Perspectivas 

Juan David Muñoz Quintero

El presidente camina despacio entre veintitrés cuerpos cubiertos. La música es grave y cada toma, calculada. El gobierno los presenta como disidentes muertos en un bombardeo en Guaviare. Ya no basta con informar la operación ni exhibir fusiles. Hay que entrar en escena, poner los cadáveres en fila y convertir la muerte en contenido. La Defensora del Pueblo recuerda que los muertos deben ser respetados. El ministro del Interior llama a la crítica una “triste equivocación”. La guerra colombiana, antes narrada con comunicados solemnes y eufemismos jurídicos, ahora cabe en un reel.

La escena corresponde a un video difundido el pasado 2 de septiembre de 2026. De la Espriella, abogado y empresario de ultraderecha, y, desde el 7 de agosto, presidente de la República de Colombia, presentaba los resultados de la operación Azarías, ejecutada el 30 de agosto en Guaviare, un departamento del sureste del país, contra una disidencia de las antiguas FARC.

Marx habría reconocido el género. No los drones o la banda sonora, pero sí al aventurero que convierte el Estado en representación y confunde su comedia con la historia universal. Le habría interesado menos la extravagancia de Abelardo De la Espriella —esa salta a la vista— que las condiciones que le permitieron adquirir la fuerza de una época. En el prólogo de 1869 a El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx rechazó engrandecer al golpista atribuyéndole un poder personal que no tenía. Preguntó, en cambio, qué lucha de clases había hecho posible que un personaje mediocre y grotesco representara el papel de héroe.

Esa sigue siendo la pregunta. No cómo un abogado de celebridades, cantante aficionado y vendedor de ron, ropa y cuentos llegó a la Presidencia, sino qué ocurrió en Colombia para que esas mercancías pudieran empacarse y venderse como autoridad. La sátira limitada al peinado, el traje o el tono de tenor hace reír, pero fracasa políticamente. Hace del gobernante la causa del país que lo hizo posible.

La primera línea del Brumario es tan conocida que ya casi no se piensa. Los grandes hechos y personajes aparecen dos veces, primero como tragedia y después como farsa. Engels había ensayado la fórmula en una carta a Marx del 3 de diciembre de 1851, un día después del golpe de Luis Bonaparte. Clara Ramas lee ese comienzo como una teoría de los géneros literarios convertida en teoría de la historia. El segundo actor no es simplemente más ridículo. La repetición transforma el drama y aquello vivido como misión histórica reaparece como imitación, disfraz y caricatura.

En nuestra mala adaptación criolla, Álvaro Uribe —presidente de Colombia entre 2002 y 2010— ocupa el lugar de la tragedia y Abelardo De la Espriella el de la farsa. Esto no eleva al primero a la estatura de Napoleón. La tragedia es el uribismo como experiencia efectiva de guerra, miedo y disciplina social. Lo fue para los campesinos desplazados, las víctimas del paramilitarismo, las madres que buscan la verdad sobre los falsos positivos y una sociedad enseñada a contar cadáveres como resultados. Pero el uribismo todavía necesitaba narrarse como empresa de salvación nacional. Sus partidarios podían creer —o necesitaban decir que creían— que la violencia y el autoritarismo eran sacrificios exigidos por la defensa de la democracia y las instituciones.

La Seguridad Democrática encerraba la contradicción en su nombre. El Estado restringía libertades para salvar la libertad, degradaba garantías para defender el derecho y convertía a la población en informante para proteger la ciudadanía. No era una mentira impuesta desde arriba, sino una fe compartida por sectores que habían padecido secuestros, extorsiones, tomas guerrilleras y derrumbe estatal. Allí estaba su fuerza trágica. Una inseguridad real podía incorporarse a un proyecto autoritario vivido como cruzada democrática.

Abelardo necesita esa solemnidad como utilería. Prometió una “remasterización 2.0” de la Seguridad Democrática con drones, fumigación, megacárceles y control territorial en noventa días. En su primer mes firmó cincuenta y dos extradiciones y su Gobierno realizó tres grandes bombardeos. El abogado sin trayectoria castrense quiso pasar revista a la tropa, pero el paso le salió descoordinado. Hasta Petro se ofreció a enseñarle. Ahí estaba la miniatura perfecta. El comandante supremo no sabe llevar el compás, aunque sus órdenes sí saben llegar a los cuerpos. Uribe montaba a caballo; Abelardo monta el algoritmo. Uno llevaba ruana; el otro gobierna de esmoquin, como si la Casa de Nariño fuera una extensión del De la Espriella Style.

Marx escribió que Luis Bonaparte concebía la historia como una mascarada cuyos disfraces y gestos ocultaban lo mezquino. Mientras la burguesía representaba su comedia “con la mayor seriedad del mundo”, el aventurero triunfó porque tomó la comedia como comedia. El uribismo se tomaba en serio su ficción republicana. El abelardismo actúa para la sociedad del espectáculo. Anuncia ministros con videos fabricados por inteligencia artificial, convierte la posesión en gala, habla por primera vez como presidente en un batallón y hace de los muertos escenografía. No oculta la actuación: la ofrece como prueba de autenticidad.

¡Ojo! La farsa no significa ausencia de convicciones. Abelardo parece creer con intensidad en Abelardo. En campaña contó que había sido ateo hasta cinco años atrás y luego lloró ante el Señor de los Milagros de Buga. Ya presidente, un juez lo obligó a disculparse por vulnerar la neutralidad religiosa en su toma de posesión, que cerró con un “¡Viva Cristo Rey!”[1]. Acata la laicidad convirtiendo el desacato simbólico en remate. Nada hay risible en la fe, el llanto o la cultura caribeña. Lo cómico es el montaje que mezcla lo fashion con lo corroncho (lo popular costeño, aquí en su expresión más desparpajada), en esa improbable fusión de Gianluca Vacchi y Diomedes Díaz hecha de lujo importado, esmoquin, cruz, Tigre, ron y patria. Todo empacado como style.

El poder ya no separa propaganda y producto, gobernante y marca. Los “Defensores de la Patria” (su movimiento político), el ron Defensor (su marca de licor) y la plataforma Style (su vitrina de promoción personal y comercial) comparten universo comercial. Luis Bonaparte tenía la Sociedad del 10 de Diciembre para improvisar multitudes, fabricar entusiasmo popular y abrirse paso a golpes. Abelardo tiene ejércitos digitales, videos sintéticos e influenciadores. Aquellos gritaban “¡Viva el emperador!”; estos producen tendencias, comentarios, matoneo (o acoso) digital y aplausos de pantalla. El licor y el salchichón con que Bonaparte compraba la lealtad de sus soldados encontraron su actualización en el algoritmo y el merchandising.

Sin embargo, más allá de lo estético, Marx identificó una contradicción en la burguesía francesa de 1851. Las libertades invocadas contra el Antiguo Régimen —prensa, asociación, sufragio y deliberación parlamentaria— podían convertirse, apropiadas por las clases subalternas, en instrumentos contra su poder social. Por eso llamaron “socialista” no sólo a la impugnación de la propiedad, sino al ejercicio de esas libertades cuando desbordaba el orden burgués. El Parlamento vivía de la discusión, pero discutir sometía a debate los fundamentos sociales. La burguesía prefirió debilitar su representación y entregar poder al Ejecutivo antes que arriesgar su dominio. Comprendió, en palabras de Marx, que “para salvar la bolsa, hay que renunciar a la corona”.

En Contra la Ilustración oscura (Arpa, 2026), Carlos Fernández Liria examina la ofensiva del poder tecnológico y empresarial contra el proyecto ilustrado. La Ilustración —con sus promesas de libertad, igualdad, ciudadanía y gobierno de las leyes— no encuentra casa tranquila en una sociedad gobernada por la acumulación privada. Las élites necesitaron creer que podían habitar a la vez capitalismo e Ilustración. Hoy, el capital ha dejado de fingir. Ya no pregunta cómo conciliar mercado y democracia, sino cuánta democracia soporta el mercado. La ciudadanía se reduce a clientela. El Estado de derecho aparece como traba, la deliberación como pérdida de tiempo y la igualdad como ideología sospechosa.

Ahí aparece el autoritarismo de mercado al que es fiel De la Espriella. Quiere reducir el Estado en un cuarenta por ciento y ampliar su músculo militar, policial y penitenciario. Estado mínimo para garantizar derechos sociales y Estado máximo para custodiar la propiedad, perseguir enemigos y disciplinar territorios. Libertad para el capital, obediencia para los cuerpos. La vieja derecha prometía defender la democracia del comunismo. La nueva insinúa que la democracia es peligrosa cuando estorba a la inversión, la seguridad o la voluntad del jefe. No abandona las elecciones. Las utiliza para autorizar la reducción de todo lo demás.

Todavía falta explicar la victoria. De la Espriella no cayó del cielo. Según el resultado oficial, ganó por poco más de doscientos cincuenta mil votos y dividió a Colombia casi por la mitad. Sobre ese margen quedó una sombra. Petro denunció irregularidades en la publicación digital de los formularios E-14 y la falta de una auditoría independiente al software electoral. El fraude no ha sido demostrado y los observadores respaldaron el resultado. Pero, en una elección resuelta por menos de un punto, la democracia no debería exigir fe donde tendría que ofrecer trazabilidad.

Incluso aceptando el resultado oficial, el triunfo no expresa la voluntad homogénea que representa el espectáculo. Lo hicieron posible el deterioro de la seguridad, el cansancio con una paz que muchas comunidades no sintieron y la capacidad de los grupos armados para gobernar territorios y vidas. Pesaron también el miedo de sectores medios, el rechazo acumulado —y construido mediáticamente— hacia Petro y una oposición capaz de presentar cualquier dificultad como desastre. No fue consecuencia de una economía en ruinas. El desempleo descendió a niveles históricos, la pobreza retrocedió, la economía creció y la inflación cayó frente al pico recibido.

La cuestión —paradójica— es otra. Las mejoras no se convirtieron automáticamente en identificación política, mientras la oposición y buena parte de los grandes medios reunieron conflictos distintos bajo una imagen de caos. La crisis de la salud arrastraba deudas y barreras de acceso. La disputa por la reforma enfrentó al Gobierno con sectores de las Entidades Promotoras de Salud (EPS), las aseguradoras que administran la afiliación y organizan el acceso a los servicios. A los problemas de financiación se sumaron los errores de las intervenciones oficiales. Ese conflicto convirtió la salud en un polvorín antipetrista. Con la gasolina ocurrió algo parecido: las alzas para reducir el déficit del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles, acumulado desde el gobierno de Duque, alimentaron el rechazo a Petro. Hubo después rebajas de quinientos pesos por galón en febrero y marzo de 2026, pero una reducción del precio no revierte por sí sola el desgaste político del encarecimiento. El malestar no fue inventado, pero sí seleccionado, amplificado y organizado. Cada fila en una farmacia, cada demora médica y cada aumento del combustible confirmaban el colapso. La reducción del desempleo y de la pobreza nunca tuvo la misma potencia narrativa.

Reducir esos trece millones de votos a estupidez o manipulación sería una comodidad de derrotados. Votaron élites que sabían lo que defendían y aprendieron a servirse de los algoritmos, pero también ciudadanos que buscaban seguridad, reconocimiento o castigo. Marx no sustituyó la comprensión de los campesinos franceses por la burla. Mostró cómo su aislamiento dificultaba que construyeran una representación propia y permitía que un poder situado por encima de ellos apareciera como protector. La parcela dispersaba en ese entonces. Hoy dispersan la precariedad, la informalidad, el endeudamiento y la pantalla. Ya no somos papas dentro de un saco, sino perfiles dentro de una base de datos, juntos para el conteo y separados para la acción.

“Los Nunca”, el concepto y lema central de la campaña abelardista, reunió esa dispersión. Los que nunca han gobernado, nunca han sido escuchados, nunca han vivido de la teta del Estado. La expresión parece salida de una lectura furtiva de Laclau. Su fuerza consiste en hacer caber agravios distintos bajo un mismo nombre. Convoca al trabajador informal y al empresario que detesta los impuestos, al joven sin empleo y al rentista que teme una reforma, al policía, al pastor, al ganadero y a la “gente de bien” que pide “orden”. Una parte se presenta como el pueblo entero y condensa la soberanía popular alrededor de un nombre, un cuerpo y, en este caso, un felino: el Tigre.

La operación sería cómica si no fuera tan eficaz. El “Tigre” De la Espriella convirtió la ausencia de cargos públicos en un certificado de inocencia política, aunque llevaba años codeándose con los círculos del poder. Mientras rechazaba a “los de siempre”, alrededor de su campaña se acomodaron caciques regionales, políticos tradicionales, funcionarios y sectores empresariales que reconocieron a tiempo la utilidad del disfraz. Luego, el gobierno de los Nunca comenzó a llenarse de apellidos y alianzas perfectamente conocidos. El milagro consistió en pasar a los de siempre por el filtro de la inteligencia artificial hasta hacerlos parecer recién llegados.

No estamos ante un extraño que asaltó la fortaleza de la burguesía, sino ante un poder que sectores del establecimiento consideraron útil para proteger el orden social después de la experiencia reformista de Petro. Marx describió a una burguesía que aplaudió la destrucción de su parlamento porque prefería la tranquilidad de los negocios a la intranquilidad política. Esa música vuelve a sonar. Empresarios y dirigentes incómodos con los excesos del personaje aceptan el libreto porque promete impuestos menores, “extractivismo a lo que marque”, cercanía con Estados Unidos, obediencia laboral y guerra sin preguntas. Quieren al Tigre dentro de la jaula institucional, siempre que las garras apunten hacia abajo.

El aventurero no se limita a representar intereses ajenos. El Ejecutivo adquiere vida propia, reparte favores, crea cortesanos y convierte cada institución en escenario de su prestigio. Bonaparte quería robar a Francia para regalársela a Francia y cobrar comisión. En la Colombia del Style, la política adopta la lógica del negocio de marca. El presidente vende seguridad como experiencia aspiracional y el Estado compra su imagen. Cada operación necesita tráiler, cada nombramiento se vuelve estreno y cada crisis exige al protagonista. El primer robo del águila bonapartista reaparece ahora como el primer zarpazo del Tigre.

Por eso la farsa no es inofensiva. Los bufones también bombardean. La democracia y los derechos humanos se pronuncian en las ceremonias, pero dejan de funcionar como límites. Cada garantía puede presentarse como sentimentalismo hacia el enemigo. Si toda institución es un chiste, únicamente la fuerza parece seria. Si todo argumento es hipocresía o “cinismo” —como De la Espriella le dijo a Petro—, sólo parece auténtica la amenaza. Si toda mediación es politiquería, queda el vínculo inmediato entre el jefe y una audiencia que aplaude, comparte o insulta. La ironía que desenmascaraba al poder termina absorbida por un poder que se parodia antes de que sus adversarios alcancen a hacerlo.

Volver a Marx no significa repartir los personajes de 1851 entre los políticos criollos de 2026, sino recuperar sus preguntas. ¿Qué hay detrás del hombre que ocupa la escena? ¿Qué clases sacrifican la democracia para conservar su dominio? ¿Qué sectores populares, sin organización ni representación propias, entregan su esperanza a quien promete encarnarlos? ¿Qué miedos y promesas incumplidas hicieron creíble la salvación autoritaria? ¿Quién se beneficia cuando el Estado se fortalece para la guerra y se debilita para la igualdad?

También significa preguntar qué no consolidó el ciclo progresista. El gobierno de Petro no fue un paréntesis vacío. Amplió derechos, mejoró indicadores sociales y llevó al centro intereses antes marginados. Pero los avances estatales no se convierten automáticamente en organización ni conciencia política. No basta con denunciar que “Los Nunca” están dirigidos por los de siempre. El nombre tocó una verdad plebeya. Millones aún no se sienten parte del populus. Nunca han decidido sobre la tierra, el crédito, el trabajo, la seguridad del barrio o el futuro de sus hijos. Si la democracia no organiza esa esperanza, algún empresario de sí mismo la registrará como marca. La respuesta no es despreciar a quienes confiaron en esa representación, sino construir comunidad y poder popular.

Uribe fue la tragedia de una democracia que autorizó el autoritarismo creyendo que eso la salvaría. Abelardo es la farsa de un autoritarismo que puede reírse de la democracia mientras solicita sus aplausos. Pero la historia no concluye cuando la copia viste el traje del original. Marx recuerda que los seres humanos hacen su historia bajo circunstancias que no eligen. Las heredadas pesan como pesadilla, pero no son una condena. Quizá despertar comience por mirar detrás del disfraz, apagar la música del video y reconocer que, bajo la escenografía de la farsa, los muertos siguen siendo de verdad.


Notas

[1] Es importante mencionar que el grito “¡Viva Cristo Rey!” tiene antecedentes en la violencia partidista colombiana. En un testimonio recogido por la Comisión de la Verdad, se describe a los “pájaros”, grupos armados conservadores, levantando el carné del partido y la fotografía de Laureano Gómez mientras pronunciaban esa consigna después de cometer masacres. Este antecedente no convierte toda expresión de devoción religiosa en una amenaza, pero permite reconocer sus resonancias históricas cuando se incorpora al lenguaje del poder.

Author