en todo el territorio zapatista. Denuncié la traición de los gobiernos e hice un llamado a la solidaridad. Cientos de jóvenes y activistas respondieron de manera organizada y al unísono: “NO ESTÁN SOLOS, NO ESTÁN SOLOS”.

Nadie, ni del gobierno estatal de Peña Nieto, ni del gobierno federal de Vicente Fox, contestó una sola de las llamadas telefónicas que se les hacían desde el mismo Frente o desde organismos de derechos humanos para encontrar una salida. No sabíamos que los cientos de llamadas sin respuesta eran el mensaje, eran la respuesta. 

Guardo en la memoria el llamado desde el altavoz en la Universidad de Chapingo, donde decenas de estudiantes y colectivos se apostaron para organizarse antes de llegar a Atenco. Allí estaban Alexis Benhumea y su papá escuchando el llamado para cuidar la seguridad colectiva.

Las horas se fueron haciendo pozos más profundos. Llegó la noche. Nada sabíamos de los presos y presas. Los policías retenidos en Atenco siempre pudieron llamar a sus familias, pero ninguno de sus superiores les respondió. La tensión podía respirarse en cualquier lugar de Atenco, en la Ciudad y en dondequiera que el duopolio televisivo hubiera llevado las imágenes de la patada de un vecino a un policía —imagen que convirtieron en propaganda para justificar lo injustificable.

Conforme avanzaba la noche, disminuían las llamadas. Seguro era por la falta de pila, falta de crédito en los celulares de quienes habían soportado horas en vilo. Estoy segura de que todos queríamos cerrar los ojos y abrirlos con el alba y un nuevo día. El silencio empezaba a sentirse implacable. Mis pensamientos eran un enjambre de voces, recuerdos y plegarias. Pensaba en mi padre, Ignacio del Valle, en Felipe Álvarez y apretaba los ojos para quitarme las imágenes de ellos torturados. Pensaba en las personas presas y, con susurros y puños cerrados, pedía indulgencia para que pronto estuvieran libres con los suyos. Sólo las llamadas de ida y vuelta rompían esos trances. Tal vez a las cuatro o cinco de la mañana, sonó por última vez mi celular. Era un periodista: “América, algo no está bien. No se ve nada en los alrededores, pero hay mucho silencio y eso no es muy bueno”.

Seis de la mañana. San Salvador Atenco, 4 de mayo. Más de tres mil bestias distribuidas en escuadrones, tolete y escudos en mano, armados con sus gases lacrimógenos y pistolas camufladas entre sus uniformes oscuros. Algunos con ojos rojos y fauces emanando ira, avanzaron hacia la entrada del municipio de Atenco. Los reporteros de Tv Azteca siguieron el guión, y los encabezaron. Como buenos héroes de la exclusiva, pensaban que dirigían a un grupo de ángeles celestiales, cuando en realidad le abrían el paso a cientos de bestias enardecidas que fueron programadas para golpear y arrasar con todo aquello que se moviera. Nadie iría a la cárcel por ninguno de los delitos que iban a cometer. Les garantizaron impunidad.

Las hordas sacaron a decenas de periodistas a golpes de un hotel modesto a la entrada del pueblo. Pronto las bocacalles se convertían en barricadas resistiendo y tratando de repeler el asalto policíaco militar. Helicópteros sobrevolando los techos de las casas y las copas de los escasos árboles. Los campanarios de la iglesia no se salvaron: hasta allí se treparon las bestias buscando personas escondidas. Hombres y mujeres del pueblo trataron de correr junto a decenas de compas solidarios, para ponerse a salvo. Por tierra y por aire, los delatores del mismo pueblo, encapuchados como si fueran policías, iban señalando a personas militantes del Frente y a sus casas o a las casas de sus familiares. La barbarie se desató. El horror, el miedo se esparcieron en todos los rincones del pueblo y sus alrededores. La bestia logró su cometido: avasalló al pueblo.  

Alrededor de las diez de la mañana, Wilfrido Robledo Madrid, quien el 6 de febrero del 2000 también tomara Ciudad Universitaria con la Policía Federal Preventiva, se presentaba ante la prensa orgulloso, como quien levanta un trofeo más en su carrera sanguinaria, y aseguraba que la acción contrainsurgente que dirigió a manos de su recién creada Agencia de Seguridad Estatal había sido una medida justificada para liberar al pueblo y a los policías secuestrados por grupos radicales y aliados —se refería al Frente, al Ejército Zapatista de Liberación Nacional y otras organizaciones convergentes en La Otra Campaña.

Mientras los allanamientos en las casas y la cacería de activistas continuaba, Alexis Benhumea se seguía desangrando, después de haber sido alcanzado por un gas lacrimógeno en la cabeza, sin poder recibir el auxilio de los paramédicos y ambulancias que intentaron ingresar, pero que eran amenazados y bloqueados. El reporte del éxito que daba Wilfrido se traducía en los allanamientos, golpizas brutales y torturas sexuales que se cometían en los autobuses a los que subían apiladas a decenas de personas para luego llevarlas presas. Activistas, lugareños, gente solidaria de colectivos y organizaciones adherentes de La Otra Campaña, todas, todos, víctimas de la venganza política y el castigo ejemplar que diseñaron, ordenaron y ejecutaron desde lo que llamamos Estado mexicano.

A más de 30 kilómetros, en la Ciudad de México, el compañero Subcomandante Marcos y yo apenas podíamos intercambiar comentarios sobre la barbarie que se televisaba. No lo olvido. “Tu padre, Ignacio, me encargó que te cuidara y lo voy a hacer”, me dijo firme tras el pasamontañas, con sus ojos y esa pipa que pocas veces se apagaba. A esas horas, La Otra Campaña estaba, a nivel internacional, apostada en los consulados y las embajadas de México bajo la consigna “TODOS SOMOS ATENCO”.

Había que reactivar otras acciones para revertir el cerco mediático que imponía una narrativa que justificaba la ignominia. Había que llamar al mayor número posible de organizaciones y personas a condenar y organizarnos porque no podíamos quedarnos paralizados frente al horror. Poco a poco se fue desplegando una primera medida, que fue reunir a las organizaciones en el Teatro de los Ferrocarrileros. A las cuatro de la tarde ya había presencia de decenas de organizaciones, colectivos y personas solidarias. Muchos tenían a algún conocido en mero Atenco. La abogada Bárbara Zamora denunció que muchas mujeres habían sido torturadas sexualmente en Atenco y durante el trayecto hacia el penal de Santiaguito, en Almoloya de Juárez, Estado de México. Aún no se sabía que entre esas mujeres torturadas estaban cuatro mujeres y un hombre extranjeros que pronto serían deportados, obligados a renunciar de todos sus derechos como personas, como seres humanos.

La policía estatal y federal tomó por completo el pueblo. Pocas personas se atrevían a salir de sus casas. No estuve allí, pero, como si fuera ayer, me duele la tristeza y la impotencia se me clava en las entrañas al pensar en esa saña que doblegaba los cuerpos y la moral. Los noticieros no paraban de repetir el guión dictado: “macheteros de Atenco”, “subcomandante Marcos”, “Ignacio del Valle”, “grupos radicales”, “fuera de la ley”, “orden”, “estado de derecho”. El duopolio asumió el papel de vocero oficial del Estado mexicano. Vicente Fox y Peña Nieto se fueron a dormir.

Los policías, ya sin sus mascarillas y descansados de sus escudos y toletes, reían entre ellos. Al tiempo en que se comían una naranja que alguna vecina les había regalado, hablaban sobre su hazaña. Todas las casas se mantenían silenciosas y marchitas. Algunas mujeres temerarias salían a comprar algo a las tiendas cerradas, para poder mirar de reojo cómo había quedado su pueblo y, de paso, lograr ver a algún familiar.

Muchas casas guardaban susurros, llantos contenidos y lo más sagrado: la compasión humana para arriesgarse y proteger y refugiar a mucha gente que había llegado a Atenco para solidarizarse. En una de esas casas, una mujer encendió su televisor para que sus hijos más pequeños se distrajeran con las caricaturas. Prestó la poca ropa que pudo a los jóvenes que allí se mantenían alertas y cabizbajos. Les convidó la comida y la fruta que ya no pudo llevar a sus compadres. Limpió sus heridas con lo que tenía. Los abrazó con la mirada como si fueran sus propios hijos o hermanos. Los animó y los bendijo todo el tiempo. Les informó de las escasas noticias que lograba descifrar con otras vecinas y, cuando calculó que había condiciones, sacudió su ropa como quien se sacude el miedo, se puso su mandil y su chal, cual manto protector de la diosa Atenea. Preparó la canasta donde llevaba una cruz que sobresalía de una servilleta bordada y extendida. Se encomendó a Dios, a la Virgen, a las ánimas benditas, a todos los santos y a sus ancestros. Con miedo, pero con firme decisión, abrió la puerta y la volvió a cerrar. Sus manos y las de una joven abrazada por un chal sostuvieron la canasta y empezaron a caminar sin detenerse, sin mirar más que el ancla que las guiaba a otra orilla, lejos de las bestias. 

Muchas casas se abrieron para convertirse en refugios y, a pesar de que la policía estatal se turnaba para acechar al pueblo, esa tarde-noche del 4 de mayo las canastas salvaron y movieron de uno a uno a quienes se solidarizaron con Atenco. La solidaridad nos salvó.

El pacto de impunidad para quienes cometieron el crimen de Estado en Atenco en mayo de 2006, y otros durante esos sexenios de criminalización contra las luchas del pueblo, no se ha roto. La formalidad de la ley en México y los convenios internacionales son insuficientes. La brutal represión fue una decisión política dictada desde el poder ejecutivo y durante estos 20 años los intentos de reparación siguen titubeando y evadiendo la responsabilidad de fondo. La reparación integral de todo el daño que causó el Estado mexicano reclama la decisión política del poder ejecutivo, judicial y legislativo para que los responsables materiales e intelectuales sean castigados de manera ejemplar y nunca más se repita un mayo rojo y un Atenco ensangrentado.

Mientras tanto, nuestra labor como defensores sociales y ciudadanos de México seguirá siendo la de reclamar un castigo para los responsables. No hay reparación sin la decisión firme para hacerle frente a la ignominia, venga de donde venga.

ZAPATA VIVE, LA LUCHA SIGUE


* Integrante del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra

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