Las personas que rondan los 40 años quizás recuerden una campaña en la televisión nacional que promovía el ahorro del agua. El anuncio, transmitido originalmente en 1984, muestra a un niño regañando a su mamá por desperdiciar el agua mientras lava los trastes. El lema de aquel entonces, “Ciérrale”, se actualizó a lo largo de las décadas siguientes hasta llegar al primer cuarto del siglo XXI. Gobiernos y empresarios financian campañas constantes para que la población reduzca su consumo de agua, coma alimentos saludables, tire la basura en su lugar, respete el reglamento de tránsito, haga ejercicio, limpie ríos, se baje del auto y use la bicicleta, entre otras nobles iniciativas. A pesar de las buenas intenciones, los resultados no han llegado. Vivimos, según muchos indicadores, peor que antes. La contaminación alcanza nuevos récords, impulsada por el uso de combustibles fósiles; la escasez de agua afecta a más personas; la crisis climática no hace más que agravarse, a pesar de las advertencias de los científicos y los acuerdos internacionales, entre otros problemas acuciantes. ¿Qué fue lo que falló? ¿La gente no cambió? ¿Cómo es que las campañas no sirven y, a pesar de eso, siguen el mismo esquema décadas después, ahora por medio de las redes sociales?
La escritora y teórica cultural Lauren Berlant propuso el término “optimismo cruel” para definir las fantasías de progreso social en un contexto que las imposibilita. La discusión que plantea Berlant es, por supuesto, más amplia, pero una vertiente importante es el optimismo que se basa en el individualismo y las soluciones que ofrece el capitalismo para salir adelante. Por otro lado, el abandono de lo político y de la discusión pública argumentada nos ha volcado al mundo de las emociones, las cuales funcionan como un filtro que invisibiliza muchos aspectos descarnados de la realidad. De tal manera, somos optimistas a pesar de que ese optimismo sea una herramienta del capital para conducirnos a respuestas gestionadas por el mercado. Peor aún: el optimismo es, también, un asunto de clase, pues los estratos sociales de ingresos altos se pueden entregar a las fantasías de cambiar al mundo y, desde esa posición de superioridad moral, demonizar a los de abajo que siguen contaminando y siendo un lastre para los demás. El dueño de una empresa —que puede decidir dónde vivir y cuáles son sus horarios de trabajo— puede sermonear a los demás —incluidos sus empleados— para que lo imiten y usen la bicicleta —así dejarán de afectar al planeta—, cuando sus realidades son abismalmente distintas.
El fracaso de la responsabilidad individual para combatir los problemas sociales, ecológicos y de recursos energéticos tiene poca prensa en la actualidad, pues implicaría contradecir la ideología que convierte la solidaridad ciudadana en un simple acto de consumo. Se compra empatía en alguna campaña empresarial cuyo objetivo es que no se cuestione el origen de la contaminación o de la desigualdad. Quizás una de las estrategias más evidentes y cínicas para desplazar la responsabilidad de la estructura al individuo es la que desarrolló en el 2004 la empresa British Petroleum mediante la “huella de carbono”, un indicador que mide lo que contamina una persona. En la actualidad, podemos encontrar cualquier cantidad de calculadoras que miden nuestro consumo para que nos sintamos culpables por nuestro estilo de vida y cambiemos, aunque no cambien las corporaciones que dictan las reglas de lo que se compra y se vende en cantidades cada vez más ingentes. La información en internet, por ejemplo, ha sacado a la luz el consumo de agua que tiene la industria refresquera y ha hecho que cada vez más personas se pregunten “¿Para qué me sacrifico usando menos agua cuando Coca-Cola desperdicia millones de litros para crear un producto poco saludable? ¿Para qué me esfuerzo en reciclar el plástico si la producción de mercancías hechas de este material se habrá duplicado en 15 años?” Desde hace mucho, es una suerte de herejía asumir que, quizás, habría que reformular los cimientos del sistema económico y social que fue construido en los siglos pasados y que está mostrando sus peores efectos —irreversibles en su mayor parte— en la actualidad. Es, también, una herejía pensar que, en la era del endiosamiento del individuo, lo colectivo puede ayudarnos a crear paradigmas diferentes.
El optimismo cruel tiene, finalmente, otra característica: buscar un chivo expiatorio que dude o critique aspectos problemáticos de su cruzada. Por esta razón, cuando las cosas no funcionan —es decir, cuando el optimismo se topa con la realidad (la contaminación llega a un nuevo límite; la tecnología no logra que la energía que usamos no acelere el cambio climático, entre otros encontronazos difíciles de digerir—, la salida más recurrente es culpabilizar a todos, en una suerte de catarsis que explota en las redes sociales. El que denuncia, por supuesto, está exento de culpa porque, al menos, es suficientemente clarividente para señalar el camino al abismo que estamos siguiendo. Sin embargo, cuando llega la hora de las propuestas, se escoge una parte del menú que ofrece la sociedad de mercado para evadir el apocalipsis. Como se dice: culpar a todos es no culpar a nadie, aunque funciona muy bien para reforzar estereotipos de clase. Es más fácil ser optimista cuando se tiene el dinero para serlo. Evadir la realidad para entregarse a fantasías reconfortantes en un entorno hostil es cada vez más costoso.
