Para Javier, hoy más cerca de su libertad

No es aventurado afirmar que Conrad ha presentado de manera más dramática y profunda que cualquier otro artista el angustioso conflicto entre el aislamiento innato del hombre y su anhelo de solidaridad.

Jocelyn Baines, Joseph Conrad

El epígrafe de este breve homenaje a Joseph Conrad, cuyo centenario luctuoso se cumplió este 3 de agosto, lo extraje de la mejor de sus biografías, la de Jocelyn Baines, un librero y editor inglés que en toda su vida escribió sólo ese libro y que, casualmente, nació en 1924, el mismo año de la muerte de Conrad (quien había nacido en Polonia en 1857). No es mucho lo que puedo agregar aquí a lo que escribí sobre Joseph Conrad y su obra hace una década para la revista Nexos . Sin embargo, no quiero dejar pasar el centenario de la muerte del mejor novelista en lengua inglesa de finales del siglo XIX y de las primeras dos décadas del XX sin animar una vez más a los lectores a acercarse al autor de El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness), su obra más célebre, y de novelas tan logradas como Nostromo, Lord Jim y El agente secreto.

Aunque solamente fuera por esos cuatro relatos, Conrad ocuparía un lugar privilegiado en las letras universales; sin embargo, se pueden agregar, por lo menos, otras tres novelas (El negro del ‘Narciso’, Bajo la mirada de Occidente y Victoria) y varios cuentos (entre ellos, “Una avanzada del progreso”, “El final de la cuerda”, “Falk”, “Tifón”, “El duelo” y “El copartícipe secreto”). A la lista anterior habría que añadir también tres escritos autobiográficos que no tienen desperdicio: El espejo del mar, Crónica personal y La línea de sombra. Y, por último, cabe mencionar esa magnífica colección de ensayos breves titulada Notas sobre la vida y las letras (Notes on Life and Letters) que contiene escritos sobre muy diversos temas. Entre ellos, yo destacaría los que se ocupan de Stephen Crane, de la censura, de la autocracia y del hundimiento del Titanic.

En todo caso, los lectores tienen mucho de dónde escoger. Los temas más profundos de sus obras de ficción son muy variados, aunque cabría destacar la soledad y el aislamiento; la voluntad y el deseo de comunicación (casi siempre fallida) entre los seres humanos; la inutilidad o el carácter superfluo de las palabras; el valor del silencio (de los silencios); la convicción de que el mundo descansa sobre ideas muy simples (la fidelidad en primer lugar) y emociones sinceras; la cobardía de ciertas personas en situaciones límite y el coraje de ciertas personas en situaciones aparentemente normales; la solidaridad a prueba de casi todo entre los marinos de los barcos de vela; la fatuidad de la mayoría de los seres humanos; el carácter superficial y crematístico de las sociedades occidentales; la avaricia como el motor de lo peor del ser humano; lo vano de todo esfuerzo de regeneración política y, por último, y en línea con el último punto, su pesimismo social y político, que no vital (hago esta distinción, pues, desde mi punto de vista, en la mayoría de sus escritos hay personajes que redimen su obra de esta especie de pesimismo absoluto, del que, por cierto, con tanta frecuencia se le acusa). Esto último, por lo demás, no quiere decir que su obra proporcione consuelo alguno, expectativa que su lectura revelaría ilusoria. Sin embargo, como lo percibió muy bien Baines, esa misma obra es, a la vez de poco consoladora, “una afirmación del carácter indominable del espíritu humano” (p. 451); nada menos. 

Si en el párrafo anterior describí los temas más profundos en la obra de Conrad, hay otros (digamos, más inmediatos) que son también recurrentes en su obra. Entre ellos, señalo solamente tres: la crítica al imperialismo (aunada, de manera un tanto paradójica, a una declarada admiración por la marina mercante británica); la crítica a la autocracia rusa (recordemos que Conrad era polaco); por último, la crítica a todas las ideologías políticas (no sólo anarquismo y socialismo, sino también nacionalismo y liberalismo). Del último punto se puede desprender el conservadurismo político y social de Conrad (recordemos, además, que su familia no solamente pertenecía a la aristocracia polaca, sino que pagó muy cara su decidida oposición al zarismo). Este conservadurismo incluía, como es de esperarse, la misoginia de su época, lo cual seguramente también tuvo que ver con la falta de complejidad de la mayoría de sus personajes femeninos (con algunas notables excepciones).

Como he expresado párrafos atrás, Conrad es uno de los más grandes escritores del siglo XX, pero no sólo por El corazón de las tinieblas (que parecería ser el único libro de Conrad que se lee en la actualidad). A este respecto, cabe añadir algo que rara vez se explicita: justo cuando su vida se extinguía, dos autores cambiarían radicalmente el rumbo de la novelística inglesa y occidental. Hablo de James Joyce y de Virginia Woolf, quienes comparten años de nacimiento y muerte (1882-1941) y que publicaron dos obras fundamentales: Ulises en 1922 y Mrs. Dalloway en 1925, respectivamente. Ello provocó que Conrad pareciera ser un autor que se quedaba atrás, que no supo avanzar al ritmo de sus contemporáneos más jóvenes y que, por tanto, se perdía del futuro. Aquí, como en toda cuestión artística, el gusto personal, las inclinaciones estéticas y las apetencias literarias de cada quien decidirán la cuestión. Yo sólo puedo invitar a quienes lean estas líneas a que se acerquen a la obra de Joseph Conrad y a que vibren con algunos de sus personajes y con algunas de las situaciones que imaginó con base, sobre todo, en las experiencias que vivió durante los casi veinte años en los que recorrió casi todos los mares (primero como miembro de la marina francesa y, enseguida, durante tres lustros, de la británica). Se trata de una obra que, cabe advertir, no es de fácil lectura, pues requiere atención a cada paso, si no queremos perder de vista los matices del pivote moral sobre el que giran todos sus escritos. Además de que su prosa cuidada, esmerada y tan delicada como expresiva, por momentos puede resultar ampulosa (aunque ello en parte se explica porque el inglés fue la tercera lengua de Conrad, después del polaco y el francés).

Sus personajes representan un amplio catálogo de lo humano, desde Almayer y su locura, pasando por un vagabundo signado por la inmoralidad (Un vagabundo de las islas), un hombre de color cuya agonía en un barco lo determina todo (El negro del ‘Narciso’), un oficial que nunca se perdonó a sí mismo la debilidad de un instante y que termina siendo entrañable (Lord Jim), capitanes ordinarios y extraordinarios al mismo tiempo (el Capitán MacWhirr de “Tifón” y el Capitán Whalley de “El final de la cuerda”), un capataz de cargadores cuya trayectoria personal refleja la historia aparentemente inescapable de América del Sur y del mundo entero (Nostromo), la imposibilidad de cualquier regeneración política (Bajo la mirada de Occidente), la futilidad de todo intento revolucionario o incluso de ser un revolucionario (El agente secreto), una camaradería e intimidad aparentemente difíciles de entender (“El copartícipe secreto”), una historia de amor que muchos tildarán de melodramática y cursi (pero que a mí me encantó: Victoria) y, para no aburrir a los lectores, el retrato de unos marinos sobre quienes Conrad, en esa obrita maestra tardía que es Línea de sombra y siendo él un hombre nada proclive a los elogios, consideró “merecedores de [su] eterno respeto” (“worthy of my undying regard”).

Una de las múltiples razones para leer a Joseph Conrad es que, a fin de cuentas y a pesar de su enorme auto-exigencia, en todos y cada uno de los barcos en los que navegó y en todos y cada uno de los libros que escribió se topó con personas que consideró dignas de su respeto, admiración y fidelidad. A lo largo de su obra, los dilemas morales están aquí y allá, casi en todas partes, y si bien algunos desenlaces pueden resultar previsibles (una vez que se han leído otros libros de Conrad), lo cierto es que en buena parte de sus escritos estos dilemas tienen tantas aristas y tantos recovecos que no podemos sino acompañar de cerca a los personajes, sufrir con ellos, amar con ellos y, con demasiada frecuencia quizá, morir con ellos. Creo que es una percepción similar la que llevó al editor Edward Garnett, íntimo amigo de Conrad, a escribir lo siguiente en 1937: “…gracias a él, la literatura inglesa ha ahondado en su conocimiento de la vida humana como no lo había hecho ningún novelista británico contemporáneo…”. Estas palabras son parte del epílogo del libro Nota del autor, del propio Conrad, que fue publicado en 2013 en España por Ediciones La uña rota (p. 237). Si menciono esta referencia bibliográfica, es porque la recomiendo ampliamente a los lectores que quieran conocer no sólo la obra de Conrad, sino al hombre detrás de ella (exceptuando sus cartas, que no han sido traducidas al español, no existe, tal vez, mejor introducción para adentrarse en su más que pudorosa personalidad). Sobre la afirmación de Garnett, creo que entre los coetáneos de Conrad solamente Thomas Hardy podía haberle disputado esa capacidad de ahondar en la vida humana (objetivo, por lo demás, de toda gran literatura), pero Hardy dejó de escribir novelas en 1895, justamente el año en que Conrad publicó su primer libro: La locura de Almayer.

No me queda más que instar a los lectores a que se sumerjan en un mundo que, al primer contacto, les puede parecer muy distante y que, además, está escrito en una prosa que, sobre todo a los jóvenes, les puede resultar igualmente lejana. El hecho de que ese mundo sea el de los barcos de vela puede reforzar la idea de que estamos a años luz de Joseph Conrad; no es el caso. El esfuerzo, estoy seguro, valdrá la pena. Para cerrar estas líneas, señalo que el mar no es, para él, sino un trasfondo para colocar de lleno a los seres humanos ante sí mismos, en toda su desnudez, pero también en toda su valía.