En su famoso ensayo “Cuando las muertas despertamos: escribir como re-visión” (1971), la poeta Adrienne Rich argumenta que el acto de mirar atrás, de “mirar con ojos nuevos, de asimilar un viejo texto desde una nueva reorientación crítica […] es para las mujeres más que un capítulo de historia cultural; es un acto de supervivencia” (p.45). En concordancia con sus palabras, en este ensayo quiero ponderar por qué todavía nos conmueven dos libros publicados hace más de cuarenta años: la antología This Bridge Called My Back: Writings By Radical Women of Color (1981), editada por las chicanas Cherríe Moraga y Gloria Anzaldúa, y Borderlands/La frontera: la nueva mestiza (1987), de la propia Anzaldúa. Son pocos los libros que, como éstos, reconfiguran vidas, impactan disciplinas académicas y convulsionan conversaciones feministas.  

Una pista para responder a esta inquietud proviene de bell hooks: “Todo lo que hacemos en la vida tiene una base teórica. Si exploramos de manera consciente las razones que hay detrás de una perspectiva particular o para llevar a cabo una determinada acción, también encontraremos un sistema subyacente que conforma los pensamientos y las prácticas”, dice en El feminismo es para todo el mundo (2017) (p.41). Lo que quiero retomar es su idea de que la teorización la hacemos todxs cotidianamente porque abstraemos ideas generales de nuestras experiencias particulares, que podemos luego usar para vivir una mejor vida juntxs. This Bridge y Borderlands/La frontera concibieron nuevos conceptos para nombrar y explicar la experiencia cotidiana de las mujeres de color en EE. UU. y, al hacerlo, llevaron un paso a delante esa misma categoría política: la de “mujeres de color”, frase nacida a fines de los años setenta para agrupar a mujeres que se desafiliaron de la cultura blanca dominante estadounidense por su color, clase y disidencia sexual y de género. Con ella se buscaba reconocer su estatus colonizado, compartido con mujeres de todo el mundo.

La antología tuvo el propósito de crear una coalición que tendiera puentes entre varias agrupaciones de mujeres, teorías académicas, y formas de conocimiento y epistemologías no académicas. Las editoras articularon así su objetivo: “una teoría encarnada es una teoría en la que las realidades físicas de nuestras vidas —el color de nuestra piel, la tierra o el concreto en el que crecimos, nuestros anhelos sexuales— se funden para crear una política nacida de la necesidad. Aquí, intentamos tender puentes entre las contradicciones de nuestra experiencia” (p.23).[1] Para las mujeres de color, entonces, la teoría no es un lujo sino una herramienta de supervivencia.

This Bridge nos obliga a experimentar la fuerza transformadora de la escritura mediante las descripciones, generalmente dolorosas, del impacto subjetivo de eso que el Colectivo del Río Combahee llama “las opresiones simultáneas de todas las mujeres de color” (p. 210). No obstante, también experimentamos en ella el poder creativo de las palabras para desestabilizar esas estructuras y narrativas diseñadas para sostener tales opresiones: las de género, las disciplinarias, así como las que trazan las fronteras entre el yo y el otro, entre nosotrxs y los otros, entre identidades culturales y de género, entre lo público y lo privado, lo singular y lo plural, el pasado y el presente.

La complejidad y diversidad de las experiencias de las mujeres se vuelven tangibles en la forma misma de la antología: This Bridge reúne entrevistas, cartas, ensayos, poemas, fragmentos, manifiestos, fotografías, ilustraciones, grabados y un denso tejido de referencias que hilvanan un sofisticado palimpsesto de treinta voces espacialmente dispersas que coexisten en el libro mismo. De tal suerte, sus páginas se transforman en un lugar de encuentro donde las lectoras también participamos de las muchas tensiones que las autoras exploran conjuntamente. Sus luchas surgen del dolor de la no pertenencia y de la plena pertenencia, de ser visibles y de vivir la invisibilidad, de sentirse demasiado prietas o demasiado blancas, demasiado voluntariosas o demasiado obedientes. Estos textos son puentes que nos piden que crucemos fronteras y distancias simbólicas, materiales y subjetivas en la búsqueda de justicia social y el reconocimiento del valor de la producción de conocimiento subalterno. Como dice Audre Lorde, en su texto antologado en This Bridge:

esas entre nosotras que somos pobres, que somos lesbianas, que somos negras, que somos mayores, sabemos que sobrevivir no es una habilidad académica. Significa aprender a pararse sola, a no ser popular, y a veces a ser vituperada, tanto como hacer una causa común con esas que se identifican afuera de las estructuras, para poder definir y buscar un mundo en el cual todas podamos florecer. Significa aprender a retomar nuestras diferencias y convertirlas en fortalezas. Porque las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo… El fracaso del feminismo académico al no reconocer la diferencia como una fuerza crucial es el fracaso de no llegar más allá de la primera lección patriarcal. En nuestro mundo, divide y conquistarás debe convertirse en define y te empoderarás.

(pp. 99-100)

Esas académicas feministas a las que se refiere reproducen, así, la lógica binaria basada en la oposición hombre/mujer, masculino/femenino, perteneciente a la caja de herramientas del amo, que eclipsa las diferencias entre mujeres, incluso las diferencias en cada mujer: This Bridge sugiere, en respuesta, la existencia de un nuevo tipo de sujeto subalterno, múltiple y contradictorio.

Definir y empoderar: ése es el trabajo conceptual que se lleva a cabo en este libro, que delimita, a muchas voces, una metodología de la frontera destinada a desmoronar las oposiciones binarias que sostienen lo que Cherríe Moraga describe en su prefacio a la segunda edición de This Bridge como “un sistema calculado para hacer daño, diseñado para asegurar nuestra separación de otras mujeres, pero particularmente de aquellas que hemos aprendido a ver como más diferentes a nosotras y por lo tanto, más amenazantes. Las mujeres cuyo dolor no queremos reconocer como nuestro. Llámese racismo, opresión de clase, acoso masculino, o lésbico, el sistema prospera” (p. xvi). Por su parte, la pedagoga y poeta japonesa-americana Mitsuye Yamada nos recuerda que “una parte de ser invisible es negarse a separar al actor de sus actos y exigir que se haga responsable de ellos” (This Bridge, p. 40). This Bridge nos confronta con nuestros propios prejuicios y la imagen que tenemos de nosotrxs mismxs al volvernos testigos del dolor que causan el racismo, el sexismo, el clasismo y la homofobia, pues con ello nos hace responsables de él.  

Una metodología chicana fronteriza tiene como objeto de estudio y conocimiento la experiencia de habitar las tierras fronterizas, entendidas como una ubicación concreta y un espacio material, geopolítico, lingüístico y simbólico. En este lugar nada es claro, así que las rígidas formas de pensar de la caja de herramientas del amo resultan insuficientes para comprenderlo. Una frontera es, en palabras de Anzaldúa en Borderlands/La frontera, “un lugar vago e indefinido creado por el residuo emocional de una linde contra natura. Es un estado constante de transición. Sus habitantes son lxs prohibidos y lxs proscritos. Aquí habitan lxs atravesados: lxs bizcos, lxs perversos, lxs cuir, lxs problemáticos, lxs cruzados, lxs mulatos, lxs mestizos, lxs medio muertos; en resumen, quienes cruzan, quienes pasan por encima o atraviesan los confines de lo ‘normal’” (p.3). Obviamente no se trata un espacio de pérdida únicamente: también es tierra de la proliferación; puede ser territorio de la muerte, pero también terreno fértil para la invención de múltiples saberes, así como un lugar desde el cual se descoloniza el pensamiento desde la raíz y por medio del cuerpo.

Anzaldúa se describe a sí misma como ciudadana de la frontera porque

soy un puente columpiado por el viento, un cruce habitado por torbellinos, Gloria la facilitadora, Gloria la mediadora, montada a horcajadas sobre los muros entre abismos. “Tu lealtad es a La Raza, al movimiento Chicano”, me dicen los de mi raza. “Tu lealtad es al Tercer Mundo”, me dicen mis amigxs negros y asiáticos. “Tu lealtad es a tu género, a las mujeres”, me dicen las feministas. Luego está mi lealtad al movimiento gay, a la revolución socialista, al New Age, a la magia y el ocultismo. ¿Qué soy? Una lesbiana feminista tercermundista con inclinaciones marxistas y místicas. Me fragmentarán y a cada pequeño pedazo le pondrán una etiqueta.

(This Bridge, p. 205).

Las etiquetas, las identidades, desmiembran. Anzaldúa no anhela una identidad, no desea la integridad, la estabilidad imaginaria de la mismidad, sino la inevitablemente dolorosa exploración de un yo cuyo poder radica en la multiplicidad, no en la una sola, sino las muchas-en-una. Recordemos, con bell hooks, que “estar oprimida significa ausencia de opciones” (2020, p.33), así que la elección que toma Anzaldúa de resolver su “lucha interior” aceptando “la personalidad múltiple” (1987, p. 79) es un paso a la liberación, no a la disolución ni la integración: es un yo plural nacido de los territorios fronterizos.

Este yo es múltiple, es multilingüe, y su existencia depende del lenguaje. Por ello puede ser redescrito. En su artículo “Cómo domar una lengua salvaje”, es claro que las muchas afiliaciones de Anzaldúa se expresan directamente en la lengua: “inglés estándar, inglés de clase obrera y argot, español estándar, español mexicano estándar, dialecto español del norte de México, español chicano (Texas, Nuevo México, Arizona y California tienen variantes regionales), Tex-mex, Pachuco” (1987, p.206). Cada una de esas lenguas está asociada con un conjunto particular de relaciones, historias, lugares. La metodología chicana de la frontera reescribe esta multiplicidad como un reposicionamiento, como un reclamo del pasado, de un territorio, del derecho a hablar, de nombrarse y autodefinirse. El cuerpo es crucial en esta reformulación porque es el registro material y testigo de la injusticia y la violencia, el puente que conecta al yo con el colectivo “nosotrxs”, así como el sitio de la memoria y una morada incómoda, movediza. Ésta es una política del cuerpo y una política encarnada que florece en las fronteras, esa interfase cultural de múltiples capas que se forma a partir de la colisión, la mezcla y la incertidumbre que abren paso al nacimiento de lo inesperado. El cambio y la mezcla de códigos, como el uso descarado de préstamos lingüísticos de las chicanxs, no son evidencia de ignorancia; sugieren, más bien, un deseo de comunicar los fragmentos de una realidad que no tiene existencia en una sola lengua, aunque sí en otra.

En su prefacio a This Bridge, ya citado páginas atrás, Cherríe Moraga admite, desanimada, que “En los últimos tres años he aprendido que el feminismo tercermundista no ofrece un accesible marco político atractivo para muchas mujeres de color. No somos un grupo con afinidad “natural”, sino mujeres que se reúnen por necesidad política. La idea de un feminismo tercermundista ha sido más fácil de comprobarse en las páginas de un libro que en la vida de las mujeres” (s.p.). Pero los libros son objetos poderosos, y cuarenta años después de su publicación estos dos continúan siendo relevantes, por sus palabras y por la voluntad de colaboración de las mujeres de color que los crearon. El acto de re-visión es también un acto de actualización, y en estos tiempos de antifeminismos, etnonacionalismos y esencialismos, para muchxs efectivamente puede ser un acto de supervivencia.  


Nota

[1] Todas las traducciones de This Bridge al español son de mi autoría.


Referencias

Anzaldúa, G. y Moraga, C. (1983). This Bridge Called My Back: Writings By Radical Women of Color. Kitchen Table. Women of Color Press.

Anzaldúa, G. (1987). Borderlands/La Frontera. The New Mestiza. Spinsters/Aunt Lute.

hooks, b. (2020). Teoría feminista: de los márgenes al centro. Traficantes de sueños.

— (2017). El feminismo es para todo el mundo. Traficantes de sueños.

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