En Una modesta propuesta para evitar que los hijos de los pobres sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al público, el escritor Jonathan Swift sugiere una estrategia para que los niños que aún no pueden trabajar —ser productivos— para sus familias, sean vendidos a los ricos para que se los coman. De esta manera convierten su inutilidad en dinero. El texto, uno de los ensayos de humor negro más célebres de la historia, fue publicado en 1729 y, como se puede suponer, generó un escándalo entre las buenas conciencias —particularmente los ingleses— que mantenían en una pobreza inhumana a gran parte de la población irlandesa. La idea de Swift podría resumirse así: si los están llevando a la extinción en vida, ¿por qué mejor no se los comen y, al menos, con el dinero obtenido sobreviven los adultos?

Menciono este ejemplo por una discusión pública reciente en México: las pensiones. Milagrosamente, en los meses finales del sexenio, el presidente López Obrador anunció el envío de una reforma para modificar la ley de pensiones. En la actualidad, los asalariados como yo, contratados después de 1997, no nos jubilaremos con nuestro sueldo íntegro, sino sólo con una parte. La razón de esto fue la entrada de las empresas privadas para gestionar las Afores (Administradoras de Fondos para el Retiro) en lugar del gobierno. El dinero se invierte en sociedades de inversión y el trabajador, igualmente, debe pagar una comisión al banco o empresa que controle sus recursos. La pensión, además, no es vitalicia, así que, cuando se acaba el dinero ahorrado, la persona queda en indefensión a menos que tenga otra fuente de ingresos. Este sistema se diseñó bajo el argumento de que el dinero del gobierno no alcanzaba y que la privatización de las pensiones ayudaría a garantizar un ingreso mínimo a los trabajadores.

Más allá de una discusión técnica sobre las pensiones, me interesa resaltar las opiniones que vinieron después de la propuesta de reforma por parte del gobierno. Como es previsible, los columnistas de medios como El Universal, El Economista, El Financiero —que responden a los intereses empresariales— escribieron de inmediato que es una locura pretender garantizar el 100% del salario de los trabajadores después de jubilarse, pues los fondos del gobierno no son suficientes. Algunos mencionaron un dato cierto: la población mexicana está envejeciendo y, progresivamente, habrá cada vez menos ciudadanos jóvenes en el mercado laboral. Otros —la excepción a la regla— refirieron que se necesita una ambiciosa reforma fiscal que aumente de manera agresiva las aportaciones de los empresarios, pues la austeridad gubernamental, por sí misma, no alcanzará a garantizar los recursos que se necesitan.

Otras reacciones —no en los medios masivos de comunicación, sino en las redes sociales—, que apuntaron a una suerte de darwinismo social, fueron promovidas por los llamados “libertarios”, personajes que disfrazan con este membrete su filiación a un capitalismo cada vez más radical y, por supuesto, injusto. Su razonamiento es el siguiente: los adultos mayores que ya no son productivos, es decir, que no trabajan, no deben recibir ningún apoyo, pues éstos no son sostenibles en el futuro cercano. A la amenaza del colapso de las finanzas públicas le suman una suerte de defensa de las nuevas generaciones que tendrán que “cargar” con una población creciente de adultos mayores. ¿Cuál podría ser la solución? No lo dicen abiertamente, pero la lógica sugiere abandonarlos o asumir la carga sin ayuda del odiado Estado. Este tipo de razonamiento es propio de quien se preocupa por las finanzas como un ente abstracto que no tiene ninguna responsabilidad con las personas atrás de los números. También fomenta un discurso cuya extravagancia y nula empatía social provoca fuertes reacciones de rechazo, pero, además —lamentablemente— reivindicaciones de personas que consideran a los adultos mayores un lastre para su futuro y el futuro del país. Se cambia, de esta manera, la justicia social —un término cada vez más cuestionado por los ideólogos y legitimadores de la desigualdad— por un sistema en el cual sobrevive el más fuerte o, en este caso, el más joven; una interpretación errónea —como lo demostró Piotr Kropotkin en El apoyo mutuo (1902)— de Darwin. Esta cruzada es, de muchas maneras, una idea que imita lo que ha propuesto la élite de millonarios tecnológicos globales: salvar a un pequeño grupo de humanos que heredarán, gracias a sus inmensos privilegios, el mundo y las próximas décadas o siglos. Los grandes sacrificios de ahora para asegurar ese porvenir son cortesía no sólo de los que no tienen dinero sino de aquéllos —los viejos— que no pueden rendir como antes y, por ende, son prescindibles para el sistema.

En las décadas recientes, el capitalismo ha degenerado en una rama de la necropolítica que desecha a las personas que son inservibles para el sistema, ya sea como productores de ganancias o como consumidores. Jonathan Swift, justamente, criticó a la sociedad feudal de su época, un tiempo en el cual los derechos humanos no existían, pues la Revolución francesa ocurriría pocos años después de la muerte del autor. De muchas maneras, a través del retrato de la élite inglesa depredadora del más débil, Swift nos advirtió de los riesgos que se corren cuando se deshumaniza al otro. Si dejamos que esto ocurra en nuestro presente no habrá futuro para nadie, pues los trastornos antisociales normalizados en el discurso de los triunfadores globales ahora son potenciados, entre otros factores, por una tecnología que, en muchos sentidos, está fuera de control. Después de décadas y siglos de lucha por los derechos humanos parece que, ahora, tendremos que defender la más elemental solidaridad en el género humano.

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