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“¿Qué vendrá en el examen?”, preguntan mis estudiantes de manera insistente. El examen, esa forma de evaluación tan vetusta, tan desactualizada, el último lastre de la “educación tradicional”, que sin embargo no encuentra otras formas de resistir a la devastación de la inteligencia artificial. 

“¿De qué es el examen?”, insisten. La evaluación es mañana: les estudiantes tendrán que escribir un texto de menos de quinientas palabras en dos horas. “¡Quinientas palabras! ¡Son muchísimas!”. ¿Será que sí? Hay quien dice que si no puedes decir lo que quieres decir en quinientas palabras, no lo podrás decir en mil. 

Después de su desalentador reporte sobre educación e inteligencia artificial, el MIT se ha planteado evaluar de otra manera: exámenes orales, portafolios semestrales, proyectos grupales presenciales (un concepto nuevo en la era de la virtualidad, pero que simplemente significa trabajo en equipo) y otras consideraciones como transformar el sistema de calificaciones, que empuja a las y los estudiantes a una idea falsa de la excelencia. 

Donde doy clases se ha implementado la escritura a mano como parte de la evaluación, sin que por ello la ortografía y la sintaxis dejen de jugar un papel importante en los resultados finales. Leí por ahí que básicamente es volver —que no retroceder— cincuenta años atrás y recuperar, de golpe, las herramientas del pasado. Mientras tanto, el estrés y la ansiedad crecen entre todes. 

A los pocos días de haber escrito sobre el cansancio que me produce la simulación educativa —la de corregir una y otra vez textos escritos con inteligencia artificial fingiendo que corrijo a mis estudiantes—, leí otro texto de una profesora en Suecia a la que le ocurría lo mismo. “I can feel my soul slowly dying” (‘puedo sentir cómo muere lentamente mi alma’), dice. Y sí, así se siente. He hablado mucho con mis estudiantes sobre la inteligencia artificial, sobre el reporte del MIT, sobre los riesgos. En todos los grupos encuentro cierta resistencia o, más bien, una especie de resignación. La IA no es la panacea para nadie (por lo menos no en mis clases), pero está ahí, disponible para todes, y hay que usarla, dicen mis estudiantes.

“Pero ¿por qué hay que usarla?”, les pregunté. La mayoría de las respuestas se resume en que si no la usas, te quedas atrás. “¿Atrás de qué?”, insistí. Atrás de todos los que sí la usan. La vida es una competencia infinita: el que llega primero, no importa cómo, habrá de ganar. Hemos estado tan ocupados generando sistemas de evaluación del “éxito” que caímos en nuestra propia trampa: llegaremos antes, pero no sabremos nada. Lo preocupante es que pareciera que no importa; a fin de cuentas alcanzamos la meta antes que las demás personas. Usar la IA para llegar antes, nada más. 

“¿Qué vendrá en el examen?”, me vuelve a preguntar un estudiante al final de la clase. Me perturba un poco su insistencia: he dicho una y otra vez lo que vendrá en el examen (tienen que escribir un texto), hemos practicado la escritura, hemos leído y analizado textos similares, hemos visto la teoría y también la práctica, han escrito a mano a lo largo del curso. Le reitero lo que le he dicho antes y entonces llega, como una premonición no esperada, el porqué de esa insistencia: “Es que le quiero pedir a Chat [ese ente al que ahora nos referimos en primera persona] que me dé instrucciones, yo escribir un texto, que él lo corrija y así ver cómo se hace”. 

Ver cómo se hace lo que ya hizo, ya leyó, ya escribió a lo largo de varias semanas. Ver cómo se hace lo que conoce. Ver cómo se hace…

Y de pronto me di cuenta de que no es que les estudiantes quieran usar la inteligencia artificial para salir del paso: es que creen que no son capaces de hacer lo que sea por sí mismes. Como tecnología de dominación, los diseñadores de la inteligencia artificial pretenden convencernos de que estamos perdidos sin ella. El ChatGPT para leer, para estudiar, para escribir, para pensar, para amar, para vivir. 

Tal vez, entonces, lo que hay que volver a poner en el centro no es cómo evaluamos a las nuevas generaciones ni cómo les mostramos la valía del aprendizaje. Dependientes absolutos de la herramienta, todas estas nociones les son insuficientes: lo que necesitan —necesitamos— son estrategias de emancipación. Recuperar la autonomía de hacer y la libertad de pensar debería ser, hoy más que nunca, el principio de una nueva educación emancipadora. 

Frente a la debacle opresora del presente y la inteligencia artificial, la lucha por la autonomía y la libertad. 

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