Al derrotar a Calibán, Próspero debe admitir que “este ser de tinieblas es mío”,
recordándole así a su audiencia que, en tanto humanos, es verdaderamente
problemático que seamos a la vez el ángel y la bestia.

Silvia Federici, Calibán y la bruja:
Mujeres, cuerpo y acumulación originaria

Seguramente en otra vida fui una Ménade. Una de esas divinidades femeninas de la Grecia Antigua que danzaban frenéticamente peregrinando por los campos con su carne expuesta, acaso cubierta con un harapiento pedazo de tela cutre de lo que fuera una radiante y pulcra túnica griega blanca, poseída por el dios Dionisio en carnavalescas danzas de éxtasis, sudor, vino y alguna que otra orgía. La danza como frenesí, como rito.

O muy probablemente fui un “hombre fuerte” de los antiguos pueblos malinke de Hamanah, en la actual región de Kouroussa, Guinea, África Occidental. Ataviado con un pantalón bombacho de tiro largo y una banda en la cabeza, hacha y látigo de cuero de hipopótamo en mano, bailaba alguno de los muchos ritmos Doundounba: la danza de los hombres fuertes. En postura de arrojo, con pies descalzos y paso firme al tiempo del sangban, levantaba torbellinos de tierra roja y algunas gotas de sangre, cuando los grupos de “hombres fuertes” nos convocábamos a rendir cuentas y danzar los conflictos frente al pueblo entero. La danza como defensa, como territorio.

O quizá fui un derviche mevleví, en otra latitud, por las regiones de Turquía. Con los brazos abiertos y un faldón ampón, invocaba a dios, gira que gira hasta entrar en trance, haciendo carne y movimiento los poemas de Rumi, aquel místico sufí del siglo XII. La danza como práctica meditativa, como oración.

O tal vez estuve contagiada de coreomanía, esa extraña pandemia surgida en la Europa del siglo XIV —principalmente en Alemania y Países Bajos—, que hacía bailar a miles hasta fallecer de agotamiento. La explicación sociológica: demasiada hambre y pobreza demandaban actos furtivos de trance para disociarse de esa realidad tan trágica. La danza como escape, también como resistencia.

Otra reencarnación de mi alma, ya más reciente, seguramente fue en un cuerpo de la cultura del ballroom y el movimiento Vogue, nacidos en la década de 1970 en Nueva York: cuerpos en el margen —negros, trans, latinos, empobrecidos, racializados— que, ante las imposiciones heteronormativas y raciales de la sociedad estadounidense, se congregaban para hacer pasarelas como la famosa revista francesa. Vestuarios, pasos, posturas, danzas, formas de existencia de protesta y a la vez de gozo sobre una alfombra roja improvisada reclaman: “No somos eso que quieren que seamos” (Paris is Burning). La danza como rebelión, como creación y protesta.

En realidad, poco importa si creo en la reencarnación o no. Pero si la teoría de la reminiscencia platónica es cierta, eso explicaría por qué cuando estoy aquí y ahora ­—en este cuerpo de mujer prieta, citadina, latinoamericana—, a punto de bailar alguna danza de África Occidental —agazapada en posición de arraigo a la tierra, las plantas descalzas sobre el suelo, las rodillas flexionadas, las piernas abiertas a la altura de la cadera, la pelvis liberada, la piel vibrando, los vellos erizados, los poros inhalando el sonido del tambor—, siento que estoy y no estoy, que soy y no soy al mismo tiempo, contra toda lógica parmenídea. Ahí, en los ínfimos instantes de comunión universal entre la carne, el ritmo y las percusiones, esos cuerpos danzantes habitan en mí: una ménade, un “hombre fuerte” malinke, una coreomaniaca, un voguero, un derviche. Cuerpos sagrados, rebeldes, instintivos, bestiales, cuerpos que son carne latiendo, corazón expuesto, sangre hirviendo —como calibanes y brujas que somos—, y no sólo ­res cogitans, materia que piensa —como quería Descartes­—. Carne que evoca, excita, eleva, expresa, que cuenta historias a flor de piel, con su sola presencia: un legado de encarnaciones dancísticas que ha sido acorralado por los cánones de Occidente, pero que se expande como rizoma bajo la tierra.

El cristianismo nos quitó los ritos paganos dionisiacos; los demonizó y sublimó. Los turistas, ávidos de presencia, expropiaron las mil y una vueltas de los derviches, transformando un rito religioso en un espectáculo. La conformación del Estado nación de Guinea provocó la asimilación de las danzas tradicionales de África Occidental a su retórica nacionalista, transformando ritos tradicionales en danzas con formatos escénicos (el estilo llamado ballet), para usarlas como bandera cultural ante el mundo en su lucha anticolonial independentista contra Francia, en pleno siglo XXI.

Gracias a eso, en las complejas y paradójicas dinámicas en que nos envuelve la modernidad colonialista, el eco de las danzas de África Occidental llegó a mí y habitó mi piel. Gracias a eso, escucho y siento los cuerpos vibrando de un legado antes desconocido, que ahora resuena en carne propia: cuerpos cuyo color no sólo marca heridas históricas, sino que enorgullece, del que no hay que avergonzarse; posturas que se fraternan con el estar anclados a esta tierra, como los campesinos que danzan por una buena cosecha. Gracias a eso, cuando danzo siento cómo se resquebrajan poco a poco —y no sin resistencias— cristalizaciones colonialistas interiorizadas, muchas veces inconscientes, de lo que me dijeron que era “bello y sublime”: pararme erguida, ocultar mi sensualidad, “blanquear” mi piel, analizarlo todo, sentir con la cabeza, callar al cuerpo, escuchar sólo con la razón.

Foto: Eduardo Escobar Díaz. Ensamble Nimba en el Día Internacional de la Danza, 2023. Danza Afro CDMX, Tacubaya, Ciudad de México. 

Sí, hablo de esas danzas calibanescas: demoniacas, paganas, “atrasadas”, exotizadas; aquéllas prohibidas por la Iglesia y señaladas por la “buena” compostura de los reinos, aquellas folklorizadas por salir del sistema de arte inventado en el siglo XVIII por Europa, el cual relegó lo popular de lo bello, jerarquizó lo intelectual sobre lo corporal y separó al artista del artesano (Shiner, 2004). Hablo de las danzas en las que no se subliman los pies hacia el reino de los cielos, sino en las que se posan firmes sobre la tierra. Esta tierra de tinieblas, esta tierra de bestias y seres de carne y hueso, de cuerpos con hambre y sed de amor y de existencia, pero también de alimento, gozo y cosechas. Cuerpos arraigados a la tierra, conectados con el macrocosmos que, al danzar, se expían, oran, se religan con lo divino, restablecen el orden social, cosechan, protestan, se rebelan, se defienden, crean y se liberan. Cuerpos de tinieblas, que resisten con sus danzas.


Referencias

Shiner, L. (2004). La invención del arte: Una historia cultural. Barcelona: Paidós.