En 2017, cuando el horror de la primera presidencia de Donald Trump se hacía realidad, yo estaba iniciando el doctorado y daba clases en una universidad privada de bastante prestigio. Han pasado siete años de eso. Todavía recuerdo usar la figura de Trump para explorar la descripción de personajes. “¿Cómo es Donald Trump? Recuerden: características y cualidades”, les decía a les estudiantes. Las respuestas variaban, aunque no tanto: naranja, alto, gordo, feo… misógino, racista, millonario, loco… Tal vez los más conservadores veían en la figura del ahora próximo presidente del imperio a un estratega, un magnate del sueño americano que no tenía pelos en la lengua. No recuerdo a nadie que hablara bien del republicano; nadie que celebrara sus propuestas de campaña o que afirmara que a México le iría bien con Donald Trump. Hoy eso ha cambiado.

A mis estudiantes siempre les digo que soy hija de la universidad pública, les doy lecturas que no se parecen a las lecturas de sus otras clases y les hago preguntas que, aunque incómodas, están encaminadas a que reflexionen a profundidad sobre el sistema de creencias que la propia educación les impone. En las evaluaciones del curso me gano todo tipo de calificativos, desde chaira hasta amlover —me parece extraño que ninguno se atreva a llamarme “comunista” o algo por el estilo—, pero creo que las clases funcionan. Hay estudiantes que años después se acercan para agradecer los cuestionamientos, las reflexiones, la orientación hacia la conciencia de clase, etc. Otros no. Seguramente paso por sus vidas como alguien insignificante que debe ponerles una calificación, idealmente aprobatoria, al final del semestre, y nada más.

La verdad es que no me quita el sueño no dejar una huella en su persona. No tengo la vocación de despertar admiración en les estudiantes ni mucho menos. Ser una profesora que inspira me parece una romantización de la docencia. A mí me interesa que se pongan a pensar y que pensemos juntes; cuestionarles; romper con las ideas preconcebidas y darles la posibilidad de acercarse a otras visiones de mundo. Quiero que les estudiantes lean, se pregunten, discutan, defiendan sus puntos de vista, pero también que rompan con ellos. No busco que piensen como yo, pero tampoco como se nos ha obligado a pensar, porque el conocimiento —aunque estoy consciente de que esto es una utopía más que una realidad— debería tender hacia la libertad. Si mis estudiantes salen de clase sabiendo algo que en cierto sentido los ha hecho más libres, incluso si eso pone en duda el mundo sobre el que están parados, me daré por satisfecha. Hoy que el algoritmo de Google nos muestra lo que queremos ver, que los medios nos dicen lo que queremos oír y que las redes reafirman nuestros sistemas de creencias, ¿qué espacios quedan para el cuestionamiento? Antes estaba convencida de que la universidad era uno de esos espacios; sin embargo, ya no estoy tan segura.

Los mecanismos con los que opera la censura son tramposos porque a veces una no sabe bien de dónde provienen o, si lo sabe, no tiene claro cómo combatirlos. La censura directa es muy clara: alguien desde una posición de poder impone el silencio. A veces este silencio tiene la cara del despido, del cierre, de la clausura. ¿Cuántos medios de comunicación no han sufrido las injusticias de la coerción del Estado? A veces los componentes del silenciamiento son mucho más atroces: la cárcel, la desaparición forzada, el asesinato. Hechos de los que hay que hablar siempre para que no se olviden. Pero no es de esa censura sobre la que quiero escribir, sino de otra: la que ha cobrado fuerza en los últimos años a partir de ciertas dinámicas punitivas-persecutorias que se han instalado en los ámbitos de la vida. Dinámicas que curiosamente silencian a algunes, pero dan rienda suelta a otres. ¿O no está Donald Trump a punto de sentarse en la silla presidencial del país más poderoso del mundo diciendo barbaridades? Ya sé que parece que no concreto la idea, pero es que hay varias cosas que apuntar antes de llegar a lo que pretendo.

En las últimas décadas, los medios de comunicación opuestos a la agenda progresista se han dedicado a propagar la mentira de la censura. “Hoy ya no se puede decir nada”, afirman en la televisión, la radio, el internet, tras haber vertido una perorata de noticias falsas, quimeras y ataques en contra de sujetos, poblaciones, países, etc. “Ya no se puede decir nada”, pero Trump se para en un debate televisado y repite la mentira de que los migrantes comen mascotas sin que esto resulte ni siquiera en una disminución en su popularidad. Aquí en México, Loret de Mola, Carlos Alazraki, Denise Dresser y compañía pueden repetir en múltiples canales que la censura del poder no les permite decir lo que quieren. La cuestión es que sí lo dicen. Hablan y hablan sin detenerse, y enuncian tantos disparates que una se pregunta si es que en verdad creen en lo que dicen o si en cambio están dispuestos a todo con tal de tirarle al gobierno. Al final es cierto que la gente puede decir lo que piensa, pues para eso existe el derecho a la libertad de expresión, aunque también es cierto que podríamos discutir sobre esa libertad, porque los discursos de odio y los discursos fascistas no deberían tener tanto espacio. Y, sin embargo, lo tienen. Entonces, ¿dónde está la censura de la que hablo?

Si hace unos años les estudiantes que simpatizaban con la idea de que Donald Trump fuera presidente de los Estados Unidos reservaban su preferencia para sus círculos más cercanos, hoy están dispuestos a afirmar en medio de la clase que el magnate será un buen presidente por múltiples razones. Irle a Donald Trump no es más un tabú. No importa qué tan misógino, racista, clasista pueda ser; ni que las políticas que impulse a lo largo de su mandato operarán en detrimento de los grupos más marginados; no parece grave que sea un negacionista del cambio climático, o que esté acusado de violencia sexual, ni que odie profundamente a las mujeres, a los migrantes y a los mexicanos, ni que esté dispuesto a expulsarlos a todos. Nada de eso es relevante. La tiranía de la posverdad se ha instaurado en esas aulas universitarias que, desde su condición tercermundista —porque será una universidad privilegiada, pero no deja de pertenecer al tercer mundo—, verán cómo se aceleran los dispositivos de destrucción del capitalismo tardío.

“Donald Trump será un buen presidente de los Estados Unidos” afirmó alguien hoy en la clase, a lo que dos o más asintieron. A diferencia de algunos de mis maestros que imponían sobre sus estudiantes una única e incuestionable visión de mundo, a mí me parece que es preciso desempeñar una educación que sea más amable y considerada con les estudiantes. Por lo mismo pienso que vale la pena escuchar lo que tienen que decir antes de imponer una negativa. En fin, que no dije que no lo sería, en cambio, pregunté “por qué”. La respuesta: una atrocidad llena de prejuicios racistas y clasistas. Porque el problema no es irle o no irle a Donald Trump, eso es lo de menos. El conflicto radica en que la preferencia electoral va acompañada de todo un sistema de creencias en el que la vida de unos vale más que la vida de otros. “Será un buen presidente porque regulará la migración y no permitirá que entre nadie que no lo haga de manera legal, con una visa de trabajo, con estudios…”Anotar aquí toda la discusión que se extendió más allá del horario de la clase sería un despropósito. Sólo diré que yo hice las preguntas que consideré pertinentes: ¿por qué pueden migrar sólo los ricos y no los pobres?, ¿por qué la gente migra?, ¿por qué unas vidas vales más que otras?, ¿por qué afirmar que los sudamericanos son criminales no es racista? La cuestión es que, en este intercambio de posturas ideológicas encontradas, hubo un momento en el que fui yo quien sintió que debía guardar silencio. Fui yo quien pensó que no debía decir lo que estaba diciendo. ¿Por qué?

Acusar a los inmigrantes de criminales es un argumento racista que esgrime la derecha para reforzar las políticas securitarias de fronteras cerradas, las cuales han tenido graves consecuencias en los derechos humanos. Así, creo que cuando alguien afirma cosas así es nuestro deber señalar las falencias de tales aseveraciones. Para mí, los discursos de odio son intolerables. Y no hablo de callar al otro, sino de defender al que no está ahí para hacerlo. Por ello, cuando les estudiantes esgrimieron los mismos argumentos que repiten los comunicadores y políticos defensores de Trump, yo no tuve reparo en señalar que eso que decían era racista. El problema es que si antes me sentía amparada por cierto sentido común o ciertos acuerdos sociales en torno a lo que son el racismo y la violencia, hoy tuve miedo a la cancelación. En cuanto lo dije quise desdecirme. No puedes ir por ahí diciéndoles que sus argumentos son racistas, pensé. No puedes ir por ahí diciéndoles nada, no vaya a ser que te cancelen o te acusen por cualquier cosa. ¿No es este miedo una especie de censura? Si el conflicto es entendido como abuso, ¿qué margen tenemos para oponer nuestra visión de mundo a la de los otros? Si toda crítica puede ser denunciada como abuso, ¿qué posibilidades tenemos los docentes de objetar las afirmaciones de les estudiantes? En el aula hay claramente una relación desigual de la que muchos se han aprovechado para denigrar, insultar o maltratar a les estudiantes. Eso me queda claro. Por lo mismo, se ha intentado regular dichas interacciones hasta grados que, desde mi perspectiva, van en detrimento de la formación universitaria —algunos de los aprendizajes más relevantes que me dio la universidad ocurrieron, por ejemplo, fuera del aula—. Pero ¿qué pasa cuando una señala, a pesar de la molestia de les estudiantes, el racismo en sus argumentos? Si el conflicto se lee como abuso, entonces estás utilizando tu posición de poder en detrimento del bienestar de los otros. Y, como consecuencia, más valdría guardar silencio…

Sin embargo, diría Sarah Schulman, el conflicto no es abuso. Si la oleada de punitivismo y cancelación alentada desde el progresismo va servir para callar a quienes se atreven a señalar las injusticias a nivel micro, pero también macro —pienso en todas esas personas valientes que denuncian la política de extermino del Estado de Israel y son acusadas de antisemitas—, entonces habría que revalorar las formas en que hoy hacemos política. Incluso aunque estas formas hayan dado buenos resultados, si este disciplinamiento al que nos hemos sometido produce autocensura y silenciamiento, entonces hay que replantearnos las maneras en que estamos haciendo política. Hoy hablo del miedo a señalar discursos racistas; ayer era el miedo a disentir con el #MeToo. Al final, la censura opera entre quienes, de un modo u otro, se identifican con la izquierda o las ideas progresistas, mientras los otros disfrutan de todos los medios a su alcance, intactos frente a cualquier acusación. La cancelación no es más un dispositivo para luchar contra el fascismo, sino una herramienta de ajusticiamiento ante cualquier supuesta falta o incoherencia entre quienes dicen formar parte del mismo bando. No sé si realmente alguien me cancele o si habrá incluso otras formas de reprimenda, pero sólo el haber pensado que no debí decir lo que dije por miedo a las consecuencias para mí ya es suficientemente grave. Sé que la relevancia de un salón de clases no es igual a un medio de comunicación, y que sin duda hay personas allá afuera que sí ponen sobre la mesa lo que algunos preferirían que no se dijera, pero creo que vale la pena reflexionar sobre esas microcensuras autoimpuestas y cuánto daño pueden provocar. Por no “herir” a otros, no estamos diciendo lo que hay que decir. Las consecuencias del silencio serán —están siendo— atroces.


Hoy 13 de noviembre de 2024, el Estado genocida de Israel sigue

masacrando al pueblo palestino. ¡Ni perdón, ni olvido!

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