Primeras páginas de la introducción del libro Ecotopías: una crítica radical del futuro (Festina/UAM),
 el cual estará disponible en librerías en próximas semanas.


Cuando terminé de escribir El Capitaloceno, una historia sobre la crisis climática y su relación con el capitalismo, en el año 2020, me invadió una sensación de catarsis. Sentí una extraña satisfacción, como si hubiese logrado decir todo lo que necesitaba, deshilando dolorosamente el nudo en mi garganta, como si extirpara un tumor pedazo a pedazo. No fue fácil para mí, ni mucho menos para los lectores, digerir el proceso. No obstante, apenas puse el punto final a aquel libro, en medio de una de las crisis personales más intensas que he atravesado, una nueva sensación comenzó a florecer dentro de mí: la semilla de la curiosidad empezaba a germinar. Esta semilla fue regada por los lectores con sus comentarios acerca de aquel libro; decían que, aunque era una historia radical y completa, algo faltaba hacia el final. Tenían razón. Sobre todo, el último capítulo era demasiado escueto y débil como para ofrecer una solución al gran problema que había narrado. Debo confesar que en ese entonces yo no podía dar una solución y, de hecho, no creo que exista una sola solución para la crisis climática. Quien afirme lo contrario sería un charlatán. El problema más grande que hemos enfrentado como especie no puede resolverse con una simple consigna o un manifiesto, mucho menos con mero voluntarismo por más optimista y justo y urgente que éste pueda ser, desgraciadamente.

Caer en la simplificación es tentativo, aunque inevitable. A este fenómeno el psicólogo y neurocientífico alemán Ernst Pöppel le llama «monocausotaxofilia», la tendencia a enamorarnos de ideas que explican todo. Esto no quiere decir que no existan explicaciones globales; aquel primer libro trató precisamente de señalar que el capitalismo es la causa del colapso ecológico global, y esta aseveración no es meramente ideológica: la mayoría de los científicos por décadas, sobre todo en las convenciones y firma de tratados a partir de 1990 para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, se habían mantenido al margen del debate político, pero ya no es el caso. Hasta hace poco, el lenguaje de los reportes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) resultaba frustrante: evadía a toda costa, usando palabras neutras o eufemismos, nombrar el sistema. En abril de 2022, finalmente, algunos miembros de esa comunidad, varios de ellos autores del reporte IPCC, además de usar un lenguaje más combativo, decidieron expresar sus preocupaciones y frustraciones en un acto de desobediencia civil: salieron a las calles y se plantaron a protestar frente a los bancos que financian los combustibles fósiles, entre estos JP Morgan Chase, el mayor financiador de petróleo y gas en el mundo hasta 2022.

Rose Abramoff, una de las científicas que participó en la protesta, aseveró: “Hemos sido adoctrinados para permanecer neutrales. Esto lo que causa es rechazo de nuestra propia humanidad y suprime lo que pensamos y sentimos sobre nuestra actividad científica. No es saludable y no es justo”. Mientras que William Livernois, un joven candidato a doctor arrestado por ejercer su derecho a protestar contra la inacción climática, cuestionó incluso el propósito de la investigación científica: «¿Cuál es su finalidad si la civilización se colapsa?». De alguna manera, sentí que sus palabras hablaban por mí: ¿de qué sirve narrar el colapso ecológico si al final no hay un último capítulo, aunque sea especulativo, que atisbe un gramo de esperanza? Desde entonces y a partir de la retroalimentación que los lectores me fueron proveyendo, este libro comenzó a germinar, a crecer y a dar frutos.

Sin embargo, la finalidad de una planta no es simplemente crecer. Como toda especie viva, intenta sobrevivir el presente, trascender en el tiempo, ofrecer una semilla igual de preciosa, vulnerable y resiliente. Así, este libro se intenta ofrendar no como una planta ya madura, fuerte y erguida, sino como polen que pasa de abeja a abeja y de suelo a suelo hasta encontrar el lugar perfecto donde germinar. No pretendo presentar ni una monocausotaxofilia, ni un mapa, ni una ruta. Apenas un esbozo discreto del futuro. De la posibilidad del futuro.

A final de cuentas, espero que este libro, también fruto de una semilla que se convirtió en un árbol, germine en sus manos para que puedan ayudar en la construcción de un futuro.

Dicho esto, y antes que cualquier otra cosa, quisiera comenzar por advertir que en esta obra evito, sobre todo, dos cosas: la virulencia del futuro y la utopología. No es de extrañar para el lectorado que últimamente la producción de libros que intentan guiarnos y darnos una solución absoluta sobre la crisis climática ha explotado comercialmente. Sus narrativas nos prometen la vuelta al Edén o la utopía futurística de distintas maneras: la revolucionaria, la tecnológica, la económica o la espiritual. No digo que estén equivocadas todas éstas. No obstante, tenemos que reconocer que esas promesas virulentas de futurabilidad, en lugar de aminorar la ecoansiedad o de acercarnos a una topopinia ideal —definida por el filósofo Glenn A. Albrecht como “el profundo anhelo de llegar a un lugar en el que nunca se ha estado”—, parecen agobiarnos aún más. Hasta cierto punto, esta condición me recuerda a la novela La rueda celeste de Ursula K. Le Guin.

En esta obra conocemos a dos personajes, George Orr y William Haber, paciente y médico respectivamente. Orr, cuyo nombre, dependiendo de la perspectiva, es homenaje o diatriba a Orwell, es un hombre extraordinario porque es capaz de soñar efectivamente; o sea, lo que sueña, de alguna u otra manera, modifica la realidad espacial y temporal. Por ello, cuando lo encontramos por primera vez en la novela, Orr es un onirófobo, vive angustiado porque ya no puede tolerar tal condición y por esta razón se droga para evitar caer dormido, al grado de que su vida llega a correr peligro. Así conoce al especialista en sueños, u onirólogo, Haber, quien muy pronto se da cuenta de que tiene en sus manos un arma muy poderosa para poder moldear el mundo que le tocó vivir, devastado por el cambio climático y controlado por grandes capitales. Haber comienza a manipular los sueños de Orr con un dispositivo para crear otro mundo de acuerdo con su sentido de justicia, pero en lugar de arreglar las cosas, las empeora, ya que el resultado de los sueños es incontrolable. Entre ambos crean una pandemia catastrófica para resolver el problema de la sobrepoblación, causan guerras y hasta una invasión extraterrestre.

Haber y Orr, confrontados el uno al otro, intentan arreglar un sueño con otro sueño, o una pesadilla con otra pesadilla. Orr llega a decir: “vivo una pesadilla de la cual, de vez en cuando, despierto mientras duermo”. Haber, en el frenesí de su obsesión, intenta llevar a Orr a su límite e incluso concibe la locura de cultivar cerebros similares al de su paciente; en su desquiciamiento, el científico quiere atajar una probable pesadilla con otra más y así sucesivamente, hasta llegar a un estado ideal. De alguna manera, creo que hemos llegado a ese punto. Despertamos, como Orr, en un mundo peor del que creíamos haber soñado. Cada propuesta de futuro se convierte en un padecimiento; cada esperanza, en una angustia; y cada utopía, en una distopía.

Para entender mejor mi punto, permítanme explicar el contexto de Le Guin como autora. Ella perteneció a una generación de escritores de ciencia ficción y ficción especulativa que atestiguó el colapso de la única utopía real de finales de siglo: el desencanto del socialismo y su posterior desmantelamiento. Pero, a diferencia de muchos intelectuales que cayeron en el descaro o el cinismo, la escritora estadounidense no se replegó ni se conformó con el establishment de la época; en lugar de construir distopías literarias que representan ya sea la impotencia del cambio, la imposibilidad de una utopía, su sátira o demonización, y que han dominado el género precisamente a partir de finales del siglo pasado, Le Guin —y otros coetáneos— comenzó a cuestionar el mero concepto de ésta. Tom Moylan, uno de los estudiosos de la ciencia ficción, llama a esta corriente “utopía crítica” y la define como aquella que ofrece una visión dialéctica que pone en perspectiva los límites de la utopía, pero sin renunciar a su posibilidad. No se trata de un lugar remoto, como una isla, ni de un futuro distante, ni tampoco retrata a una sociedad perfecta gobernada por reglas ideales; mejor dicho, la utopía crítica es un presente que demanda compromiso para construirla, es un trabajo siempre inacabable, moldeable y dinámico.

Es justo mencionar que también existe una “distopía crítica” que sirve de advertencia de los riesgos del presente proyectados sobre un futuro desastroso, o al menos así lo sugirió quien acuñó el término, John Stuart Mill, en 1868, durante un discurso parlamentario. La escritora canadiense Margaret Atwood, quien pertenece a la generación de Le Guin, conjunta ambos conceptos cuando acuña el vocablo “ustopía” porque para ella, en vez de ser opuestas, la utopía y distopía se complementan: “dentro de cada utopía hay una distopía oculta; para cada distopía, una utopía, aunque sólo sea en la forma del mundo tal como existía antes de que los malos tomaran el control”. Podríamos calificar esta postura de poco comprometida con el futuro, pero es que ni Le Guin ni Atwood están proponiendo soluciones, más bien, están describiendo las cosas tal y como acontecieron en la época que les tocó vivir y su obra, más que destino, funciona como advertencia. Sus ficciones problematizan nuestra obsesión con el futuro, la cual nos convierte en monstruos tiránicos, como el onirólogo Haber, capaces de sacrificar nuestro presente con la promesa de un futuro redentor. “Hay un pájaro en un poema de T. S. Elliot que dice que la humanidad no puede soportar demasiada realidad”, escribe Le Guin en La rueda celeste (1972), “pero se equivoca. Una persona puede soportar el peso entero del universo durante ochenta años. Lo irreal es lo que no puede soportar”. Es decir, hemos permitido que un futuro que no llega, pero que de cierta manera ya está aquí, nos arrincone en la cobardía o el cinismo para poder siquiera imaginarlo. Por esto nos acurrucamos en una especie de cinismo cómodo, en el goce de una impotencia destructora que no promete nada excepto el pronto final de todas las cosas; nos postramos frente a una ventana del Gran Hotel del Abismo a disfrutar angustiosamente la ustopía, o también, como dice China Miéville, la apocatopía, siempre y cuando sintamos que estamos en el lado correcto.

Advertido esto, lo que este libro intenta no es trazar un bosquejo del futuro, sino, más bien, evaluar la posibilidad del futuro, o lo que Bifo Berardi llama “futurabilidad”, representada en cuatro propuestas de las más discutidas tanto académica como públicamente. ¿Qué tan potentes son como para abrir una alternativa en un contexto que parece insuperable? ¿Qué tan probables son? ¿Hasta qué punto son más ustopías que utopías? ¿Qué imagen del futuro pretenden proyectar? Para responder éstas y otras preguntas, intentaré interpretar esas propuestas como si se trataran de textos, y lejos de colocarme como un lector privilegiado y sabelotodo, voy a confrontarlas unas con otras para que, por sí mismas, se contrasten y se respondan.

Mientras que el primer capítulo, dedicado a la Utopía de Thomas More, me permite recuperar la utopía como un realismo alternativo frente al (des)orden establecido, las propuestas analizadas en los capítulos siguientes son el progresismo latinoamericano de principios del siglo XXI, el Buen Vivir, el Green New Deal, el decrecimiento, el marxismo contemporáneo y las astrotopías espaciales. Estas propuestas no se tratan de manera aislada; he intentado hacerlas dialogar, ya que unas son reacciones a las otras, o al menos así surgieron y hasta hoy continúan alimentando el debate, a veces en dura confrontación, a veces en una conexión más amigable. Por ejemplo, el Buen Vivir ha sido una reacción a los gobiernos de tendencia de izquierda en América Latina, mientras que el Green New Deal y el decrecimiento plantean una discusión entreverada entre el industrialismo y los límites planetarios, así como entre el ecomodernismo y la ecología. De manera independiente, aunque no desconectada, el capítulo intermedio sobre las astrotopías procura ser un relato de los proyectos espaciales como soluciones al colapso ambiental.

Author