Hace un par de semanas reabrió la alberca olímpica de Guanajuato capital. Quienes nos movemos mejor en el agua que afuera de ella esperamos más de tres años para esto. Llegué feliz a inscribirme a la modalidad de “nado libre”. Estaba tan ansiosa por meterme al agua que le pregunté a la señorita de la ventanilla si necesitaba hacer prueba de nado para inscribirme. Tenía mi certificación reciente del Oceanmann, una competencia internacional de natación en aguas abiertas de 5 y 10 km. Me parecía que el certificado era evidencia de que sabía nadar. Me respondió que, si el entrenador en turno lo aceptaba, me podría inscribir sin prueba. No lo aceptó. El entrenador decidió que no sólo me pondría a prueba, sino que además me pondría “en mi lugar”. Me pidió hacer la requerida prueba de estilos —crol, dorso y pecho—, pero no fue suficiente. Cuando terminé, me pidió alejarme de la orilla tres metros y flotar. Mientras flotaba frente a él y debajo de su mirada, él, por más de tres minutos, me sometió a una larga sesión de mansplaining. El enfado en su voz era tan claro que en un momento pensé en disculparme por osar presumir de mis logros en mar abierto. Me hablaba en un tono molesto mientras caminaba de un lado a otro frente a mí, como león enjaulado. Le dije que no había querido molestarlo enseñándole mi certificado de la competencia a mar abierto, que entendía la necesidad de una prueba. Después me pidió que diera un giro sobre mi propio eje a la derecha y otro a la izquierda, flotando. En ese momento me di cuenta de que la mía no era una prueba cualquiera. Le pregunté si esa misma prueba se la hacía a todos los usuarios y muy molesto me dijo “te faltan tres minutos de flotación y sí, es por tu seguridad”. Confundida, hice los giros; uno a la derecha y el otro a la izquierda. Me siguió hablando molesto de cosas intrascendentes. Era su momento de brillar. Yo seguía flotando. Finalmente quedó satisfecho y me dejó salir. Al salir de la alberca le llamé a un amigo y le pregunté cómo había sido su prueba de natación. “Te vas a enojar: no me hicieron ninguna prueba. Entré como Juan por su casa”. Mi amigo no llevó ningún certificado, ni enseñó evidencia alguna de que sabía nadar. Le bastó ser hombre para no tener que demostrar nada.
Qué razón tienen Ana Buquet, Jennifer A. Cooper, Araceli Mingo y Hortensia Moreno en su libro Intrusas en la Universidad (2013) al hablar de las trayectorias académicas de las mujeres. Pienso, por ejemplo, en las colegas que se quedan estancadas en cierto nivel del SNII, sin poder pasar al siguiente. El ascenso de Nivel 1 al 2 del SNII les toma a las mujeres, en promedio, de diez a catorce años. A los hombres les toma solamente entre cuatro y seis. Según una publicación del Colmex, la brecha de género en los niveles 1, 2 y 3 es de 20.6, 30.6 y 46.4 puntos porcentuales, respectivamente. El mecanismo que sostiene esta desigualdad es el mismo que en la alberca: las mujeres tenemos que probar cosas casi imposibles para pasar de nivel —y eso cuando las comisiones leen en efecto sus solicitudes, algo que, sospecho, ni siquiera sucedió en mi caso. Así, las mujeres nos quedamos flotando en un mismo nivel en el SNII, y a la SECIHTI parece no importarle.
Si digo que la comisión revisora no pudo haber leído mi solicitud, lo hago con base en evidencias. Dice la comisión: “No acredita la capacidad para realizar de manera relevante y pertinente investigación en ciencia básica y de frontera”. Pero mis proyectos de investigación han sido financiados por el Wellcome Trust y la British Academy, y soy una de lxs pocos investigadorxs en México que ha recibido una Newton Advanced Fellowship. Que la comisión hable términos de “capacidad” es muy problemático. La capacidad de hacer investigación en ciencia básica y de frontera la tenemos todxs cuando los recursos económicos, sociales y culturales están a nuestro alcance para hacerlo. El reglamento del SNII también alude a la “capacidad” de lxs investigadorxs y esto debe corregirse.
“No demuestra un liderazgo nacional e internacional reconocido”. Pero junto con personalidades como Gabriela Ortiz, soy una de lxs cinco mexicanxs que, entre más de trecientos académicxs y artistas, fueron seleccionadxs para la residencia Bellagio durante los años 2022-2024. Históricamente, Bellagio ha albergado a más de ochenta y cinco académicxs y escritorxs galardonadxs con el premio Nobel. También soy consultora en materia de sociología médica y bioética de agencias federales en EE. UU., de la Wellcome Turst en el Reino Unido y de ONGs internacionales; he sido invitada al Colegio Nacional para compartir mesa con directores de institutos nacionales; soy parte del consejo editorial de revistas internacionales reconocidas como Human Organization y cofundadora de redes regionales del estudio de la alimentación (ILAR). Soy profesora honoraria en la Universidad de Manchester, en el Departamento de Antropología.
“Se recomienda fortalecer su investigación mediante la publicación en revistas especializadas sujetas a un arbitraje doble ciego o de rigor equivalente”. Supongo que la comisión sugiere que las revistas en las que publico —Science, Tapuya, Trends in Biotechnology, American Anthropologists, Estudios Sociológicos, Biosocieties, Medical Anthropology— no están sujetas a un arbitraje, ni son de rigor. Lo que sugieren es un insulto no sólo para mí, sino también para esas revistas académicas que han acogido mi trabajo.
“Se recomienda fortalecer su investigación mediante la publicación de capítulos de libro y libros de editoriales académicas o universitarias con registro ISBN”. Adivino que la comisión considera que la Oxford University Press, la University of London Press, el Colmich y el Instituto Nacional de Antropología e Historia no cuentan con registro ISBN…
Hasta ahora, amables lectores, ustedes han hecho algo que la comisión no hizo. Leerme. A la comisión, en cambio, le bastó mi nombre ‘de mujer’ para no hacerlo. O quizás ello se deba a su entendible cansancio, o bien a que estoy en una universidad fuera de la CDMX —pues también hay una centralización muy problemática en el SNII—. Sea como fuere, el oficio me niega un nivel que no solicité en mi carta de reconsideración, una muestra más de que no leyeron mi solicitud, como quizás tampoco la de muchas otrxs colegas, mujeres y hombres. Hay quienes dicen que la falta de dinero hizo que nos dejaran en “nuestro lugar” —léase, en mi caso, como el de muchas colegas mujeres, el SINII 1—. La verdad, a mí me hubiera dejado tranquila que la comisión me confesara que no tiene dinero; eso lo entendería. Pero la comisión decidió colocar en mis “faltas” y “fracasos” la responsabilidad de sus propias deficiencias.
Lo que hay es un gaslighting sistémico que está acabando con el propósito de la academia. Lo que hay es un sistema que genera evidencias sobre patrones de diferencia de género para después no hacer nada con ellas. Hay quienes se consuelan con la idea de que el SNII no las define como académicas e investigadoras. Yo, por el contrario, desearía que el SNII me definiera. Si fuera así, por lo menos haría algo con el mensaje que recibo de la comisión: mis logros y el trabajo que hago no me moverá jamás del único lugar al que puedo aspirar como mujer académica: Nivel 1. Ese mensaje provocaría entonces que yo dejara de trabajar con tanto ahínco. Pero no, trabajo porque amo profundamente lo que hago, aún si soy demasiado lista para no darme cuenta de que ese amor también es una trampa capitalista. Por primera vez en mi vida académica, ser parte del SNII me provoca cierta vergüenza. Ser mamá de dos, me obliga a permanecer.
El reglamento del SNII establece que las resoluciones de la comisión son inapelables. Si por apelación entendemos ‘recurrir a alguien o algo en cuya autoridad, criterio o predisposición se confía para dirimir una cuestión,’ entonces me parece lógico que sea inapelable ¿cómo podría recurrir a las autoridades de un sistema que ha perdido toda mi confianza? Pero si por apelar entendemos ‘recurrir a una autoridad superior para que revoque o enmiende una decisión considerada injusta,’ entonces, apelo. Sí: apelo, aunque sea improcedente. Estas líneas son mi apelación. La Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación es una “autoridad superior” y el proceso de reconsideración del SNII fue —para mí y para muchas colegas que admiro— una burla y un sinsentido. No pueden evaluar solicitudes que no se leen ni dejar a las mujeres en los niveles más bajos del SNII y esperar que nadie lo haga notar. Siempre fue una farsa esa consigna presidencial de la campaña Claudia Sheinbaum: “si llega una, llegamos todas”. Asumir la llegada de algunas mujeres a posiciones de poder como una señal de que el sexismo en este país está superado es no reconocer los efectos nefastos del triunfalismo norteamericano cuando anunciaba el fin del racismo en EE. UU. después de que Obama llegara a la presidencia… En México, las mujeres que han llegado, tanto a la presidencia como a las direcciones de secretarías como la SECIHTI o a las Rectorías universitarias, tienen la absoluta responsabilidad moral de asegurar un proceso justo para todas.
