Este texto se publicó originalmente en inglés en The History Workshop, el 19 de mayo de 2023.

“Mi país no defiende la formación de bloques, porque los bloques significan aislamiento. Nosotros aspiramos a un mundo universal”. Así habló V. K. Krishna Menon, diplomático indio y presidente de la delegación india ante las Naciones Unidas, al final de la sesión anual de la Asamblea General en 1960. Lo que Krishna Menon estaba planteando, en esencia, era un nuevo enfoque para los asuntos internacionales, conocido sencillamente como no alineamiento. A pesar de haber sido un sistema ampliamente prevalente en el mundo a partir de la década de 1940, sabemos muy poco sobre el no alineamiento. No hay consenso sobre sus orígenes intelectuales y políticos, ni claridad sobre las historias globales de los proyectos nacionales que provocó y cobijó. Cabe, entonces, preguntarse ¿qué es el no alineamiento? ¿Está relacionado con el Movimiento de Países No Alineados? ¿Es acaso esta orientación una reliquia del pasado?

El no alineamiento es comúnmente entendido como una política exterior adoptada por las naciones poscoloniales en el contexto de la Guerra Fría, cuyo objetivo principal era aumentar el margen de maniobra de dichas naciones en un sistema bipolar sin tener que jurar lealtad a ninguno de los bandos en conflicto: el andamiaje geopolítico-militar ofrecido por los Estados Unidos o el universo ideológico defendido por la Unión Soviética. En esta versión de la historia, el no alineamiento dejó prácticamente de existir con la desintegración de la URSS en 1991, pues las naciones ya no debían elegir entre ambos campos. Este recuento limita la vida de esta idea a unas cuatro décadas.

Debido a esta estrecha comprensión de la política del no alineamiento como una negativa a elegir una orientación política, las naciones no alineadas también fueron denominadas, durante gran parte del siglo XX, como “neutralistas” o “no comprometidas”. Algunos comentaristas occidentales de la década de 1950 a menudo se referían al no alineamiento como “inmoral”, dado que las naciones que lo defendían no se decantaban abiertamente por el anticomunismo. Los soviéticos muy pronto se pronunciaron en apoyo del no alineamiento. Del otro lado, los estadounidenses aceptaron a regañadientes la política de no alineamiento como un hecho político y no como un escenario ideal. Sin embargo, antes de la gira de Jruschov por el sur de Asia en 1955, los rusos también etiquetaban de “burguesa” esta orientación política encabezada por líderes de élite del Tercer Mundo.

Por su parte, los líderes de las naciones poscoloniales de Asia y África argumentaron que el no alineamiento no era “neutralista” ni “inmoral” y que entenderlo a través de una lente euroatlántica obstaculizaba, en lugar de ayudar, la integración del Tercer Mundo emergente en un mundo altamente polarizado. Líderes como Jawaharlal Nehru (luchador por la libertad y ex primer ministro de la India) afirmaron enfáticamente que el no alineamiento era, de hecho, un posicionamiento contra la guerra, y que las naciones recién independizadas no estaban en condiciones de pelear o ganar guerras, dada su situación de extrema pobreza. Sirimavo Bandaranaike (también luchador por la libertad y ex primer ministro de Sri Lanka) explicó que éste no era el comienzo de un tercer bloque, sino una petición para deshacerse de los dos bloques existentes y de la mentalidad partidista que los acompañaba.

En mi propia investigación sobre el internacionalismo no alineado de India en las décadas de 1950 y 1960, he intentado recuperar esta idea abandonada prematuramente en 1991 para entenderla de manera más amplia como un proyecto político. En el centro del no alineamiento está un ardiente antirracismo, la defensa de la descolonización, el abandono de viejas formas de abordar los asuntos internacionales y un llamado a imaginar nuevas posibilidades que sean radicales y sin precedentes. En 1956, cuando estallaron las crisis simultáneas en el Canal de Suez y en Hungría, naciones no alineadas como India participaron activamente en la negociación de una posición conciliatoria entre Estados Unidos y la URSS. Lo lograron poniendo en primer plano los intereses egipcios y húngaros, desviando la atención del antagonismo de las superpotencias de la Guerra Fría y evitando una mayor escalada del conflicto. El objetivo principal de los no alineados en aquel momento fue permitir que los Estados pensaran más allá de la mentalidad de bloque. La política mundial se había saturado de un pensamiento altamente militarizado, y las naciones no alineadas, en la mayoría de los casos recién independizadas, estaban más preocupadas por el desarrollo económico, el progreso social y la estabilidad política.

En la actualidad hay un renovado interés por esta idea política del siglo pasado, precisamente porque ésta es también una necesidad urgente para la política global contemporánea. Existe una disparidad cada vez mayor entre naciones, no sólo en términos de recursos, sino también en términos del poder que ejercen y la independencia que ese poder garantiza. Las naciones desfavorecidas se encuentran desproporcionadamente en el Sur Global, por lo que vale la pena prestar más atención a los proyectos políticos que surgieron allí no hace mucho.

Conferencia de Bandung. Foto: The History Workshop.

Algunos historiadores han demostrado que el no alineamiento tiene raíces intelectuales y éticas en el afroasiatismo de principios y mediados del siglo XX. Las redes de solidaridad afroasiáticas se construyeron a partir de conexiones anticoloniales, antirracistas y a menudo socialistas entre personas: periodistas, abogados, artistas, escritores y luchadores por la libertad. Durante la ola de descolonización de los años 1950, 1960 y 1970, algunas de estas personas se convirtieron en líderes de Estados nación como India, Indonesia, Egipto, Ghana y Kenia. Nehru, Soekarno, Gamal Abdel Nasser, Kwame Nkrumah y Jomo Kenyatta adoptaron el no alineamiento como ruta de guía para las políticas exteriores de sus naciones recién independizadas. Una serie de conferencias, de las cuales la más importante fue la Conferencia Afroasiática celebrada en Bandung en 1955, hicieron visible la perspectiva afroasiática sobre la política mundial, que finalmente tomó forma en el Movimiento de Países No Alineados.

La Conferencia de Bandung, fundamental para la consolidación de la solidaridad afroasiática a nivel estatal, fue menospreciada por ambos bloques que vieron en la hermandad de estas nuevas naciones sólo un fervor de corta duración y, más tarde, un acto subversivo y una peligrosa insurrección poscolonial. Hasta cierto punto, el no alineamiento que nació en Bandung sí fue iconoclasta y abogó por el derrocamiento de la forma en que se conducían los asuntos internacionales. Sus defensores exigieron que los Estados pequeños, las excolonias y los pueblos racial y étnicamente diversos pudieran acceder, configurar y utilizar la diplomacia y a las Naciones Unidas y otros organismos internacionales para presentar sus propias nuevas ideas sobre lo que era urgente y lo que era importante. Como dijo Nehru en una entrevista a la revista Playboy: “No podemos cargar el mundo sobre nuestros hombros y remodelarlo según el deseo de nuestros corazones, pero podemos ayudar a crear un clima de paz esencial para la realización de nuestros objetivos”.

Jawaharlal Nehru, Gamal Abdel Nasser y Josip Tito en la conferencia de las naciones no alineadas, Belgrado, 1961. Foto: Wikipedia.

Sin embargo, es injusto relegar este momento revolucionario al ámbito del optimismo cosmopolita. El transnacionalismo inspirado por el no alineamiento afroasiático se extendió a América del Sur y al resto del mundo en 1961, cuando pasó de ser una mera orientación política a tomar forma institucional con la creación del Movimiento de los Países No Alineados (MPNA) decretada en la Conferencia de Belgrado de 1961. En aquel momento, Josip Tito de Yugoslavia se convirtió en una figura importante del movimiento al mostrar que los socialistas también podían ser no alineados. Junto con Nehru de India y Nasser de Egipto, Tito marcó el comienzo de una nueva era de crecimiento y expansión del no alineamiento. Aunque las naciones no alineadas tuvieron que lidiar con el mantenimiento de la soberanía territorial y la reconstrucción nacional, obtuvieron éxitos considerables en los campos de la diplomacia, la mediación y el mantenimiento de la paz. Una década después de la Conferencia de Bandung, el Movimiento de Países No Alineados adoptó una orientación diferente en la Conferencia Tricontinental de 1966 celebrada en Cuba, donde se habló de una resistencia global militante al imperialismo estadounidense como respuesta a la guerra de Vietnam. En la Conferencia del Movimiento de 1973 celebrada en Argel, surgieron otras iniciativas, como el Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), que tuvieron una vida útil corta. Sin embargo, el número de miembros adheridos al MPNA siguió creciendo hasta llegar a 120 países, una cifra nada pequeña y que ocupa el segundo lugar en fuerza sólo después de las Naciones Unidas.

Los renovados llamados a la acción hechos durante las crisis internacionales recientes han puesto de relieve las deficiencias del grupo, pero también han abierto nuevas vías para la eficacia. Las naciones no alineadas han sido reprendidas por no responder con críticas directas, por ejemplo, a la crisis en Ucrania o a la guerra en Afganistán. A título individual, los países no alineados han adoptado posturas acordes con sus propios objetivos de política exterior, por lo que el Movimiento de Países No Alineados está infrautilizado como foro. ¿Cuáles son las direcciones en las que podría desarrollarse ahora el movimiento? ¿Cuáles son los problemas mundiales sobre los cuales las naciones no alineadas podrían ofrecer soluciones mediadoras no partidistas? ¿Qué puede ofrecer el Movimiento de Países No Alineados a las Naciones Unidas? Para responder a estas preguntas urgentes, es necesario revisar y actualizar el manifiesto de los países no alineados. Aunque sus principios fundacionales siguen siendo relevantes, es hora de traducir su legado en influencia. Los resultados más exitosos de la acción de los países no alineados no provinieron del lenguaje exuberante de sus figuras fundadoras, sino de su capacidad para ejercer moderación y desviarse de las respuestas militantes para atemperar el conflicto. Tan sólo por esto, importa hoy recuperar las historias del no alineamiento.