Desde hace tiempo muchos críticos de la llamada 4T repiten una idea que vale la pena analizar: la de que el movimiento fundado por Andrés Manuel López Obrador es un accidente histórico. Lo dijo, literalmente —aunque haciendo referencia al personaje, y no al movimiento en sí—, la política priista Beatriz Paredes durante un evento el año pasado, cuando aún aspiraba a la candidatura opositora a la presidencia de la República. Paredes apuntó que López Obrador pudo llegar al poder por los errores de los gobiernos pasados, entre ellos, por supuesto, aquellos surgidos del PRI, su partido. El mea culpa de la política ha sido retomado por personajes de la oposición para intentar hacer un diagnóstico de la 4T y, también, para consolarse pensando que la historia corregirá ese “accidente” para regresar al camino planteado por los gobiernos del PRI y del PAN, la única vía para alcanzar la prosperidad y el bienestar social. 

Los mismos opositores también fundan sus esperanzas en los poderes fácticos, es decir, los mercados globales y los socios comerciales de México, para que puedan marcar un límite a las políticas de la 4T. Si ya perdieron la guerra electoral, al menos el orden internacional, aquel que combate los populismos de derecha e izquierda, corregirá, piensan, la reacción irracional de los electores que apoyan a gobiernos como el de López Obrador. Los opositores aceptan algunos inconvenientes de los sexenios anteriores —la desigualdad económica, principalmente—, pero no renuncian a los principios del dogma económico y social que defienden. Siguen pensando, a pesar de este tímido diagnóstico, que las estrategias y propuestas de López Obrador obedecen, únicamente, a una revancha personal contra sus enemigos, una especie de purga cocinada por largos años. La realidad, como suele decirse, es mucho más compleja que estas simplezas.

¿La 4T y López Obrador son un accidente? ¿Es un movimiento abiertamente contrario al statu quo? En realidad, la 4T no es un accidente sino una reacción lógica a décadas de políticas que provocaron una enorme desigualdad en el mundo, particularmente en México. Esta reacción ha sido, muchas veces, malinterpretada. Personajes de la derecha han calificado, desde hace tiempo, a López Obrador como comunista —pensando, al parecer, que seguimos viviendo en tiempos de la Guerra Fría—, cuando en realidad el sexenio que está por terminar opera, por supuesto, en el marco del capitalismo —como lo hará su continuación con Claudia Sheinbaum—. Sin embargo, al contrario de los sexenios anteriores, la 4T ha promovido, en el discurso y en algunos hechos, el regreso del Estado fuerte. El Estado, el enemigo principal de los promotores del libre mercado sin trabas, nunca desapareció. Desde los primeros sexenios que apostaron por la desregulación económica (los de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari), se usó al gobierno como garantía de pago para las empresas privatizadas, la especulación financiera o los fraudes bancarios. El Fobaproa es el ejemplo más claro de esto. En cuanto a la política de seguridad, el neoliberalismo apostó por una estrategia de mano dura para disciplinar a los sindicatos, los movimientos sociales y la clase trabajadora. La dictadura de Augusto Pinochet en Chile y el gobierno de Margaret Thatcher en el Reino Unido son un buen ejemplo del uso del Estado para reprimir en nombre del mercado.

El sexenio de López Obrador es, en todo caso, una combinación de varias propuestas —algunas de ellas contradictorias— que pretenden alinear al capitalismo en una ruta en apariencia menos depredadora. No hay, como cualquier investigación seria lo puede demostrar, un cambio en las fuerzas de poder en el país. Lo que existe es un empoderamiento de las clases populares mediante un discurso consistente contra las élites del país, aunque una buena parte de esas élites se hayan integrado, a lo largo de estos seis años, a la 4T. Así, a pesar de que López Obrador continúa con los tratados internacionales de libre comercio, ha reivindicado a la vez el nacionalismo que había sido abandonado por sus antecesores. El mayor éxito, como se puede suponer, es el uso del Estado para aumentar las ayudas sociales. Los receptores —“clientelas” los llaman sus críticos— entienden estas aportaciones como derechos restituidos por el gobierno y no como limosnas. Esto no explica todo el respaldo popular a la 4T, pero es un elemento importante. 

El fracaso del neoliberalismo —éxito para los beneficiarios del poder económico— está entrando, según muchos especialistas como William I. Robinson o David Harvey, en una fase final. Esta etapa es, necesariamente, convulsa, pues la acumulación de capital se vuelve más agresiva. Se mercantilizan los datos personales y hasta la vida privada de un número cada vez mayor de personas. El dogma del crecimiento económico ha hecho que el mundo —principalmente Estados Unidos y otros países del Norte Global— sostengan al capitalismo con deuda, corrupción y un saqueo urgente de los recursos humanos y naturales que quedan. La 4T responde o intenta responder a estos retos por medio de la construcción de un Estado fuerte que, sin embargo, no contradice el paradigma económico. La diferencia con otros gobiernos es que López Obrador juega con las mismas reglas, pero legitimado por una buena parte de la izquierda gracias a la vocación social del sexenio y a su pelea contra algunos de los grupos de poder que lo demonizaron desde su primera candidatura presidencial en el 2006.

¿Cuáles son los riesgos del llamado “segundo piso” de la 4T? Los mismos provocados por un sistema económico y social disfuncional que padece, con cada vez mayor frecuencia, crisis, burbujas especulativas y la canibalización propia de la búsqueda de beneficios a toda costa. La austeridad gubernamental es, por supuesto, un acto de justicia social, pero será insuficiente si no hay una redistribución agresiva del ingreso. Por otro lado, la crisis energética, de la cual pocos hablan, pero que se agrava todos los días, representará una serie de retos para los cuales ningún país está preparado, pues los combustibles fósiles baratos llegarán su fin. La crisis climática, por otro lado, representa una amenaza mayor: a finales del año pasado la revista académica Oxford Open Climate Change publicó el estudio “Global warming in the pipeline” en el que advierte, para los próximos años, un desequilibro en el clima que hará difícil, si no imposible, la vida en muchas regiones de la Tierra. El turismo, por poner un ejemplo, será una de las primeras industrias en ser golpeadas. El mundo será muy diferente en un par de décadas, pues el colapso del capitalismo habrá generado estados de excepción que acotarán los derechos humanos y los pocos procesos democráticos que se han alcanzado. Ante este panorama, el Estado fuerte originado, en el papel, en la izquierda, tendría todas las herramientas y la legitimidad popular para reprimir a la población en un último intento por salvar al capitalismo de sí mismo. Debemos pensar urgentemente para el futuro muy cercano, el que está a la vuelta de la esquina, cuál es el papel del gobierno, del desarrollo económico y de movimientos como la 4T, que no son accidentes sino respuestas problemáticas a un mundo convulso.