Dice María Puig de la Bellacasa que en cada controversia en la que hay ganadores y perdedores, hay también un mundo que cesa de existir y otro que se consolida. No me queda duda de que los tiempos que estamos viviendo ameritan traer a colación esta idea, dada la enorme cantidad de debates y polémicas que hoy atraviesan nuestra sociedad, y en los cuales se confronta una visión progresista e incluyente con otra que, de manera reaccionaria, no sólo se resiste al avance de los derechos humanos, sino que activamente busca socavar tales avances para fortalecer un statu quo racista, misógino, xenófobo y LGBT-fóbico.

Hoy, a muchxs que nos hemos dedicado, con nuestros aciertos y desaciertos, a intentar construir un mundo más justo, se nos descalifica llamándonos wokes y acusándonos de imponer alguna suerte de dictadura ideológica que, paradójicamente, resulta coercitiva y al mismo tiempo comete el gran pecado de olvidar la justicia distributiva mientras apuesta por una política identitaria que te ofrece pronombres, pero nunca comida.

Así, se nos insulta y descalifica sin que importe mucho el hecho de que nos hemos convertido en un tema de debate y que, en caso de perder esta discusión acerca de si existimos —o si deberíamos existir—, se nos condena a la abyección y, eventualmente, a la muerte misma de nuestra manera de comprendernos y habitar el mundo. Habrá quien diga que exagero, que esto es mucho menos grave, que simplemente se da un debate “saludable” sobre el modelo de sociedad que queremos y que, en cualquier caso, lo que toca es seguir “deliberando”.

A quienes sostienen esta posición, hoy tengo pocas, poquísimas cosas que decirles. En el primer mes de este año, he visto al gobierno de Trump borrar toda alusión a lo trans de prácticamente cualquier sitio o regulación de la administración federal estadounidense. Se le ha pedido al Centro de Control de Enfermedades que retracte o revise cualquier artículo científico que mencione lo trans, el género, lo LGBTIQ+, e incluso términos del lenguaje inclusivo que reconocen que la gestación y la menstruación no son privativas de las mujeres. Además, se ha emprendido una persecución contra toda persona que apoye el cuidado afirmativo de género en menores de 19 años. Se han detenido cientos de miles de proyectos vinculados a los derechos humanos de grupos de interés prioritario y se ha suspendido también el apoyo con antirretrovirales a aquellos países que, por su elevado precio, no pueden costearlos.

Ni qué decir de la persecución a migrantes, el acoso a los nativos americanos, la creación de campos de concentración y la amenaza de destruir gran parte de la economía mundial, lo cual afectará a millones de familias (en todas sus diversidades) alrededor del mundo. Qué decir también del hecho de que muchas personas trans se han sorprendido al descubrir que ya no pueden tramitar ningún tipo de pasaporte, ni con su sexo asignado al nacer ni con su género de identificación. Están prisioneras en un país que se dispone a exterminarlas. Qué decir, finalmente, del hecho de que ese discurso ha corrido por todo el mundo y hoy se replica en Davos —¡Milei, basura, vos sos la dictadura!, le gritamos hace pocos días—, pero también en Roma, Moscú, Londres y muchas otras ciudades.

Sin duda, estamos ante el riesgo de presenciar un cierto fin del mundo: el mundo de las personas queer y trans, aunque quizás sobrevivan testigos a quienes les toque narrar este episodio mientras la crisis climática va exterminando a otras poblaciones. Supongo que serán grandes historias y, con suerte, habrá alguien que hasta haga una película de semejante cosa.

Y es aquí donde entra el cine. Porque, para mi muy cabreada sorpresa, mucha, muchísima gente me ha escrito para saber qué opino de Emilia Pérez, pero poca, poquísima gente me ha escrito para preguntarme qué opino de la debacle que estamos experimentando las personas trans. Diría que es surreal, pero es más bien un triste simulacro baudrillardiano en el que una representación patética y catastrófica de las personas trans y la crisis de violencia en México desata mucha más polémica y discusión que la realidad misma, a la cual parece que simplemente hemos extraviado.

No me malentiendan. No me gustó nada Emilia Pérez. Salvo mi muy mal gusto por lo kitsch, que me llevó a sorprenderme gratamente por el remix del Fierro Viejo, nada en esa película me gustó. Ojalá todavía fueran aquellos años en los que Pável era el DJ del Marrakech, para que pusiera ese remix y todxs nos entregáramos a la decadencia culposa de bailarlo. Sea como sea, debo decir que la película fue tan terriblemente mediocre que ni siquiera pude odiarla. Es una película que habría que condenar al olvido, preservando únicamente todo el mame que nos trajo —y que, gracias a Camila Aurora, ahora será parte del acervo cultural mexicano— para burlarse de tan tremenda desgracia cinematográfica.

Lo que más me molesta y deseo comunicar es el hecho de que esa película ha generado más debates que una debacle en los derechos humanos de las personas trans. Eso me sorprende y, hasta cierto punto, me entristece, porque parece que nos es mucho más fácil escribir sobre eso que sobre la brutalidad de la violencia que Trump nos está dirigiendo. Quizás, con respecto a lo segundo, aún estamos en shock, pero ya va siendo hora de despertar y hacer algo. Agradezcámosle a Camila Aurora —y mucho— por sublimar esa mala experiencia, donemos a su proyecto de largometraje, bailemos su pegajosísima canción Bienvenidos a la France y, acto seguido, dejémosle bien en claro a Jacques Audiard y a Karla Sofía Gascón que no tenemos nada que agradecerles a ellxs. Que su representación de México y de lo trans ni es transgresora —quién me viera diciendo esto, caray—, ni denuncia nada, ni permite liberar nuestra tensión ante los tiempos que vivimos gracias a un humor que convierta el dolor y el coraje en algo que, al menos por un instante, se vuelva digno de burla.

Caray, que ni siquiera hay méritos técnicos. Es un musical con bailes que bien podría haber coreografiado yo misma. ¿Y las canciones? Qué decir. Es evidente que tradujeron las letras con ChatGPT —que, para sorpresa de nadie, simplemente no sabe traducir nada que vaya más allá de la prosa insulsa de un instructivo—. (Con razón DeepSeek lo está desplazando.) De la cinematografía, nada memorable que contar. Nunca se molestaron en leer toda la crítica trans sobre cómo hacer cine sobre lo trans y terminaron reproduciendo los mismos lugares comunes, no sólo en la historia sino también en los recursos visuales con los que nos la presentan.

La narrativa del “antes y después”, tan denostada desde los años 90 en los estudios trans, sigue intacta, con todo y cambios en iluminación y ambientación (e incluso en la racialidad del personaje), para dejarnos clarísimo que pasamos de una vida pre-transición trágica, amargada y fatua a una existencia auténtica, feliz, sonriente y generosa. Les diría que leyeran a Kani Lapuerta Laorden, cineasta trans español radicado en México desde hace más de diez años, y una voz muy entrenada en lo que respecta al cine y lo trans, pero está claro que eso es pedirle demasiado a alguien que imagina México como una mezcla de Speedy González, La Cucaracha y una película de Robert Rodríguez.

Ahora bien, más allá de encabritarme por el grado de atención que nos está robando esta película, sí quisiera señalar unas cuantas cosas más. Primero, me sorprende ver cómo hay gente que revela su indolencia, incomprensión e indiferencia hacia las vidas trans cuando de pronto opina que la película es buena y que, si no nos gustó, es porque no queremos aceptar la triste realidad de México. O peor aún, que no podemos reconocer el “enorme favor” que se nos ha hecho al darle semejante papel protagónico a una mujer trans que, según ellxs, ha entregado una actuación digna de un Óscar.

Ya me he topado con varios comentarios así, de gente que normalmente ni tiene idea de la existencia de movimientos anti-transgénero que buscan borrarnos de la faz del planeta. Así que no me sorprende que ese mismo tipo de personas —que además se creen aliadas— venga a celebrar una película que, de tan mala, merecería simplemente fracasar en taquilla y quedar como la anécdota dominguera de quien creyó ver allí algún potencial crítico. Es la misma gente que se emociona porque nos mencionan dos veces en un mega-evento partidista en el Zócalo, aunque en los hechos no haya ninguna política clara dirigida a nuestra comunidad.

Pero mejor me voy calmando y cierro este ensayo. Ya se ha dicho hasta el cansancio que esta película es pésima. No lo repetiré. Aclaro, eso sí, que no creo que todo el arte deba ser ilustrativo o políticamente correcto. No creo que el valor estético de una obra dependa necesariamente de su capacidad de encarnar los mejores valores morales de nuestra sociedad. No soy partidaria del moralismo ni del eticismo en la estética, pues creo que una obra puede ser apreciada por múltiples razones: algunas veces por su forma, otras por su capacidad instructiva o por su conexión con valores humanos que admiramos. Pero hay otras más —como sostienen lxs inmoralistas— en las que una obra es valiosa precisamente porque desafía e incluso pisotea las normas morales. Para mí, todo eso puede funcionar, siempre y cuando la obra no se vea fagocitada por la pereza creativa de quien la realiza.

Con Emilia Pérez, eso último fue lo que pasó.

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