(Segunda parte. Lee aquí la primera.)


Nos topamos con la dominación cuando se impone un recurso —intelectual, estético, político— para acceder a un bien codiciado o para gozar de un reconocimiento fundado en privilegios. La dominación conlleva siempre un cierre de mercados, tal y como explica Erik Olin Wright. Por tanto, en ella se reúnen dos dimensiones. Primera dimensión: quien domina impone a otro unas categorías de juicio y percepción, con las cuales factura así su habitus, su forma de ser, convirtiendo una estructura objetiva de la realidad en algo que habita los cuerpos, los sentimientos y el razonar. Así, se produce dominación cuando unas determinadas cualificaciones (la morfología corporal, el atuendo, cierta capacidad cultural o todo a la vez) adquieren una relevancia que no merecen. De ese modo, quien domina, y en eso consiste la segunda dimensión, también capacita o empodera, convierte al dominado no en un soporte pasivo de una estructura, sino en un agente activo que percibe y juzga la realidad de un modo específico. El individuo se convierte en creador desde la perspectiva de la dominación. En ese sentido, se siente libre. La dominación funciona como explotación cultural: impone una norma para adquirir reconocimiento pero impulsa que, quien la empezó soportando, reitere el ciclo de explotación.

Tal es la razón por la cual la explotación es aceptada. No sólo porque proporciona al explotado unos ingresos y una posición —los cuales, por modestos que sean, resultan preferibles a encontrarse excluidos, también porque permite integrarse en juegos de explotación, primero sufridos, luego practicados y, en la mayoría de las veces, practicados y sufridos.

Me concentraré ahora en los valores culturales estabilizados en trabajos que contienen una dimensión evangelizadora de promoción de un determinado cuerpo y estilo.

Adela procede de un ambiente de clase media rural. Desde muy joven desarrolla una estética contradictoria con lo habitual en su origen social. Sin duda, quiere huir de un entorno que considera opresivo para las mujeres, pero también lo hace abrazando modelos estéticos vinculados al trabajo constante sobre el cuerpo. De su clase de origen se desplaza hacia un proletariado empleado en el trabajo corporal. Trabaja en empleos que valorizan la estética, como las tiendas de moda, y acaba aterrizando en un gimnasio como entrenadora. Allí experimenta presiones sexistas. Por ejemplo, la demanda empresarial para que las usuarias se concentren en modelar los glúteos y las piernas de las mujeres de las mujeres inscritas, independientemente de cualquier consideración de salud. El objetivo de Adela es controlar sus condiciones de empleo, ya sea estableciéndose por su cuenta, ya sea imponiendo actividades no sexistas en su profesión.

Adela huye de lo que siente como degradación simbólica de las formas de vida rurales para ingresar en un proletariado al que se le imponen actividades profesionales vinculadas a la violencia estética y a la cosificación sexual. Adela sufre esas imposiciones como si fueran actividades que parasitan y distorsionan su vocación de entrenadora. Por supuesto, ello deriva de las pésimas condiciones de empleo en el sector aunque también de un patrón de femineidad absolutamente humillante. En cualquier caso, Adela a la vez soporta esas presiones y, acomodándose a las exigencias corporales normativas, se beneficia de ellas. No es baladí que sueñe con una actividad laboral fundada en el control de sus condiciones de empleo; es decir, sin servidumbres sexistas. Porque Adela no se identifica con su posición simbólica (ya que le parece degradante evangelizar estéticamente glúteos y piernas), pero otras personas se subsumen en la posición prescriptora. Y si hay quien se identifica es porque Adela y quienes se encuentran en su posición se benefician de su participación en una suerte de aristocracia estética, sin perder de vista que también soportan esas imposiciones debido a su condición de clase y género. Su circunstancia es ambivalente, lo cual a menudo se resuelve alternando entre un polo u otro de su identidad. Desde un punto de vista, Adela se encuentra capacitada para el trabajo con otros cuerpos; desde otro, ese trabajo corporal, debido a presiones empresariales, es sexista. Desde una perspectiva, es una proletaria explotada; desde la otra, es alguien que puede hacer carrera mediante la explotación de la vulnerabilidad psicológica de las mujeres. 

¿Por qué vulnerabilidad psicológica? Porque un cuerpo sometido a sobreevaluación estética se encuentra cargado de exigencias y descalificado en su espontaneidad. Se le presupone una condición fútil para ser reconocido y se le obliga a restringirse a la esfera inagotable de la manipulación del yo corporal íntimo. Kate Manne habla de la luz de gas que la gordura produce sobre las mujeres, algo que se comprueba diariamente en la política o la academia.

 Fijémonos en un aspecto importante. Cuando se exigen determinados contenidos culturales arbitrarios, las personas ganan capacidad de acción, pero siempre dentro de una específica relación de dominación. Soportan esa relación, a la vez que se benefician de ella y también la extienden. Lukács es aquí particularmente pertinente. La mujer y el hombre que manipulan significados arbitrarios son agentes que contemplan lo que ocurre y lo registran. Posteriormente, realizan acciones óptimas para cualesquiera sean sus fines. La libertad se convierte entonces en el proceso por el que el sujeto manipula dinámicas —de personas, de contextos— congeladas, en busca de imponerse sobre los demás.  Esos tejemanejes, exitosos y errados, conducen y asolan la existencia de cualquier ser humano, sea burgués o proletario, hombre o mujer. La diferencia para Lukács estriba en que una trabajadora padece la transformación de su cuerpo en una mercancía, que se reproduce al menor coste posible y al que debe insuflarle propiedades características del lujo y el ocio. La burguesía, por el contrario, puede convertir la cosificación en un proceso de gobierno creciente de la experiencia. La trabajadora, sin embargo, se juega su propia existencia. La explotación es un principio de expansión para la burguesía, mientras que para la trabajadora constituye la degradación en ejemplar de un material calculable, proceso en el que pueden derrumbarse su cuerpo, su inteligencia y sus emociones.

Pero Lukács se sitúa en la peor de las posibilidades: puede que la persona acumule poder y lo acabe rentabilizando.

Captar esa ambivalencia permite comprender cómo la dominación puede conciliarse con el beneficio de una explotación cultural: el código que se soporta, también se rentabiliza; la posición que se te asigna, también la asignas a otros.

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