A inicios de este 2024 se estrenó en la plataforma Netflix La sociedad de la nieve, película dirigida por el realizador español J. A. Bayona. La historia se basa en el accidente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya ocurrido el viernes, 13 de octubre de 1972. No es la primera vez que es llevada al cine la llamada “Tragedia de los Andes”, pues el incidente muestra la capacidad del ser humano para vencer la adversidad. Una de las cosas que más se valoran de esta representación es la capacidad de los jugadores de rugby: el trabajo en equipo para sobrevivir y el sacrificio personal para salvar a la mayor cantidad de personas. Por supuesto, este accidente aéreo no es el único ejemplo de cómo la colaboración ayuda a superar situaciones, en apariencia, imposibles. De hecho, es un tópico en muchas películas basadas en hechos reales y ha sido explorado por la filosofía y la ciencia.
Si en el cine y en la cultura popular existe el consenso de que el grupo es más fuerte que el individuo, en el mundo de las finanzas y la tecnología hay una idea opuesta. Personajes como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sam Altman y Jeff Bezos se han vuelto paradigmas del emprendedor visionario que construyó un imperio desde cero, casi sin ayuda de nadie. Esta idolatría se traslada a oligarcas de países del Sur Global como, en el caso de México, Carlos Slim o Ricardo Salinas Pliego. Pocos investigan sus biografías o critican el trabajo mal pagado de millones de personas que está atrás de sus fortunas. Los millonarios del siglo XXI, antes reacios al escrutinio público, disfrutan ser el centro de atención y, sobre todo, imposible modelo aspiracional. Si se hiciera una encuesta para saber qué virtudes o defectos tiene la élite, difícilmente aparecería el término egoísmo.
El escritor, columnista y profesor de Cultura Virtual en la Universidad de Nueva York, Douglas Rushkoff (1961), publicó el libro La supervivencia de los más ricos: Fantasías escapistas de los milmillonarios tecnológicos (Capitán Swing, 2023). El ensayo es una investigación sobre los planes de la élite que ha hecho fortuna en el mundo virtual para escapar del desastre ambiental y el colapso social. Su estrategia es parecida a la de los llamados preppers, estadounidenses que construyeron refugios durante la Guerra Fría para sobrevivir a un bombardeo nuclear. La amenaza se fue actualizando conforme avanzó el siglo XX. Ahora el riesgo es sistémico y, por lo tanto, amerita medidas más ambiciosas. La pandemia del COVID-19 —particularmente la cuarentena— mostró el camino a seguir para la élite: para evitar los contagios, se encerraron tras sus mansiones amuralladas o viajaron a lugares inaccesibles. Atendidos por un ejército de empleados y repartidores que asumían todo el riesgo, pasaron la crisis sanitaria sin mayores contratiempos. Al mismo tiempo, pudieron compartir en los medios el interior de sus casas y dar consejos para sacar provecho de la experiencia.

La irrupción de la pandemia y el futuro incierto para los próximos años ha generado un auge por construir búnkeres. En noviembre del año pasado, el dueño de Meta —Mark Zuckerberg— dio la nota con un refugio en Hawái. Como apunta Rushkoff en su libro, hay una intención cada vez más notoria en la élite tecnológica por recabar información, evaluar escenarios y saber cómo puede escapar del colapso. Como aún no se ha materializado la colonización de la Luna o Marte —incluso algún asentamiento espacial—, se busca la salvación en los límites de nuestro planeta. Más allá de la viabilidad técnica, Rushkoff apunta a un problema central que es, por supuesto, ético: el egoísmo de los millonarios como valor supremo y las estrategias para dejar al prójimo atrás sin sentir, en el mejor de los casos, mucha culpa. Esto es cada vez más fácil, pues la burbuja que habitan los ricos acelera la deshumanización del otro. Para ellos el resto de la población puede desaparecer del horizonte visual y mental porque, sencillamente, no importa para el futuro.
Douglas Rushkoff describe dos tipos de estrategias que sigue la élite para salvarse: la primera —como lo intenta Mark Zuckerberg— es usar todo su poder económico para aislarse en refugios que, en teoría, garantizarían su sobrevivencia. El pensamiento tecnoutopista —la idea de que las máquinas diseñadas por el ingenio humano nos salvarán de cualquier colapso— no les hace ver que la sobrevivencia se basa en la cooperación, no en un aislamiento que —además de egoísta— termina volviéndose contra el individuo. La segunda estrategia —en apariencia más empática o solidaria— es la creación de comunidades resilientes al apocalipsis usando como guía el pensamiento new age potenciado con la técnica, es decir, a través de algoritmos, inteligencia artificial y aplicaciones. De esta manera, este tipo de millonarios buscan la salvación en un mundo natural hecho a la medida, sin ningún tipo de consenso social y partiendo desde la nada, como si fueran un demiurgo cuyo poder puede transformar la realidad con el pensamiento. Así se planean comunidades con huertos orgánicos, granjas, economía circular y la última moda en el llamado desarrollo sustentable. Por supuesto, este paraíso no está diseñado para todos; sólo la élite tendrá acceso a ese bote salvavidas que, tarde o temprano, necesitará ayuda de aquéllos que dejó atrás.
La élite colapsista, por llamarla de algún modo, es una muestra del narcisismo que no sólo se normaliza por las clases subalternas, sino que, incluso, se admira. Hay, por supuesto, un rasgo sociópata en un rico que, teniendo los medios para cambiar la realidad actual de millones de personas, decide que ha sido suficiente y se aísla de una sociedad que depredó hasta obtener ganancias inimaginables. Sin embargo, la “salvación” imaginada por ellos es, justamente, una fantasía más producto de su desconocimiento del mundo. La realidad siempre termina por imponerse. El historiador italiano Carlo María Cipolla elaboró una lista de leyes que definen la estupidez. Una de ellas dice que una persona es estúpida si causa daño a otras personas y, además, se afecta a sí misma en el proceso. No es maldad pura, sino simple y llanamente estupidez.
