Llevo casi tres horas despierta y apenas son las seis treinta de la mañana. Me gustaría decir que durante esta madrugada hice algo de lo mucho que tengo en la lista de pendientes, pero no. Las tareas se acumulan, mientras me dedico a leer textos que escribí hace un tiempo. Todavía no sé qué estoy buscando. ¿La prueba de que puedo hacer algo que hoy me resulta imposible? En una hoja blanca suelo apuntar ideas sueltas, temas, “cosas que quiero escribir” y nunca escribo. Me pregunto cómo se hace para tener la certeza de que aquello que se quiere decir importa. ¿Acaso basta con que me importe a mí? ¿Qué hace de una idea una buena idea? ¿Qué tengo yo que decir que vaya más allá de mí misma? Siento la frustración del entusiasmo —si es que eso existe— que no va a ninguna parte. La condena de las ideas que no se concretan. Una vida llena de planes que no se harán nunca. Hace poco terminé una relación de cuatro años que se sentía un poco así, un camino para no llegar a ninguna parte. Vivimos vidas colmadas de deseos irrealizados, pura neurosis que se manifiesta en llanto —real, no figurado— a las seis de la mañana de un martes cualquiera. No puedo escapar de mí. Desde que terminé el posdoctorado no he escrito nada. Antes me ponía a hablar de cualquier cosa para huir de esa tarea. Ahora más bien estoy en un limbo de indeterminaciones. Tengo poco trabajo —que se traduce en poco dinero—, así que no siento la necesidad de generar mecanismos de resistencia. Curiosamente esto se convierte en tener poco que decir. Tiempo para no hacer nada. ¿Y ahora? Como sigo llorando y ya casi son las siete, más vale que empiece a pensar en otras cosas…

El martes 01 de abril, Doña Carlota “N” —como la llaman en los medios— le disparó a un grupo de ocupas —como también les llaman en los medios— en la Unidad Habitacional Exhacienda Guadalupe en Chalco, por haberla despojado de una propiedad que presuntamente le pertenece. Discutir los motivos que llevaron a la señora a cometer el crimen no es mi objetivo, ni tampoco hablar de la ocupación ilegal de predios, que tiene sus complejidades. Cada vez veo más notas sobre adultos mayores que son despojados de sus viviendas, lo que debería llevarnos a una reflexión sobre la falta de acceso a la vivienda en el siglo XXI, pero también sobre los mecanismos de gentrificación que operan bajo la ilegalidad y las formas de acumulación por desposesión, que se traducen en desahucios ilegales de familias enteras que no tienen a dónde ir. El desalojo del edificio Trevi, ubicado en la esquina de las calles Colón y Doctor Mora, o el desalojo de la familia que vivía en la casa de la mamá de Octavio Paz, frente al Parque Hundido en la calle Porfirio Díaz (¡!) —que los vecinos hoy quieren hacer centro cultural, sin que les importe a dónde fue a parar la familia— son ejemplos de esto. Habría que hablar más de estas formas de urbanización neoliberal: seguramente —con la llegada masiva de nómadas digitales y la exacerbación de los procesos de gentrificación— pronto nos acercaremos a las cifras de Madrid: cien desahucios diarios. Pero no era esto de lo que quería hablar.

Como decía, el pasado 01 de abril Doña Carlota “N” disparó a quemarropa a un grupo de personas, lo que dejó un saldo de dos muertos, un menor de edad herido y el consecuente encarcelamiento de la señora. En mis clases comentamos el tema. Soy profesora en dos universidades diferentes, una pública y una privada. En ambas universidades la lectura era la misma: de acuerdo con mis estudiantes, ante la falta de justicia, la señora hizo bien en matar para defender su propiedad privada. Todos y cada uno dijeron que habrían hecho lo mismo; que, si te quieren quitar lo que es tuyo, tienes que hacer algo, así sea quitarle la vida a otra persona. En un país con más de noventa por ciento de impunidad, no es sorprendente que se haya instalado el imaginario de la justicia por propia mano, ¿pero cómo se ha diluido el acuerdo de que matar a otra persona no debería ser la respuesta al conflicto? ¿Cómo es que de pronto todas las y los estudiantes coinciden en que ese grado de violencia es aceptable? Dos personas muertas, un menor de edad herido y la señora en la cárcel —es decir, ni siquiera habitando la casa que quería defender—, ¿a dónde los llevó la violencia?

En su libro La tiranía del sentido común, Irmgard Emmelhainz explica cómo el neoliberalismo ha transformado las formas en que aprehendemos y pensamos el mundo; se ha instaurado como un sentido común “basado en el interés propio y el deseo”. Al hacer esto, se ha convertido en una forma de pensamiento que rige todos nuestros intercambios: el amor, la amistad, el trabajo son todas instancias que están atravesadas por el neoliberalismo. Bajo esa lógica, también podríamos afirmar que ese sentido común moldea nuestra idea de justicia que, por un lado, exalta el punitivismo —el modelo Bukele de cárceles para todos los “delincuentes”—, que recurre a los mecanismos del Estado para impartir castigo, y, por el otro, está dispuesto a enaltecer a aquellos que ejerzan la justicia por su cuenta. Justicia que se parece más a la venganza y que no repara el daño ni resuelve el problema.

Para los estudiantes el interés individual —no el colectivo ni el revolucionario— está por encima de la vida. Los acuerdos más básicos, que sostenían con unos cuantos hilos las imperfectas democracias de nuestros países, se han diluido. Si la violencia ha crecido en las calles de manera inconcebible, también lo ha hecho en los imaginarios sociales: “matar está bien si estás defendiendo lo que es tuyo”, afirman mis estudiantes. Los que tienen mucho y los que tienen muy poco, todos confluyen en la misma premisa: la vida cada vez vale menos. Por eso Trump puede mandar secuestrar a los migrantes venezolanos y encarcelarlos en el Salvador sin que haya consecuencias; por eso Bukele puede privar de su libertad a uno de cada cincuenta y siete salvadoreños; por eso Carlota “N” puede llegar y asesinar a dos personas y ser celebrada como heroína; por eso el Estado de Israel puede cometer un genocidio contra el pueblo palestino bajo el pretexto de que está defendiendo lo que por decreto le pertenece.

En medio de este clima desolador, ¿cómo se combate el sentido común del neoliberalismo? Leer, discutir, escribir han perdido sentido en las clases donde los estudiantes optan por emplear la inteligencia artificial en vez de pensar por ellos mismos. ¿Qué hacemos como docentes entonces? Y no sólo respecto a la juventud, sino con nosotros. ¿Cómo resistimos ante esto, si cada vez estamos más embebidos en las lógicas deshumanizantes? ¿Cómo construimos presente, si aquellas certezas que teníamos, los acuerdos más básicos sobre la vida de los otros han perdido sentido? La verdad es que no lo sé. De lo único de lo que estoy segura es que esto debería necesariamente pensarse con otres. Y para ello hay que estar abiertos al intercambio conflictivo, a la construcción en común donde el yo se diluya para dar paso a la colectividad. Es decir, romper con la lógica del sentido común del siglo XXI. Fácil no es. Ni modo.