En julio del 2021 el vicepresidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Nguema Obiang Mangue, hizo una visita a Israel. El objetivo fue comprar drones suicidas a las fuerzas armadas de ese país y a sus contratistas. El padre del político, Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, es el dictador (considerado así por la comunidad internacional) que lleva más tiempo en el cargo, pues asumió el poder en 1979. Lleva más de cuatro décadas gobernando con brutalidad su país. Durante la visita a Israel le concedieron el honor de visitar el centro de conmemoración del Holocausto Yad Vashem en Jerusalén. Esta anécdota, desconocida para el lector no especializado en el tema, es una de muchas que relata el periodista Antony Loewenstein en su libro El laboratorio palestino: Cómo Israel exporta al mundo la tecnología de la ocupación, publicado este año por la editorial Capitán Swing.

Loewenstein ha cubierto, por más de 20 años, el conflicto en Gaza. Es un periodista australiano-alemán cuyos orígenes judíos lo han impulsado a investigar el papel de Israel en Palestina, particularmente en la Franja de Gaza. Sus investigaciones son muy importantes porque desnudan no sólo las políticas de ocupación y exterminio del gobierno fundamentalista de Israel, sino sus conexiones con el mundo. El libro, publicado en inglés poco antes del ataque de Hamás en octubre del año pasado (con un prefacio para la edición en español del 2024) explica, de muchas maneras, la actuación criminal del ejército de Israel frente a la población palestina con el pretexto de acabar con el terrorismo y garantizar la supervivencia del país.

Una de las principales sorpresas del ataque de Hamás fue, precisamente, la aparente facilidad con la que se vulneraron los límites de Israel. El famoso Domo de Hierro —el sistema móvil de defensa aérea del país— es mundialmente conocido. El ejército de Israel, por su parte, tiene armamento de última generación y, además, es publicitado por su capacidad para intervenir las comunicaciones del enemigo. Todo esto se vino abajo con la incursión de Hamás. La población israelí estaba no sólo indignada con los terroristas que habían asesinado, en gran parte, a población civil, sino también con su gobierno que fue incompetente para defenderlos.

La lectura de El laboratorio palestino añade más contexto y posibles interpretaciones a la respuesta del gobierno israelí. En primer lugar, como se ha analizado por muchos intelectuales y periodistas en el mundo, destaca la voluntad de exterminio fruto de una sociedad fundamentalista y cada vez más reaccionaria que considera a los palestinos una población descartable. A esto se une el papel que ha jugado Israel como proveedor de armas y tecnología de guerra desde hace varias décadas. La respuesta desproporcionada —acorde a la política de segregación y exterminio que ha aplicado el país en la Franja de Gaza y Cisjordania— es, según esta interpretación, un intento para garantizar a los numerosos clientes de la industria militar de Israel que su tecnología de guerra aún es confiable. Quizás por esto —además de la impunidad del país de la cual hablaré más adelante— hemos podido atestiguar un atroz exhibicionismo de las Fuerzas Armadas de Israel que, a través de las redes sociales, no tienen empacho en compartir cómo vuelan edificios civiles como hospitales y asesinan a pobladores inocentes (mujeres y niños incluidos) con el pretexto de eliminar la amenaza terrorista.

Loewenstein detalla de manera muy prolija y con decenas de fuentes y documentos —algunos de ellos recién desclasificados— cómo Israel se convirtió en un amplio proveedor de tecnología militar para el mundo. En particular destaca la gran cantidad de alianzas con dictaduras y regímenes autoritarios. Sin importar ideologías y, peor aún, la historia del país, Israel hace negocios con gobiernos que usan sus armas convencionales y digitales para ejercer distintos tipos de violencia contra sus propios pobladores o con el enemigo en turno. Hay un caso que destaca porque evidencia el doble rasero que usa la opinión pública generalmente vinculada a la ideología proccidental: por un lado, se condena con dureza la invasión rusa a Ucrania, pero no se mencionan los negocios del régimen de Vladimir Putin con Israel. De hecho, atendiendo a la prensa, Rusia —al igual que otros países antes de los hechos de octubre del 2023— ha mantenido una posición benevolente hacia Israel. Un dato que generaría mucha incomodidad en los detractores de Putin y defensores incondicionales del gobierno de Israel: las acciones de una de las principales empresas de ese país en el área de defensa —Elbit Systems— aumentaron poco más del 70% después de la guerra en Ucrania. De igual forma gobiernos de ultraderecha como el de la India han realizado grandes compras de tecnología militar a Israel para agredir, diezmar y controlar a las minorías étnicas y religiosas de sus países; en el caso del régimen de Narendra Modi es conocido su ensañamiento con los indios musulmanes en su búsqueda de un Estado etnonacionalista como el de Israel. Loewenstein analiza cómo estos tratos crean un respaldo al Estado supremacista dirigido por Benjamin Netanyahu que sale avante, una y otra vez, de las condenas hechas por organismos defensores de derechos humanos y los pocos países que se atreven a cuestionar abiertamente la política de segregación en Gaza.

¿Por qué lo que sucede en Gaza debería preocuparnos, más allá de la elemental rabia por presenciar, en tiempo real, un genocidio? Loewenstein describe, justamente, la situación de Palestina como un laboratorio que ya está influyendo en nuestro futuro. En los años recientes se ha acelerado un proceso que autores como William I. Robinson llaman “estado policial global”. En su libro del mismo nombre publicado este año en español por la editorial Errata Naturae, el académico estadounidense describe la tendencia a construir sociedades militarizadas para continuar la acumulación de capital. En este escenario, entran en juego los aparatos de seguridad estatales y, también, los contratistas privados que trabajan para los gobiernos ligados a los intereses corporativos y que están enquistados en regímenes de la más diversa ideología política. La hipervigilancia, ciudades convertidas en guetos, el desecho de población excedente para el capital, son estrategias que aplica Israel en la Franja de Gaza y que se replican de forma preocupante en el resto del mundo. El caso mexicano debería generar alarma no sólo por el uso del sistema de espionaje Pegasus vendido por Israel a nuestro país, y cuyo uso no ha sido debidamente transparentado por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. El uso de la tecnología de drones, armas sofisticadas, segregación y procesamiento de población ya está funcionado en la frontera con Estados Unidos para el control de los migrantes sin importar el partido político que gobierne ese país y el nuestro. El laboratorio palestino está en todos lados y puede convertirse, si no encuentra resistencia, en nuestro futuro.

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