El antisemitismo se ha vuelto un concepto sumamente polémico. Mientras escribía la primera versión de este texto, el rapero Macklemore fue despedido de la gira por Norteamérica de Ed Sheeran porque Robert Kraft, el dueño de los Patriotas de Nueva Inglaterra, dijo que no podría presentarse en su estadio a causa de su “antisemitismo”. Kraft se refiere a “Hind’s Hall”, una canción antisionista dedicada a Hind Rajab, la niña cuyo asesinato por el ejército israelí también inspiró la película La voz de Hind Rajab, ganadora del León de Plata en Venecia el año pasado. En Hollywood, hay voces que están denunciando un nuevo macartismo, pero ahora la lista negra no es de comunistas sino de supuestos “antisemitas” —igual que con Macklemore se trata, en realidad, de antisionistas—, cuyas víctimas incluyen Mark Ruffalo, Javier Bardem, Susan Sarandon y Melissa Barrera. Y ni hablar de los muchos técnicos y otros profesionales del cine que han sido despedidos en silencio porque no son estrellas. Esta caza de brujas, que ha tenido un impacto particularmente cruel entre actores y cineastas árabes, depende de volver sinónimos dos conceptos que no lo son —el antisionismo y el antisemitismo, entendido este como un mal inconmensurable—, mientras fomenta la islamofobia. En este contexto, la relatora de la ONU Francesca Albanese ha tenido que salir a recordarnos, otra vez, que el antisionismo no es antisemitismo.
Según el historiador Mark Mazower en su indispensable libro Sobre el antisemitismo (2026), en las primeras décadas de la existencia del Estado de Israel, muchos sionistas no creían que el odio hacia Israel necesariamente constituyera antisemitismo, a menos que se recurriera a tropos explícitamente antisemitas, como fue el caso con ciertos grupos islamistas que circulaban traducciones del tratado antisemita Los protocolos de los sabios de Sion. Pero esos grupos no estaban en el mainstream del nacionalismo árabe, que en ese momento era hegemónico y que, si bien tampoco reconocía al Estado de Israel, era entendido por los sionistas como un odio más similar al existente entre Alemania y Polonia o Alemania y Francia, que al odio entre la Alemania nazi y los judíos. ¿Qué cambió? La Resolución 3379 de la Asamblea General de la ONU, que declaró que el sionismo era una forma de racismo y lo comparó con el régimen de apartheid en Sudáfrica. Tal afrenta necesitaba una respuesta: si el sionismo es racismo, el antisionismo tendría que ser antisemitismo. Y es esta nueva definición la que desafortunadamente ha sido institucionalizada por la Liga Antidifamación, la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto, el Partido Laborista del Reino Unido, el Centro de Investigación e Información sobre Antisemitismo en Alemania y otros organismos a nivel mundial.
En respuesta a esta desafortunada equivalencia entre el antisemitismo y el antisionismo, diseñada a reprimir el discurso antisionista, un grupo de académicos emitió la Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo. Su definición del antisemitismo intenta demarcar la diferencia entre las críticas hacia el Estado de Israel y el odio hacia el pueblo judío. La Declaración establece que no es antisemita apoyar la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel —la cual explícitamente se inspiró en una campaña parecida contra Sudáfrica durante el régimen de apartheid— ni criticar las acciones particulares del Estado de Israel ni el sionismo en general como una forma de nacionalismo, ni decir “desde el río hasta el mar”. Según esta definición, no es antisemita pedir la descolonización de Palestina ni el regreso de las tierras robadas por los sionistas. Ello, de hecho, hermana la lucha palestina con, por poner un ejemplo, el movimiento indígena de los Estados Unidos, una conexión enfatizada tanto por activistas palestinos como activistas indígenas.
También hay otras maneras de entender el problema. Judith Butler, en su libro Parting Ways (2012), argumenta que ni siquiera necesitamos la teoría decolonial para criticar al sionismo, sino simplemente los principios de la Ilustración que establecían una separación del poder político del poder religioso. El historiador Tony Judt dice que el sionismo es algo que tal vez tenía sentido en el mundo decimonónico, cuando los movimientos nacionalistas estaban amenazando los viejos imperios europeos. El sionismo formaba, así, parte de ese fenómeno, nacido en el agonizante Imperio Habsburgo, donde los húngaros, los alemanes, los italianos, los checos y los serbios estaban reclamando un Estado propio. Lo mismo que los judíos. Pero en el siglo XXI, dice Judt, “Israel es un anacronismo”, porque el corazón del continente europeo, alguna vez un caldo de cultivo de nacionalismos, ya adoptó el cosmopolitismo y la administración supranacional de la Unión Europea. Europa abandonó sus sueños nacionalistas porque llevaron el continente a masacres sin precedentes, y sólo Israel sigue insistiendo en su derecho a tener un Estado exclusivo para un solo pueblo, llevando el Oriente Medio a masacres igualmente sangrientas.
Pero que el antisionismo no sea antisemitismo tampoco significa que sean mutuamente excluyentes. En redes, es cada vez más común ver chistes sobre “el pintor austriaco” o el uso de triples paréntesis alrededor del nombre de alguien, una práctica para señalar a los judíos originalmente desarrollada por los neonazis gringos que pululan alrededor de Donald Trump. Muchas personas ya no hablan de israelíes ni de sionistas, sino de judíos, y comentarios sobre el “lobby judío” aparecen incluso en la Rayuela de La Jornada. Cuando se habla de judíos en vez de sionistas o israelíes, es muy difícil negar que estamos ante antisemitismo. Y hay que decir que la teoría de que Estados Unidos está siendo controlado por Israel no sólo evoca los viejos tropos antisemitas de una supuesta conspiración judía —los mismos que podemos encontrar en textos ultraderechistas como Los protocolos de los sabios de Sion o Derrota mundial— sino que dicha teoría es completamente innecesaria: Estados Unidos apoya a Israel por sus propios motivos políticos. Estados Unidos apoya a Netanyahu por las mismas razones que apoyaba a Pinochet, o Videla, o Ríos Montt, o Suharto, o Diem, o Botha, o Chiang Kai-Shek, o Reza Pahleví… Y si no sigo con la lista, sólo es por una cuestión de espacio. La idea de un “lobby judío” es una teoría de conspiración antisemita cuyo objetivo es restaurar la inocencia del pobre imperio, resulta que sólo fue engañado.
La Declaración de Jerusalén sí establece que es antisemita responsabilizar de forma colectiva a los judíos, especialmente los judíos diaspóricos, por las acciones del Estado de Israel, justo como sería sinófobo responsabilizar a los chinos diaspóricos por la masacre de Tiananmén. Desafortunadamente estamos viendo una hipervigilancia de la comunidad judía, exigiendo que rindan cuentas sobre un país que tal vez ni siquiera han visitado. Pero enfocarnos en las acciones de la comunidad judía también nos distrae de las personas que de hecho sí están abriendo la puerta al sionismo en México. La identificación del sionismo con la comunidad judía obvia la manera en que el sionismo es un proyecto que desarrolla nuevas técnicas y tecnologías de la represión, como escribe Antony Loewenstein en El laboratorio palestino (2023), y los resultados de esos experimentos macabros atraen el interés de gente de las más diversas religiones, etnicidades e ideologías. Las personas que están a la vanguardia de la penetración sionista en México no necesariamente son judíos, sino católicos como Margarita Zavala y Mauricio Kuri, obradoristas como Arturo Ávila y priistas como Enrique Peña Nieto,o incluso cabareteras lesbofeministas como Ana Francis Mor. En cambio, hay judíos como Silvana Rabinovich que públicamente denuncian el genocidio —la propia Rabinovich enfatiza que “separar al judaísmo del sionismo es el primer paso para entender el proyecto actual”, porque “el sionismo es profundamente antijudío; por eso la ultraderecha lo ve con tan buenos ojos”. Al mismo tiempo hay, por supuesto, sionistas judíos, y si un judío prominente usa su capital político o cultural para negar o reivindicar el genocidio —como lo han hecho Margo Glantz, Ezra Shabot o Ariana Harwicz— no es antisemita el denunciarlo.
Si el sionismo fuese necesariamente una expresión política de la comunidad judía, no veríamos tal variedad de posturas ideológicas respaldándole y mucho menos nos encontraríamos con casos de sionistas antisemitas como Donald Trump o Víctor Orbán. Marine Le Pen es una de los políticos más sionistas de Francia, y muchos comentaristas suelen agregar que es sionista a pesar del hecho de que su padre (y el fundador de su partido político) una vez dijo que el Holocausto fue “un detalle de la historia”. Yo diría que es sionista justo porque su padre es alguien que minimizaba genocidios. Marine Le Pen no respalda el genocidio en Gaza por una filiación con los judíos. Lo que encarna su postura es, en cambio, un amor por la necropolítica, algo desafortunadamente bastante común en el siglo XXI. Como dijo el filósofo iraní Hamid Dabashi, “Israel devela la violencia pura que está a la raíz de todos los Estados. Hay un Israel en todos los Estados del mundo árabe y musulmán, y en todo el mundo” (The Emperor Is Naked, 2020).
Otra narrativa antisemita que se ha colado en los años recientes intenta decir no sólo que el sionismo es colonial —y el propio Theodor Herzl lo describió así—, sino que los judíos askenazis ni siquiera son “judíos de verdad”, sino descendientes de una supuesta conversión masiva de un pueblo turco llamado los jazaritas que vivían en Asia Central durante la época medieval. Si esta conversión realmente pasó o no es algo que los historiadores aún están debatiendo, pues no sabemos mucho sobre el Kanato de Jazaria. Los arqueólogos ni siquiera han encontrado las ruinas de su capital, y cuando no sabemos mucho es fácil proyectar nuestras filias y fobias a un pasado incógnito. Algo que sí sabemos, gracias a los estudios genéticos, es que los judíos askenazis comparten los mismos marcadores genéticos que otras poblaciones levantinas. Entonces tal vez podamos clasificar esta teoría al lado del origen africano de los olmecas o el origen extraterrestre de las pirámides.
En su forma contemporánea, la teoría del origen jazarita de los judíos askenazis se planteó por primera vez en un libro de Arthur Koestler, The Thirteenth Tribe (1976). Koestler fue un escritor anticomunista y uno de los fundadores del Congreso por la Libertad de la Cultura, una tapadera de la CIA. Hoy en día, su legado no suele ser reivindicado por los movimientos progresistas sino por reaccionarios como Mario Vargas Llosa. En México, esta teoría ha llegado al movimiento antisionista a través de Alfredo Jalife-Rahme, un polémico analista que suele ser acusado de antisemitismo. Él se defiende diciendo que no es antisemita sino antisionista, pero, si analizamos su discurso, podemos decir que es muchas veces, en efecto, antisemita más que antisionista, o más bien que no todas las posturas antisionistas son propalestinas. Por ejemplo: no sólo se tomó la foto con el expresidente libanés Michel Aoun —la “mente maestra”, en sus propias palabras, detrás de la masacre de palestinos en el campo de refugiados Tel Zaatar, en colaboración con los falangistas libaneses—, sino que presumió que era su primo.
El enfoque puesto en los askenazis y su papel colonial en Palestina irónicamente obvia las dinámicas políticas que llevaron a Netanyahu al poder, porque su base electoral no se encuentra entre los askenazis sino entre los mizrajíes. Cierta crítica decolonial plantea una oposición entre los askenazis y los mizrajíes, enfatizando el racismo de los primeros hacia los segundos, que a su vez son vistos como los judíos propiamente indígenas del Oriente Medio. Y todo eso es cierto, pero los mizrajíes, que representan la capa intermedia entre los askenazis y los palestinos, no han respondido con una revuelta decolonial contra la supremacía askenazi, sino desquitándose con los palestinos (Eva Illouz, La vida emocional del populismo, 2023). El populismo ultraderechista de Netanyahu en gran medida depende del voto de esa capa intermediaria, justo como el nacionalsocialismo durante la república de Weimar dependía del voto de los pequeñoburgueses de Alemania —el fascismo siempre es la ideología de las capas intermediarias de una sociedad en crisis—. El propio Ben-Gvir, el ministro de Seguridad Nacional de Israel y uno de los políticos más tenebrosos del siglo XXI, es mizrají. De tal suerte, cualquier crítica antisionista que entienda el genocidio únicamente como el producto de un grupo de colonos europeos ajenos a la región no nos explica por qué Ben-Gvir, un judío cuya familia no viene de Polonia sino de Irak, terminaría pidiendo una cuota de “30 a 40 asesinatos” de palestinos al día.
Sea como fuere, no es necesario hacer ninguna de estas precisiones para denunciar el genocidio en curso en Palestina. Nadie tenía que decir que los alemanes no eran “arios de verdad” para oponerse al nazismo, y nadie tenía que decir que los hutus controlaban al Estado francés para explicar el apoyo de François Mitterrand al genocidio en Ruanda. Sin embargo, dada la historia del antisemitismo europeo y el genocidio que sufrieron bajo el nazismo, es común pensar a los judíos como “víctimas”. Y, según las interpretaciones más burdas de la política identitaria, las categorías de “víctima” y “victimario” son mutuamente excluyentes. Por eso, muchos sionistas ven el antisionismo como una forma de antisemitismo, porque creen que decir que el Estado de Israel está cometiendo genocidio —un hecho indiscutible a estas alturas— socava el estatus del pueblo judío como víctima histórica de un genocidio. Por eso se esmeran tanto en ofrecer definiciones negacionistas y a modo de lo que constituye un genocidio.
Al mismo tiempo, hay algunos antisionistas que empiezan a relativizar y minimizar el antisemitismo, porque creen que ser victimario hoy en día cancela el estatus de víctima de tu bisabuelo. Y sí, en Europa occidental y en todo el continente americano, el estatus de quién es el opresor y quién es el oprimido no ha cambiado por medio milenio, pero en otras partes del mundo la opresión puede ser más proteica. En los Balcanes, por ejemplo, podemos encontrar muchos ejemplos de pueblos que han oscilado entre ser los opresores y los oprimidos: cientos de miles de serbios fueron asesinados por los Ustacha durante la Segunda Guerra Mundial, lo cual hoy en día es considerado un genocidio, mientras que, durante el colapso de Yugoslavia, los nacionalistas serbios asesinaron y desaparecieron miles de bosnios, lo cual también es considerado un genocidio. En un paralelismo a las dinámicas del sionismo, durante el genocidio bosnio los escuadrones de muerte apropiaron el nombre de los partisanos antifascistas —los Chetniks— de cincuenta años antes. Ser víctima o victimario, opresor u oprimido, claramente no es algo ontológico sino contextual, y una víctima que se vuelve victimario puede invocar una opresión histórica para ejercer una opresión contemporánea. Alguien como Peter Handke, por ejemplo, puede negar el genocidio bosnio porque se compadece de los serbios, mientras que Bernard Henri-Lévy los ve como victimarios transhistóricos. Los demás, sin embargo, tenemos que aceptar que la historia es más compleja. Por algo el teórico poscolonial ugandés Mahmood Mamdani tituló su libro sobre el genocidio en Ruanda Cuando las víctimas se convierten en asesinos (2001).
En sus memorias, Isaac Asimov cuenta la anécdota de cuando le dijo a Elie Wiesel que es una equivocación pensar que un grupo que ha sufrido persecución extrema es por ende virtuoso e inocente. “La persecución sólo nos dice que el grupo perseguido es débil”, le dijo. “Si hubieran sido fuertes, tal vez habrían sido los perseguidores”. Y agregó que la única vez que los judíos tuvieron poder históricamente, en el segundo siglo antes de Cristo, también fueron los opresores. Ahora, en la Palestina ocupada, tienen el poder otra vez. “Los judíos no somos excepcionales en eso”, dijo. “Cuando la Roma pagana persiguió a los primeros cristianos, pidieron tolerancia. Pero cuando los cristianos tomaron el poder, ¿había tolerancia? ¡Ni en broma! La persecución empezó otra vez, en otra dirección” (I, Asimov, 1994). No se trata, pues, sobre si los judíos son víctimas o victimarios. Es sobre el poder. No es lo mismo ser un judío oprimido en Polonia hace cien años, o incluso un judío asimilado en Nueva York hoy en día, que un judío que está construyendo un etnoestado. Hasta en Israel, hay judíos que están traicionando al sionismo, como el grupo Anarquistas Contra el Muro o Yuval Abraham y Rachel Szor, los directores de Naza, que están bajo amenaza de perder su ciudadanía por denunciar el genocidio en su documental, por no hablar de la diáspora de intelectuales israelíes antisionistas.
Hace unas semanas, hubo una manifestación antisemita en Polanco: la gente se dirigía a una sinagoga mientras gritaba “fuera judíos de México”. Dado que los manifestantes fueron acarreados y traían la bandera palestina al revés, claramente se trata de un montaje. Aunque la manifestación recibió la condena inmediata de BDS México, el PAN ya está intentando aprovecharse del incidente para un proyecto de ley que castigaría el antisemitismo con cárcel. Aun así, “no podemos concluir quién fue la figura que realmente estuvo detrás del montaje con la información que tenemos por ahorita”, dice le activista Eme Flores, quien enfatiza que “hay un consenso multipartidista de apoyo a Israel”, por lo que múltiples actores podrían usar el montaje para traer agua a su molino. Estamos ante una coyuntura en que la ultraderecha acusa a la izquierda de ser antisemita, mientras promueve el antisemitismo por su propia cuenta, e infiltra el movimiento antisionista para cooptarlo.
Si es difícil tener conversaciones sobre el antisemitismo hoy en día, los sionistas tienen la culpa principal: son el niño que gritó lobo, y devaluaron tanto la palabra que, para muchas personas, ya carece de sentido. Pero eso no significa que no exista el antisemitismo o que no sea algo inherentemente fascista. Ante el escenario actual, tenemos que luchar contra las expresiones de la ultraderecha en todos sus avatares y recordar que el antisionismo no es antisemitismo, y que el antisemitismo tampoco es antisionismo. No encuentro, por ejemplo, antisemitismo en las páginas de Edward Said o Mahmud Darwish: nuestra brújula en la lucha antisionista tiene, forzosamente, que ser la intelectualidad palestina en su compromiso con la lucha emancipatoria de su pueblo.
