Las orcas son el depredador acuático más poderoso del planeta entero si se toma en cuenta que más del 70 % de la Tierra está cubierta de agua y 96 % de ella está contenida en los océanos. Ellas lo saben: en sus 50 millones de años de evolución han colonizado todos los océanos. Ningún otro mamífero, además de los humanos, ha alcanzado tal rango de distribución geográfica. Como nosotros, desarrollan una cultura gastronómica y lingüística —en su caso, un dialecto— que pasan de generación en generación de acuerdo con su ecotipo. Como nosotros, son seres gregarios: viajan, cazan y comen juntas, por lo regular en manadas que no rebasan los 20 especímenes. Como nosotros, pueden llegar a ser muy crueles, especialmente con sus presas porque, antes de comerlas, juegan con ellas hasta agotarlas y las lanzan por el aire. Como nosotros, las orcas —y sus primos los delfines, según ha escrito la antropóloga especialista en emoción y cognición animal Barbara J. King en How Animals Grieve— experimentan el luto.

Muestra de esto último es el tristísimo caso de Tahlequah, una de las 75 orcas que habitan el mar de Salish, en la costa del estado de Washington, Estados Unidos, y British Columbia, Canadá. Tahlequah, de 20 años —las orcas pueden vivir entre 60 y hasta 100 años—, dio a luz a una cría femenina en septiembre de 2018 que desgraciadamente murió a los pocos minutos de haber nacido. Durante 17 días Tahlequah, quien ya había perdido una cría anteriormente, cargó el cadáver de su hija hasta que éste llegó a mostrar signos de descomposición. Los científicos que las estudian, aunque no llegaron a una conclusión consensuada sobre el comportamiento de Tahlequah, no pudieron evitar describirlo más que como duelo.

Una diferencia con nuestra sociedad patriarcal tóxica es que las orcas se gobiernan en matriarcados, pero, como sus contrapartes humanas, estos cetáceos son una de las tres únicas especies que experimentan la menopausia —la otra es el calderón tropical o ballena piloto de aleta corta—. Al parecer, las orcas dejan de reproducirse entre los 30 y 40 años porque su función como abuelas que cuidan a nuevas generaciones ofrece mayor posibilidad de perpetuar la especie. Las matriarcas les enseñan a las crías cómo cazar, cómo comunicarse, cómo comportarse y defenderse. Un ejemplo de esta organización social es la reciente estrella del momento, Gladis, la más vieja de su camada, quien saltó a la fama desde mayo de 2020 al tener numerosos encuentros violentos con embarcaciones en el estrecho de Gibraltar, una zona de caza abundante en atunes durante la primavera. Pero este año, especialmente en mayo, los ataques de Gladis blanca —su nombre formal— y otras orcas incrementaron: en lo que va del año ya se reportaron 53 incidentes, 12 de los cuales resultaron en daños y hasta hundimientos de veleros o yates. Desde entonces, los desencuentros registrados con las orcas suman más de 200.

Inmediatamente la especulación se desató en los medios y las redes sociales: “las orcas se están vengando”, “Gladis, traumatizada tal vez por una mala experiencia con un barco, decidió vengarse” y “Gladis le está enseñado a sus compañeras a hundir barcos” fueron algunos de los comentarios más escuchados. Realmente no sabemos a ciencia cierta ninguna de esas suposiciones, aunque probablemente, debido a que es una especie extremadamente inteligente, lúdica y —según la neurocientífica Lori Marino, quien ha estudiado el cerebro de esta especie— hasta emocional, Gladis y su familia se acercan a las embarcaciones por curiosidad y comienzan a picar aquí y allá. Lo que sí se sabe es que se aproximan furtivamente a los barcos y empiezan a investigar el timón, lo golpean y, en la medida en que los marineros intentan controlarlo, las orcas golpean más fuerte hasta llegar a romperlo. Debido a esta incertidumbre, algunos biólogos marinos rechazan el término “ataque” y prefieren el de “interacciones”, además de que han pedido no antropomorfizar las acciones de Gladis.

Sin embargo, lo que no nos hemos planteado es si el comportamiento de Gladis necesariamente responde a las preguntas que nos hacemos sobre su intención. La filósofa Vinciane Despret ha advertido acerca de este punto ciego en ¿Qué dirían los animales… si les hiciéramos las preguntas correctas?, un libro en el que crítica la supuesta objetividad del discurso científico contemporáneo sobre la vida social y el comportamiento de los animales para demostrar que, por muy riguroso que éste sea con sus métodos, esa declaración —“no humanicemos a los animales”— no es científica en sí misma:

La acusación de antropomorfismo no se debe tanto, o no siempre, al hecho de atribuir al animal competencias humanas, sino que incrimina más bien el procedimiento por el cual se efectúa dicha atribución. En otros términos, más que cualificar un procedimiento cognitivo cualquiera, la acusación de antropomorfismo es una acusación política, de “política científica”, que apunta ante todo a descalificar un modo de pensamiento o de conocimiento del cual ha intentado desembarazarse la práctica científica, el modo del aficionado.

En el siglo XIX, continúa Despret, los naturalistas como Darwin atribuían a los animales subjetividad, sentimientos, intenciones, voluntades, deseos, competencias, capaces de apreciar la belleza y tener iniciativa propia. Después, en el siglo XX, sobre todo a partir de Konrad Lorenz, la etología y el estudio de animales en laboratorio, ese tipo de cualidades se convirtieron en “ciencia de aficionados” —de cuidadores, de cazadores, de criadores— y el científico verdadero, en esta etapa, se distancia emocional y antropomórficamente de su objeto de estudio para poder analizarlo y describirlo. Los animales bajo esta lupa ahora son motivados o estimulados por mecanismos biológicos, por energías internas, por reacciones controladas e innatas; una lógica, paciera, casi algorítmica y robótica, de input y output.

Este debate, según Despret, es sobre todo acerca de una profesión y de su práctica y menos de la real comprensión, autonomía y legitimidad de los animales para actuar, explorar y habitar su realidad; y más aún, yo diría, de separar lo humano —lo antropomórfico— de lo animal, de desanimalizar lo humano y de despersonificar lo animal, como si no cohabitáramos los mismos ecosistemas, hogares y espacios y no viviéramos estimulados biológica y socialmente por ellos. Separarnos de todo aquello que respira, como plantea un documental muy recomendable. Por ello, concluye Despret: “los animales son sospechados, mucho más rápidamente que los humanos, de falta de autonomía. Las manifestaciones de esta sospecha abundan, sobre todo cuando se trata de conductas que han sido consideradas durante mucho tiempo como garantes de lo propio del hombre”.

Ejemplo de la iconografía que se creó alrededor de Gladis.

Aunque este discurso científico afortunadamente está siendo revocado por nuevos estudios que demuestran cómo muchos animales tienen un alto sentido de sociabilidad, de cooperación, de rituales e incluso de personalidad, los ataques, incidentes o interacciones de Gladis formulan preguntas sobre ella, sí, pero también sobre nosotros mismos y nuestra relación con ella y con el planeta que compartimos. ¿Cuál es el futuro de su hogar, los océanos, que han absorbido hasta 90 % del calor causado por los gases de efecto invernadero? Las orcas, como casi todas las especies marinas, ¿se sienten abrumadas por el infierno en que se están convirtiendo sus ecosistemas? El tráfico marino se ha incrementado exponencialmente en las últimas décadas, más del 80 % de los productos que consumimos son de transportación marítima y 40 % de estos son combustibles fósiles, mientras que la extracción y minería de mar profundo han hecho de los ecosistemas acuáticos una verdadera tragedia. ¿Cómo las está afectando ese incesante tráfico de cargueros y cruceros, además de los veleros y yates de los ultrarricos? Según una investigación de 2018, los yates y sobre todo superyates de los millonarios son su principal huella de carbono: un superyate con tripulación permanente, helipuerto y hasta piscina emite unas siete toneladas de dióxido de carbono al año, entre cinco y siete veces más que un habitante común de un país africano. ¿Se quedarán sin comida debido a la sobrexplotación de las pesquerías, como ya está ocurriendo precisamente con la familia de Tahlequah que ya no tiene suficiente salmón para alimentarse?

Valdría más, creo, hacernos este tipo de preguntas incómodas que especular sobre la antropomorfización de Gladis, quien después de todo sólo vive, resiste y protege de la mejor manera que puede a los suyos. Como zanja Jay Julius, líder de la Nación Lummi que ha compartido el mismo nicho biológico con la especie de Tahlequah desde hace siglos, “hemos pescado junto a ellas desde tiempos inmemoriales. Viven por lo mismo que vivimos nosotros: la familia… Lo que les pase a las orcas nos va a pasar a nosotros, y lo que les pase a los indígenas les pasará a todos los demás”. Y tarde o temprano, como Gladis, tendremos que reaccionar de la misma manera: resistiendo.