Hannah Arendt fue una teórica política alemana cuyo pensamiento hizo múltiples aportaciones a la filosofía, si bien nunca se asumió como filósofa. Arendt nació en Hannover el 14 de octubre de 1906 y murió en Nueva York el 4 de diciembre de 1975. Su obra continúa, sin lugar a dudas, vigente, dado que ofrece herramientas conceptuales que nos recuerdan la importancia de asumir una postura en un mundo que, aunque por momentos aparezca caótico y abigarrado, lleva también en sí la posibilidad de nuevos comienzos. Su propuesta nos exhorta a reflexionar sobre nuestro presente a partir de conceptos que no tienen una definición universal sino que, antes bien, fueron acuñados por ella para comprender la situación histórica que intentaba comprender y de la cual quería dar cuenta. Pensamos en acontecimientos como el holocausto nazi y sus consecuencias en la identidad de los seres humanos, así como sus vínculos —o la falta de ellos—, en su diario vivir y, en consecuencia, en la pluralidad a partir de la cual tendríamos la responsabilidad moral de configuar nuestra vida política cuando se trata de actuar en el espacio público.

Hannah Arendt fue criada en el seno de una familia judío liberal. Eso significó que su educación no fue tradicional, que su paso por la sinagoga fue rápido y que en vez de estudiar hebreo, como quizá se hubiera esperado, estudió griego y latín. Huérfana de padre a edad muy temprana, a los siete años, Arendt devoró en su adolescencia los libros que sobre Kant, Jaspers y Kierkegaard que se encontraban, justamente, en la biblioteca paterna. Su madre no era una mujer con ideas tradicionales, sino más bien una adelantada para su época. Era, por ejemplo, admiradora de Rosa Luxemburgo y fomentó la formación filosófica de Hannah. Después de estudiar en el liceo, Hannah continuó con sus estudios en la Universidad de Berlín, donde sería alumna de Martin Heidegger. Compartió esas clases con Herbert Marcuse, Hans George Gadamer, Hans Jonas y Karl Löwith, por mencionar algunos. No me detendré en los detalles de la relación de Arendt con Heidegger. Resaltaré solamente el fuerte influjo que ejerció sobre el pensamiento de Arendt, quien se trasladó a Marburgo para estudiar con él, aunque apenas un año después, en 1926, se trasladó a Friburgo para continuar sus estudios, ahora bajo la tutela de Edmund Husserl. Después se trasladaría a Heidelberg, en cuya universidad estudió el doctorado, bajo la tutela de Karl Jaspers. Se graduó en 1928, con veintidós años de edad, con una tesis que versaba sobre el concepto de amor en San Agustín. Ya en esta obra podemos rastrear algunas ideas que resultaron fundamentales en su pensamiento de años venideros: es el caso del concepto de natalidad, esto es, la posibilidad de comenzar algo nuevo.

Arendt siempre reivindicó la vida política como una de las características fundamentales de la vida humana. Su propia experiencia de vida con el Holocausto le permitió cuestionar las herramientas que ofrecía la tradición para comprender la realidad, la libertad o la naturaleza humana. Así, tanto la llegada del nacionalsocialismo al poder en 1933, como el ascenso fascismo en Italia, los avatares del régimen emanado de la revolución bolchevique y la Segunda Guerra Mundial, calaron hondo en Arendt y le llevaron a trabajar en la conceptualización que a lo largo de su obra realizaría sobre la política y la condición humana. A partir de estas experiencias en las que el ser humano era reducido a nada y en las cuales su capacidad de elección e interacción eran anuladas —a las que se sumarían las guerras de Corea y Vietnam, por ejemplo—, fue que Arendt concibió la política como una  actividad cuya razón de ser es la libertad. Y libertad se debe traducir en acciones; es decir, no limitarse sólo a ser pensada.

Es importante mencionar que su obra política no es sistemática, sino que más bien responde a debates y contextos históricos específicos. Para mostrarlo, me referiré a dos de sus libros: La condición humana (1958) y Los orígenes del totalitarismo (1951).

En la primera de estas obras, Arendt reflexiona sobre los conceptos de labor, trabajo y acción, que considera fundamentales para comprender, precisamente, la condición humana. El primer concepto refiere a las actividades que forman parte de la supervivencia del ser humano, las más básicas de nuestra vida biológica. Este tipo de actividades permiten la reproducción de la vida en su sentido más elemental, más básico. Otra de sus características es que todo lo producen tales actividades son bienes consumibles; es decir que ninguno perdura después de ser consumidos. La diferencia entre labor y trabajo es, para Arendt, una diferencia de grado: mientras la labor produce consumibles efímeros que sostienen la vida biológica, el trabajo se refiere a las actividades cuya finalidad es producir bienes, que también tienen una utilidad mundana y cotidiana, pero cuya permanencia en nuestras vidas es distinta. Para distinguirlos, Arendt pone el ejemplo del pan (fruto de la labor) y la mesa (fruto del trabajo). Podemos identificar que ni en la labor ni en el trabajo hay trascendencia alguna, pues el marco de ambas categorías es la inmediatez. Finalmente, la acción será la única actividad humana cuyo propósito no es producir cosas, sino transformar el mundo. Hablamos de acción cuando nos encontramos en el terreno de la pluralidad, de lo social, de lo político, donde sí existe posibilidad de memoria, de recuerdo y de trascendencia.

La acción denota la posibilidad de convertirnos en actores que aparecen en un espacio público. Arendt divide el espacio público en dos esferas: el mundo que es común y el que es espacio de aparición. El primero se configura a través del trabajo, de la creación de objetos que son creados para usarse y que conforman un mundo artificial del cual todos los seres vivos son parte y a partir del cual se pueden crear significados compartidos. La importancia de estos significados compartidos es que permiten tejer vínculos —hoy diríamos redes. No podemos ser sin el reconocimiento de aquello que tenemos en frente y que conforma nuestra alteridad. No somos en soledad. Por ello, para Arendt, la naturaleza pública de ese espacio común es una condición que se alza como indispensable para que pueda transformarse en un espacio de aparición; es decir, allí donde los seres humanos confirmen su singularidad al asumir la iniciativa de realizar acciones que trasciendan y pongan en movimiento el mundo en el que viven. Cuando ello sucede, tiene lugar lo que metafóricamente Arendt denomina, un segundo nacimiento.

Categorías como espacio público, aparición, vinculación, decisión, libertad, política resuenan intensamente en nosotros, pues cuando mediante ellas Arendt nos recuerda la importancia de asumir una postura independientemente de los tiempos que corran. La mira arendtiana de hacer política implica posicionarnos no sólo ante nosotros mismos sino ante la otredad. No somos en soledad: somos en vinculación con la diversidad en la que confluyen el resto de los individuos con quienes compartimos el espacio.

Por ello, en La condición humana, Arendt reflexiona largamente sobre los conceptos de espacio privado y público, por ejemplo cuando se detiene a analizar los posibles riesgos que pueden derivarse de la excesiva presencia de los intereses privados en la vida pública. Para esto, utilizó el término de “la cuestión social”. Dicho concepto significa la irrupción de lo social y de lo económico en la vida pública y en sus instituciones. Nuestra autora sostenía que cuando lo económico se inmiscuía en “la cuestión social” y desplazaba la política, privilegiando intereses privados muy específicos, ello implicaba un riesgo para la democracia. La apuesta de Hannah Arendt siempre fue por la vida política, por lo colectivo. Consideraba peligroso el desapego de lo público. porque terminaba anulando la cultura política y ponía en riesgo el adecuado funcionamiento de las instituciones. Afirmaba —y deberíamos hacer nuestra su propuesta— que los individuos no debían estar al margen de los vaivenes de la democracia.

Para terminar me referiré, como he anunciado, a otra de sus obras, Los orígenes del totalitarismo (1951), la cual tiene como objetivo analizar las dos vertientes de los regímenes totalitarios: el nazismo y el estalinismo. Arendt identifica que no hay conceptualización previa que permita dar cuenta de cuáles son los orígenes de este tipo de regímenes. Y lo más terrible era que no sólo traían consigo una modificación radical de lo que se había venido considerando como política, sino de la forma en la que había venido comprendiéndose la condición humana. El totalitarismo no es sólo una nueva forma de régimen, sino que se produce en el seno de una sociedad cuya población es cómplice de esa violencia. La acepta con fluidez. Esos rasgos no son exclusivos de la sociedad totalitaria, sino que se encuentran también en las sociedades de masas modernas. El régimen totalitario aprovechó esas tendencias para implementar su normativa de terror y, en ese sentido, uno de sus antecedentes directos es justamente la desarticulación del espacio público. El desvanecimiento de lo público, así como de la acción ciudadana, en favor de la esfera privada es, para Arendt, una característica determinante de las sociedades modernas. En este punto, la autora es contundente: el triunfo de un individuo que no tiene interés alguno en la vida pública, que únicamente centra su atención en sus intereses personales y de quienes forman parte de su círculo más cercano, es el eslabón primordial del totalitarismo. Este individuo es la definición opuesta a la de ciudadano. Ejerce su ciudadanía aquel individuo que tiene un compromiso activo con el mundo y con el espacio público. Es ciudadano quien procura, en su acción, mantener y sostener a la esfera pública como aquel espacio en el que la deliberación crítica es vital.

Una de las preguntas que Arendt formuló y con la que podemos quedarnos para cerrar, por el momento, esta breve narración sobre su vida y obra es la de qué es lo propiamente humano. ¿Cómo sabemos, pues, que somos humanos? Para Arendt, la respuesta tiene que ver con la capacidad que tenemos de compartir nuestra existencia en otredad. La condición humana no tiene que ver con una cualidad propia del individuo, sino con que somos muchos los que habitamos este mundo. Sin la pluralidad humana, escribe enfáticamente Arendt, no hay política. Somos plurales porque somos humanidad.

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